Hellfire Pass y viaje a Bangkok

El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

Mi último día en Kanchanaburi comenzó temprano. A las siete y media me recogía el taxi y una hora antes me levantaba para prepararme y empaquetar todo. El día anterior había llevado parte de la ropa a lavar, lo cual me costó la friolera de cincuenta céntimos de leuro. Cada desplazamiento es distinto y en este había optado por ir con las cholas Moises y guardar las playeras o zapatillas deportivas en mi mochila, así que tuve que reubicar cosas porque va bien llena. Bajé a desayunar e informé a los dueños del sitio que me iría ese día y a las siete y media en punto apareció mi taxi, el cual era de la modalidad sin aire acondicionado o eso que en España sería una camioneta o un pick-up con la parte trasera preparada para llevar gente. Lancé mis mochilas dentro y nos pusimos en ruta. Llegamos al Hellfire Pass Memorial Museum sobre las nueve menos diez y abrían a las nueve, con lo que tuve que esperar un poco. Fui el primero en entrar a ver los vídeos y ver el pequeño museo que hay en el lugar, muy pero que muy interesante. Mientras yo estaba allí llegaron dos guaguas con turistas, aunque a mí me pillaron ya saliendo para el paso con mi audioguía. Lo que se visita en este lugar es el corte en la roca conocido como Hellfire Pass, nombre que le dieron los prisioneros que lo construyeron porque hacerlo fue un infierno y murió un montón de gente, aparte de los que torturaron los ingenieros japoneses y los guardas coreanos, los cuales eran tanto o más sádicos que los japoneses y que sirve para recordarnos a todos que con los coreanos, como con los truscolanos, los buenos son los que están muertos y bajo tres metros de hormigón armado y todos deberíamos firmar peticiones a las Naciones DesUnidas para que arrasen con bombas nucleares tanto las korreas como truscoluña. Este acto de caridad hacia la humanidad se puede justificar perfectamente y beneficiaria a la larga a nuestra especie.

El Hellfire Pass te deja anonadado. Pensar que tuvieron que picar la roca, con monzón, casi sin recibir comida, sin herramientas y trabajando dieciséis horas al día, te pone la carne de gallina. La audioguía lo va explicando todo muy bien y el paseo es de esos que te ponen mal cuerpo. Después del Hellfire Pass casi todo el mundo regresa pero yo continué y me dejó igualmente espeluznado el Hammer & Tap Cutting o el lugar en el que se levantaba el puente Pack of Cards, el cual se desmoronó tres veces durante su construcción ya que los ingenieros japoneses no tenían ni idea de como hacerlo. La envergadura de la obra y el precio en vidas humanas son difíciles de comprender. En ningún momento me crucé con nadie, así que hice los dos kilómetros y medio solo, acompañado por los ruidos de la jungla. Al regresar vi gente en la zona más cercana al museo, ya que bajan, miran el corte y vuelven a subir.

En total me tomó algo más de dos horas y en el tramo final, subiendo unas escalinatas que se supone que siguen la ruta que hacían los presos hasta el campamento, pensé que me moría del esfuerzo. Llegué al museo más sudado que las bragas de la medalla de oro de maratón. Allí me encontré con uno de los colegas que el día anterior habían estado en el Elephants World y le expliqué las cosillas y le recomendé que no subiera por las escalinatas como hice yo y regresara por el mismo camino que bajaba.

Mi taxista me esperaba y salimos escopeteados hacia Kanchanaburi. Llegamos a la una menos veinte y me dejó en la estación de guaguas, en donde los tiqueteros habituales intentaron desviarme hacia los mini-buses, algo que yo no quería. Compré mi billete para la guagua del gobierno y me subí. Salimos a la una de la tarde y llegamos a Bangkok sobre las tres y media. Después cogí una guagua de la ciudad para ir al centro, ya que la estación de guaguas del Sur está en el puto carajo y tardé una hora larga en recorrer nueve kilómetros gracias a los atascos infernales de esa ciudad. Me bajé en Victory Monument, la zona en la que debería encontrarme los follones esos que anuncian en las teles extranjeras y allí no estaba ni er Nani, solo turistas y gente regresando a casa después de trabajar. Allí me subí al SkyTrain y una parada más tarde cambié al AirLink, el tren que va al aeropuerto, ya que elegí mi hotel junto al mismo para así al día siguiente ir más rápido. Una vez en el hotel, me acerqué a la zona de Sukhumvit para cenar, usando el metro hasta Asok, el cual era un viaje de una sola estación. De nuevo, no observé nada que denote que el país está en toque de queda y las putas siguen haciendo sus negocios como siempre y los pervertidos siguen contratándolas como siempre.

Después de cenar regresé al hotel ya que al día siguiente volaba a Krabi temprano.

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Elephants World

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Aunque podía haber ido a visitar algún santuario de elefantes en Chiang Mai, a sugerencia de mi amigo el Rubio decidí posponer esa actividad hasta mi paso por Kanchanaburi. Él había estado allí el año anterior con su mujer y las tres unidades pequeñas y todos habían flipado en colores con Elephants World y me había pedido y rogado que fuera a ese lugar, que más que un parque es una especie de asilo para elefantes que han tenido una vida muy puta y que al hacerse viejos sus dueños se quieren deshacer de ellos.

En Tailandia, los elefantes siempre han trabajado con los hombres. Ya hace un tiempo que se prohibió totalmente el uso de elefantes como animales de carga y para arrancar árboles y muchos de ellos fueron reconvertidos en animales para mendigar o para dar paseos a los turistas con unas sillas pesadísimas a su espalda. El elefante asiático solo puede cargar unos cien kilos y la silla pesa cincuenta, con lo que cuando le sumas a ese peso el de los dos hijoputas que se ponen encima, te puedes hacer una idea de lo que sufre el animal. Además, para domesticarlos los torturan hasta romper su voluntad.

En Elephants World, los elefantes viven tranquilos y contentos los años que les queden. Un elefante en libertad suele tener una expectativa de vida de sesenta y cinco años y en cautividad puede llegar hasta los noventa, ya que cuando se le caen los dientes se le puede seguir dando comida blanda.

Sobre las nueve y media de la mañana me recogieron en una pick-up que iba llena de gente. En total éramos unos diez. Me sorprendió ya que en los hoteles anuncian los parques de elefantes con silla para pasear y este lugar no es muy querido por ellos ya que no tienen comisión alguna. Después de unos cuarenta minutos en coche llegamos al parque, una finca inmensa junto al río Kwai. En la introducción nos explicaron cosillas sobre seguridad e íbamos a dar cestas de frutas a los elefantes. A mi me tocó una llamada Bo que había llegado al parque un mes antes muy débil y torturada y que tiene sesenta y cinco años. En el tiempo en el que ha estado allí ha recuperado algo de peso pero todavía está llena de heridas del hijo de la gran puta truscolana que le pegaba en Chiang Mai. El animal casi no podía coger la comida (piña y plátanos) y se los tenía que meter en la boca, con una lengua enorme. Además, está ciega de un ojo por algún golpe que se dio contra algún árbol o eso es lo que creen.

En el parque ese día estaba un equipo del canal 7 tailandés para hacer un reportaje sobre esa organización no gubernamental que ayuda a los elefantes. Merece la pena comentar que el precio de un día en el parque es de 2000 Bahts tailandeses o casi cuarenta y cinco leuros a precio de hoy. Creo que en la tele me sacaron dándole de comer al elefante. Después los elefantes se fueron al río Kwai a darse el baño de la mañana y los acompañamos ara verlos en el agua. Allí me comentaron que Bo adora el baño ya que en el lugar en el que la tenían en Chiang Mai no había agua y no podía bañarse. La presentadora habló un rato subida al cuello de uno de los elefantes mientras todos cruzábamos los dedos para ver si la tiraba, pero no sucedió. Al salir cada uno se fue a su árbol favorito y es rascaban contra los mismos y después se desperdigaron por el lugar. El más viejo de los elefantes nació antes de la Segunda Guerra Mundial y el más joven es casi un niño, un elefante que rescataron después de que se lo arrebataran a su madre y antes de que lo empezaran a torturar.

Mientras los elefantes estaban ocupados con sus tareas, nosotros cocinamos “arroz pegajoso“, el cual se hace como el risotto, revolviendo sin parar hasta que el arroz suelta suficiente almidón. Por la tarde les íbamos a dar bolas de arroz a los elefantes con las vitaminas y medicinas que tienen que tomar y para los más viejos que no tienen dientes, esta es una comida muy fácil.

Así matamos la mañana y tras un almuerzo excelente nos dividimos en dos grupos. Unos se fueron a preparar las cestas con frutas para la tarde y otros (entre los que estaba yo) fuimos a cortar cañas en los campos de alrededor. No me quedó claro el uso que les dan pero igual se las comen los elefantes. Con treinta y seis grados, es un trabajo duro pero igualmente divertido. Antes de ir habíamos visto a los elefantes dándose baños de lodo y usando herramientas con su trompa para extender el lodo por todo su cuerpo. Los elefantes asiáticos se pueden quemar con el sol y por eso se cubren con el barro.

Tras cortar y recoger las cañas, fuimos a preparar las bolas de arroz. El arroz lo habíamos cocinado con trozos de calabaza y al hacer las bolas les añadimos las medicinas y vitaminas. Con las cestas de bolas de arroz, los elefantes vinieron y se las dimos. Este es un momento que a todos les gusta, tanto a ellos como a nosotros. Cuando se acabó la comida era la hora del baño de la tarde y los elefantes salieron escopeteados con sus mahuts al agua.

Cada elefante tiene un guardián / protector, un humano al que eligen. Cuando los elefantes llegan al parque, vienen mahuts de todos lados y hacen pruebas y es el elefante el que elige a la persona con la que quiere estar. Esos hombres (y una mujer) viven y trabajan allí, prácticamente sin un día de descanso y son a los que los elefantes hacen caso. Al parecer, les gustan las voces no agudas y por eso prefieren los hombres, aunque en el caso de un elefante totalmente ciego escogió a una mujer.

Con los elefantes en el agua, entramos y nos repartimos entre los elefantes, para jugar y divertirnos con ellos. Ese fue el mejor momento del día sin lugar a dudas, una experiencia única, con elefantes juguetones que nos lanzaban al agua y que se lo pasaban tan bien como nosotros. Además, nos bañamos en el río Kwai, con lo que no solo lo he visto, he cruzado sobre el puente famoso, he ido en el tren sino que me he bañado en dicho río con elefantes.

Cuando salieron del agua se fueron escopeteados al lugar en el que les dan de comer porque sabían que era la hora de la fruta de la tarde. Nuevamente, me tocó la cesta de Bo, la cual estaba agotada (por lo débil que está) y tardó muchísimo más que los otros elefantes en comer, así que algunos de los cuidadores se quedaron charlando conmigo mientras le daba trozos de piña, su fruta favorita y plátanos. Cuando acabó de comer me uní al resto del grupo y tras tomar unos refrescos nos devolvían a Kanchanaburi.

Este es el tipo de experiencia que hermana y de allí salimos todos encantados y habiendo compartido infinidad de consejos sobre los destinos de unos y otros. Después de lo que me contaron, opté por modificar mis planes y tirar para el sur del país. Ese día, por tercera y última vez, fui a cenar al Nut’s Restaurant y le pedí que me hiciera lo que le saliera de la pipa del guirre y me hizo un King Curry que no sé cual es pero que estaba de puta madre. En el restaurante había un joven europeo con un Lady Boy o eso que en la Isleta llamábamos un pedazo de maricón, aunque ahora que vivimos en una sociedad dominada por lo políticamente correcto, deberíamos denominarla como una tía con polla. Tengo clarísimo que el europeo sabía lo del rabo entre las piernas porque esa aquella no tenía una nuez de Adán, tenía el puto nogal en el cuello y unas manoplas enormes. Si vas a acostarte con un tío disfrazado de tía, al menos búscate uno que parezca una tía de verdad y no un mamarracho que no pasa por tía ni aunque te lo tropieces en carnavales y ya estés borracho.

Al día siguiente quería ir a visitar Hellfire Pass y después tirar para Bangkok. Había pensado en hacer el viaje con transporte público ya que los taxis me intentaban levantar 1600 Bahts por el viaje. Mi Ángel de la guarda estaba al loro y me empujó a ir a visitar el mercado nocturno, uno que habitualmente no me interesa. En el camino paso por un callejón obscuro en el que hay un cartel de un taxi y el precio es de 1200 Bahts. Mientras lo miraba sin creérmelo, un hombre al otro lado de la calle me grita y resulta que es el taxista. Le explico que quiero ir a ese sitio a primera hora de la mañana, yo solo y el hombre me dice que me lo deja en 1000 Bahts. Casi me da un jamacuyo de la emoción tan grande. Si me dice que le tengo que hacer un final feliz, allí mismo le cojo el rabillo y se la casco. Le dejé 200 Bahts de anticipo y quedamos que al día siguiente me recogía a las siete y media. Estando en el mercado nocturno vi que algunos de los que tenían puestos recogían a toda prisa y decidí comenzar la retirada. A medio camino se abrió el cielo y cayó el diluvio universal y terminé refugiándome en un 7eleven durante casi tres cuartos de hora, ya que por supuesto, me dejé el paraguas en el hotel. Una vez regresé, empaqueté todo, reservé mi hotel para Bangkok y compré mi billete para volar a Krabi desde esa ciudad.

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El Parque Nacional de Erawan y el tren

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Tailandia es el país en el que son maestros a la hora de crear veinte tipos de excursiones a partir de una. En todos los sitios a los que voy tienes la excursión que quieres hacer y después las variantes, con paseo sobre elefante (torturado con una silla sobre su lomo), rafting en balsa, rafting en bote, caminata, sin caminata, es siempre una base con diversas variantes que se han de hacer en el mismo lugar, con lo que así llenan el coche con más gente.

Yo quería hacer una que se llamaba Erawan & Train combo y que tenía la mañana en el Parque Nacional de Erawan nadando y caminando entre los siete niveles de cascadas que hay en el mismo y por la tarde un paseo en tren en la famosa vía que se construyó en la Segunda Guerra Mundial usando presos holandeses, británicos, australianos y americanos (en menor medida). Me recogían a las ocho menos diez, así que a las siete y cuarto estaba desayunando. Éramos en total diez turistas, el conductor, la guía y una aprendiz de guía. Lo primero fue una hora y algo de coche hasta el Parque Nacional, por “la” carretera de la zona. Paramos antes de entrar al parque ya que dos julays iban a hacer la excursión a lomos de los elefantes por la jungla. Para aquellos que creáis que eso es fascinante, los elefantes sobre su lomo solo pueden llevar unos cien kilos de peso y las sillas que les ponen encima para cargar dos turistas pesan cincuenta kilos. Además, esos elefantes son separados de sus madres a los dos años y la manera de entrenarlos es a base de torturarlos hasta que se someten completamente y pierden toda ilusión. Recordad esto si algún día se os ocurre hacer una excursión de ese tipo. Nosotros seguimos y al llegar al parque nos pusieron un pequeño vídeo y la guía caminó con nosotros hasta el lugar en el que estaba la primera cascada (o la séptima, si contamos de arriba a abajo). Yo miraba a la chama, encochinada que no veas y pensaba que no debe ser tan duro cuando esa bosta lo hace varias veces semanalmente, pero allí mismo nos explicó que ella se quedaba esperando por nosotros abajo y teníamos cuatro horas para subir hasta donde quisiéramos, bañarnos y relajarnos. El lugar es muy popular entre los tailandeses, que vienen allí sobre todo los fines de semana. También nos explicó que para evitar que la gente deje basura, no se puede llevar comida y la bebida, has de pagar una fianza de cinco leuros por botella que quieras subir y que te devolverán si la enseñas al regresar. Nos marcaron las botellas y cobraron la fianza y cada uno se fue por su lado. Yo opté por ir de un tirón hasta la séptima haciendo fotos y después bajar bañándome en todas y cada una. A esa hora el calor ya apretaba, con unos treinta y dos grados y más tarde iba a alcanzar los treinta y seis. En los alrededores de la primera catarata había monos.

La segunda estaba cerca y lo mismo sucedió con la tercera, aunque ya para entonces yo iba en cabeza y los demás se habían quedado algo rezagados. El sendero para ir de una a otra estaba en buenas condiciones y al ser el final de la temporada seca, no había demasiada agua y no había demasiadas zonas con peligro de hostia al resbalar. La tercera catarata fue la primera de las espectaculares, con una caída de agua preciosa y un pequeño lago con islote en el lugar, algo que seguramente algunos ya lo habrán visto en cierto vídeo. Desde la tercera a la cuarta había que caminar algo más de un kilómetro, o más bien ascender por la montaña, esquivando escorpiones,, mosquitos, lagartos venenosos y demás bichos locales, pero mereció la pena porque la cuarta desde que la vi se convirtió en mi favorita. En la catarata había un tobogán natural, al que podías acceder para lanzarte después de jugarte la vida y no tenía demasiados peces en el lago, ya que alguien pensó que molaría mazo poner los peces esos que te comen la carne de los pies y que la gente paga por meter las pezuñas en piscinas llenas de los mismos para que te devoren (eufemísticamente llamado masaje). Desde esta piscina a la quinta fue otra tirada, con el camino volviéndose más arisco y duro y con los mosquitos más insidiosos. A partir de esta y para llegar a las dos últimas, es prácticamente una escalada, con algunos tramos con escaleras de madera y en la que vas sin resuello alguno y sudando por todos y cada uno de los poros del cuerpo. La sexta no me pareció gran cosa y hasta ese punto y desde la tercera no me había cruzado con nadie, con lo que me temía que igual iba a llegar allá arriba y estar solo. Al alcanzar la séptima, había un grupo de jóvenes tailandeses y una pareja que cuando los oí hablar supe que eran mexicanos. Ella posaba en todos los rincones y el venga a hacerle fotos en plan modelo, solo que celulítica y bigotuda. Después de hacer las fotos, hice un pequeño vídeo y me bañé, aunque duré poco en el agua porque estaba lleno de peces y eran como pirañas, picoteándote para arrancarte la piel muerta, según los asiáticos. Ya de regreso, bajé a la sexta y me bañé, ya que allí había zonas libres de peces, después seguí a la quinta y me bañé un rato largo y pasé aún más tiempo en la cuarta, sin lugar a duda mi favorita y una en la que no molestaban los peces. De alguna otra excursión había un chamo que casi no hablaba inglés con dos pavas americanas. Una al parecer no sabía nadar mucho y no paraba de decir Oh My God. Consideré seriamente el ahogarla. Por suerte se fueron al rato y me quedé yo con otra gente que no hacía ruido. Según había ido pasando el tiempo el parque se había ido llenando poco a poco con turistas y locales y daba la impresión que cuanto más me acercaba al primer nivel, más gente.

También pasé un gran rato en la tercera cascada y decidí saltarme el baño en la segunda y la primera. Diez minutos antes de la hora a la que nos habían dicho que teníamos que regresar (en total teníamos cuatro horas en el parque), regresé haciendo algunas fotos en la segunda y la primera y enseñando las botellas para que me devolvieran el dinero de la fianza. Después me acerqué al restaurante en el que nos daban el almuerzo y me junté con los otros. Con lo de las excursiones es siempre una lotería. Te puede tocar un grupo en el que hay buena onda y todos acabamos de amigos para siempre (hasta que acabe la excursión) o te toca un grupo indiferente y no hay trato. Esto último fue lo que sucedió ese día. Cada loco iba con su tema. Comí fideos tailandeses con verduras y pollo (Pad Thai, creo que lo llaman) y desde allí salimos hacia la estación de tren de Kra Sae. Como casi todos los demás, con la barriga llena y la calor tan grande, me dio un jamacullo y me pegué la hora de viaje durmiendo una siesta. Al llegar a la estación, hay un montón de puestos para compra de chorradas, recuerdos y baratijas, o lo que la guía llamaba irnos de compra. Primero nos llevó al lugar en el que está el puente de madera, una estructura fascinante e igual que las que se hicieron en la Segunda Guerra Mundial (aunque algo me dice que es más reciente) y en la zona hay también una cueva que ahora es un templo Budista y durante la construcción del tren fue campamento y hospital de los presos. Fui el único que pasó de lo de las copras y caminé sobre el puente casi un kilómetro. Al regresar, esperamos la llegada del tren. El lugar se comenzaba a animar ya que todos los grupos hacen el mismo viaje. El tren apareció sobre las cuatro y diez de la tarde y nos subimos para cruza el puente de madera en el mismo.

No sé, creo que todos pensábamos que iba a ser algo aburrido pero lo cierto es que cuando aquel tren viejísimo empezó a moverse y a menearnos y vimos que nos dejaban abrir las puertas en marcha y salir, correr junto al tren y subir (como en Divergent) y alongarnos por las ventanas, nos rechiflamos todos y empezamos a hacernos fotos y vídeos mientras el tren traqueteaba. Cuando cogió velocidad parecía que en cualquier momento iba a saltar de las vías y nos matábamos allí mismo pero nos reíamos más y más y hacíamos locuras aún más grandes. Los tailandeses nos miraban flipando porque mientras ellos permanecían en el tren, nosotros andábamos con el cuerpo por fuera y de repente venía una rama enorme y nos metíamos para dentro, esperábamos unos segundos y volvíamos a comenzar a coger confianza y salir. Hicimos un recorrido de tres paradas, fantástico. Cuando nos bajamos, el maquinista se hinchó a tocarnos la pita (o como quiera que se llame eso en los trenes) y nosotros aullábamos en respuesta. Desde allí fuimos en la furgoneta hasta el Puente sobre el río Kwai y pasamos en el mismo veinte minutos antes de regresar cada uno a sus pensiones sobre las cinco y media.

Fue un día muy completo y divertido. Esa noche volví a cenar en el Nut’s Restaurant en donde probé su curry de calabaza con cerdo y lo flipé en colores y tres o cuatro dimensiones. Este invierno aprendo a cocinar curry de calabazas, es lo más de lo más. Me acosté temprano de puro agotamiento.

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De Ayutthaya a Kanchanaburi

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En esta etapa del viaje, he estado saltando de lugar en lugar con rapidez y la razón es que son sitios que quería ver pero que no tienen demasiado y los puedes ver en un día o poco más. Por eso, solo pasé una noche en Ayutthaya y al día siguiente me marchaba temprano. Me levanté antes de las siete y a esa hora estaba en la calle pedaleando y yendo a hacer fotos del Wat Phra Si Samphet. Las calles en domingo estaban bastante vacías y a esa hora, la temperatura ya rondaba los treinta grados. También hice alguna foto del Wihan Phra Mongkhon Bophit o el Palacio Real, el cual por alguna razón no me llamaba demasiado y pasé de pagar por verlo por dentro. Paseé por la ciudad con la bici y sobre las ocho fui a desayunar en el Coffee Old City, cafetería que estaba a la entrada de la pensión en la que me quedé.

Después de comer, me duché, cogí las mochilas y a las nueve me recogieron para viajar en mini-bus a Kanchanaburi. Particularmente prefiero el transporte público porque conducen mejor, pero si usaba esa alternativa, tenía que pasar por Bangkok y prefería evitar la ciudad. En el lado positivo, nos llevaron en dos horas y media. Me dejaron en mi nueva pensión, Tara bed and breakfast sobre las doce de la mañana.

Como el día era largo, por la tarde salí a pasear y fui andando hasta el Cementerio de Guerra de Kanchanaburi o Don Rak. Merece la pena recordar que treinta y ocho soldados aliados murieron por cada kilómetro de la línea de tren que hicieron los japoneses entre Birmania y Tailandia y un montón de ellos están enterrados aquí. El cementerio resulta muy interesante.

Al lado del mismo está el Museo del Ferrocarril de la Muerte o Death Railway Museum. Con la entrada te dan un cupón para un café gratuito al final de la visita, algo curioso. El museo es fascinante, te cuenta la historia de lo que sucedió allí, te inunda a estadísticas sobre los que murieron y los que sobrevivieron y tiene una combinación perfecta entre historias tiernas y personales y la cruda realidad. Sales del mismo con una idea clara de lo que sucedió cuando se construyó la línea de tren.

Cuando salí crucé la calle y fui a ver la estación de tren de Kanchanaburi, una de las que hicieron estos hombres, aunque ellos solo se ocuparon de la línea y el edificio es reciente. Después fui paseando hasta el Puente sobre el río Kwai y justo antes de llegar vi el World War II Museum and JEATH War Museum. No me molesté en leer mi guía, entré y me pareció una puta mierda. Más tarde, mirando en mi libro descubrí que este es falso, hecho por un julay de ascendencia truscolana y no merece la pena. Al menos, al salir a la azotea del mismo, vi que pasaba un tren por el puente y le hice fotos y vídeo. Llamar museo a esto es un insulto. Por suerte la entrada era baratísima.

Después fui junto al puente, lo crucé andando ya que es Tailandia y aquí es totalmente normal que te apetezca andar por las vías del tren y cuando me aburrí regresé al hotel para pasar un rato en el piscina. Por la tarde, contraté una excursión para el día siguiente y me fui a cenar al Nut’s Restaurant, un sitio en el que la dueña cocina y lo hace todo y en el que la comida es fabulosa. Después me aprovisioné de agua y regresé a mi hotel ya que al día siguiente me recogían a las ocho de la mañana.

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