Sombras en la noche

Abrió los ojos al despertarse de pronto. Estaba muy oscuro, solo unos delicados rayos de luz entraban a través de la ventana y por el tipo de luz que traían debían ser lunares. Pese a no recordarlo supuso que escuchó algún ruido fuera de la casa, quizás un animal pasando junto a la puerta.

Se dio la vuelta y se puso boca arriba. Sus ojos se comenzaron a habituar a la falta de luz y poco a poco comenzó a discernir las formas de los muebles y las líneas de la habitación. Hacía frío. Se colaba por los bajos de la puerta. Mirando hacia el techo sus ojos creaban formas con las sombras, imaginaban seres que su cerebro inmediatamente etiquetaba. Entre todo ese universo gris destacaba un punto negro, una marca situada directamente sobre ella. Trató de enfocarla pero no había suficiente luz y no podía verla claramente.

En su cabeza pensamientos sueltos se despertaban y le llegaban por ráfagas. ¿qué preparar para cenar mañana? … Me compro aquellos zapatos que vi el otro día … ¿adonde iremos de vacaciones este año? … Será cierto lo de Teresa … hilos de pensamiento que se sucedían sin orden mientras ella trataba de centrarse y volver a recuperar el sueño.

El punto negro aumentaba de tamaño lentamente pero aún no podía distinguir lo que era. Fijó su atención en el mismo y por instantes parecía moverse. Aún era muy pequeño. Se llevó las manos a la cara y se restregó los ojos. Quizás era una de esas manchas que vemos en ocasiones al no estar habituados a la oscuridad, esas zonas negras que nos acompañan mientras caminamos por pasillos sin iluminar en nuestro camino hacia el baño y que por la mañana habrán desaparecido. Se fijó en una de las paredes y allí no estaba. Era raro porque si fuera una de esas sombras tendría que verla en el mismo lugar. Cerró un ojo y dejó el otro abierto. Seguía allí, ahora sin perspectiva de distancia pero en el mismo lugar y puede que un poco más grande.

Cerró los ojos y decidió que no merecía la pena perder el tiempo con aquello, que era mejor volver a los sueños, ya fueran dulces o terribles. El frío le golpeaba un poco en la cara y se tapó dejando solo una pequeña zona expuesta. Aplastó la cabeza aún más en la almohada para que esta la rodeara y notó en sus orejas el frescor de la tela. Se quedó quieta, respirando tranquilamente y no sucedió nada. Esperó un par de minutos y trató de despejar su mente pero no lo conseguía, el cerebro seguía desbocado y no podía dormirse. Abrió los ojos de nuevo.

La mancha negra era enorme y ahora estaba sobre ella. Trató de enfocarla y después de unos segundos una inquietante idea surgió de algún remoto lugar de su cabeza. Era una araña que descendía desde el techo, una araña grande y peluda que estaba bajando directamente hacia su cara. Ahora la podía ver claramente, distinguía sus partes y la certeza de su descubrimiento la impulsó para saltar de la cama horrorizada.

Al ponerse en pie y verlo desde otra perspectiva notó que lo que a ella le parecía desmedidamente grande no era más que un pequeño insecto pero aún así no se sintió tranquila. No le gustaban las arañas. Es más, las odiaba. Una sombra se movió tenuemente en la ventana y al mirar hacia allí vio unos ojos que la observaban fijamente. Por fuera de la casa alguien estaba espiándola. Pensó que estaba dejándose llevar por el pánico y que seguro que era una de esas jugarretas de nuestro cerebro al levantarnos y trató de distinguir los contornos familiares del paisaje que se podían ver por la ventana pero seguía viendo una forma humana, quieta y que la miraba atentamente.

Ahora no sabía si prestar más atención a la araña que se dirigía hacia la cama o a aquella sombra que podía ser una persona. En los instantes que dudó la sombra se movió y ahora no tuvo ninguna duda. La espiaban. Se acercó temblando a la ventana y pudo ver la fugaz estela de una vieja que corría por el camino alejándose de la casa, cubierta con telas negras y con unas manos arrugadas y a las que la luz de la luna volvía grises agarrando un palo alargado. La vieja se detuvo después de unos pasos y miró hacia atrás y en su rostro pudo ver odio y rencor.

Se acercó a la mesilla de noche y cogió el teléfono. Estaba apagado. Pulsó con desesperación el botón de encendido y la espera hasta que el teléfono estuvo operativo le pareció interminable. La araña ya era historia, no le preocupaba en absoluto. Ahora lo que quería era pedir ayuda a alguien. Se sentó en el borde de la cama para hacer la llamada y tras unos momentos se acordó de la araña. Saltó como un resorte e inmediatamente sintió picores por todo su cuerpo, como si la araña se hubiera multiplicado y cientos de ellas la atacaran.

En todo este tiempo no se le había ocurrido encender la luz, seguía en la penumbra. Fue en el momento en el que activó el interruptor cuando vio el hacha alzado en el aire y cuando reaccionó y fue a gritar lo sintió golpeándola en el cuello y separando la cabeza del cuerpo. El cuerpo se desplomó mientras la cabeza golpeaba la pared y rebotaba cayendo sobre la cama. La boca seguía abierta, como si siguiera a punto de lanzar su alarido. La sangre comenzó a extenderse por las sábanas mientras la araña corría asustada por la luz y se refugiaba dentro de la boca.

3 opiniones en “Sombras en la noche”

  1. Esto es simplemente terrorífico, tendré pesadillas por días. Eso de que le cortaran la cabeza, bueno, pero que la araña se metiera en su boca, es lo más terrible. Cómo podré dormir yo imaginándome a la vieja con un rostro de odio y rencor?. Es sin lugar a dudas uno de los relatos más espeluznantes que he leído. Te pasaste!

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