Un viaje turbulento

Lo normal es que cuando quiero ir a Gran Canaria las cosas salgan rodadas comenzando por el billete, el cual encuentro siempre de último minuto a precio de ganga. Una vez cada dos años todo se tuerce y esa es la que me ha sucedido esta vez. No había forma de encontrar un asiento para viajar en las fechas que yo quería. En una de las compañías me ofrecían salir desde Dusseldorf y volver vía Colonia. Los otros no tenían nada. Mirando las líneas aéreas convencionales es lo de siempre. Los de Iberia te ponen una página web con colorines y cosas parpadeando diciendo que puedes viajar de Europa a España por cuatro perras pero tres clics más tarde el precio es de un mínimo de quinientos euros. En la definición de la palabra ladrones del diccionario deberían poner una foto de su logo. Tras múltiples rastreos y sudores logré un billete, aunque para una estancia diferente a la que yo tenía planeada. No me preocupa porque he comenzado el año con más de cincuenta días de vacaciones y estoy convencido que este es el fin de mi ciclo en la empresa y no gastaré los días antes de irme.

Sin tiempo para preparativos, todo se basaba en aprovechar la mañana del sábado para comprar un par de cosas, hacer la maleta y dejar algo de contenido para la bitácora. El viernes ya estuve hasta bien entrada la madrugada y el sábado a las ocho de la mañana corría de lado a lado en mi casa amontonando lo que me llevaba, verificando la lista de cosas a no olvidar, programando la calefacción para que no funcione los días que la casa está vacía y esas cosillas. A las diez de la mañana salí escopeteado al centro de Utrecht porque tenía que hacer compras y había quedado con mi amigo el Rubio y familia para darles unas cosas que me encargaron y de paso tomarnos un café juntos. Era un sábado soleado y nos sentamos en una terraza a disfrutar de media hora de paz y felicidad. Para entonces ya tenía todas las cosas de mi lista y solo me quedaba hacer la maleta, algo que no me suele tomar más de cinco minutos ya que básicamente se trata de coger el montón que he organizado en mi casa y lanzarlo dentro. En el mercado de Utrecht un tipo gritaba en alemán histéricamente. Posiblemente estaba borracho o chiflado. La gente lo esquivaba al pasar y el seguía a su bola, en soledad entre una muchedumbre.

Me despedí de los amigos a las doce y volví a mi casa. hice la maleta y comencé la primera de las tres rondas de comprobación para ver que no me olvido nada. Siempre me dejo algo atrás pero no será porque no lo intento. A la hora prevista fui a la parada de la guagua y me encaminé hacia la estación. Justo antes de salir comprobé los horarios de los trenes y descubrí que el fin de semana no había trenes hacia el aeropuerto por obras en las vías y en su lugar había que ir en guagua. No es algo que me importe mucho, ya sé como funciona. Compré mi billete, fui al lugar donde siempre ponen esos autobuses y me subí al que estaba a punto de salir. Treinta y cinco minutos más tarde llegué al aeropuerto. Mi avión despegaba en tres horas y cuarto. Busqué en los paneles información para sabe en donde debía facturar y el avión tenía un retraso anunciado de dos horas y media. Malo, malo, malo. En facturación había cola y una empleada trataba de calmar los ánimos. Tardé casi una hora en completar el proceso y solo tenía cinco familias delante de mí. Yo creo que iban despacio a postas para hacernos perder tiempo. Cuando me llegó el turno la chica me contó que el Boeing 767 que nos iba a llevar se había escoñado y que a eso se debía el retraso ya que ahora iríamos en un Airbus A320. Como este avión tiene menos capacidad, han dividido al pasaje en dos tandas y yo tenía suerte por facturar pronto y saldría en la primera. Los que llegan al aeropuerto con el tiempo justo tendrían que esperar hasta la una de la mañana para coger su avión. La mujer me dio un vale para comer en el aeropuerto y un papel con mis derechos como viajero. Se disculpó de nuevo, me buscó un buen asiento en el avión y me deseó suerte. Más tarde me dio por pensar en la diferencia entre esta forma de actuar y la de las compañías españolas, que por lo general ocultarán el problema hasta el último momento y después te engañarán, ningunearán y pisotearán como si les debieras dinero cuando te han sableado bien a gusto.

Con tanto tiempo libre lo primero que hice fue irme a almorzar en el aeropuerto y después pasé el control de seguridad, me senté en un café con vistas hacia las pistas y una pianista a escuchar algo de música mientras tras la ventana veíamos una sinfonía de aviones aterrizando y despegando y cuando me aburrí fui a la zona en donde te puedes sentar con tu portátil y recargar la batería mientras lo usas. En esa parte del aeropuerto hay mesas, butacas, butacones y asientos más normales, todos ellos en configuraciones para dos, tres, cuatro u ocho personas. No he visto ningún otro aeropuerto en el que tengan algo parecido, un área de descanso tan bien preparada y con asientos tan cómodos. Por algo Schiphol gana todos los años el premio a Mejor Aeropuerto Europeo según los pasajeros.

Aproveché para escribir y ver el último episodio de la serie Heroes y un Videocast de Jamie Oliver en el que cocinó algo que me interesó mucho. Creo que incorporaré el postre que hicieron a mi repertorio porque se ve sencillo y espectacular.

Una hora antes de la salida del avión me compré una botella de agua y un par de chucherías y me tomé un café en otro bar, uno de cocina mediterránea.

El embarque se produjo a la hora prevista y salimos en hora. Se disculparon un montón de veces por el problema y el piloto nos explicó que el otro avión no estará listo hasta el día siguiente porque es una avería en uno de sus motores y toma tiempo repararla. A mi lado llevaba una pareja del Pleistoceno y delante otra pareja con hijo de unos cinco años, de esos que les importa un carajo quien tienen detrás. El tipo me ponía nervioso porque movía la cabeza como un péndulo de Foucault, no se estaba quieto el hijoputa. Un rato después de despegar decidieron que era hora de echar los asientos hacia atrás y aplastaron las piernas de la vieja que estaba en mi fila. La mujer le comenzó a golpear el asiento hasta que lo volvieron a poner en su sitio y ahí comenzó la pelea de verduleros. Se dijeron de todo mientras yo miraba desde mi rinconcito. La azafata intentó interceder pero también recibió lo suyo desde ambos bandos. Yo creo que los ganadores fueron los Antiguos porque consiguieron que los asientos no se reclinaran. Después del follón ambas parejas seguían hablando entre ellas y criticando a los otros y todos se podían oír, una situación bien absurda.

Cuando la azafata repartió la comida se notaba que a todos esos los tenía en su lista negra, sobre todo porque se desvivió en atenciones conmigo y a ellos poco menos que les tiró la bandeja.

Al cruzar el Golfo de Vizcaya el piloto nos dijo que sobre España hay un temporal de viento y que nosotros también lo notaríamos pese a que estábamos a once mil metros. El avión se comenzó a bambolear mientras yo trataba de terminarme el café para que no echármelo por encima. Cruzamos parte de la península a golpe de sustos y ya en el Océano Atlántico la cosa se tranquilizó. Sin más problemas llegamos a Gran Canaria en donde no pudimos ver nada al aterrizar por la calima que hay en el aire.

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5 opiniones en “Un viaje turbulento”

  1. Hay veces que la compañía se retrasa por pura incompetencia, pero también hay veces que un vuelo se retrasa o se anula por motivos de seguridad. Aún así, nos empeñamos en que tenemos que coger ese avión, aunque podamos palmarla en el intento.
    Es cierto que la compañíatiene que controlar ese tipo de cosas al máximo, pero si pasa, deberíamos tener una paciencia que normalmente no tenemos.
    Lo de pedir disculpas es algo que se agradece y a lo que compañías poco serias como Iberia no nos tiene acostumbrados.
    Feliz estancia

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