Un retorno casi perfecto

El regreso a Holanda habría sido dulce y placentero de no ser por el horario de salida de mi avión a Madrid. El día de Reyes, a las 7.05 de la mañana despegábamos de Gran Canaria y eso me obligaba a ir al aeropuerto alrededor de las cinco. Como la víspera de Reyes es una gran celebración en el barrio antiguo de la ciudad de las Palmas, salí esa noche con amigos y llegué a mi casa a las cuatro menos cuarto, con el tiempo justo para echarme una siesta de una hora y ducharme.

El aeropuerto hervía de agitación, con colas gigantescas de nativos y turistas y todos al parecer partíamos a la misma hora. Después de facturar desayuné y me dediqué a buscar una almohada cervical porque la que tenía se me picó. Esto no lo creerá nadie pero en ninguna de las múltiples tiendas del aeropuerto las tenían. Puedes comprar todo tipo de mierda libre de impuestos y aún así un treinta por ciento más caro que en cualquier tienda con impuestos y no puedes encontrar la dichosa almohada. El cortado y el cruasán que compré costaron más que un menú de restaurante de comida rápida.

A la hora del embarque todo el mundo se lanza a formar una cola que después los de Air Europa se pasan por el forro y organizan su propio embarque por filas, con un tipo que parecía sacado de un bingo porque anunciaba una fila,luego otra, luego un grupo de cuatro, luego diez de ellas y nadie llegó a comprender muy bien el concepto. Una vez dentro del avión me quedé dormido inmediatamente y para cuando me desperté ya había pasado más de una hora. Los asientos de mi fila estaban rotos y se reclinaban sin que puedas hacer nada para evitarlo así que estaba totalmente repatingado hacia atrás, algo que odio que me hagan. Los tres asientos tenían el mismo problema.

Después de aterrizar en Madrid, como tenía una hora y media, me busqué un rincón tranquilo para matar el rato. En las terminales 1, 2 y 3 de ese aeropuerto han cometido la mayor de las aberraciones creando unas celdas de cristal espaciadas a lo largo de todo el recinto en las que se permite fumar. El pestazo es tan grande que se extiende a cincuenta metros alrededor de esos focos de cáncer y muerte. Hay que ser profundamente retardado para meterse en uno de esos sitios a respirar ese aire putrefacto.

A la hora prevista comenzó el embarque de mi vuelo con KLM a Schiphol. Al entrar en el avión me encuentro conque mi asiento está ocupado por una tipa. Posiblemente hay mil millones de formas de afrontar el problema que terminan intercambiando el asiento y solo una en la que me tocan los huevos y le pido que levante su sucio coño de allí y se busque el suyo y ella usó esta última. Hay gente que me ve como una bellísima persona (que lo soy) y me consideran incapaz de un acto de crueldad de cualquier tipo y seguro que les sorprendería verme sonriendo y repartiendo saña y odio sin que se me arquee una ceja.

Mi segundo vuelo del día lo dediqué a ver un episodio de mi nueva serie española favorita y a escuchar algunos podcasts. Al llegar me quedé en el avión esperando que se vaciara ya que parece que soy el único que sabe lo que tardan las maletas en salir. En mi caso mi trolley está tratando que lo perdone y le permita seguir sirviéndome y se lo curró apareciendo el segundo, algo que sabe que yo sé apreciar. Con todo el tiempo del mundo y después de pasar de las cálidas temperaturas grancanarias al frío holandés compré mi billete de tren y me marché a casa.