Un día en Oostvaardersplassen

Ayer al salir del cine y mientras volvía a mi casa en guagua llamé a mi amigo el Moreno. ?l estaba sentado delante de su Mac y teníamos que decidir si seguíamos adelante con los planes para hoy viernes o no. Mirábamos la predicción meteorológica, yo usaba mi iPhone. Como otro compañero de la oficina se nos había acoplado, lo llamé y montamos una conferencia. Hasta que no tienes un teléfono bien hecho no aprendes a disfrutar de esos pequeños detalles tecnológicos que marcan diferencias. Los tres exponíamos nuestros puntos de vista mientras revisábamos todo tipo de páginas web de predicción meteorológica. Al final decidimos ir y sólo en caso de gran desastre por la mañana abortaríamos la aventura.

Hoy me levanté a las 5.40am. No era para ir al trabajo. De hecho, creo que hace ya más de cuatro años desde la última vez que me levanté pronto para ir a trabajar. Si madrugo es por alguna actividad de ocio que lo requiere. La noche anterior había preparado la mochila con el equipo, un arsenal impresionante con la Canon EOS 350D que está a punto de convertirse en mi segunda cámara y ser substituida por algo más moderno, el objetivo Sigma 70-200 2.8, el Fisheye de Sigma 8mm, el Canon EF-S 17-85 y los extensores 1.4x y 2x de Sigma. Todo eso más una serie de accesorios adicionales que completan el equipamiento básico y en donde lo más curioso es una bolsa con tres kilos de arroz del barato que uso para poder apoyar la cámara en la ventana de un vehículo o en cualquier otro lado. En inglés a esta bolsa se la denomina Bean bag.

La predicción meteorológica a las seis de la mañana era de lluvias entre las siete y veinte y las nueve. Nuestro safari fotográfico en Oostvaardersplassen comenzaba a esa hora así que podíamos seguir con el plan previsto. Salí de mi casa sobre las seis y media y pedaleaba por calles desiertas en las que se veían luces encendidas en algunas ventanas. Como en Holanda la gente no es muy de poner cortinas vi a varias mujeres en bata tomando un café mientras leían algo en sus ordenadores portátiles y a una desnuda que hizo que casi perdiera el equilibrio y me cayera de la bici. Se me hizo extraño llegar a la estación de Utrecht Centraal y encontrármela cuasi vacía. Subí al andén y el tren llegó a su hora. Mientras viajábamos hacia Hilversum aproveché para mandar un par de correos y jugar un rato. La predicción meteorológica seguía siendo la misma. Exactamente a la hora prevista comenzó a llover. Yo había quedado con el Moreno en la oficina para salir desde allí. A esa hora no había nadie en mi planta. Desperté a las impresoras de su letargo con las órdenes para imprimir diferentes páginas con información sobre el tiempo y me tomé un café viendo caer la lluvia. Mi amigo el Moreno no tiene mi fe en la predicción meteorológica porque no usa tanto como yo los sistemas con radares para nubes los cuales son prácticamente infalibles si no miras más allá de tres horas. Yo ya le había dicho que dejaría de llover a las nueve de la mañana y él seguía pensando que tendríamos que cancelar la actividad.

Llegamos casi una hora antes y nos dedicamos a mirar las aves desde un refugio, acompañados de varias personas que como nosotros, estaban allí para disfrutar de la naturaleza. Había dos parejas de vejetes muy simpáticos que imprimían su propio estilo al evento. Se habían traído una vajilla de cerámica espectacular para el café y nos invitaron a compartir con ellos ese momento. En el lago, una bandada de cientos de gansos alzó el vuelo en simultáneo. Los patos decidieron quedarse y algunas otras aves tampoco se dieron por aludidas. En el cielo, un águila sobrevolaba buscando su presa. Este año sólo ha venido una pareja a anidar a Holanda y está en ese Parque natural así que poder verla es poco menos que un privilegio.

Dejó de llover a las nueve menos dos minutos. Me sentí algo decepcionado por la falta de precisión pero ya me quejaré durante la semana para que mejoren un poco más. Nuestro guía nos acompañó al vehículo y nos subimos. Solo cinco personas pueden hacer este safari cada semana durante dos meses y medio. Es decir, la lista de individuos que entrará en Oostvaardersplassen para el safari fotográfico se limita a cincuenta personas por año. En este parque se intenta que los animales que allí viven tengan el menor contacto posible con los humanos y por eso hay tantas restricciones. Se abrió el periodo para inscribirse en marzo y se agotaron las plazas en marzo, unos días más tarde.

Junto con nosotros tres venía una pareja que también había estado allí en ocasiones anteriores. Una vez haces la excursión, repites porque es muy adictivo. Salimos de las oficinas de los guardas forestales y las nubes se fundían dejando un soberbio cielo azul jalonado de rayones blancos. Nos topamos directamente con una de las bandas de ciervos machos que disfrutan de sus últimos días de camaradería antes de embarcarse en la gran guerra que es la berrea. Los fotografiamos y después vimos otra banda de machos. La tercera fueron las hembras, mucho menos numerosas y supongo que aterrorizadas con lo que se les viene encima, que en esta especie los revolcones vienen precedidos de mucha violencia. Vimos algunas aves curiosas y después nos topamos con una manada de toros y vacas entre los que había un becerro que había nacido el día anterior. Su madre nos vigilaba atentamente.

El momento mágico para mi es cuando nos topamos con la manada de caballos Konick. Salimos del vehículo y ellos se acercan a mirarnos, olisquear y rodearnos. Son unos caballos muy amigables. Eran cientos. Esta especie casi desapareció de Europa y la manada de Oostvaardersplassen es quizás la más numerosa que existe. Estuvimos con ellos un gran rato, cada uno de nosotros siguiendo su propio camino y estando acompañado siempre de los caballos.

Nos adentramos hacia el sur del parque y vimos un ciervo muerto, que según nos dijo el guarda, llevaba allí seis días. Nos acercamos y el olor era nauseabundo. Nos explicó como funciona todo el proceso de desintegración, el cual ya estaba funcionando a velocidad crucero. Millones y millones de gusanos se comían el animal y nos dijo que en una semana quedaría muy poco, sobre todo por culpa de la lluvia y el calor, que aceleran esta parte tan desagradable del círculo de la vida. Muy cerca de allí nos topamos con una de las dos águilas. La estuvimos observando desde unos cien metros, haciéndole fotos y admirando su esbelta figura. Se sentía la magia en el aire. Cuando alzó el vuelo nos acercamos a otra manada de toros y vacas. después recorrimos los campos buscando ciervos a los que solo podíamos ver por su cornamenta ya que gustan de esconderse entre hierbas altas.

Se acercaba la hora de terminar y en el regreso pudimos ver más aves. Al regresar pagamos y salimos a toda prisa para uno de los refugios para observar aves que hay en la cercanía y en el que sabemos que se puede ver y fotografiar al Martín pescador, un ave que casi desapareció de Holanda hace unos años y que ahora, gracias al cambio climático, parece estar recuperándose. Según la previsión meteorológica volvería a llover a las dos y veinte así que no teníamos mucho tiempo. En el refugio había un hombre al que ya conocemos. Siempre me sorprende la ironía de saber que en aquel lugar, en medio de la nada, rodeados de naturaleza, en silencio, hay un grupo de gente y una cantidad ingente de dinero en equipo fotográfico. Todos apuntábamos hacia la misma rama, esa en que sabemos que gusta de posarse el Martín pescador antes de lanzarse al agua a pescar. Después de un cuarto de hora apareció y no creo que hayan muchos famosos que consigan atraer tanto la atención de aquellos que los siguen. En menos de treinta segundos se hicieron cientos de fotos. Después de salir volando nos dedicamos a revisarlas. Se acercaba la hora de la lluvia y decidimos quedarnos en el refugio. A las dos y veinte comenzó a llover y justo en ese momento volvió el ave. Otra tanda impresionante de fotografías, muchas más que en la vez anterior porque se mantuvo en su posición durante más tiempo. En la siguiente hora no pasó nada y cuando habíamos perdido la fe lo vimos volver. Es un ave preciosa, con una forma muy característica de volar y una gracia infinita en la forma en la que se lanza hacia el agua para cazar a su presa. Todavía estábamos maravillados con su tercera aparición cuando lo vimos volver. Fueron cuatro oportunidades increíbles para hacerle fotos.

Nos fuimos cuando la luz comenzó a decaer. Llegué a mi casa cansado pero feliz. Dentro de unos días iremos a buscar una especie de ranas a las que les gusta vivir en los árboles. Seguro que será otra aventura. Me alegro que mi vida esté llena de este tipo de momentos.