Visita a la isla de Corregidor

El relato comenzó en Cruzando China camino de Manila

La razón por la que añadí un día extra a mi paso por Manila, ciudad que es tan detestable o más que Bangkok fue por seguridad. Estando en Siargao y teniendo que volar desde allí, corres el riesgo que si hay un poco de mal tiempo, cancelen los vuelos y te dejen tirado. Por eso quería tener veinticuatro horas adicionales de margen, ya que era demasiado lejos para cualquier alternativa de transporte. Mirando en las cosas que se podían ver fuera de la ciudad me topé con una excursión a la isla de Corregidor, la cual está controlada por una compañía turística y han hecho de aquel lugar una especie de parque de atracciones centrado en la ocupación americana y japonesa y los eventos de la Segunda Guerra Mundial. El barco salía a las ocho de la mañana desde el muelle que está junto al centro comercial gigantesco Mall of Asia y te obligaban a tener el billete y todo apañado antes de las siete y media así que salí del hotel sobre las siete de la mañana en taxi y llegué allí en cuatro minutos. Primero hice cola para que me dieran mi billete, que resultó ser una pegatina que te ponías en el pecho para identificarte como a ganado y ellos saber a qué grupo pertenecías y lo que habías contratado. Después pagué las tasas del puerto, que en Manila son treinta pesos o unos sesenta céntimos de leuro y después entré al barco y me senté en el asiento que me asignaron. A las ocho, con más de doscientas personas, el barco soltó amarras y salió a todo meter hacia la isla de Corregidor, la cual está a unos cuarenta y seis kilómetros de Manila. El barco es de los de velocidad disparatada y hace el trayecto en una hora y cuarto, tiempo en el que te tupen a vídeos informativos si los quieres ver, ya que yo me dediqué a escuchar un audiolibro. Me habían asignado la guagua/tranvía número dos y al llegar, la busqué y me subí. Cada tranvía (son guaguas abiertas con el aspecto que tenían los tranvías que existían en Corregidor) sigue una ruta distinta para evitar que todos estemos a la misma vez en el mismo lugar. Nosotros fuimos hacia el lugar en el que el general americano Doublas MacArthur abandonó la isla cuando los japoneses estaban ganando la guerra y prometió que volvería. En el sitio han puesto una estatua del chamo. Desde allí fuimos a ver el monumento a la Mujer Filipina, las cuales tuvieron un papel muy importante en la liberación del país. Esta isla está petada de memoriales así que nos movíamos de uno a otro. Ya en la primera parada di mil gracias a mi ángel de la Guarda por inspirarme y escoger el tour en tranvía y no el de caminar porque Manila es un infierno y allí no hay quien de un paso. Antes de seguir y para los más incultos, decir que en la bahía de Manila hay cuatro islas y todas se usaban para la defensa de la ciudad ya que están algo alejadas de la misma y así hay tiempo para organizarse en la ciudad de ser necesario. Desde que los españoles llegaron se convirtió en un fuerte defensivo de Manila y así continuó hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Regresando al relato, fuimos al Museo de los Héroes Filipinos, que tiene fotos y tal y un bonito memorial afuera. La isla es pequeñita pero desde siempre ha estado muy bien aprovechada.  Por la carretera vi algo raro cruzando y penséis que era un truscolán de mierda pero resultó que era un mono con lo que ahora ya sabemos de dónde proviene esa escoria sucia y deleznable. La guía nos dijo que tuviéramos cuidado porque al igual que con los truscolanes, esos monos son malos que no veas y si pueden te atacan. Nuestra siguiente parada fue el Jardín Japonés de La Paz, que está en el lugar en el que los americanos hicieron un cementerio para enterrar a los más de cuatro mil japoneses que se inmolaron cuando perdieron Manila. En la isla se construyeron un montón de túneles y los japoneses se metieron dentro con los explosivos y el combustible y se suicidaron. Los americanos y filipinos los enterraron pero se perdió el rastro de ellos y solo cuando un gringo les mandó una foto que se hizo en un lugar en el que había un cartel que decía Cementerio japonés los pudieron descubrir. Como los japoneses son muy fans del quemar, vinieron, sacaron todos los cuerpos (o casi todos, los filipinos están convencidos que se dejaron un montón atrás) y los metieron en veinte sacos y en el lugar han hecho este memorial. Los filipinos dicen que es imposible que cuatro mil julays quepan en veinte sacos. Desde allí seguimos hacia el Túnel Malinta, palabra que al parecer significa sanguijuelas porque los túneles estaban llenos con esos bichos. Recorrimos el túnel a la largo pero no a lo ancho, unos trescientos metros con algunas paradas en el interior. En los laterales de esa arteria principal, hay hospitales, zonas de dormir, despachos y de todo y hay una parte, la de los arsenales que fue la que los japoneses dinamitaron on ellos dentro para que no los capturaran los americanos vivos. Vimos las zonas en las que estaban los despachos de MacArthur y del presidente filipino y algunos de los respiraderos. La verdad que la visita es muy interesante, sobre todo por toda la información relativa a la Segunda Guerra Mundial. 

En la isla el restaurante tiene una capacidad limitada y a nosotros nos asignaron la hora de las once para el bufete. La comida me pareció mierdosa pero bueno, iba incluída. Tuvimos unos cuarenta y cinco minutos para encochinamos y aquel lugar es un hotel ya que hay gente que se queda una o dos noches allí. 

Después de comer fuimos al otro lado de la isla para ver Battery Way, una serie de cañones instalados por los americanos para defender Manila. Es impactante. También visita o otros dos lugares con cañones, todos diferentes. Fuimos a Grubbs y Hearn, que es uno enorme. En Grubbs  nos cruzamos con otro grupo de monos y se molestaron un montón cuando les gritamos que truscoluña no es nación. Después fuimos a una zona con barracones bombardeados por los japoneses. En esos barracones había miles de soldados y en uno, que era cafetería, estaba el general MacArthur comiendo cuando comenzó el bombardeo, el cual también destruyó el hospital y por eso y durante unos meses, movieron todo a los túneles que habían construído en la isla y que después los japoneses también usaron. Los barracones en la parte alta (Topside barracks) se han dejado en ruinas para que la gente vea lo brutal que fue el ataque. Desde allí fuimos a ver el Pacific War Memorial, muy pomposo y espectacularmente en ruinas, ya que hicieron algo demasiado sofisticado y ahora no lo mantienen. En esa zona también están los restos del cine de los americanos, en el que se dice que la última película que se puso fue Lo que el viento se llevó y un truscolán robó. Estuvimos también en varios puntos que eran miradores con unas vistas preciosas de la isla y de la bahía de Manila. La última parada fue en el punto más alto de la isla, el Faro Español, el cual ha sido restaurado con ayuda del gobierno español. Subí para ver las vistas desde arriba. Desde allí nos llevaron al muelle porque ya había pasado el día y era la hora de regresar a Manila. Cuando llegamos, me acerqué al centro comercial Mall of Asia y me aprovisioné de mango seco en el supermercado y compré unos cuantos recuerdos en una tienda. Después, regresé e la hotel y así más o menos acabó el día.

El relato continua en El regreso larguísimo casi eterno a casa