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  • Corte(in)fiel

    13 de mayo de 2005

    Al hilo de la anunciada venta de dicha empresa textil, he recordado que hace tiempo que quería escribir sobre ellos unas cuantas líneas, en plan me-cago-en-todos vuestros muertos y demás.

    Hace muchos, muchos años, en una galaxia muy lejana, Corte-infiel era una empresa que además de buenos diseños, tenía una calidad excelente. Eran los tiempos en los que los caballeros jedis patrullaban la galaxia y el bien imperaba por doquier. Uno sabía que podía entrar en una de sus tiendas, cerrar los ojos, escoger al azar cualquiera de los productos y el objeto resultante gozaría de una excelsa calidad y un diseño impecable.

    Eso es historia. Ahora tienen mucho diseño pero no hay nada más que lo respalde. Ya he picado dos veces y no volveré a caer nunca más. Mi última mala experiencia con ellos ha sido este invierno. En septiembre tenían una rebeca con camiseta de regalo que parecía muy buena. Abrigaba y era perfecta para interiores de edificios holandeses en los que la calefacción a veces te la juega y pasas de veintitantos grados a diez en lo que se tarda en cruzar el umbral de una puerta.

    La camiseta me la traía al fresco, pero como era gratis, pues la aceptamos en la familia y entró a formar parte del extenso ajuar de camisetas del que me enorgullezco tanto y que tantas disputas ha ocasionado entre amistades y conocidos. La rebequita me sentaba como un guante en la tienda. Preciosa, un diseño estiloso y tal y tal y tal. Así que me la compré y emprendió el largo camino de la emigración, con más de tres mil kilómetros hasta que alcanzó su hogar definitivo. Cuando llegó el frío salió del banquillo de las prendas de mi armario y entró en el circuito de ropa muy usada. Todas las mañanas se metía en mi mochila y con gran alegría por su parte, nos íbamos juntos al trabajo.

    La cosa parecía ir bien hasta el tercer día, cuando la doble cremallera comenzó a fallar. Lo achaqué a mi poca cultura y a la incapacidad para manejar dispositivos que no están dotados de microprocesador y fuente de alimentación. Unos días más tardes parecía ir a peor y llegué al extremo de no usar la cremallera y llevar la rebeca sin abrochar. Para aquellos momentos en los que era necesario el cerrar compuertas, me agencié unos imperdibles y apañé un cutre-cierre, visualmente muy agresivo y que levantó la admiración del departamento de diseño corporativo en la mutinacional en la que trabajo. Gané varios premios por mi sencillez a la hora de innovar y encontrar soluciones sencillas para problemas infinitesimales.

    Como soy pulcro y limpio, llegó el momento en el que la rebeca tenía una visita pendiente con mi lavadora. Con cuidado, miré su etiqueta y comprobé las instrucciones de lavado. Las respeté escrupulosamente e incluso no llegué a los límites previstos. En lugar de lavadora, la lavé a mano. Unos cuidados exquisitos para que la niña estuviera contenta. Cuando se secó y estaba lista para ser usada descubrí una pequeña rotura en la parte trasera. Me quedé petrificado por el horror. Decidí no darle más importancia y seguir usándola como si nada hubiera pasado. Tras su segundo lavado dicha rotura se había multiplicado por tres. Era oficial. Aquella era una MIERDA de rebeca hecha con una MIERDA de materiales, por una empresa que se JACTA del acabado y la calidad de sus productos.

    La rebeca de Corte(in)fiel acabó en la basura. Otra que me compré en un establecimiento de la competencia mucho más barata, en esos centros con nombre de chica mona y dispuesta a fornicar, sigue prestando sus servicios sin acusar el estrés del que fue objeto la primera. Esta segunda prenda disfruta enormemente con sus lavados en la lavadora, en donde se lo pasa bomba con sus amigas las camisetas y con los calcetines de South Park y Looney Tunes, los cuales no dejan de hacer gansadas durante todo el programa de lavado.

    Así que espero que los que van a comprar esa empresa, pongan en la puta calle a todos los directivos y comiencen por mejorar la calidad del producto que venden, que falta que les hace.

  • Keukenhof 2005

    13 de mayo de 2005


    Tulipán, originally uploaded by sulaco_rm.

    Todos los años lo visito y nunca me canso. Es el Keukenhof, el mayor parque de tulipanes del mundo. Un monumento vivo erigido para glorificar esas flores infinitamente bellas. Cada vez que voy sucede lo mismo. Mi lado más japonés se sale de control y me paso el día haciendo fotos como loco, hasta agotar las dos baterías y los setecientos sesenta y ocho megabytes que tengo disponibles.

    Rezad para que el tiempo acompañe. Cuando leáis esto yo ya debería haber retratado un par de cientos de esas bellezas. Y supongo que ya sabéis lo que esto significa. Se aproximan días con muchas flores en esta bitácora. Aquellas y aquellos que quieran tener una de esas bellezas dedicadas, háganlo saber en los comentarios.

    Si estás pensando visitar Holanda para poder ver estas maravillas, tienes más información en la anotación Guía para el turismo en Amsterdam y Holanda y también puedes ver el Álbum de fotos de tulipanes en el Keukenhof o el Álbum de fotos de Amsterdam

  • Mi primer fisioterapeuta

    12 de mayo de 2005

    El otro día uno de mis lectores habituales me afrentó diciendo que no escribo un diario sino un magazine de fantasía. Estuve tentado de coger mi muñeco de vudú y clavarle dos alfileres negros, pero estamos en la semana del talante y lo que no puede ser, no puede ser.

    Así que como ando destapando toda mi vida, aunque la miro a través del culo de una botella y no queda muy allá, vamos a seguir con otro episodio luctuoso que sucedió ya hace un tiempo. Era invierno, frío, oscuro y como siempre, rodeado de rubios de mierda, que la leche de este país sólo produce pelo-pajosos. Mi amigo el sueco, ese del que tuve que vengarme no hace mucho, como ya comenté se mudaba de ciudad y pidió ayuda. Es algo tradicional en esta tierra el hacer las mudanzas a lo gitano, con mano de obra gratuita de por medio. Nosotros los españoles que somos tan fiznos contratamos empresas que se encargan de todo, pero aquí echas mano del teléfono y movilizas a todo el que te ha puesto un ojo encima alguna vez.

    En aquella época ya debíamos haber adivinado lo miserable que era nuestro colega, pero la amistad nos hace ciegos y no somos capaces de ver las señales. Nuestro querido amigo alquiló una furgoneta por medio día, en sábado, así que nos obligó a estar en la puerta de su casa a las ocho de la mañana para que nos diera tiempo. Ese sábado durante la noche heló después de llover. No una helada convencional, sino una de estas de diez grados bajo cero. Por ser fin de semana, el ayuntamiento en el que pago mis impuestos tan a disgusto no dispone el reparto de sal en las calles y los efectos son estremecedores. Salí de mi casa aún medio dormido, me subo en mi vieja bicicleta, empiezo a pedalear y veo a una vecina con zuecos de madera pisando fuerte. En ese instante me di cuenta de mi error. Mi bicicleta tomó vida propia, comencé a ladearme peligrosamente y acabé con mis huesos en el suelo. Fue un golpe atroz en mi hombro izquierdo.

    En estos casos uno sólo puede hacer una cosa. Mientras la mujer se reía a mandíbula batiente, me levanté rápidamente diciendo que no pasaba nada y me hice un par de pasos de los de Chiquito de la calzada para demostrar que todo estaba bien. Conseguí llegar a la calle principal haciendo un trípode con mi cuerpo y la bici. Por allí ya habían echado sal, así que pude montar y seguir mi camino, con algo de dolor en el costado y con mi orgullo y mi reputación dolidos.

    Al llegar a la calle del sueco veo que el chino, el indonesio, el sueco y la novia indonesia del mismo me están esperando en la puerta. Me bajo de la bicicleta y cuando voy hacia la parte de atrás del edificio para aparcar noto que mi bicicleta ha perdido contacto con el suelo y está levantando el vuelo grácilmente, de forma mayestática, igual que cualquier gran avión despliega sus alas con estabilizadores a todo meter y trata de coger altura. El tiempo conmuta al modo matrix y veo que el chino abre la boca para gritar. Miro hacia mis pies y los veo siguiendo a la bici, cogiendo altura, libres, tratando de superar mi cabeza. Me siento ligero, me siento libre, me siento volar, me siento bien jodido porque mi lado racional acaba de avisar al resto de mi cuerpo de que la hostia es inminente. Trato de recuperar la adherencia pero es imposible cuando estás en el aire. Parecía que lo íbamos a conseguir, que volaríamos, cuando la gravedad hizo acto de presencia.

    La caída fue lenta y dura. Pude ver lo que se me venía debajo. La bicicleta se volvió pesada y aunque traté de alejarla de mi se negó en redondo. Se acercaba a mi cuerpo como buscando calor. Me perseguía por el vacío del que yo estaba cayendo. El suelo subía para recibirnos. Ninguno de mis amigos se movió. Caí sobre el mismo hombro y la bicicleta cayó sobre mi. Quedé allí, tirado, en el hielo, mientras la novia del sueco tiraba sal al venir hacia mi, en una escena que se me antojó un poco barroca ya que parecía que estaba alimentando palomas, aunque allí no había nada, solo hielo y un servidor con su bicicleta en el frío suelo.

    Me ayudaron a levantarme. El dolor era terrible. Me metieron en la casa. Pedí un vaso de agua. Mi hombro emitía señales a todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo, unas señales terribles. Comencé a perder la vista y la realidad se fue disolviendo. Me dio tiempo a avisarlos de que me desmayaba, aunque nadie me creyó. Me pusieron el vaso de agua en la otra mano y vieron como me caía, inconsciente, al suelo. Desperté unos minutos más tardes, con el cabezón monstruosamente grande del chino mirándome de cerca, con esos ojos de pokemon que asustan a cualquier cristiano.

    A pesar de la caída, ayudé en la mudanza en lo que pude. Cuando me fui a mi casa, el dolor seguía latente. Durante el día seguí haciendo cosas y pese a las molestias, sobreviví. A la mañana siguiente mi brazo era un objeto muerto que colgaba inerte. No podía hacer nada con él. Además de estático, generaba un dolor continuo que repartía uniformemente por mi cerebro, desquiciándome. Llamé al médico y pedí cita.

    Mi médico, me hizo quitar la camisa, lo cual me costó unos cuantos minutos, me miró desde tres metros de distancia y sin siquiera tocarme me dijo que todo estaba bien y que seguramente en un par de días estaría como nuevo. Creo que comprendió las cosas que lo llamé en español y estoy convencido de que la puta que lo parió si estaba muerta se tuvo que revolver en su tumba. Salí de la consulta con recetas para calmantes y un pase para que me hicieran radiografías en el hospital y el traumatólogo las mirara. El hombre no se quedó muy contento. Supongo que me prefería tullido.

    En el hospital, un edificio desierto totalmente blanco, me perdí por esas galerías interminables completamente vacías. Finalmente me llamaron y me hicieron las radiografías. Tardé un potosí en quitarme la camisa y el pantalón, pero a nadie parecía importarle y total, allí no había más gente esperando. Finalmente resultó que no tenía nada roto, pero que necesitaba ir al fisioterapeuta para hacer rehabilitación. Estuve tres meses yendo, tres veces por semana, hasta que recuperé la movilidad en el brazo. Mi fisioterapeuta era un holandés muy simpático que adoraba la salsa (el género musical) y tenía idolatrados a los latinos. El hombre ponía tanto empeño que nunca le dije que a mí esa música no me gusta, aunque imagino que si se llega a enterar se lleva un disgusto. Me ponía siempre grupos salseros mientras me hacía los masajes o me conectaba a un trasto que me daba descargas eléctricas para reactivar los músculos y mi brazo se volvía loco.

    Lo único que no me gustaba de ese fisioterapeuta es que la consulta estaba en las antípodas de mi oficina y perdía veinticinco minutos en cada sentido para llegar con mi bicicleta. Como siempre me ponía las sesiones durante el día, me pasé esos meses corriendo por la ciudad. De tanto ejercicio que hice me quedé como un figurín. Estaba tan escuálido que cualquier brisa me arrastraba como una hoja de árbol caída. Y así fue mi primera experiencia con la fisioterapia.

  • Barco de hombres

    12 de mayo de 2005


    Barco de hombres, originally uploaded by sulaco_rm.

    No solo había hembras por doquier en Ámsterdam el koninginnedag, también se podían ver grupos de machos castizos, tribus endogámicas y a las que el visionado de un chumino no les despertaba más que una mueca de asco y repulsión. Los que podéis ver en la foto tenían su barco amarrado al borde del canal, ya que parece que seguían esperando a los miembros más rezagados de su grupo, o quizás eran los miembros más dotados, nunca lo sabremos. Cerca de ellos fue donde el Señor nos envió una señal que nos impactó profundamente. La pena que me quedó al ver este barco, cargado de esperma, es que tenían posiblemente la mejor música de toda la cabalgata. Sólo grandes éxitos de los ochenta, música bailable y sin las estridencias arrítmicas del panorama musical actual, que parece que en lugar de evolucionar, involucionamos hacia el ruido genérico y sin pauta.

    Pese a lo bueno de la música, no quisimos arriesgar la integridad de nuestro trabajado físico, conseguido tras duras jornadas en el sofá de nuestras casas y con todo el dolor de nuestras almas y la lastimosa mirada de los colegas, seguimos nuestro camino hacia mares más propicios. Como siempre, sugeriros que busquéis las notas en la foto, lo cual podéis hacer utilizando el botón izquierdo de vuestro ratón y haciendo clic sobre la misma.

    Hay más información sobre Holanda en la anotación Guía para el turismo en Amsterdam y Holanda y también puedes ver el Álbum de fotos del Koninginnedag

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