Vuele con nosotros

Mi primera tentativa de traición a las Líneas Aéreas de España para volver a casa por Navidad no ha podido ser más satisfactoria.

El mejor aeropuerto europeo con diferencia, en mi modesta opinión es Schiphol, el aeropuerto situado a las afueras de Ámsterdam. Visitarlo es siempre un gusto. Es un lugar que no fue diseñado por un subnormal pretencioso pollaboba de mierda con ansias faraónicas (como suele suceder en los aeropuertos españoles) sino que se pensó para que fuera funcional y hacer la estancia de los pasajeros lo más placentera posible. Así que el jueves tras llegar, recogí mi billete (comprado el 10 de Agosto …) y facturé. KLM ha optado por instalar máquinas que permiten la autofacturación. Ahora podemos comprobar empíricamente como uno mismo, sin los estudios adecuados ni la formación oportuna, puede facturar su equipaje en menos de 60 segundos. Para alguien que como yo, ha pasado horas de su vida en colas esperando para completar el molesto trámite, esto es el invento de la década y espero que pronto se extienda por todo el universo universal de los aeropuertos que yo visito.

Schiphol tenía una decoración navideña bastante sobria. Lo más impactante eran los árboles de navidad andantes. Vas caminando por el aeropuerto y de repente te cruzas con un árbol de navidad que viene hacia ti. De vez en cuando uno de estos árboles se detenía, se abría y en su interior descubrías un mini-Santa Claus, una persona de altura limitada vestida para la ocasión. Tras unos minutos de cachondeo, se cerraba el árbol y volvía a comenzar su andadura. No tengo fotos porque la cámara estaba en el fondo de mi mochila y entre retratar ese instante surrealista o llenar mi barrigón con la pitanza pre-vuelo, preferí lo segundo.

Ya en la sala de espera, flipé cuando veo aparecer a Curro Jiménez en versión 2004. Era un tío con una pinta folclórico peninsular increíble. Lo mejor eran las patillas que nacían en la coronilla de su cabeza y se deslizaban por las mejillas, corrían cuello abajo y culminaban junto al nacimiento de las arriolas. 120% español, sin ninguna duda. Por aquello de las leyes de Murphy y por mi proverbial capacidad para ser testigo de las situaciones más extravagantes, acabó sentado junto a mí en el avión.

Esa es otra. La tripulación de cabina estaba formada por una señora mayor que se encargaba de los de clase Business y dos parejas chica-chico para el resto. Las dos chicas eran top models. Unas chochas increíbles. No más os diré que el piloto tuvo que prohibir a una de ellas el circular por la cabina, por los evidentes peligros que conllevaba, ya que cada vez que cruzaba el avión de punta a punta sólo se oían los gemidos de dolor producidos por los cinturones de seguridad al frenar las erecciones con las que rendíamos tributo a semejante diosa. Y no sólo era guapa, sino que era amable y cariñosa y a todos les regalaba una sonrisa. Un ejemplo que esas otras que yo me sé deberían seguir, aunque para ellas la única solución posible es el desguace.

El Belén se montó cuando vinieron repartiendo la comida (Sí, aún hay comida en otras compañías). Mientras se aproximaban a mi fila, Curro Jiménez no hacía más que mirar al azafato, que le devolvía las miradas. Creo que en ese instante caí en la cuenta que ambos perdían aceite y eso explicó el manchote que había en el suelo y en el que resbalaba la gente. El azafato, un holandés típico ( rubio y alto) se las apañó para conseguir nuestra fila, que le debería haber tocado a la chocha del martes generadora de erecciones. Cuando estuvo allí comenzó el combate más bizarro que he visto en mucho tiempo. Para mí que se conocían de antes y que se odiaban a muerte, porque se empezaron a tirar unas puntas de cuidado. El azafato nos dio la comida a mí y a la señora que iba a mi lado e ignoró al Curro. Este se lo reprochó y el otro replicó que él ya conocía perfectamente su rutina. Así que de seis personas que estábamos en la susodicha fila, cinco recibimos la pitanga y uno no dejaba de reprocharle cosas al otro. Al final, cuando nos dio las servilletas a los ?buenos??, le echó un bocadillo (sin permitirle elegir), le puso un vaso de cola (pidió sprite), le negó el café y se marchó super indigno hacia las filas posteriores. Esto no acabó ahí. El Curro consiguió de otra azafata dos cafés, que no se tomó hasta que el mariconson que le había humillado los pudo ver. Se le cambó el gesto al neerlandés cuando lo vio. Dos cafés. ¡Manda güevos!

Conseguimos llegar a Barcelona sin más problemas. Ya lo he dicho aquí antes, pero lo reitero. ¡Me cago en la madre que parió a los arquitectos y diseñadores de los aeropuertos españoles! El aeropuerto de Barcelona destaca por su diseño en contra de los pasajeros. Está todo lleno de tiendas con un minúsculo pasillo entre ellas por el que circulan los viajeros corriendo como locos con sus trolleys, repartiendo golpes a diestro y siniestro. Es el lugar en el que uno siempre quiso estar. Vaya mierda de sitios. Y vaya precios abusivos. Vamos a ver si comprendemos el concepto de tienda libre de impuestos y repleta de ladrones. Entro en una a mirar el precio de un reloj como el mío (un CASIO SeaPathFinder SPF-70T), reloj del que algún día tendremos que hablar. Yo lo compré en una tienda en Gran Canaria y pagué la terrorífica cantidad de ciento cincuenta euros. Contacto con el dependiente y este me informa que el precio libre de impuestos es de doscientos treinta y cinco euros. Le vuelvo a preguntar, por si acaso mi cerebro trastornado con tanta lengua no captó la información convenientemente y me confirma que tienen una super oferta y que sólo vale ?? 235. ¡Un poquito de por favor! Pero coño, que le pongan los impuestos y me descuenten el atraco a mano armada. Pero de que vamos señores.

De la observación exhaustiva en el aeropuerto he concluido que España está llena de españoles. Los hay por todos lados, son como una plaga. Y se les identifica por los telefoninos. Van por todos lados hablando con el dichoso dispositivo. Son capaces de mantener una conversación por el aparato y otra con sus acompañantes. Patético. Entre las conversaciones que pude fisgonear, me sorprendió una de super ejecutivos, todos trajeados, que hablaban de los bares con menú cerca de su oficina. Parece ser que la preferencia es por la pela. A menos pelas el menú, más rico rico que está. Otra conversación fascinante fue frente al panel de información de salidas. Hay ocho televisiones, pero sólo se anuncian cuatro vuelos, porque gracias al código compartido anuncian el mismo vuelo veinte veces. Los susodichos discutían sobre si el vuelo a Bilbao que ellos tenían que tomar era el de Iberia, o el de British airways o alguno de los otros vuelos que salían para Bilbao a la misma hora y desde la misma puerta. En fin, para que decir más.

La segunda parte de mi viaje era con Air Europa , en vuelo de código compartido de esos que anuncian un millón de veces. Embarcamos en el Boeing 737-900 prácticamente nuevo y ya en la puerta nos recibían dos chochas con una sonrisa preciosa. De ahí al cielo. Aunque no te dan ni agua, siguiendo la tónica habitual entre las compañías españolas, las chicas eran muy amables y se desvivían por ayudar a la gente. Una de ellas se tuvo que enfrentar con un pollaboba que pidió una cerveza, se la tomó prácticamente entera y cuando estaba a punto de acabarla llamó para quejarse porque estaba mala. Se la cambiaron e hizo lo mismo. A la tercera, la chica se quedó junto a él y le pidió que la probara y si no era de su gusto se la llevaba en ese mismo instante y de serlo, se la podía pagar de una vez. El capullo, montó bulla y trató de adoptar el papel de víctima, pero no le funcionó. Menudo jeta. Espero que agarre una buena sífilis la próxima vez que vaya de putas. El único reproche que se les puede hacer tanto a las azafatas como al piloto y al copiloto del avión de Air Europa es el pésimo nivel de su inglés. El piloto trató de contar su rollo típico sobre altitud, temperatura, velocidad y duración del vuelo en inglés, pero lo tuvo que acabar con un ?whatever?? vista su incapacidad para expresarse en ese idioma. Los mismos problemas tenía la azafata encargada del karaoke, que la pobre lo intentaba, pero no había forma de que le salieran las cosas en inglés. La próxima vez me ofrezco y se lo leo yo y así les ahorro el bochorno.

6 opiniones en “Vuele con nosotros”

  1. Para que veas lo que sufren mis pobres azafatas… Lo del nivel de inglés, que quieres que te diga, de los pilotos me lo espero, pero de las azafatas debe ser que te han tocado las que andaban un poco más flojas. Te puedo asegurar que lo primero que hacen después de ver la altura que tienen es hacerles una entrevista en inglés bastante estricta. Saludos!

  2. Pues la que trincaba el micrófono en ese vuelo, que siempre era la misma, la pobre no daba para más. Le encantaba usar tercera persona del singular con el verbo en plural y viceversa. A lo mejor era disléxica vete tú a saber. O quizás competía con el piloto en escandalizarnos, aunque me temo que aparte de mí, el resto era carne de cañón nacional que no habla inglés así que ninguno se dio cuenta.
    Oye, deberían seguir midiéndoles la altura cada dos años, así Iberia conseguiría echar por lo menos al 50% de las ancianas, que ya han empezado a encoger después de cientos de años de servicio.

  3. Buenísimo el relato. Eres un buen observador.
    Pero no me ha quedado claro por qué motivo el azafato discriminó al patillas. Eso podría suponer su despido en caso de queja, así que debía de haber algo fuerte ahí.

  4. Rodolfo, yo creo que esos dos ya habían tenido roce, roce por el orto, que diría un argentino. Eso de que ya conoce su rutina da mucho que pensar. Aquello fue un combate entre lobas heridas. Yo al azafato no, pero si hay que echarle una mano a la generadora de erecciones se le echa. Una y las que hagan falta.

  5. que casualidad que todo el mundo, menos tu, sea un pollaboba y no sepa hacer nada bien. ¿No tendrás cambiado el chip? y el pollaboba seas tu.

  6. Rios Arias, veo que tenemos otra abuela de Iberia. Por aquí vienen muchas. No te preocupes, algún día te retirarán al cementerio de azafatas …

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