Un montón de cosillas sueltas

Las tres semanas de vacaciones buceando en Indonesia y Malasia acabaron con un montón de datos que me gustaría almacenar por aquí para recordarlos. El más importante fue que hice cincuenta y cuatro inmersiones repartidas entre diecisiete días buceando y siete viajando, entre cambios de escenario y la ida y la vuelta. Cincuenta y cuatro buceos en ese periodo de tiempo es un montón, son tres días con cuatro inmersiones y el resto con tres. Bucear cansa, es increíble y fantástico pero cuando acabas el día, te apetece tomártelo con calma, sobre todo si al siguiente y los que están por venir sigues buceando. Yo suelo dormir cinco horas y durante las vacaciones mis horas de sueño subieron a algún número entre ocho y diez horas. En esas cincuenta y cuatro inmersiones he visto de todo, en cada uno de los lugares a los que fui tuve la suerte de ver todos los animales que habitualmente se encuentran en la zona y algunos, como el dugong o el tiburón martillo, me buscaron a mi y los otros grupos que buceaban no los vieron. Mi suerte, cuando buceo, parece ser fabulosa e igual que el año pasado vi un pez luna en Nusa Penida dos meses antes de que comenzara la temporada, en Komodo vi los dugong también meses antes del inicio de la temporada, vi veinte mantas en una inmersión cuando dicen que llevaban mes y medio con encuentros limitados a una o dos y en Sangalaki también las vi y además me di un festín de tiburones. En Sipadan, fui la única persona que vio el elusivo tiburón martillo, dos veces, en dos inmersiones distintas, que parecía que los bichos subían a verme a mi y aparte de estos animales, en todas y cada una de las inmersiones había un exceso de vida y flora marina, con unos corales fabulosos y millones de peces. Tras haber estado en las Filipinas, en el archipiélago Similan en Tailandia y en los lugares de Indonesia y Malasia que he visitado en los dos últimos años, me resulta muy duro bucear en otras latitudes porque para mi, lo normal, es estar rodeado de un fondo marino espectacular y eso no es lo que se ve en otros sitios. Con tanto buceo, mi artisteo en estas artes ha mejorado aún más. No solo controlo el aire perfectamente, también ya tengo una buena flotabilidad y puedo confirmar y confirmo que no tengo problemas de oído y que puedo descender sin problema alguno. Durante las vacaciones, mis inmersiones fueron de una hora de media, el tiempo máximo que permitían porque la gente con la que buceaba tenía al menos el mismo nivel.

En los tres sitios en los que buceé, Komodo, Sangalaki y Sipadan, conocí un montón de gente, hice nuevos amigos y pese a los rumores, comí muy pero que muy bien, como demostraron las fotos que hice a casi todos mis desayunos, almuerzos y cena, que todo lo documenté. Aún así, regresé con casi un kilo de menos. En Komodo y Sipadan, en donde tenían bufete para la cena y en uno de ellos también para el almuerzo, evité la gula limitándome a un plato, podía poner todo lo que quería en el mismo pero no podía repetir. En Sangalaki, donde no nos daban cena en el centro de buceo, comí un montón de pescado, sepias y marisco. En los tres centros de buceo, después de un par de días, era conocido por una cantidad considerable de gente y para cuando me marchaba me conocía todo el mundo. En los tres lugares, la vida gira entorno al buceo, se hace, se habla de buceo, se sueña con buceo, se discuten destinos y eso hace mucho más fácil el trato entre la gente, todos estamos allí porque tenemos la misma afición.

Durante las vacaciones, lo peor fueron los traslados por las constantes cancelaciones de vuelos en Indonesia. Ese país es terrible para los traslados aéreos. Crees que todo va bien y un día antes de tu vuelo te llega un correo y te lo joden todo. Nos pasaba a todos y en mi caso fue en el segundo de una serie de tres vuelos que necesitaba para ir desde Komodo a Sangalaki, porque esa es otra, la línea recta puede que sea la distancia más corta pero en Indonesia para ir desde un sitio a otro hay que dar un pasito pa’lante y dos o tres pa’tras. Conseguí arreglar el desaguisado porque había otro vuelo que salía veinte minutos más tarde de otra aerolínea, pedía la devolución del dinero del cancelado (que aún no la han hecho) y cuando compré el nuevo, algo salió mal y me cobraron dos veces, con lo que tuve que solucionar el problema en la escala entre el primer y el segundo avión y de alguna manera lo conseguí y ya me han devuelto la pasta. Hay sitios en Indonesia a los que me gustaría ir, pero cuando ves la combinación de aviones que tienes que tomar se te quitan las ganas porque sabes que aquello es abono para una úlcera por los nervios que vas a tener. Conocí gente de cuatro continentes y sigo en contacto con muchos de ellos. Usé tres tarjetas de memoria con mi cámara Xiaoyi 4K, cada una de sesenta y cuatro gigabytes y dos de ellas están casi llenas, con lo que tengo una cantidad brutal de vídeos, casi seis horas. Llevé mi cámara Canon 6D y solo la usé una mañana, cuando fui a ver los dragones de Komodo, con lo que igual la podía haber dejado en mi casa en Europa y me ha hecho comenzar a plantearme el venderla y comprar una pequeña y más ligera, ya que de los siete kilos de equipaje con los que fui de vacaciones, la cámara era responsable de uno y medio. Del resto del equipaje, todo, absolutamente todo lo que llevé, lo usé, con lo que mi selección fue impecable. Volví con dos camisetas nuevas, que me regalaron en Sangalaki y en Sipadan, aunque no se lo digáis a nadie que el resto de la gente las compra. Esta es la primera vez en la que no facturo equipaje ni en la ida ni en la vuelta, aunque también, si quiero bucear, me plantea un dilema, ya que me he comprado punteros metálicos y la única forma de llevarlos es con el equipaje en bodega, con lo que puede llegar el día en el que tenga que facturar si quiero llevar uno de ellos.

Tuve dos tarjetas SIM prepago y con ambas tuve problemas. Las leyes de esos países obligan a la activación con pasaporte de las mismas. En Indonesia, eso ha hecho que hayan desaparecido las tarjetas prepago de las tiendillas que hay por todos lados y cuando conseguí una y la compré, con seis gigas de datos para un mes, yo supuse erróneamente que los datos eran para todo pero no, al parecer para correo y búsquedas web solo tenía un par de cientos de megas y en la segunda semana mi tarjeta solo servía para güazá e instagram. En la primera me dejó de funcionar dos días, hasta que descubrí que el gobierno había bloqueado el correo y todos los programas de mensajería y redes sociales por movidas post-electorales. La tarjeta en Malasia, que me la dieron activada y que pagué por datos para siete días, dejó de funcionar el quinto porque seguramente la activaron dos días antes. Pese a los contratiempos, logré mantener mi racha en el duolingo, aunque la de caminar más de diez mil pasos al día se fue a tomar por culo y se cortó en ciento cincuenta y cuatro días.

No tuve fatiga de vuelo alguna en Asia pero el regreso ha sido nefasto, pasé una semana malviviendo, teniendo sueño a las horas equivocadas y despertándome por la noche super-temprano, aún en plena noche.

Seguro que recordaré nuevos datos y actualizaré esta anotación o haré una segunda con ellos.

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