Una caja de ébano

Esta historia comenzó en Allanamiento de morada

Con el puntero rastreé el interior de la caja fuerte. Sólo había una cosa en su interior. Una delgada caja de ébano finamente trabajada. Parecía fuera de lugar allí, en aquel cubículo metálico hecho de un gris que reflejaba la luz blanca y la volvía amarilla. Me quité los guantes y con cuidado cogí la caja. Su tacto disparó mis sentidos. El artesano que la había tallado hizo un trabajo excelente. Una delicada espiral recorría su tapa y parecía enroscarse en la madera. Seguí los trazos con mis dedos hasta llegar al cierre, un pequeño botón metálico. Por un momento sentí la tentación de abrir la caja para ver su contenido pero aquel no era el momento y definitivamente no era una buena idea. Me quedé allí unos momentos, o quizás minutos, con aquel objeto en las manos e intuyendo que quizás fuera uno de esos hitos que marcan nuestras vidas, tan importante como pueda ser una muerte o el nacimiento de un hijo.

Saqué una pequeña bolsa de plástico de uno de mis bolsillos y metí la caja dentro comprobando que quedara bien sujeta y no se pudiera caer. La guardé en el mismo bolsillo del que había sacado la bolsa y lo aseguré cerrando la cremallera. Ahora que tenía lo que quería me sentía más relajado. El subidón de adrenalina que me había permitido llegar hasta allí comenzaba a remitir. Husmeé por el vestidor buscando algo más que llevarme. Aquello tenía que parecer un robo normal. La ropa era de buenas marcas y en un lado había un pequeño mueble joyero. Lo abrí y agarré algunas de las joyas que estaban dentro. No estaba particularmente interesado pero se tenía que hacer así. Descolgué algunas prendas y las dejé caer al suelo. Me di cuenta que me había quitado los guantes y me los volví a poner. Limpié las superficies que había tocado cuidadosamente, no quería problemas. En una estantería había papeles que seguramente eran importantes para sus dueños y bajo ellos unas cuantas revistas porno. Hacía mucho tiempo que no veía una revista de ese tipo, Internet se ha comido ese mercado y hoy es más normal el buscar esas satisfacciones en la red. Ojeé la revista y me tuve que reír con los pies de algunas de las fotos. Frases cortas y contundentes que acompañaban escenas aparentemente falsas en las que una doctora medio desnuda y maquillada en exceso el miembro enorme de uno de sus pacientes mientras lo auscultaba. Era como una fotonovela de las de antes. En la página central a la doctora se la follaba el paciente y otro médico y la foto de la doble penetración era muy explícita. La doctora volvía la cara y torcía la lengua hacia arriba mientras miraba a la cámara simulando un placer extremo aunque por las pintas de los tres se veía que simplemente estaban trabajando. Me guardé también la revista. Merecía un vistazo más a conciencia.

No tenía mucho sentido quedarme allí dentro y aunque sabía que los dueños no iban a venir decidí marcharme y no tentar a mi suerte. Volví a bajar a la planta de abajo a oscuras. Abrí la nevera y cogí algo de comida. Dejé la puerta abierta. Todo formaba parte del plan. Trasteé descuidadamente por las diferentes habitaciones cambiando cosas de sitio y dejando caer otras al suelo. Moví los cuadros y las macetas, volcando estas últimas. Eché el contenido del congelador en el fregadero. Todos sabemos que la gente tiende a guardar sus joyas en esos sitios. Me fijé que bajo el horno la carpintería parecía no estar bien colocada y encontré otra pequeña cavidad secreta con más joyas y algo de dinero. Lo cogí todo y me lo guardé. Miré por la parte delantera y vi que la calle seguía vacía. Junto a la puerta había otro teclado para activar o anular la alarma pero no pensaba usar esa puerta.

Ya de vuelta en la cocina repasé mentalmente lo que había hecho, me palpé los bolsillos para asegurarme que llevaba todo conmigo y me preparé para salir. Activé la alarma y cerré la puerta procurando no hacer ruido. Me deslicé por el jardín y después de comprobar que nadie miraba desde sus ventanas o andaba por allí a esa hora, salté la valla y eché a andar en dirección contraria al camino que había usado al venir. Nunca se sabe si alguien te ha visto pasar y sospecha algo así que mejor ser precavido. Rápidamente traté de buscar las calles principales para que la noche no me señalara tanto. No es lo mismo buscar la oscuridad para hacer un trabajo que intentar que la gente no note lo extraño de tu paseo por calles vacías.

Junto a una parada de taxi había uno de esos bares nocturnos abiertos y entré a tomarme un café. Cuando me lo acabé salí, cogí un taxi y le di la dirección en donde tenía mi coche aparcado. El hombre me llevó cruzando la ciudad en silencio. En la radio alguien contaba sus desgracias en uno de esos programas de llamadas telefónicas para desvelados.

Continuará ….