Su momento de gloria

A las nueve de la mañana los trenes ya no van tan llenos, ya no es hora punta. La actitud de la gente es distinta, más cortés, más relajada. Te puedes sentar y leer alguno de los tres periódicos gratuitos que están esparcidos por todo el vagón y que puedes conseguir en las entradas de la estación. Los andenes también son transitables. Parece mentira que media hora antes aquello está abarrotado, con miles de personas leyendo los periódicos, hablando por teléfono o simplemente bloqueando el paso. Llegan los trenes y cientos de personas saltan de ellos creando curiosas formaciones que fluyen hacia las salidas y son obstaculizadas por los que quieren entrar en esos mismos trenes. Vistos desde lejos parece un hormiguero muy ocupado. Como el tipo de tren es casi siempre el mismo y sé donde se detienen me puedo poner exactamente delante de la puerta y esperar su llegada. Así me ahorro los empujones y las prisas de la gente que cree que no llegarán a tiempo pese a que el tren estará en la estación al menos cinco minutos. Nunca entenderé ese agobio que les entra por acceder a su interior inmediatamente. Es enfermizo.

El vagón al que yo accedo es de esos que permiten entrar las bicicletas, con espacios más amplios y asientos que se recogen para que haya más sitio. Me da igual un sitio que otro aunque siempre procuro sentarme de forma que controlo la escalera porque si hay espectáculo, este se originará allí. La típica diva de barriada periférica entró y se detuvo unos instantes antes de decidir que subiría a la parte superior del vagón. Es un movimiento muy estudiado para permitir que los machos locales la detecten y así establecer sus dominios territoriales. Por supuesto iba hablando por teléfono. Siempre lo hacen. He llegado a creer que son falsas conversaciones con el único propósito de parecer interesantes.

El cambio climático ha tenido nefastas consecuencias para la decencia y el decoro. Cuando estás en abril y la temperatura ronda los treinta grados el cuerpo te pide aire y ellas se lo dan. Su falda perdió el prefijo mini en alguna guerra anterior. Era tan corta que casi no existía. Sus piernas enormes la hacían parecer un compás andante y los zapatos de tacón de aguja la señalaban como secretaria. Las secretarias Nórdicas gustan de ponerse ropa así. No saben hacer nada y tampoco intentan aprender pero le dan mucha importancia al aspecto. En las empresas contratan dos viejas y feas por cada cinco guapas. Es la proporción precisa para sacar el trabajo adelante. En un mundo justo pondríamos plantas pero a esta tierra hemos venido a sufrir y eso que se dice así que ponen secretarias despendoladas que hacen bonito y cada día visten distintas. Son como flores. Ella enganchó mi portadora con contacto ocular y por ser el único espectador en ese momento me dedicó su grandiosa subida de escaleras. Entró en el vagón y se sentó en algún lugar que no podía ver desde mi asiento. Una lástima porque si se hubiera quedado en el pequeño asiento que hay a la entrada del vagón superior habría tenido unas vistas fantásticas. Mientras la miraba escuchaba un audiolibro. Una historia de fantasía que llevaba mi imaginación hacia otros mundos. Apagué el iPod porque estaba distraído y ya no prestaba atención a esa voz que me hablaba. En el aire la fragancia de un perfume barato machacaba mi nariz. No me gusta la gente que apesta a perfume pero esta no se iba a convertir en mi mejor amiga así que no le di mayor importancia.

Durante los quince minutos que dura el viaje volví a concentrarme en la historia que estaba escuchando. Por la ventana corrían los campos infinitos de hierba en los que vacas felices pastan para producir leche en cantidades astronómicas. A veces veía algún grupo de ovejas trasquiladas y contentas de haberse quitado de encima toda esa lana.

Al llegar a la estación comenzó a salir gente y acumularse en la salida, como siempre. La misma prisa que tienen por entrar les impele a salir corriendo. El tren se detendrá dos minutos y de ellos durante minuto y medio no habrá flujo alguno de gente pero eso no los detiene. Yo seguía sentado en mi sitio. Se abrió la puerta del compartimiento superior y apareció de nuevo, suprema en su particular estilo. Llevaba una ligera chaquetilla que parecía estar a punto de reventar ante la presión de los pechos. Obviamente estaba hablando por teléfono. Nos miró a todos desde su atalaya y comenzó a bajar. Justo en ese momento el tren frenó bruscamente y como ella estaba distraída con su conversación no lo vio venir ni pudo hacer nada para evitar el desastre que sucedió a continuación. La vi perder el equilibrio y comenzar su caída. La gente reaccionó con destreza y se apartaron para facilitarle el golpe contra el suelo. Son unos ocho escalones y la pobre rodó sin gracia ninguna mientras las primeras sonrisas acudían a las caras de los que observábamos. Debemos ser las bestias más crueles porque siempre nos reímos de la desgracia ajena. El teléfono voló libre mientras ella gritaba e intentaba agarrarse de algo aunque sin mucho éxito. Uno de los tacones se partió y quedó rezagado. El tren continuaba frenando y la inercia no ayudaba a aquella desgraciada. Su caída terminó en el único sitio posible, en el suelo, completamente despatarrada. Al apartarse la gente se había abierto un pasadizo que me permitía verlo todo y yo fui el primero en notarlo. Sus piernas en el aire se agitaron pero la (micro)falda ya no estaba en su sitio y allí faltaba algo, no había bragas que protegieran su chumino de miradas indiscretas. Estaba bien afeitada. Todos se fueron percatando del asunto y sus ojos quedaban fijos en un único lugar. Ella intentó levantarse y cubrir aquello que seguramente no estaba destinado para nuestros ojos y terminó consiguiéndolo aunque el precio a pagar fue muy alto. Ella sabía lo que habíamos visto y fue capaz de comprender que el incremento en la intensidad de las risas se debía a una sola razón. Un par de chicos se ofrecieron a ayudarla y alguien le devolvió el teléfono mientras ella trataba de evitar el contacto ocular porque estaba avergonzada. Su gran momento de gloria en la salida acabó siendo nuestro gran momento del día, el tópico principal para nuestras conversaciones junto a la máquina de café. No todos los días tenemos la suerte de ver una Diva despatarrada y menos aún de verle el coño con tanta facilidad.

3 opiniones en “Su momento de gloria”

  1. Lo que hubiera dado por estar allí y hacerle una foto con la peluca mal colocada. Uno de las expresiones que se usan en Canarias es cambar la peluca. Yo trabajé con un señor que tenía un pelo tan, tan, tan brillante y falso que siempre supusimos que era postizo. Nosotros nos partíamos de risa hasta un día que nos dijo que se iba temprano porque tenía hora con el peluquero. Estuvimos por seguirlo porque no puede ser que aquel pelo fuera natural.

  2. A lo mejor se refería al “peluquero” como el señor que vende las pelucas, quien sabe, a lo mejor le iba a poner algo más natural, que esos pelos brillantes de muñeca Nancy ya no se hacen ni en las pelucas más baratas.
    A mi me pasó algo horrible con una peluca, uno de los momentos más embarazosos de mi vida, una paciente iba a entrar a quirófano y le pusieron su gorrito correspondiente. Ella no dijo ni pío, y cuando salió, tonta de mi, le suelto “ya te puedes quitar esto” acompañado del correspondiente tirón del gorro. Ni me había fijado que no tenía ni cejas naturales. Se vino el gorro y la peluca, y se quedó la pobre allí plantada diciendo al ver mi cara “no pasa nada, no pasa nada”… quería que me tragara la tierra, os lo juro, menos mal que se lo tomó con humor….

  3. Tremendo papelón. En mi caso aún no sabemos si era pelo natural o no. Al día siguiente llegó con el pelo corto y después de unos meses lo volvía a tener largo así que o tiene una colección de pelucones o aquella maravilla de la ciencia de Nancy Comansi era auténtica.

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