Volviendo a los Países Bajos

El regreso desde Gran Canaria fue bastante relajado. Llegué al aeropuerto antes que los autobuses de turistas que llenan el avión y no tuve que hacer mucha cola para facturar. Cuando puse mi viejo trolley en la cinta el corazón me dio un vuelco al ver treinta y tres kilos de peso pero todo se debió a que la maleta anterior aún estaba trabada y estaba falseando el dato. Plus había venido al aeropuerto y aprovechamos para tomarnos un café y ya que volaba con Transavia y ellos aprendieron de los mejores, los miserables de Iberia, me compré un bocadillo para comer algo. Cuando nos despedimos pasé los controles de seguridad sin más problemas y fui a una de las tiendas libres de impuestos y un treinta por ciento más caras que las que los tienen a comprar algunos habanos. No entiendo por qué te piden la tarjeta de embarque ya que da igual que con los precios tan inflados que tienen me parece estúpido que quieran aparentar como que son más baratos que cualquier tienda que esté fuera de aquel lugar. Los puros son para la noche de las estrellas, el día que nos quedamos bebiendo hasta el amanecer mientras miramos lo que sucede en el cielo y mantenemos conversaciones trascendentes sobre el mercado bursátil keniata, la incidencia de la lepra en la luna y la elasticidad de las cadenas de distribución de los vehículos a dos ruedas, más o menos como la gente normal.

Siempre me ha gustado pasear por la Terminal del aeropuerto de Gran Canaria y tratar de averiguar las nacionalidades de la gente que espera sus vuelos sin escucharles hablar. Con el tiempo me he vuelto muy bueno en este asunto y puedo distinguir entre alemanes, belgas, holandeses, suecos, marroquíes o incluso canarios. Mientras me movía por el lugar me fijo que en las puertas del baño para caballeros hay un tío agarrado a la pared mirando hacia dentro y sujetando la puerta contra la pared. Era una cosa rara, como si fuera un perrito adorable de esos que se te pegan a la pierna y se restriegan buscando satisfacción sexual pero él estaba sujetándose contra el marco de la puerta y esta última. Nadie parecía notarlo. Desvié mi ruta y me acerqué al hombre y pude ver que estaba clavando las uñas en la pared y tenía su vista fija en el interior del baño mientras impedía que se cerrara. El arquitecto que diseñó el recinto no debía tener un buen día cuando se sentó tras su mesa y había colocado los urinarios de forma que se podían ver desde la puerta. El típico olorcillo a meados mal limpiados salía de allí dentro. Al pasar pude ver lo que hacía que aquel tipo estuviera clavado allí. Había un colega meando ligeramente torcido y en sus manos sujetaba un rabo como un vaso de cubata, la cosa más grande y gorda que he visto en mi vida. Desde donde yo estaba hasta aquella serpiente debía haber unos diez metros y se podía ver perfectamente. Una mujer que en ese momento también sintió curiosidad miró y se tuvo que frotar los ojos. Al que controlaba la puerta solo le faltaba llorar. Más adelante, en uno de los múltiples bares, un grupo de ingleses se emborrachaba antes de subir a su avión. Tenían la mesa llena de cervezas que apuraban con velocidad. A su lado los carritos con los bebés que seguramente descuidarán durante el viaje porque tanto ellos como ellas parecían competir por ganar el premio al mayor bebedor. Una de las tías tenía un barrigón cervecero de cuidado, o al menos espero que fuera eso y no un embarazo.

A la hora de entrar en el avión sucedió lo de siempre, la gente se agobia como si les robaran sus asientos. Yo iba en la última fila, en el último asiento y las tres filas que me precedían iban vacías así que el vuelo fue bastante relajado, con tres asientos para mi solo y nadie dando la tabarra. Salimos un par de minutos antes de tiempo. Al llegar a Holanda eran pasadas la una de la mañana y crucé mis dedos para que no nos tocara aterrizar en el Polderbaan, la pista que está a quince minutos del aeropuerto pero no hubo suerte. El piloto nos anunció que llegaríamos usando esa maldita pista y mis planes para ir a casa se complicaban bastante. Salí del avión a la una y media y corrí a las cintas de equipaje. Por la noche solo hay un tren por hora y sale del aeropuerto a las en punto y el margen era muy muy estrecho para no perder el tren y tener que esperar una hora. Me puse cerca de donde sale el equipaje rezando para que mi maleta no fuera la última. A las dos menos cuarto aún no salían maletas y yo perdía la esperanza. A las dos menos diez arrancó la cinta y tres minutos más tarde veo mi trolley. Empujé a una tipa para poder agarrarla, la cogí y salí escopeteado hacia la parte del aeropuerto en la que está la estación. Compré mi billete y llegué al andén a tiempo para coger el tren, se puede decir que casi fui salvado por la campana. Cuarenta y cinco minutos más tarde llegué a Utrecht, tomé un taxi y a las tres menos cinco llegaba a casa.

2 opiniones en “Volviendo a los Países Bajos”

  1. Lo de la tarjeta de embarque es por la comision que se lleva el aeropuerto por cada venta, sea una cafe o una cafetera (sigh).

  2. Cuando tomas café no te la piden, solo en las tiendas “libres” de impuestos y más caras que las tiendas “con impuestos”.

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