Vuelin con nosotros

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A once mil metros de altura y mientras estoy encerrado en un cilindro que vuela raudo cruzando África, me aburro como una ostra y no me apetece ver las películas que están dando, películas que por otra parte ya he visto en un cine, así que acabo sentándome a escribir a estas líneas que solo el Dios de la Internet sabe cuando saldrán publicadas.

El regreso de Valencia transcurrió sin grandes incidentes. Me despedí de Kike en el aeropuerto y entré en la zona segura a esperar mi vuelo. Ambos sabemos que seremos amigos durante mucho tiempo. No me canso de agradecerle su invitación y el esfuerzo que tanto él como su familia y amigos han hecho para que la estancia fuera un rotundo éxito. Creo que volveré a repetir y espero que cortésmente me devuelvan la visita y se inflen a comer galletitas holandesas con miel y similares. Puedo prometer y prometo que en mi casa no les faltarán cuando vengan.

Al igual que en el trayecto de ída volaba con Vueling. Espero que tengáis en cuenta esta compañía a la hora de planificar vuestras vacaciones porque lo hacen muy bien, es económica y el servicio es soberbio, eso sin contar que sus aviones son nuevos y sus tripulaciones se desviven por atender a los pasajeros.

En total éramos un veinte por ciento de españoles y un ochenta por ciento de cabezas de queso, también conocidos como neerlandeses. Le pregunté a una de las azafatas si podía usar mi portátil una vez estuviésemos en vuelo y la chica aprovechó para interrogarme y tratar de averiguar si hablo la lengua de la mayoría de la gente que estaba allí dentro. Por supuesto que la hablo, aunque malamente y con desgana, así que la chica me hizo apuntarle unas cuantas frases en Holandés para leerlas al largar su rollo.

Se cierran las puertas y arranca el espectáculo. Vamos dirigiéndonos a la pista de despegue mientras la azafata nos explica todo lo relativo a la seguridad, todo en plan muy informal y tuteándonos. A la hora de decirlo en inglés saluda a la concurrencia con un: Goede morgen!. Aquello fue el acabose. El avión prorrumpió en aplausos y vítores a la chica, que no pudo contener la risa y se le escoñó la lectura del panfleto ese sobre las salidas de emergencia y los chalecos salvavidas. Ya estábamos en modo buen rollito con todo el mundo alegre y feliz. Hay que ver lo fácil que es tener un pequeño detalle que alegra el viaje a cualquiera y lo agradecida que es la gente. Más tarde les preguntó que ¿cómo estaban? Usando el típico Hoe gaat?t met jou? y la tribuna respondió al unísono con un Goed!. Además de simpática, bella, hermosa y mil virtudes más que ni siquiera puedo enumerar la chica hablaba un inglés exquisito. No podemos decir lo mismo del capitán, que el tipo acribilló dicha lengua para vergüenza mía y del resto de españoles. El hombre debe haber ido a la misma escuela que la creadora del desemboarding y ambos pasaron con nota.

Pasé el vuelo escribiendo esos dos clásicos llamados putas sucias y rastreras y metrosexual. Cruzando los cielos europeos se veía todo nevado lo que me hizo albergar la esperanza de encontrar nieve a mi vuelta pero no pudo ser. El polvo blanco se acababa exactamente en el río que cruza la ciudad de Amberes, cerca de la frontera con mi país adoptivo. Desde aquel lugar en adelante solo se veían los típicos campos neerlandeses verdes y con canales de agua.

Por primera vez este año tuve suerte con el aterrizaje y no fuimos a la infame pista que han hecho en el polder a ocho kilómetros del aeropuerto. La toma de tierra fue el único momento delicado. Por alguna razón el piloto se dejó ir y estampó el avión contra el suelo con saña, de tal forma y manera que se le rompieron los huevos a más de uno, sobre todo aquellos que usan boxers y los llevan colgando como badajos.

Mientras el avión enfila hacia la terminal la chica se despidió y al hacerlo en inglés dijo: Tot ziens en bedankt!. De Nuevo hubo ovación de gala e incluso le cantaron una canción para agradecerle el detalle. Ciento y pico personas coreando un himno a una azafata es lo que se llama un éxito total. La tía se puso más roja que un tomate de lata.

Y así llegamos de vuelta a casa, encontrándonos el país helado y en el que al parecer un par de días antes hubo una tormenta increíble que dejó ciudades sin energía eléctrica, trenes parados en las vías y autopistas colapsadas. Por suerte yo no estuve allí para vivirlo. Había quedado con el turco para ir al cine en Ámsterdam, así que en lugar de irme a mi casa me fui a la suya, pero esa será otra historia.