Volviendo al templo

Llevo ya varias semanas maquinando el regreso al templo en el que sé que Dios se comunica con nosotros pero por hache o por be o quizás por alguna otra letra o razón, cada semana se me complicaba y no podía, no podía, no podía. Entre que los miércoles tengo italiano, los martes solían estar cerrados, los lunes nadie quiere salir y los jueves y viernes entre el cine y las invitaciones no paraba, me ha costado sangre, sudor y muchísimos bufos y peos (pedos si estáis leyendo la traducción al castellano peninsular) el fijar el día del regreso, que al final quedó establecido en el viernes de la semana pasada.

Como la gente parece que sigue acarajotada con el invierno, usé mis dotes para la manipulación y convencí a un colega del trabajo para venir conmigo. Por desgracia, los viernes trabaja desde su casa, así que tuvo que decirle a su hembra que se ocupe ella de su hijo y se vino a la oficina como un campeón para ir conmigo. Él igual hasta se piensa que la idea fue suya y yo lo dejaré que lo sueñe, que el arte de la manipulación se mide en la ignorancia ajena y yo tengo varios doctorados en el mismo. Excepcionalmente, trabajé hasta las cuatro y media de la tarde, es decir, le regalé a la multinacional amarilla en la que me prostituyo cuarenta y ocho minutos de casi una hora extra, regalo que he multiplicado por cien, como el julay aquel que lo hacía con los panes y no creo que haya limpiadora del edificio que no lo sepa, ya que la grandeza de ser más profesional que ningún otro está en saber venderte y que esa buena acción totalmente gratuita que haces porque no te sale del fondo de tu corazón la canten los heraldos en todas y cada una de las cuatro máquinas de café que hay en las cuatro plantas del edificio.

Salí de la oficina en mi bicicleta y fui paseando al centro, disfrutando además de los casi trece grados que teníamos y que nos situaban a las mismísimas puertas de la primavera, que por aquí arriba se dice que empieza al llegar a los quince grados, algo que sucedió el domingo y que es como un aquelarre en el que los bulbos de tulipanes se desquician y comienzan a empujar sus tallos hacia el cielo a un ritmo de varios centímetros diarios, con lo que parece que este año llegarán pronto. Mi destino, si aún eres tan ignorantón que no lo has adivinado, era el Café Cartouche, el centro del universo culinario mundial cuando hablamos de las costillas de cerdo marinadas, un lugar por el que al final del año pasado todos temimos muchísimo. Cuando entré todas mis chacras florecían de la emoción tan grande que las embargaba, como si no hubiesen pagado el crédito ese que nunca pidieron. Por fuera, desde la calle, parecía prácticamente el mismo pub de siempre, el de toda la vida. Dentro, en la barra, los de siempre y la camarera pelirroja más famosa de los Países Bajos ya que en los últimos quince años es la que sirve las copas en el programa de fin de año más famoso de la tele holandesa. Me saludó, ya que allí soy habitual y reconocí también al cocinero y al otro camarero, es decir, el equipo sigue siendo el mismo. En la parte interior del café ha vuelto a aparecer la mesa de billar y el baño lo han reformado quitando el horrendo abrevadero en el que meabas en multitud y lo han sustituido por urinarios individuales, lo cual yo y muchos más agradeceremos eternamente. La cocina parece que también la han reformado y el cambio mayor es que en la parte trasera, en donde estaba el cuarto obscuro para los fumadores, han hecho una extensión del pub con más mesas para comer, una zona muy agradable para pasar la velada.

El otro cambio significativo es en los manteles individuales que ponen. Antes tenían un dibujo original hecho por un famoso artista holandés que se suicidó y ahora tienen el menú de la comida escrito en el mismo, menú redundante ya que allí solo se va por una cosa, un plato, ese que clavan y que han perfeccionado. Allí se va a comer costillas y eso es lo que pedimos. En la barra, continúan los diez grifos de cerveza con lo que siguen siendo unos de los bares con mayor variedad de cerveza de grifo del universo conocido. Mientras veía todo esto, hacía fotos con el teléfono de los cambios, de las mejores y obviamente no hacía fotos del baño y las enviaba con saña e inquina a todos los conocidos que vienen o han venido o quieren venir conmigo al Cartouche usando el güazap. La última fue la foto de las épicas costillas. El objetivo de este acoso visual estaba claro, manipularlos de manera nada sutil y comenzar a llenar mi agenda con visitas frecuentes a comer costillas. Cuando acabamos, satisfechos a más no poder, el otro chamo pagó y después me llegó el mensaje con la parte proporcional de la cuenta para transferirle el dinero, que la tecnología ha avanzado una barbaridad y ahora puedes, usando únicamente el correo electrónico, compartir la cuenta, algo mágico y maravilloso que se merece un Nobel y varios Oscars de categorías técnicas, sobre todo porque funciona entre todos los bancos holandeses sin ningún tipo de problemas.

Para cuando volví a mi casa, después de la campaña acosando a los amigos, comencé a colocar las citas en la agenda, como debe ser. Solo nos queda desearle una ¡Larga y exitosa vida al Cartouche! y ¡que no se acaben las costillas de cerdo hasta el día del juicio final!

6 respuesta a “Volviendo al templo”

  1. Estaba pensando lo mismo, voy a dar por hecho que no te variaron nada la receta, o ya hubieses elevado gritos a los cielos…

  2. De todas maneras, se echa de memos la descripción de la sabrosura suprema de las famosas costillas, a mi se me cae la baba cuando lo leo, sobre todo ahora que me tienes a dieta de comida, al menos, de fotos de ella… 🙂
    Salud

  3. Ojocuidao! que me parece que el Café Cartouche ese tiene pinta de secta, pero me temo que ya has sido abducido por ellos porque hablas de templo, de un Dios que se manifiesta a través de chuletas de cerdo abrasadas acompañadas por cantidades indecentes de cerveza ….. aunque pensándolo bien ….. I Want to Believe

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