Viajando a Lisboa y comiendo pasteles de Belén

Al comienzo de este 2012 que está llegando a su fin me planteé visitar al menos seis lugares durante el mismo, eso excluyendo los saltos a Gran Canaria. Siempre me sucede igual y esas visitas se agrupan al principio y al final del año, quizás por ser las épocas en las que los billetes son más baratos y así llegamos a este noviembre en el que están previstas dos de esas escapadas. La primera de ellas es a Lisboa, ciudad en la que nunca he estado y el viaje comenzó hace meses cuando me compré el billete. Este viernes, en lugar de ir a trabajar a la oficina, me traje el portátil a casa y comencé mi jornada laboral antes de las siete. Resolví un montón de asuntos y a las dos y pico me iba en bici a la estación de Utrecht. Allí, tomaba un tren para el aeropuerto de Schiphol, ese mismo que es elegido casi todos los años como el mejor de Europa por los pasajeros y en el que el diseño de algún arquitecto que debería haber muerto lapidado brilla por su ausencia pero en el que abundan los pequeños detalles para hacer más cómodo el paso de la gente que entra y sale del mismo en cuestión de horas. Una vez allí, me acerqué a una de las múltiples máquinas que hay por todos lados para facturar, puse mis datos y saqué mi tarjeta de embarque. Tras una cuidadosa selección, opté por un asiento que me garantizaba la mejor probabilidad de no llevar alguien a mi lado, algo que se puede conseguir si conoces las manías del populacho y que por supuesto no divulgaré para que no se me chafe el sistema que tan buenos resultados me ha dado hasta ahora.

Con mi tarjeta de embarque en la mano, me acerqué al control de seguridad y sufrí la rutina habitual, esa en la que sacamos los líquidos, nos quitamos el cinturón y las botas, sacamos el dispositivo mágico y maravilloso y todo aquello que llevamos en los bolsillos, lo meten en una máquina con la que nos lo revisan y tras este estúpido, incómodo y absurdo control que no nos hace sentir más seguros, volvemos a guardarlo todo y continuamos el camino. Me acerqué a la tienda de delicatessen a comprar una botella de agua ya que en la misma es más de cincuenta céntimos de leuro más barata que en el resto de locales del aeropuerto y no me preguntéis por qué ya que no sé la respuesta, solo que hay que ir a esa en la que supuestamente las cosas son más caras para conseguir el agua más barata. Después, caminé los quince minutos que me separaban de mi puerta de embarque y me senté junto a la misma a chatear con el Rubio, reírme de la Chinita y jugar al Wimp, el cual es mi adicción más reciente. Supuestamente nos iban a llamar por filas pero la azafata de tierra debía tener una regla muy espesa y se atrofió mentalmente y entramos en un puro caos que hizo que la operación se alargara hasta tiempos futuros muy lejanos. Más tarde vi que una de las azafatas del avión la puso a caldo de pota por joderles el turno y hacerlos salir con retraso. Con todo el mundo dentro, cerraron las puertas, nos rempujaron hacia atrás y salimos buscando esa carretera inacabada y que no llega a ningún lado que usan los aviones para lanzarse hacia el cielo.

El vuelo fue tan aburrido como otro cualquiera y por supuesto no tenía a nadie a mi lado. Me dediqué a ver unos cuantos episodios de la última temporada de Haven para ponerme al día y para cuando me quise dar cuenta, ya volábamos en dirección a Lisboa e íbamos a aterrizar. El piloto se debió perder el día en el que practicaban en el simulador de vuelo los aterrizajes suaves y casi estampa el avión contra el suelo y después pegó la frenada más bestial que recuerdo y que solo se puede comparar con la de un vuelo que hice en un avión similar pasando por el aeropuerto de la Palma en el que creí que el hijoputa que conducía se quería suicidar. Al parecer hay tres aerolíneas de bajo costo que vuelan desde ese aeropuerto y Transavia es una de ellas, así que nos llevaron a un rincón a varios kilómetros de la terminal en el que se detuvo nuestro avión y del que salimos andando a la pista para montarnos en unas guaguas que nos llevaban hacia la terminal principal. Tras un rato de paseo entre aviones nos soltaron en la terminal y salimos pitando. En mi caso me acerqué a buscar la tarjeta Lisboa Card de 24 horas que había comprado por Internet. Me la dieron, me explicaron como llegar a la estación de metro recientemente inaugurada y me puse en ruta. En el metro tuve que hacer trasbordo en la estación de Alameda y desde allí continué en otra línea hasta Anjos, el lugar en el que se encontraba mi hotel, el Sete Colinas Hotel. Lo elegí por tener el metro al lado, por tener buenas referencias y un precio aceptable. Mi habitación estaba en la cuarta planta y daba hacia la calle. Tras largar las cosas, agarré la cámara y decidí salir a ver un poco la ciudad. Bajé a la parte baja de la misma y se me antojó que no podía retrasar mucho más el probar esos pasteles de los que todos hablan, así que averigué como ir allí y me subí en el tranvía 15, petadísimo de gente y con un cartel cada cuarenta centímetros avisándote que hay carteristas y que andes con ojo. El mismo tipo de mensajes los tenían en el metro y yo como soy de los que creen que si el río suena es porque hay algo en el cauce, opté por ponerme la cartera en los bolsillos delanteros. Llegué a Belém y enseguida encontré la archiconocida fábrica de los Pastéis de Belém y ya puestos, me compré seis. Como había desayunado como un campeón en mi casa y había picoteado durante el día, en realidad no tenía hambre y lo único que comí esa noche fueron pasteles, los cuales hay que reconocer que son insuperables y que tienen muy merecida su fama. Al regresar al centro de Lisboa paseé por calles poco concurridas y en las que algunas personas te producían la sensación de estar rondando para ver si podían atacarme y como cada vez había menos gente, opté por tomar el metro y regresar al hotel, también con la idea de acostarme temprano ya que al día siguiente pensaba comenzar con la paliza turística a primerísima hora.

Así más o menos comenzó mi visita de cuarenta y nueve horas a Lisboa y habrá que esperar al próximo capítulo para conocer más detalles.

El relato continúa en Visitando el barrio de Belém

8 opiniones en “Viajando a Lisboa y comiendo pasteles de Belén”

  1. Me apunto el tema, quiero saber cómo siguen las cosas por Lisboa, las últimas noticias no eran nada buenas: mucha pobreza, todo muy caro y sensación de inseguridad. Hasta un chófer de autobús en Madeira nos había dicho que las zonas turísticas daban asco de tantos “marroquinos” que había.

  2. En cuanto a seguridad, pinta un poco chungo. A ver qué acabas contando??
    Muy mal, eso de guardarte ése secreto; yo pagaría por conocerlo. A mí también me gusta viajar más anchita.
    ¿Con cuántos meses de adelanto compras los billetes de avión?… Supongo que también te haces un seguro ¿no?…

  3. Estuve por alli en Agosto. Fui a Belem, ví la pastelería con una cola inmensa y mucho sol, asi que decidí comprarlos en otro sitio, porque una de las cosas que yo tenia en la cabeza era que tenia que probarlos de todas las maneras.
    Más tarde los compré en el centro y otro día en una pasteleria muy famosa de Sintra. Estan bueniiiiisimos, pero eso si, a precio de oro.

  4. Jc, Barcelona me pareció muchísimo más insegura y de hecho vi a rumanos robando carteras y bolsos en las paradas de autobuses y atracando gente en el metro. En Madrid, el amigo al que visitaba no me dejó salir solo con la cámara porque decía que era carne de cañón y me atacarían las bandas de latinos y cuando andábamos por las calles se veían inseguras, llenas de chusma y gentuza. En Lisboa, aparte de la alta proporción de personas de color o eso que antes llamaban y que yo sigo llamando NEGROS, no vi ningún incidente. Eso sí, yo soy precavido y controlo mucho mi cartera, mi teléfono y mi cámara.

    La ciudad estaba muy limpia, el metro inmaculado, los autobuses y tranvías funcionaban bienísimo y aunque vi algún mendigo en puertas de iglesia o en avenidas principales, fue en menor proporción que en Oslo, en Barcelona, en Santiago de Compostela o en Colonia, por nombrar algunas ciudades.

    huitten, en este caso compré el billete en verano aprovechando una oferta. También tengo desde esa época el de Estambul y otro para diciembre a otra capital europea. Suelo crearme alertas semanales o diarias en kayak.es con los distintos sitios a los que quiero ir y cuando en alguno de los correos que me mandan veo el precio adecuado, compro sobre la marcha. No me hago seguro alguno porque tengo un seguro de viaje permanente que no incluye cancelaciones pero sí incluye asistencia médica o robo.

    Montse, no había cola alguna el primer día (era por la noche) y muy poca (4 o 5 personas) al día siguiente. También me pude sentar dentro a comer sin más problemas.

  5. En Lisboa pillé a una gitana abriendole el bolsito al amigo con el que iba y le dí un empujón que todavía se estará acordando. Lisboa no me puso nada, tiene zonas preciosas, pero me pareció una ciudad sucia y descuidada. Eso sí me dí unos lotes de tomar el licor de guindas y por ello un lote de reir impresionante.

  6. Yo también tengo un seguro de ésos. Pero aparte, siempre que compro un billete de avión, me hago un seguro de cancelación (por si acaso). Y eso que yo no los compro con tanta antelación como tú. Como mucho, suelo hacerlo un mes antes del viaje; pero me da miedo que con tantos días, por medio, surja algún contratiempo. Incluso cuando reservo algún hotel, que no tiene cancelación gratuita, también lo incluyo en el seguro.
    Justamente ayer, envié toda la documentación de un viaje cancelado a la compañía de seguros (para que me reembolsen la pasta). Resulta que mis padres tenían billete comprado para viajar de Granada a Barcelona, y al día siguiente (por la mañana temprano) operaban a un tío mío. Así que decidieron quedarse a la operación; y eso está contemplado en la póliza del seguro.

  7. Los pasteis hay que comerlos allí mismo, los que se compran para llevar pierden el 50%. Hay que entrar a la parte de atrás, sentarse en esas mesitas debajo de los mosaicos, y comérselos recién hechos y templaditos, así es como se disfrutan de verdad. Opinión de experta en esos deliciosos pastelillos. Y fuera de la pastelería de Belém, para comerlos fríos, quizá La Suiza, en la Praça do Rossío, pero vaya, ya os digo que un 50%…

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