Un curso de cocina balinesa y el regreso a Kuala Lumpur

El relato comenzó en Desde Utrecht a Kuala Lumpur pasando por Abu Dhabi

Para mi penúltimo día en Bali me apunté a un curso de cocina balinesa. Me recogían a las siete de la mañana para ir primero a un mercado local y ver a la gente comprando y moviéndose por el sitio. En total éramos siete aunque nos fueron a buscar en distintos coches y por ejemplo en el mío no iba más nadie. El paseo por el mercado resultó muy interesante, no solo por lo que aprendes de las especias y de las verduras que se venden allí sino por ver la interacción de los indonesios entre ellos ya que este fue el único lugar en el que a los turistas nos ven como meros espectadores y no tratan de vendernos nada de nada. Aprendimos un montón sobre los vegetales de esa parte del universo, probamos varios y en general te lo pasas bien, aunque si eres un poco aprensivo seguro que caes muerto allí mismo con los olores y la higiene del lugar.

Después del mercado fuimos al lugar en el que íbamos a recibir la clase y nos dieron un pequeño desayuno acompañado con un té de hibisco, el cual me acabo de enterar que también se llama en español Agua de Jamaica. Después nos pusimos manos a la obra. Este no es un curso en el que cada individuo prepara un plato específico, cocinamos todos juntos y al final tenemos un montón de platos que nos comemos. La cocina balinesa (y seguramente la de otras partes de Indonesia), se construye sobre una base que es común para casi todos los platos, con lo que con pequeñas variaciones o adiciones saltas de un plato a otro. En la primera parte el trabajo era de picar y picar, ya sean cantidades industriales de ajo, pimientos, gengibre u otras verduras. El ajo indonesio es mucho menos potente que el que se vende en Europa y te sugieren que reduzcas la cantidad en un cincuenta por ciento cuando vuelves a hacer estas cosas en tu casa a menos que quieras espantar seriamente a vampiros de vieja escuela.

Tras picar había que moler en un mortero especial hecho en piedra volcánica y bastante grande en el que trabajas las cosas hasta obtener una pasta. En este tipo de cocina, el picar y moler es lo que toma un montón de tiempo ya que una vez lo tienes todo preparado, el plato lo montas en unos pocos minutos. Hicimos dos tipos de arroz, Nasi Goreng (el plato típico de Indonesia y también uno que se encuentra por todos lados en Holanda), que es un arroz frito y Nasi Kuning (un arroz amarillo). También hicimos unos trocitos de pescado al curry, una carne de baca especiada y preparada después de deshilacharla, sambal goreng, que es la salsa base de los Indonesios y lo que le ponen a todo, Sate Ayam, el cual yo ya hacía pero con una receta un poco distinta, Bumbu Kacang, que es la salsa de cacahuetes para comer con el Sate y otros platos con nombres tan exóticos como Bregedel Jagung o Buncis Pelecing entre los que destacaban unas tortitas de millo dulce riquísimas y un plato de verduras con vainas como las de las habichuelas. Por supuesto, en cierta bitácora de comida que tengo podéis ver un montón de fotos de todo esto y en ese lugar infame en el que pongo vídeos hay alguno de la preparación de los platos. Después de hacerlo todo en un ambiente muy distendido, nos sentamos a comer y nos dimos un banquetazo. Repetí en dos ocasiones y me quedé pasado el punto en el que te permiten el aborto, con un tripote que no veas. De postre tuvimos plátanos fritos y Kolak Pisang, un postre que ya había descubierto en otro lugar y del que me enamoré y que quería aprender a cocinar. Es una especie de sopa hecha con leche de coco y que tiene plátano y batata. Una auténtica delicia. Choca un poco el tomar sopa de postre pero os aseguro que está deliciosa. A todos nos dieron un certificado que prueba que somos profesionales del tema y después nos devolvieron a nuestros respectivos hoteles. Me quedé pasando la tarde en la piscina y a última hora pedí un taxi y fui al centro, aunque estaba tan encochinado que fui incapaz de cenar nada y únicamente compré un par de recuerdos que me faltaban. Esa misma noche eché una jiñada épica que casi tupe el retrete. Por la mañana del día siguiente, el día en que me marchaba, solté otra jiñada aún más legendaria que sí que tupió el retrete, con lo que continúa mi leyenda negra y ya he perdido la cuenta de los países en los que he atorado un trono. Preparé mi mochila y la dejé en la consigna del hotel. Como mi vuelo salía por la tarde, me fui al centro de Kuta y volví a ve en el cine la nueva película de Star Trek. Después almorcé por la zona, aunque no tenía demasiada hambre y tomé un taxi que me llevó a recoger la mochila al hotel y desde allí al aeropuerto.

Facturé y gasté gran parte del poco dinero indonesio que me quedaba en un helado enorme con una presentación espectacular. Después usé y abusé la Wifi gratuita del aeropuerto y por suerte mi avión salió más o menos en hora. Las tres horas de vuelo hacia Kuala Lumpour las aproveché para ver algunos episodios de las series que me llevé y al llegar al aeropuerto pasé el control de inmigración, recogí mi mochila y tomé un taxi para ir a la pensión (o el B&B), ya que eran las diez de la noche y no me apetecía estar dándome un palizón en transporte público cuando un taxi desde allí a la ciudad vale dieciocho leuros y te deja en la puerta. Elegí el Orange Pekoe Guesthouse porque está en un lugar muy céntrico y tenía buenísimas críticas. Vine llegando al lugar casi a las once y media y así acabó el día.

Ya solo queda el relato del último día y el regreso a Holanda.

El relato acaba en Desde Kuala Lumpur hasta el trabajo en Hilversum

3 respuesta a “Un curso de cocina balinesa y el regreso a Kuala Lumpur”

  1. Yo me encontré un retrete en esas condiciones, en un hotel de París, y me acordé de toda la familia del que estuvo allí antes que yo.

    Respecto a la comida: Ya vi las fotos, y dan ganas de probarlo todo; a mí lo de probar me va mucho.

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