Seguíamos sin parar de reír

El relato comenzó en Un viaje a Granada via Málaga

El argentino era como una garrapata que no se quería separar de Waiting ni pa’ mear. Una de las cosas que primero llamó la atención del Niño fue la camarera, muy mona, pero el argentino se encargó de cortar las esperanzas del chiquillo al decirnos que aquella era camionera y le iban más bien los bollos ya que él también había tratado de empetársela pero no tuvo éxito. El radar del Niño comenzó a rastrear el local y encontramos otro grupo en el que tenían una posible candidata. Como siempre, él espera que ella lo detecte y le fermenten los óvulos dentro de la pipa del coño y que salga corriendo hacia donde él se encuentra a comerle el nabo hasta sacarle punta o algo así. Creo que vamos a tener que dejar de ver comedias románticas porque el Niño se está haciendo una visión del mundo muy equivocada. Uno de los integrantes masculinos del grupo de la chama se fijó en Waiting y lo cegó su candor y exquisita presencia. Por descontado, se le comenzó a mover la pelvis con unos espasmos que cualquiera que haya visto dos documentales de la National Geographic sabe muy bien lo que significan y ladinamente se acercó a nosotros para entablar contacto, sin importarle que Waiting estuviese escoltada por tres unidades del mismo género. Al argentino se le salieron las uñas negras de los pies como garras de gato, se le encrespó el vello y quizás hasta rugió o maulló pero con el ruido de la música no lo pudimos oír. El nuevo tenía la mano escoñada, es decir, en una condición lamentable. Nos contó, o Waiting me contó a mí que ya no me acuerdo muy bien, que le había pasado por encima de los dedos un vagón de tren o una vagoneta o algo que va sobre raíles porque trabajaba en algo de eso. La mano tenía una pinta asquerosa pero nada comparado con las fotos que llevaba en el teléfono y que por supuesto nos enseñó. Como Waiting tiene mucha clase y estilo y es una gran señorita y no necesita ni ponerse esas gafas horrorosas que se endiñaba Rocío Jurado y que la hacía parecer un dinosaurio feo y hortera del Cretásico, Waiting apalabró un encuentro instantáneo con la chama que le gustaba al Niño pero no cuajó porque la panoli no hablaba ni una palabra de inglés y además no mostró ningún interés por el chiquillo, aunque eso lo achacamos a que cuando vio el metro noventa y seis de carne pura y dura se acojonó porque recordó que era más estrecha que un callejón de Santiago de Compostela y que si aquel le endiñaba cierta parte gorda y dura seguro que no le iba a entrar ni usando un calzador de zapato y la iba a dejar más abierta que las puertas de unos grandes almacenes. A todas estas yo y Waiting continuábamos trabajando en lo nuestro, cubata tras cubata, camiseta tras camiseta y kit de viaje tras kit de viaje, que aquello era un escándalo y hasta la tortillera de la barra ya nos tenía fichados como clientes V.I.P. ya que los demás como mucho le pedían cervezas claritas del ZAPATAZO, esa invención nueva en la que te llenan medio vaso de cerveza con agua y te cobran la mitad y así casi no se nota que eres cieneurista y no tienes ni donde caerte muerto. En algún momento de toda esa parafernalia fui al baño y lo flipé. En las paredes los virus y las enfermedades reptaban como lombrices y tenía una distribución espectacular, con un meadero y un retrete uno al lado de otro con lo que te puedes echar un pis mientras otro tío te mira el culo mientras jiña. Al que diseñó semejante aberración deberían arrancarle los ojos y pisarlos para que no se los puedan reinjertar. El baño de las mujeres era más espectacular porque estaba en alto y había que subir por una escalera con todo el local mirándote y cada vez que Waiting se acercaba (si es que llegó a hacerlo) la gente se volvía loca a aplaudir y a vitorearla. Como además, allí todo el mundo nos quitaba uno o dos años y se pensaban que nosotros también estábamos en la universidad, aquello era lo más. Al Niño lo avejentaban y le ponían su edad real porque es la que aparenta pero a mí me quitaban un montón, lo cual quizás sea debido a mi pequeño problema con el síndrome de Peter Pan y a que por desgracia a mí no me tocó ningún cura de pequeñito y crecí sin grandes desgracias ni malos rollos de esos que te estropean el cutis. La gente seguía uniéndose a nuestro grupo, parando con nosotros un rato y después continuando con sus mediocres existencias, aún peor porque una vez has conocido al Elegido y a sus elegidos Amigos, todo lo demás te parece gris y aburrido. El argentino seguía meneando la pelvis y tratando de quebrantar las defensas de Waiting y hay que reconocerle al hombre la voluntad que tuvo y su falta de desaliento. En un punto determinado el Niño y yo intercambiamos tarjetas con él, con lo que estoy seguro que él ya nos hizo un gugel y nosotros también se lo hemos hecho a él y hasta sé dónde vive y dónde trabaja gracias al gugel strit viú y quiero que sepa que deberían pintar el portal de su casa porque está muy estropeado. Corría la noche y en un punto determinado detectamos a dos americanos, un tío y una tía. El elemento masculino era la segunda persona más alta del bar y la chica tenía pinta de empollona, de esas que no chupan pollas porque no hay quien les ponga un miembro en la boca con esos hierros que se ponen para enderezarse los dientes torcidos pero que te hace un pajote sin problemas. Al parecer estaba haciendo el doctorado, investigando o viviendo del cuento como la mayor parte de los profesores universitarios, que tampoco es que sean una especie particularmente sacrificada. Un poco antes de este encuentro fundamental el Niño me informó que iba a salir a sacar dinero del cajero y efectivamente, desapareció por unos minutos. Volvió al rato pero el hijoputa seguía sin pagar una puta copa y el día siguiente reconoció que recordaba salir del lugar pero que no llegó a tener nunca el dinero en el bolsillo con lo que no sabía si se quedó dando vueltas a la manzana o le robaron la güita. Por si alguno se inquieta que sepáis que esto último no llegó a suceder. Regresando a los americanos, el Niño tenía las defensas muy mermadas y veía a la Gringa como un pibón del quince cuando aquella era más bien lo que solemos definir como eso que tampoco baila es mi amiga. La Gringa además no sabía o no podía caminar con los zapatos que se puso y el mismísimo Niño se descalzó y le prestó sus lanchas para que subiera al baño y se echara un pis. Mientras les pedimos bebidas que por supuesto pagó un servidor y Waiting leas asignó las camisetas y kits de viaje correspondientes, igual que hicimos con todo el que trató con nosotros. Llegando a las cuatro de la mañana ya nosotros cantábamos a grito pelado. Pasada esa mítica hora alguien nos quitó los vasos de tubo de las manos y en el caso del Niño el vaso ancho con Bourbon que estaba bebiendo y nos pusieron nuestras bebidas en vasos de cartón como primer paso a echarnos del local. Con la última bebida ganamos una última camiseta y la chica que las daba y que nos tenía más vistos que el carajo me la dio cuando ya se iba. A partir de este momento yo tengo unas lagunas mentales posiblemente provocadas por un defecto de circulación sanguínea cerebral y una tasa de alcoholemia muy poco moderada pero al parecer estuvimos dando gritos en la calle, nos despedimos del ladilla del argentino, de los gringos y nos fuimos a casa, es decir, dos puertas más allá. Mi siguiente recuerdo consciente fue que me desperté más tarde meándome por la patas pa’bajo y el puto Niño ocupaba el baño y tuve que esperar y casi me meo encima.

El relato continúa en El día después de reírnos tanto

4 opiniones en “Seguíamos sin parar de reír”

  1. Tremendo pedo el que os agarrasteis.
    Vamos, lo normal. Yo recuerdo bajar el Paseo de los Tristes más o menos en esas condiciones, que hay por esa zona unos garitos muy graciosillos.

  2. Montse que incongruencia no? Graciosillos en el Paseo de Los Tristes…. jejejejeje…
    Me imagino que la resaca fue de interesante al menos igual que la cebolleta que agarrasteis….

Comentarios cerrados.