Van Gogh, a las puertas de la eternidad – At Eternity’s Gate

Mi Ángel de la Guarda se me apareció de cuerpo presente e intentó bloquearme el acceso a la máquina para comprar las entradas en el cine y le dije que se fuera a tomar un cafelito y me dejara tranquilo, que yo quería ver la película de hoy porque claro, esto tiene que ser poco menos que un clásico ya que el protagoinsta está hasta nominado a mejor actor principal. Creo que mi Ángel de la Guarda todavía se está revolcando en el suelo de risa y me ha dado prácticamente por perdido. La película se titula At Eternity’s Gate y se estrena en España la semana que viene con el estremecedor título de Van Gogh, a las puertas de la eternidad.

Un julay rarito sufre de malversaciones intrínsecas o quizás de la enfermedad del truscolanismo gilipollástico.

No pretendas que te cuente de que va la película porque me lo tendrías que decir tú. Esto es más bien como postales en las que van desarrollando la teoría de algún hijo de mala vecina sobre lo que sucedió con van Gogh en los últimos años de su vida o algo así. No hay una historia continua, sencillamente, cuando se aburren de un escenario, pantallazo en negro, voz en off soltando una monserga y cambio a otra escena o algo así.

Antes de empezar la película noté que detrás de mi, en la tercera fila de la mini-sala en la filmoteca, se pusieron una pareja de sub-intelectuales con su hijo que debía tener ocho o nueve años y juraría que el chiquillo estaba allí engañado y no sabía la que se le venía encima. Puedo confirmar y confirmo porque estaba despierto en ese instante, que sobre el minuto setenta y cinco se marcharon del cine ajitos con aquella mierda y se van a tener que gastar una pasta en para-sicólogos para curarle los traumas al niño y quizás hasta tendrán que contactar con Raticulín usando a Carlos-Jesús para ver si ellos pueden echar una mano. La película dura ciento diez minutos y yo, sin exagerar, debo haber dormido al menos ochenta. Este pedazo de mierda, es un masque horripilante en el que no solo lo que cuentan me la sudaba hasta el infinito y cuatro infinitos más allá, es que el hijo de la gran zorra rastrera y perniciosa truscolana del director, un tal Julian Schnabel al que le deseo todo lo peor, siempre y que reviente con la peor de las enfermedades venéreas, eso sí, se lo deseo sin acritud, pues el tipo decidió que para enfatizar su artisteo, la cámara ha de estar a veinte centímetros de la cara de los actores, sin que la podamos ver entera, además agarrada por alguien en fase terminal de Parkinson para que la menea con brío y por si estas dos cosas no eran suficiente, de vez en cuando la cámara simularía la visión de los ojos de van Gogh y lo veríamos todo borroso de media pantalla para abajo y con una profundidad de campo fotográfica F2 en la mitad superior. Es decir, da igual el contenido, el continente, la forma de contarnos la historia, enerva, irrita y te saca de quicio, a ti, porque a mi me mandó directamente al limbo de los soñadores y cuando salía del mismo, estaba en otro lado, decían una pollada, volvían a pegar la cámara a una cara y enganchaba el siguiente jamacullo y seguía durmiendo. Quiero que Willem Dafoe tenga claro que si gana el Oscar será por tongo porque su actuación es una puta mierda sobre toda la otra mierda que estábamos padeciendo allí. Si llegan a pedir voluntarios en la sala para pegarle a van Gogh el tiro en la tripa y acabar nuestro sufrimiento tres cuartos de hora antes, seguro que se alzan todas las manos en la sala. Esto es una bazofia, una puta mierda del copón y la primera película en este 2019 que consigue ese título tan especial.

Si eres un miembro del Clan de los Orcos auténtico, jamás, repito, Jamás se te ocurrirá entrar en un cine con esto en cartel. Si eres un sub-intelectual con GafaPasta, así te ahogues en este vómito repulsivo.

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