Zorra de mierda

El niño estaba haciendo cola como todo el mundo para comprarse sus papas fritas. Es sábado y el mercado está lleno de gente. Llueve y los que esperan tratan de refugiarse bajo el toldo que protege el mostrador. Es uno de esos sábados de otoño en los que los colores vivos lo llenan todo y las calles se llenan de apresurados compradores que buscan infructuosamente alguna ganga. Su madre le ha dado dinero y le espera mirando escaparates, aprovechando esos minutos para saciar su ansia consumista. En la cola todo el mundo está en silencio. Sólo se escucha al dependiente preguntado por el pedido y a la gente diciéndole lo que quiere. Hay una señora ya mayor que tiembla mientras espera con esos espasmos tan característicos de la edad. Da un poco de pena el verla allí pero por otra parte es increíble que alguien con su edad esté en la calle de compras y espere para conseguir su ración de papas.

Finalmente le llega el turno a la señora y el niño se prepara. Es el siguiente. Es bastante pequeño y no llega al mostrador así que tendrá que saltar y pedirle a alguien que le alcance el dinero al vendedor. Lo típico. Siempre es lo mismo. Lleva viniendo desde que tiene memoria a este lugar a comprar su ración semanal. A veces con su padre, a veces con su madre y su hermana y en ocasiones como esta solo. La señora mayor se marcha y de repente siente que alguien lo empuja y lo aparta de un golpe brusco. Se ha quedado fuera de la cola y mira desorientado tratando de averiguar que ha pasado. La razón parece ser una señora bastante corpulenta que lo ha echado de su puesto y se lanza a pedir. El niño siente que una ola de rabia lo invade y sin darse cuenta le grita a la mujer: Zorra de mierda, aprende buenos modales. La mujer lo mira horrorizada. El dependiente se da cuenta de lo que ha pasado y rechaza el dinero de la mujer. Le lanza una mirada que le reprocha su actitud. El niño comienza a llorar. Un par de lágrimas resbalan por su cara. En la cola la gente comienza a murmurar contra la individua que ha provocado esta pequeña alteración. Ella se revuelve y trata de ignorar las miradas asesinas que recaen sobre ella pero no puede evitar escuchar los comentarios, se siente juzgada y condenada y sabe que ha sido con razón. Escucha un Bosta, abusadora y trata de identificar al autor pero por las caras pudo ser cualquiera de los que esperan. La gente que pasa se para a mirar. El niño sigue llorando y en ese momento llega su madre que le pregunta lo que ha pasado. El chiquillo le dice que la señora lo ha empujado y lo ha echado de la fila en el momento en el que le tocaba pedir. La madre respira profundamente, mira a la otra tipa y comienza a insultarla sin morderse la lengua: Puta asquerosa, perra zarrapastrosa, qué coño le has hecho a mi hijo. La gorda comienza unas maniobras evasivas y gira buscando la forma de salir de allí pero el círculo de gente a su alrededor se lo impide. Ella intenta que la apoyen y que la defiendan contra la mujer y su hijo pero no consigue despertar ninguna adhesión a su causa. Se pone roja y sus carnes comienzan a sudar. Su respiración se vuelve agitada y ella también está a punto de echarse a llorar. La madre del niño le lanza una nueva andanada, otra sarta de adjetivos extraída de los diccionarios de la más baja calaña: Vergüenza debiera darte hija de la gran puta mora, mal rayo te parta, abusar así de un pobre niño indefenso.

Se quedan durante unos instantes mirándose y finalmente la gorda se va. La gente en la cola vuelve a quedarse en silencio sabedores del peligro que representa la madre del niño, aprueban lo que ha hecho aunque no están de acuerdo en la forma en la que lo ha expresado. Aún así, está bien que de cuando sea el desvalido el que gane y no siempre los abusadores. El hombre sirve una ración grande de papas para el niño y se la regala. El chiquillo despliega una sonrisa radiante y las coge. Se va andando con su madre mientras la lluvia se detiene y un tímido rayo de sol surge entre las nubes.

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