Vueling voy, Vueling vengo

No hay dos experiencias de viaje iguales. Siempre sucede algo que hace que cada vez sea distinta. Mi viaje a Barcelona comenzó con tiempo suficiente. A fuerza de viajar uno aprende que mejor aburrirte dos horas en el aeropuerto que perder el vuelo, sobre todo cuando tienes billetes cuasi regalados que no te dan derecho a nada si no estás a tiempo en el aeropuerto. Por eso salí de casa con tres horas y media de tiempo para llegar al aeropuerto tranquilamente. Normalmente es un viaje de cuarenta y cinco minutos, con diez minutos en guagua, comprar el billete de tren y esperar a que salga el siguiente Intercity que te lleva directamente en media hora.

La parte de la guagua funcionó muy bien. Llegué sobradísimo y cuando subí al vestíbulo principal de la estación de Utrecht me encontré una muchedumbre bulliciosa y todos los carteles llenos de mensajes en rojo. ¡Desastre! En una de las pantallas decían que por culpa de un fallo en un ordenador el sistema informático se había desconectado y casi no había trenes saliendo o llegando a la estación de Utrecht, la más importante del país. También decían que los retrasos eran de al menos una hora y que miraras las pantallas de información para averiguar que trenes llegaban y salían. ¡No había trenes al aeropuerto! Recomendaban ir hacia Amsterdam Duivendrecht e intentar tomar un tren allí. Todos mirábamos los paneles y tras un cuarto de hora anuncian que llega un tren que va hacia Amsterdam Central y que tendrá paradas adicionales, entre ellas una en Duivendrecht. ?ramos una muchedumbre corriendo a las escaleras, arrasando lo que se nos ponía por delante. Cuando finalmente conseguí llegar al andén el tren estaba hasta la bandera pero con suerte y constancia logré meterme por una puerta y me quedé allí mismo con mi maleta. Era un tren de los más largos y de dos plantas. Fácilmente mil quinientas personas o dieciocho mil si quien cuenta trabaja para la comunidad autónoma de Madrid o el Ayuntamiento, que como todos sabéis poseen los mejores matemáticos del mundo. El día que esos se encarguen del presupuesto del Estado nos convertiremos en potencia galáctica.

Volviendo al tajo, el tren se llenó completamente, con gente de pie por todos lados y sin capacidad de moverte. Estuvimos otros diez minutos en la estación hasta que finalmente cerraron las puertas y arrancamos pero al no haber señalización el conductor dijo que iríamos a cincuenta kilómetros por hora. El tiempo seguía corriendo y yo cada vez veía más lejos mi objetivo de llegar a coger mi avión a tiempo.

Pese a estar todos a una distancia de oreja contra boca allí no hablaba nadie. Esto es algo que siempre me ha encantado de los Países Bajos, este respeto por la intimidad de los otros en situaciones tan inconvenientes. En España empieza una a quejarse, tres más a recolectar firmas y los más ignorantones terminarán el viaje como miembros de los Simplones negros o similares. Aquí no, cada uno a lo suyo que para eso todos estamos equipados con un iPod.

La primera parada era Duivendrecht y allí me bajé y corrí con medio tren hacia el andén donde paran los trenes que van hacia Schiphol. El anuncio era de una hora de retraso. Comencé a llamar a mis amigos el Rubio y el Moreno para organizar un plan de emergencia. Aún tenía media hora de margen, después de eso vendría el abismo y la desesperación.

Yo no era el único con problemas, casi todos estábamos en la misma situación. El andén era impracticable con tantas maletas y gente mirando el reloj sin parar. En un momento determinado, quince minutos más tarde apareció un tren que no salía en las pantallas e iba en la dirección correcta. Por megafonía nos dijeron que aquel iría hacia el aeropuerto. Llegó y tuve la suerte que al detenerse el tren una de las puertas quedara frente a mí así que salté en el interior y me apalanqué en un rincón porque sabía que detrás de mi había una muchedumbre. Cuando se cerraron las puertas al tren le costó arrancar por el peso, comenzó a vibrar como si las ruedas estuvieran patinando en los raíles hasta que se movió y renqueando salimos hacia nuestro destino. Al llegar al aeropuerto había gente que directamente te empujaba para abrirse paso hacia las escaleras mecánicas, supongo que ellos estaban en peor situación que yo. Mi avión salía en una hora y podía facturar hasta cuarenta y cinco minutos antes de la salida así que todavía me quedaban quince preciosos minutos que aproveché para comprar algo de chocolate. La chica del mostrador de facturación me preguntó si pasaba algo porque no se había presentado casi nadie y le conté el problema. Después de darle un beso de despedida a mi maleta y desearle un buen viaje me fui a pasar el control de seguridad.

A lo lejos venía gente corriendo con las maletas en nuestra dirección. Por lo visto les habían dicho que era muy tarde para facturar el equipaje y que lo tenían que llevar con ellos al avión. La teoría es sencilla, la práctica siempre resulta algo más complicada. Les dejamos colarse pero los de seguridad no tragaron y cuando las maletas pasaban y veían los líquidos los detuvieron y les plantearon el ultimátum: O dejan aquí todos los líquidos o vuelven hacia atrás y facturan las maletas. Una mujer trató de discutir con ellos pero pronto se dio cuenta que es más fácil que un musulmán le coma el chichi a que un empleado de aeropuerto suavice las reglas. Champú, laca, crema de afeitar y algunas cremas vieron su viaje interrumpido mientras nosotros mirábamos entre divertidos e indignados. Pasé el control y mi avión tenía veinte minutos de retraso así que aún me sobró tiempo para cenar en uno de los restaurantes en donde se olvidaron de cobrarme la botella de agua que compré para el vuelo.

La experiencia con Vueling fue excelente, igual que en la ocasión anterior. Sus aviones son nuevos, sus tripulaciones son jóvenes y amables, chicas encantadoras que no llevan haciendo ese trabajo doscientos años como las dinosaurias de Iberia y que aún creen que tienen un trabajo divertido. El nombre del avión era Vueling voy, Vueling vengo y sin más problemas salimos en dirección a Barcelona. Llegamos cerca de medianoche. Fui a recoger mi equipaje a la cinta 28, la cual estaba escondida detrás de unas obras. Después de encontrarla tuvimos que esperar UNA HORA a que salieran las maletas. Eso sí que fue tercermundista. Para ir al hostal en el que nos quedábamos tomé un taxi y el hombre resultó ser un cruce entre el Fari y Torrebruno. Tenía el pelo más falso que recuerdo, parecía una peluca de payaso y no tenía ni puta idea de donde estaba la calle a la que me tenía que llevar pero eso no lo detenía y mientras conducía intentaba buscarla en un libro gordísimo que llevaba a su lado. Era una cosa un poco peligrosa porque de cuando en cuando daba bandazos pero bueno, al final hubo algo de suerte y pasada la una de la mañana llegué a mi destino, más de siete horas después de haber salido de mi casa.

Ahora que has leído los previos puedes seguir leyendo sobre el resto del viaje en Barcelona – Primer día con Gaudí

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3 opiniones en “Vueling voy, Vueling vengo”

  1. De todas las compañías de bajo coste en las que he viajado, sin duda, Vueling es la mejor. La que también me causó buena impresión, aunque no tanto como Vueling, fue Transavia.

  2. al menos solo fueron 20 min de retraso. Si llegas a esperar a los de Iberia, o te anulan el vuelo sin avisar, o un par de horas mínimo.

  3. De Transavia me molesta el engaño con los precios. Te dicen que el billete es 9 euros por trayecto y acabas pagando 200 por el billete, es un timo. Deberían ser más claros y dar el precio final.

    Es una pena que Vueling no tenga mas destinos desde Amsterdam. En Abril voy a Madrid y ya habré usado todas las líneas que salen de la capital holandesa, tendré que empezar a repetir ciudades.

    Virtuditas, más tarde esta semana cuento el viaje a Gran Canaria de este fin de semana y ese sí que fue un desastre completo, aunque dentro de lo que cabe tuve suerte

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