Territorio salvaje

Me levanto a las cuatro de la mañana, me doy una ducha y cuando salgo a la calle ya me está esperando el colega con el que voy a ir a ver los ciervos. Joder, que aún hay gente volviendo de la discoteca recién cerrada por la calle y los taxis se apiñan en su puerta, como depredadores buscando presa. Cruzamos la ciudad, casi muerta, entramos en la autopista y cruzamos el país de noche. Para no dormirnos vamos hablando todo el tiempo. En holanda no hay programas de radio nocturnos, no como en España. Trato de explicarle al colega que en mi país los hay a patadas y que todos están cortados por el mismo patrón: friki abre las líneas telefónicas y la gente llama para contar desgracias y nunca se sabe si son ciertas pero te quedas asombrado de lo que se ensaña Dios con algunos. Son gente solitaria, que buscan de esa forma compañía. Aquí sólo tenemos música.

Llegamos a nuestro destino a las cinco y media. Partimos de la entrada de un camping que está en el medio de la nada, rodeado de bosques y oscuridad, sin estrellas en el cielo, gracias a la polución ambiental de la que disfrutamos en estos Países Bajos. Nos damos un paseo y descubrimos las bicicletas que habíamos alquilado. El tío que lo hizo nos dijo que las dejaría en algún lugar en el que las pudiéramos encontrar y así fue. Estaban con nuestros nombres en unas pegatinas. Las cogimos y volvimos al coche. A veces me sorprende como en este país las cosas funcionan por confianza. Alguien habla con uno por teléfono y te deja dos bicicletas de puta madre que luego le devolverás y le pagarás el alquiler. Ese alguien solo tiene un nombre y un número de teléfono que no ha podido verificar. ?l confía en nosotros igual que nosotros confiábamos en que tras recorrer cien kilómetros, habrían bicicletas disponibles.

Cinco minutos antes de la hora de partida aparece todo el mundo al unísono. Yo pensaba que iba a ser un grupo reducido, porque al fin y al cabo no creo que haya mucha gente dispuesta a madrugar por ver ciervos pero parece que me equivoqué. ?ramos veinte en total. Eso sin incluir al guía, un tipo que parecía sacado de la serie de dibujos animados de David el nomo. Iba vestido completamente de verde, con un gorro de estos como los que usan los guardas forestales americanos y una barba espectacular. El colega parecía haber vivido fuera de la civilización durante toda su vida. Hizo algún comentario que supuestamente era gracioso pero nadie le vio la gracia. A la hora convenida nos pusimos en marcha. Nos contó que serían unos veinticinco kilómetros de paseo en bicicleta en el que posiblemente veríamos ciervos y alces.

Empezaba a clarear, aunque no mucho. Definitivamente no había suficiente luz para hacer fotos y no creo que a los bichos les guste que los saquen con flash. Nos adentramos en un bosque por senderos muy poco señalizados. Estábamos en silencio. ?nicamente se escuchaba el sonido de las ruedas de todas las bicicletas al rozar la tierra y algunos frenos que gritaban al ser usados. Tras quince minutos, sin aviso previo, el tío se tiró de la bicicleta y la dejó en el suelo. Salimos corriendo detrás de él que señalaba algo. Nos había dejado prismáticos y así pude ver que se trataba de un jabalí. Creía que ya no existían en Holanda. El bicho estaba comiendo en un claro del bosque. Era bastante grande. Estuvimos mirándolo un rato, hasta que nos debió sentir, porque salió por patas. Fue en ese momento cuando en realidad me di cuenta que estábamos en medio de un bosque rodeados de animales salvajes. Seguimos la ruta. Yo iba casi al final del grupo, más que nada porque algunos eran kamikases en bicicleta y paso de tener un accidente.

En nuestra expedición yo era el más joven, el resto eran gente bastante mayor, con muchos que supongo eran jubilados. Me imagino que los jóvenes prefieren otras actividades más luctuosas. El hecho de ser el benjamín hacía que toda aquella gente me tratara con deferencia, casi con cariño. O era eso o fue mi infinita potra. Algunos me hablaban y yo sonreía y asentía sin entenderlos. Pedaleaban a mi lado un rato y después volvían a sus posiciones, contentos de haber hablado con el chaval español. En un momento dado tuve frente a mi a las dos tipas más peligrosas que he visto en mi vida pedaleando. Una era mayor, llevaba una mochila que se soltaba de vez en cuando y entonces ella clavaba frenos y que la esquiven como puedan. Además o iba borracha, o no tenía pulso o estaba loca de atar porque hacía eses y se cambiaba de fila cada dos por tres. La otra tenía cara de mongólica. Me explico, el mismo hocico que suelen tener las personas que han nacido con ese problema. No creo que lo fuera, era solo la cara. También conducía como una chiflada, dando frenazos bruscos y demás. Me las tuve que apañar para adelantarlas porque vi claro que aquello solo podía concluir en accidente.

En otra parada nos echamos a andar y después de un rato descubrimos una manada como de unos diez jabalíes, con dos enormes que debían ser los padres y el resto eran crías. Estaban tranquilamente en un claro. Los miramos durante un rato. Al poco se fueron dando saltos hacia la espesura.

En la siguiente parada nos topamos de lleno con el padre de Bambi. Aquellos que conocen la historia sabrán que el muy hijoputa se folló a la madre de Bambi y la dejó preñada desentendiéndose luego de ella. Por eso mismo fue madre soltera y tuvo que criar el bicho sin ayuda paterna. Los de la Disney ablandaron un poco los detalles, pero básicamente es la loa de una madre soltera y de lo que tiene que hacer para sacar a su hijo adelante. Quizás debería deconstruir el cuento y contar las verdades para que no hayan más generaciones de niños engañados. El padre de Bambi tenía unos cuernos de que te cagas, supongo que porque la madre, despechada, se los puso con todo hijo de vecino en el bosque. El tío trataba de andar en plan orgulloso y tal pero un cornudo es un cornudo camine como camine.

En la siguiente parada nos topamos con el mismísimo Bambi, la madre y un par de amigas que debían volver de juerga. Iban corriendo por el bosque. Bambi está un poco mayor y se nota que el divismo lo ha estropeado mucho. Pasaron muy cerca de donde nos encontrábamos. Me dio la impresión que Bambi se ha vuelto un poco metrosexual de mierda y se hace un peinado de estos de mongolo. A la madre no se la veía muy contenta. Seguimos cruzándonos con grupos de jabalíes y de ciervos y con algún alce de cuando en cuando.

Ya cerca de las ocho y media paramos para que la gente desayunara. Nosotros sólo traíamos agua, aunque desde que se corrió la voz, no faltaron viejas que me ofrecieron café, pastas, sopitas calientes, pan, zumo y de todo. Mi amigo el holandés flipaba porque a él lo ignoraban como a la peste y yo era el que le pasaba pitanza. La retarded se marchó a mear con un gran trozo de papel con el que imagino que se limpiaría el coño al acabar. Le eché una mirada reprobatoria. Uno no viene en medio de un bosque a contaminar. Si quiere orinar, que lo haga a pelo o que se limpie con una hoja. Lo mejor es que se puso como a sesenta metros de nosotros cerca del camino que seguimos para llegar allí y cuando estaba agachada lanzando su chorrito amarillo, apareció por dicho sendero un friki en bicicleta que se la topó de frente y cuando vio aquel chocho saludándolo, se detuvo completamente y se quedó mirándolo mientras un hilillo de baba le caía por el costado. El tipo tenía pinta de ser de los que se compran la revista Playboy y borra las fotos de tantas pajas como se hace con ellas. La mujer salió corriendo del susto y le vimos el culillo mientras se arremangaba las bragas modelo Jumbo que llevaba. El tipo se acercó a nosotros. También vestía de verde y llevaba una red de camuflaje militar, dos trípodes, una mochila que debía pesar unos treinta kilos y tres cámaras colgando. Venía de pasar unas horas escondido haciendo fotos, aunque sin éxito. No había visto nada. La semana anterior sin embargo parece que vio manadas bien grandes. Si nuestro guía tenía pinta de bicho raro este le ganaba de cajón. Encima se le iban los ojos hacia la persona que incorporaba el conejo que había visto previamente y su mirada era terriblemente lasciva.

Tras un rato nos dejó y continuamos nuestro camino. Ya había bastante luz y no pudimos ver nada más, aunque el paseo fue genial. Cuando volvimos al punto de inicio, pagamos las bicicletas y volvimos a casa en coche.

Ya puedo decir que he caminado el Naardermeer, he andado por el mar hasta la isla de Ameland en marea vacía y en otra ocasión la he recorrido en bicicleta, he ido a una playa situada a tres kilómetros mar adentro (zwerftochten), he puesto mi culo en el único punto del universo en el que simultáneamente está en territorio alemán, belga y holandés, he andado por bosques buscando setas que fotografiar, cruzado el Hoge Veluwe a lomos de una bicicleta blanca y ahora también he andado entre animales salvajes.

4 opiniones en “Territorio salvaje”

  1. Yo también he andado entre manadas de animales salvajes y he corrido peligros innumerables cuando iba al Centro Comercial La Ballena, andar entre la “matadura” que allí se junta y ver esos elefantes e hipopótamos pasear sus toneladas no es una tarea fácil.

  2. pues creo que los del national, deberian pasearse tambien por estos centros. En su vida pasarán tanto miedo. Ocultos tras los mostradores observando el comportamiento de estos “seres”. Los rituales de apareamiento, sus modos de comunicación… estoy seguro que encuentran algún indicio de inteligencia.

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