Volviendo a casa

Lo malo de regresar a Holanda por la mañana es que hay que madrugar para ir al aeropuerto. Con el avión saliendo a las nueve y media y siendo un vuelo charter hay que facturar al menos dos horas antes y por eso acabo levantándome a las seis y media para llegar a tiempo. Como consigo los billetes en estos aviones que van fletados por los touroperadores no puedo facturar en línea, todo un lujo asiático y tenemos que seguir el procedimiento tradicional, el cual incluye además la confirmación del vuelo un par de días antes llamando a un número de teléfono en Gran Canaria y escuchando un mensaje en un contestador que informa sobre los distintos vuelos. Si llegas un poco antes de las dos horas al aeropuerto no haces cola ninguna pero si llegas exactamente a las dos horas coincides con los autobuses llenos de turistas y la facturación se puede convertir en una pesadilla. Por eso el domingo estaba en el aeropuerto sobre las siete y diez y tres minutos más tarde pasaba los controles de seguridad. Pedí un asiento de ventana en el lado izquierdo del aparato y en la parte posterior. La razón para ser tan específico es que al despegar puedo ver la isla de Gran Canaria y con suerte hacer algunas fotos de la casa de mis padres y alrededores.

Después del control desayuné en una de las cafeterías con precios abusivos y tras esto me apalanqué en un rincón de la terminal a jugar al Doom en mi teléfono Sony Ericsson. Nos llamaron para embarcar diez minutos antes de tiempo y ni se molestaron en comprobar los pasaportes de los pasajeros. Creía que era obligatorio en Europa desde primeros de año pero da la impresión que las normas se hacen para incumplirlas. Despegamos con algo de antelación y el cielo estaba totalmente despejado, lo cual me permitió probar la cámara de fotos del teléfono haciendo fotos de la isla. Después siguió la rutina habitual con película, venta de comida a bordo, el episodio de Friends que siempre es el mismo y los capítulos de la serie que estoy viendo y que me llevo en el portátil siempre que viajo.

El avión hacía escala en Maastricht y allí tuvimos que esperar unos cuarenta minutos a que se bajara la mitad del pasaje y entraran los nuevos pasajeros. Me gusta el aeropuerto de Maastricht-Aachen porque es pequeñito y muy familiar y eso de rodar hasta el final de la pista, hacer un giro de ciento ochenta grados y después despegar tiene su morbo. La distancia aérea entre Maastricht y Rotterdam es de unos veinte minutos en los que el avión prácticamente no gana altura ni velocidad y se agita como una batidora vieja. Cuando llegamos fuimos andando hasta la terminal dejando atrás a los pasajeros que se habían subido en el aeropuerto anterior y en unos minutos comenzaron a salir las maletas. La mía fue la segunda. Aunque las Canarias están fuera de la zona de libre circulación de mercancías y están sujetas a control aduanero, nunca me han revisado el equipaje y eso que siempre traigo más de lo permitido. En alguna ocasión me han preguntado si tengo algo que declarar pero los miro a los ojos, sonrío, respondo negativamente y me dejan seguir. Un amigo que tiene un hermano trabajando en el aeropuerto me ha dicho que ellos buscan a gente nerviosa y quizás por eso no disparo las alarmas.

Llegué a la parada de autobuses y en cuatro minutos estábamos en ruta. Una vez en la estación central de Rotterdam me compré el billete de tren, me acerqué al andén y en ese mismo instante salía uno. El revisor mantuvo la puerta abierta para que me subiera y así, sin espera alguna, seguí hacia mi ciudad. Una vez allí tomé el autobús y llegué a casa. Me encontré a mis vecinos en el mismo lugar que los había dejado una semana antes. En su jardín tomando el sol. Hablé un rato con ellos y después pasé por el supermercado a comprar leche y otros productos perecederos.

La vuelta fue dulce y con todos los transportes funcionando como relojes suizos pero el único reloj que se me desbarató fue el del sueño. Después de una semana trasnochando y yendo a la cama muy tarde (y con el añadido de la hora menos Canaria) no pude dormirme hasta cerca de las tres de la mañana y así he seguido hasta hoy. Ya me he cansado de renquear agotado por todos lados, de bostezar sin pausa y de dar cabezadas tan pronto como me siento. He optado por las pastillas de Melatonina, una neurohormona que generamos naturalmente y que regula nuestro ciclo del sueño. Mientras acabo de escribir esto ya me he dopado y en una hora espero encontrarme con Morfeo para echarnos unas risas juntos.