Secretos y mentiras

Las últimas dos semanas el turco ha estado distante y zorrudo, un comportamiento poco habitual en él. La semana pasada, cuando nos vimos para ir al cine y empaparnos de efectos especiales en la guerra de los mundos se mostró esquivo y nada más terminar la película se quiso marchar a casa, algo muy extraño en alguien que adora tomar cervecillas en Rembrandplein, rodeados del chocherío británico habitual.

El pensamiento cruzó mi cabeza pero dadas mis notorias carencias neuronales voló a otra parte, entretenido como estuve reconstruyendo mi bitácora. Durante la semana caí en la cuenta que el cumpleaños del turco debía haber sido uno de estos días pasados y tras un breve intercambio de correos, quedó claro que había sido el domingo pasado. Al principio imaginé que el cruce de la barrera de los treinta años lo había traumatizado. Son muchos los que de repente se ven viejos, perdidos y en el lodo de la treintena. Ya he visto anteriormente como amigos hechos y derechos se echan a temblar cuando el implacable tiempo los obliga a reconocer que su primer dígito es un tres. Y ya ni os cuento del que cumplió cuarenta el otro día. Ese está que vive sin vivir en sí.

Volviendo al turco, pensé que era lo del cumpleaños y decidí no darle más importancia. Aún tengo que comprarle algo pero me da pereza ir al Sex Shop de al lado de mi casa y no termino de decidirme entre la muñeca Ramona la chochona o el coño de Eva la beba. Antes de que empecemos a criticar, deciros que él a mí me regaló un almanaque Kinky, que asusta a la gente que entra a mi casa, con esas putillas haciendo guarradas. Ahora mismo me inspiro mirando a la chica de Julio, un arretranco que se está quitando el polvo del coño con un plumero mientras con la otra mano fuma un cigarrillo y tiene unas botas que no sé como demonios se las ha podido meter. Así que el sábado cuando nos encontramos lo sigo notando cabizbajo y le pregunto si es la crisis de los treinta, la misma que lo ha obligado a apuntarse a clases de tenis, a clases de remo y a todo lo que huele a deporte para sentirse joven, que el pobre se pega los domingos entre terribles dolores producto de su fiebre deportiva de los sábados. El turco lo niega y puesto que no tengo otra alternativa, lo siento en una terraza a ver chochas y tomar cerveza, algo que siempre lo vuelve locuaz. Me costó tres cervezas averiguar la causa.

Primero me confesó que ha dejado de escribir su bitácora en turco. La gente se cree que esto de escribir es fácil y no es así. Hay que tener voluntad y constancia. Hay que exprimirse la única neurona funcional que tenemos para arrancarle unos cientos de palabras con algo de cordura. Hay días que no sabes que poner y el pánico recorre tu cuerpo y no sabes que hacer, como escapar a la hecatombe. Estas profundas líneas de pensamiento no se pueden aplicar al turco, que dudo mucho que haya podido desarrollar estos miedos con un mes de bitacoreo a sus espaldas. Sigo tirándole de la lengua y finalmente llegamos al meollo de la cuestión.

El turco visita sitios porno en Internet. Entra en sitios a ver fotos de tías desnudas, masturbándose (las tías se sobreentiende), recibiendo grandes dosis de lefa en sus caras. El pobre estaba totalmente avergonzado mientras lo contaba, sabedor de que mi vida es un libro abierto y esto acabaría sabiéndose. Me reí en su cara. Si se cree que a estas alturas de la vida yo me trago que alguno de mis amigos no busca pornografía en Internet es que es un primo. En la liga de campeones en la que nos movemos, ya no se valora el pecado, sino la cantidad de veces que has conseguido alcanzar el premio del pecado mortal, que estoy seguro que nos veremos todos y todas en el infierno.

Le explico al turco que eso no es nada y que toda la gente que nos rodea en el bar seguro que lo ha hecho en más de mil ocasiones. ?l me dice que eso no es todo. Me temo una confesión en plan soy sodomita y me gustan los julandros y me pongo en guardia. Coloco una silla entre ambos. El baja el tono de voz, se acerca a mí y me dice susurrándome al oído: “He visto fotos de mi ex-novia en Internet“. Mi carcajada hizo que las palomas levantaran el vuelo. Menuda cosa. Así que todo su trauma es porque se ha encontrado conque la guarra de su ex tiene un álbum completo de fotos pajeándose con un vibrador en la red. Pero por Dios, si eso ya no tiene mérito. Gracias a las cámaras digitales y a los móviles con cámara cualquiera puede ser una estrella. El colega está traumatizado porque ahora no sabe si lo dejó por otro o por el trasto que se estaba jincando por el traste pa’ arriba. Y con eso sí que no podemos competir. Con otro hombre sí puedes argumentar que eres mejor partido, más bonito, más metrosexual de mierda, más de todo. ¿Pero como convences a una tía que vales más que el cacharro con pilas que guarda en su aparador y que la complace cuando y como quiere? Terminamos bebiéndonos medio bar en silencio.

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