Todos estábamos en esa maldita lista

En realidad hay victorias que saben a derrota. La de hoy ha sido una de esas. He sobrevivido a mi segunda reorganización dentro de la compañía para la que trabajo desde el año 2001. No tiene lógica ninguna porque las reglas dicen que los últimos en entrar han de ser los primeros en salir. He aparecido en las quinielas de casi todo el mundo, de hecho ayer había gente que venía a hablar conmigo y me decía que no me fuera sin pasar a despedirme y estrecharnos las manos. Así de claro lo teníamos todos. Después de volver anoche a mi casa sobre las diez y media y ver el estado de las obras no tenía muchas ganas de hacer nada más y opté por acostarme temprano. No dormí nada bien. Me debo haber despertado docenas de veces. Sólo entre las seis y las seis y media creo que miré la hora cada minuto. Puesto que no tengo baño me hice un chás chás en el fregadero y esperé a que llegaran los profesionales de la construcción. Me dieron el parte del día, nos tomamos un café juntos y me fui al trabajo. La guagua llegó tarde, perdí el tren, perdí la guagua en Hilversum y tuve que caminar a la oficina. Uno de esos días negros en los que todo se tuerce. Traté de animarme escuchando el disco de Bebe. Incluso había elegido una estrofa para anunciar mi despido en esta página. Mi humor era terrible y entre las alternativas que barajé estaba la de un silencio completo en esta mi bitácora de al menos una semana, un tiempo prudencial para asimilar el golpe y despejarme sin sentir el agobio de la gente que te tiene lástima. Andaba con esos pensamientos camino del trabajo cuando me golpeó de repente el concepto de perder el empleo. Casi me echo a llorar mientras andaba. Me tuve que tragar las emociones a golpe de distracción, tarareando canciones y procurando poner en blanco la mente.

Cerca del trabajo me encontré con un compañero con el que me llevo bastante bien y que también se veía fuera. Hice el resto del viaje en su coche, ambos lamentándonos porque había llegado nuestro fin. Subí a mi despacho y traté de buscar a mi jefe. Ni me molesté en colgar el abrigo. Quería que me dieran el palo y que me lo dieran inmediatamente para poder marcharme. Mi jefe no andaba por ningún lado, nadie sabía nada y todo el mundo estaba parapetado en sus despachos haciendo como que la cosa no iba con ellos. Me fui a buscar a mi amigo holandés (con el que estuve en el workshop la noche anterior) y me tomé un café con él. El hombre estaba aún más deprimido que yo. Ambos nos dimos algo de apoyo. De vuelta a mi sitio me encontré con otro gerente a cuyas órdenes trabajé hasta la reorganización anterior. Estaba vestido con traje y corbata, algo que sólo le he visto hacer en dos o tres ocasiones. Le pregunté si tan mala iba a ser la cosa y no me respondió. Me miró con ojos lastimosos y se metió en un baño como evitándome. Ahí sabía que estaba despedido, que era el fin. El saberlo me tranquilizó bastante. Camino de mi sitio me encontré con varios de mis compañeros. Ya habían echado a dos. Al iraní y a un holandés. Ambos forman parte de mi equipo y ambos son gandules de vicio. De hecho, de no ser por ellos nuestra productividad podría ser un cuarenta o un cincuenta por ciento mayor. Todo el mundo estaba abatido. Si echan diecinueve personas entre más de trescientas y dos de ellas caen en un grupo pequeño quiere decir que van a por nosotros. Uno de los del sindicato entró en el despacho en el que estábamos y estampó su teléfono DECT contra la mesa. Vi saltar la batería por los aires.

Me fui a mi sitio a esperar. Aún no eran las nueve de la mañana y aquello olía a funeral por todas partes. La puerta del despacho de mi jefe tenía la ventana cubierta de papeles para que no se viera nada dentro. El detalle me dio muy mal rollo. Mi compañero de despacho estaba analizando una traza de una centralita telefónica, algo que él no debería hacer puesto que nosotros estamos en el grupo de aplicaciones. Me dijo que eso le permitía concentrarse y no pensar en otra cosa ya que analizar esos números lo obligaba a prestar mucha atención en el asunto. Pasaron diez minutos de los que pude contar cada uno de los segundos. Me dediqué a leer la prensa española. El edificio era un sepulcro silencioso. Al poco apareció mi jefe y se dirigió a mi compañero diciéndole que fuera a la sala de juntas. ?l perdió el color y yo también. Mi jefe daba la impresión de haber estado llorando. Me miró y pensé que ahí era cuando me pedía que lo acompañara a su despacho. El hombre se acercó a mí y me puso la mano en el hombro. Me dijo que fuera también a la sala de juntas. Me mesó el pelo y se fue sin decir nada más. La gente salía de todos lados y todos íbamos hacia el mismo sitio. El mensaje parecía ser que habíamos escapado y que éramos parte de los vencedores, si es que los hay en este tipo de circunstancias.

El director del departamento estaba allí en el estrado. Nos íbamos sentando y controlábamos la puerta para ver quien entraba y quien no. Cada compañero que llegaba provocaba un murmullo de reconocimiento entre nosotros. Calculábamos los que faltaban. Uno de los míos no estaba allí. Se me pusieron los huevos en la garganta. Pase que perdamos a los dos gandules que echaron pero el otro es un tipo de cojones que trabaja como una mula y en esa sala yo podía señalar a diez o quince que merecen mil veces más el perder el trabajo. Me acerqué a mi jefe y le pregunté. Me dijo que había pillado un atasco y llegaría un poco tarde. Lo esperamos hasta las nueve y media. Cuando él entró cerraron la puerta y el director se echó a llorar.

Imagino que es la tensión de todas estas semanas, la implicación emocional, el saber que ha golpeado a dos familias o Dios sabe qué pero el hombre no hablaba, sólo lloraba allí arriba solo. Algunas otras personas también lloraban. A mí alguien me había puesto la mano en la espalda y escuché una frase en holandés que sonaba como me alegro de que estés aquí. No tengo ni idea de quien la dijo. Cuando el director se recuperó nos dijo que en su departamento había dos empleados despedidos y dijo sus nombres. Volvió a llorar. Se ofreció a responder preguntas pero nadie quiso hacerlas. Dijo que hoy no era un día para trabajar y que quien quisiera era libre de irse a casa. Así acabó la reunión.

En el pasillo los corros comentaban las noticias. Comenzó el cruce de llamadas con otros departamentos para compartir información y saber a quien más habíamos perdido. Vimos al Director General andar hacia el edificio de atrás, el mismo en el que trabaja mi amigo el chino. Iba totalmente vestido de negro. De nuevo sentí una sensación de muy mal rollo. Ese tipo jamás ha estado en ese edificio anteriormente. Mi amigo el holandés me llamó y me dijo que había sobrevivido. Yo le confirmé que también. Casi nos echamos a llorar al teléfono. Las corrientes empáticas son muy fuertes a mi alrededor y la gente se venía a mi despacho. Estaba hasta la bandera de colegas. Todo el mundo hablando en voz baja. Todos entraban y siempre comenzaban preguntándome como estaba. Debo ser un libro abierto porque la gente parece que puede leerme sin problemas. Muchos me daban la mano o me ponían una mano en el hombro. Los holandeses no son de contacto físico y ese gesto es bastante raro. Yo lo hago mucho con ellos pero no suelen devolverlo. Las secretarias vinieron también para ver como estaba y a confirmarme que ellas también habían escapado. Llamé a la recepción y le pregunté a la señora que allí trabaja si seguía con nosotros. Esa señora me había dicho el día anterior que estaba convencida de que la echaban. Me dijo que no perdía el trabajo entre alborozos. Estaba como histérica. Mi jefe entró en mi despacho también y se sentó allí sin decir nada. Le pregunté si estaba bien y me respondió con otra pregunta: ¿cómo crees que estoy?, mal le respondí. Me miró y nuestro cruce de ojos transmitió tanta información que las retinas me dolían al recibirla.

No ha sido un día de victoria aunque hemos ganado. Todos los que hemos sobrevivido a esta ronda que no será la última sabemos que tenemos lo que queda de año de seguridad laboral, pero también sabemos que si no logran enderezar el barco y encontrar aguas tranquilas el año que viene estaremos en semifinales y los que escapen a las mismas irán derechos a la final. Entró el director a preguntarnos si habíamos llamado a nuestras familias para informarlas. Yo estaba en ese momento hablando con mis padres y dándoles las noticias. Tres puertas más allá los dos que perdieron el trabajo metían en cajas sus cosas. Llamé al chino y cuando me dijo que no lo habían echado casi parto el bolígrafo con el que jugaba en las manos. Ni el chino se lo creía. Quedé con él para caminar a la hora de comer y poder darnos un abrazo. Las noticias de gente despedida seguían llegándonos de todos lados. Algunos apuntaban los nombres en papeles que llevaban en los bolsillos y movían la cabeza pesadamente al leerlos como si cada uno de ellos hubiese muerto.

No hicimos nada en todo el día. Mañana habrá que desplegar velas y volver a pensar en la tormenta en la que andamos metidos. Mañana será otro día y podremos ver las cosas de otro color. Hoy lloramos a todos los que han quedado atrás.

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