Una cagada legendaria

Si fuera un intelectual o una persona sensible recordaría grandes momentos de mi vida en los que pasé horas mirando un pétalo desplegarse al cielo o una puesta de sol con unos colores tan hermosos que no podía parar de llorar. Por suerte no nací con ese defecto y recuerdo más bien momentos de supremo placer a los que llegué después de uno o varios pecados.

Uno de ellos se gestó en Málaga. El día antes de volver a Holanda mis amigos malagueños organizaron un almuerzo para festejar el advenimiento del Elegido o sea, un servidor. No todos los días se puede compartir mesa y mantel con uno de los Grandes Príncipes de la Blogosfera, adulado autor y bellísima persona. El sitio escogido para el convite era uno de los restaurantes que están a las afueras de la ciudad de Málaga, en la montaña. En España ya se sabe que es tradicional eso de ir a sitios básicos en el campo para comer los domingos y encochinarse hasta morir. Llegamos a la hora prevista y el lugar estaba abarrotado. Mi amigo Sergio se encargó de pedir pitanza para doce personas y en cuestión de segundos comenzaron a desfilar una cantidad impensable de platos, cada uno más delicioso que el anterior. Este flujo de comida en cantidades abusivas continuó durante más de una hora y Yo no podía dejar de comer, seguía echando carnaza al buche e ignoraba los mensajes de piedad y misericordia que mandaba mi estómago. Para cuando llegamos a los postres pensaba que me moría pero por si acaso seguí hincando el diente a todo lo que caía en la mesa.

Después del banquete pasamos por la casa que tienen los malagueños en el campo, muy cerca del lugar en el que vive últimamente el novio de la Panto y nos tomamos un café. Yo sudaba y sudaba y sentía que había pasado de cero a nueve meses de embarazo en menos de noventa minutos. Tenía fatigas, molestias de columna, vientre elefantiasico y antojos de todo tipo. Al volver a la ciudad mi amigo Sergio eligió la ruta de las curvas y yo me veía abortando allí mismo. Le pedí piedad y clemencia para poder ver la luz del siguiente amanecer.

Tras volver a su casa estábamos tan mal que la mujer de Sergio, Evelyner (la cual comenta de cuando en cuando y es Patrocinadora oficial de esta bitácora) y un servidor decidimos irnos a caminar. Estuvimos más de dos horas en ruta, desde Benalmádena Costa hasta Torremolinos, pasito a pasito, sin descanso, intentando que los vientres redujeran su volumen. La mañana siguiente volvía a Holanda y aún seguía encochinado. Intenté soltar la semillita en el aeropuerto, que para algo pagamos las tasas, pero no estaba de Dios y la cosa no quería salir. Todos sabemos que lo peor que le puede pasar a uno es viajar con equipaje de vientre porque la compresión y descompresión son mortales de necesidad para estas cosas. No hay más que ver la cara de amargadas que se les pone a las azafatas después de cien años de servicio para saberlo. Al subir a los once mil metros de rigor, un pálpito constante hacía que la gota que siempre llevo en el labio superior estuviera a punto de caer. El aterrizaje fue toda una pesadilla y nada más tomar tierra pensé en plantar el arbolito en Schiphol, ese otro aeropuerto en el que había pagado un montón de dinero por tasas, pero las ganas me fallaron y tuve que desistir. Ese día no hacía más que pensar y pensar en obrar y el sistema se negaba a colaborar. Mi barriga estaba firma y dura como la de cualquier bujarrón metrosexual de mierda que va al gimnasio varias veces por semana solo que en lugar de un estómago plano y glorioso tenía un tripón de mellizos por lo menos.

Me acosté y la mañana del martes al levantarme supe que había llegado la hora. Estaba a punto de romper las aguas, los mares, los océanos e incluso el Universo. Salí de la cama a cuatro patas para mantener el eje gravitatorio bajo y de esa guisa avancé hacia el baño. Al llegar al trono me encaramé como pude y me senté. Llené los pulmones de aire, crucé los dedos y mientras una pequeña lágrima de despedida y placer obsceno caía por mi mejilla invoqué los Poderes Supremos y desaté el Infierno más absoluto.

Algo comenzó a descender, algo horripilante y de proporciones dantescas, comprimido y descomprimido por culpa del viaje en avión, aplastado por el peso de varios kilos de comida y macerado durante cerca de cuarenta horas. ¡Estaba vivo! Milímetro a milímetro buscaba la luz, seguía el camino como todos aquellos que en su momento final andan por el túnel que nos lleva al más pa’yá y parecía saber que al final estaba la recompensa, la libertad, el Gran Viaje que lo llevaría a una aventura grandiosa.

Antes de darme cuenta parecía que estaba lapidando el retrete, caía piedra tras piedra y no parecía tener fin. Yo sudaba copiosamente y miraba el tiempo pasar mientras el volumen de agua desplazado en el baño aumentaba y mi sistema digestivo crujía por el esfuerzo al que estaba siendo sometido. Fue un parto múltiple, agonizante y cuando acabé estaban tan cansado que hasta sopesé el llamar a la empresa y decirles que estaba enfermo y que no podía acudir.

En mi escala de Grandes Cagadas esta se ha colocado directamente en el podio que da derecho a medalla, no consiguió el oro pero ha quedado cerca. Tuve que bajar la cisterna tres veces para que el retrete quedara operativo nuevamente y ese día cuando caminaba parecía que flotaba de lo ligero que iba. Es por estos grandes momentos por los que uno vive, estos instantes que recordamos para siempre.

8 opiniones en “Una cagada legendaria”

  1. Es que ese es uno de los grandes placeres de la Humanidá Sulaco.

    No sé que tipo de trono tendrás en tu casa, pero por estos lares se usa mucho uno como con bandejita (no se va directamente al fondo) que te permite ver el fruto de tu vientre en todo su esplendor.

  2. ale, tengo uno de esos en la planta baja pero no lo uso para obrar. Si lanzo todos estos kilos allí, la pila de mierda me toca el culo con toda certeza.

    emo, no lo sabes tú bien.

  3. sulaco for president!… solo tú podrías hacer un post como una obra de arte hablando de una jiñada… eres mi ídolo! 😀

  4. Teníamos que haber andado un par de horitas mas! y aprovechar los servicios de “villa meona”
    Al menos los recuerdos de esta bendita tierra han perdurado un poco más de lo normal.Por tu culpa estoy haciendo visitas clandestinas al frigo para ver si termino de una vez con la tentación en forma de suculentos bombones de chocolate que desde allí me retan.

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