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Distorsiones

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    11 de abril de 2005

    Como en años anteriores en Distorsiones no se considera inaugurada la temporada de primavera hasta que llegan los avistamientos. Por enésimo año relatamos las mismas experiencias que se suceden una y otra vez y que podéis leer en clásicos tan admi rados como Las minifaldas no son para las bicicletas y Primavera nórdica. Huelga decir que esta no es una anotación apta para sensibleros y tiquismiquis. Sugiero a los flojos de corazón que abandonen inmediatamente la lectura y se dedican a menesteres menos traumáticos. Y una vez hecha la advertencia, procedamos.

    Ya está aquí. Me habían llegado rumores de su existencia durante mi estancia en Omán, pero fue volver a casa y unos días más tardes comprobarlo por mí mismo. Con los primeros calores sucede lo que todos nos tememos. En estas latitudes los medios de locomoción son otros, las máquinas propulsoras con energía biológica abundan y pasa lo que tiene que pasar. La primavera la sangre altera.

    Así que visto que el sol sale por naciente y aprieta aunque no ahoga y que las nubes se tomaron una semana de vacaciones y nos han permitido observar ese azul precioso del cielo nórdico, me planté una tarde con mi amigo el holandés en el centro del pueblo a practicar el sano, honesto y sacrificado oficio de los avistamientos, ese arte milenario en el que el macho atisba buscando visualizar las cavernas del amor.

    Lo más importante a la hora de ir de avistamientos es la posición. Un macho en una mala posición es o mariquita o retardado y definitivamente no disfrutará de la experiencia. Hay que colocarse de forma que se maximise la experiencia y a ser posible al sol, que de paso cogemos algo de color y abandonamos este pálido enfermizo que se nos ha quedado después de meses de nubes y oscuridad. Mi amigo el nórdico de esto sabe algo, aunque no lo suficiente y el va a lo cómodo. Un maestro en estas lides es mi amigo el turco, de quien he aprendido todo lo que sé. Así que pese a que él quería sentarse en un pub cerca de la estación de tren, lo obligué a sentarnos en el que se encuentra al lado de la comisaría, por múltiples razones, de las cuales las más importantes son:

    • Tienen más de veinte tipos de cerveza.
    • La primera línea de mesas en la terraza siempre está vacía porque este pub es veinte céntimos más caros que los otros y nosotros nos podemos permitir semejante estipendio.
    • El carril bici en ese sitio es en un único sentido y así es más fácil el sentarnos orientados hacia el lugar de los avistamientos.
    • Las hembras cuando entran en la calle reducen velocidad y los avistamientos son más largos.

    Al neerlandés le dolía bastante el segundo punto, el económico, pero después de dos cervezas se olvidó del tema. Una vez en el lugar del crimen y orientados hacia el punto del horizonte por el que se las ve venir, lo demás es pan comido. Ayuda bastante el tener gafas de sol para que no vean como se te salen los ojos de las órbitas, que a veces uno no consigue superar la impresión inicial y se queda con cara de espantado. También ayuda el mantener el vaso de cerveza pegado a los labios, más que nada para que recoja la baba. Después todo es cuestión de suerte y de agilidad visual.

    Súbitamente entra una bicicleta en la calle. Uno de esos viejos modelos de abuela, altos y hechos de hierro del de antes, que carecen de frenos de mano y que fuerzan las piernas con su amplitud en el pedaleo. Ella tiene un hilo de sudor perlado en su frente rubia y escaneando su cuerpo cual lector de códigos de barra vemos que su mini-top presenta pequeñas marcas de sudor en las axilas y se ha desplazado perceptiblemente hacia abajo, dejando al descubierto una gran cantidad de carne de pechuga. Ese mini-top rosado bien sudadito si me lo deja lo vendo en ebay y seguro que hay algún japonés que paga sus buenos euros por un tesoro semejante que llevarse a su napia para olerlo con fruición. La escasa prenda no cubre ni por antojo el ombligo, ese pequeño orificio en el que se macera el sudor más sabroso, ese que los entendidos denominan de Gran Reserva. Cuentan algunas leyendas urbanas que el secreto de Chanel no es más que la maceración de fragancias en ombligos de individuas a las que mantiene en las mazmorras de sus factorías. Yo por supuesto me lo creo a pies juntillas.

    Nos habíamos quedado en el ombligo y lo mejor está por llegar. Saltamos a las terminaciones inferiores y nos encontramos con unos zapatos abiertos de plataforma que aunque dificultan el pedaleo, dan un aspecto soberbio a la hembra cuando abandona el vehículo de propulsión humana y le permiten bambolearse con desparpajo y mantener la atención de los machos que la rodean, que cruzan dedos y esperan con ansia que caiga para acudir a rescatarla. Semejantes zapatos solo pueden ir sobre la piel desnuda, a la que acarician con su roce. Desde ellos hasta el infinito se abre un inmenso océano de piernas interminables, piernas modeladas por años de ciclismo, piernas que ya no piensan en el movimiento necesario para generar la energia que debidamente encauzada se transformará en movimiento. Seguro que algún ingeniero es capaz de calcular el par y el momento de esos interminables apéndices, pero yo prefiero quedarme con el momento carnaza que sube y que baja, que sube y que baja. Y llegamos al punto de todos los puntos, al lugar de su secreto, a la meca de todas nuestras oraciones. Cubierto por un minúsculo trapito, a ser posible de tela vaquera que es más rígida y tiende a plegarse menos, nos encontramos con ese pequeño tesoro que juega a esconderse, que nos sonríe y seguidamente se oculta timidamente. Estamos hablando, por si aún no os habéis dado cuenta, algo que debería preocuparos y mucho, estamos hablando del chumino, el jardín de su secreto.

    Se deberían decretar mil millones de misas por el alma del bendito que inventó estas mini-bragas que se llevan hoy en día y que engañan a sus propietarias pensando que cubren algo. Ese hombre, porque no pudo ser una mujer, merece un altar en cada casa, merece que su nombre sea recordado por miles de generaciones futuras. Gracias a él y a su minúscula prenda, los coños están hoy en día al alcance de cualquier ojo que los sepa buscar. La combinación bicicleta, minifalda vaquera y micro-braga alienta al investigador que sabe apreciar los descubrimientos. Mientras una pierna sube al encuentro del cielo la otra baja y la falda incapaz de ajustarse al cambio, muestra brevemente esa mata de pelo rubio que certifica la autenticidad del descubrimiento. Unos instantes después podemos calibrar la perfección del hallazgo desde otro punto de vista, el que nos da el otro pie al subir y el primero al bajar. Y entre medias, entre medias tenemos ese papayo que se marca sobre esa tela transparente y que resplandece orgulloso enseñando toda su orografía al cartógrafo que sabe apreciarlo.

    En fin, que más podemos decir, que ha llegado la primavera y que se declara abierta la temporada de avistamientos.

  • La semana pasada en distorsiones

    11 de abril de 2005

    Esta ha sido la segunda y última semana con el relato de mi viaje a Omán. Podéis encontrar todas las anotaciones en la categoría Arabian Tour 2005. El índice con todos los capítulos de la historia se encuentra en la anotación Arabian Tour – Indice y los capítulos que se publicaron la semana pasada fueron: Omán cuarta parte – Sur, Omán quinta parte – Sur,  Omán sexta parte – Sur y de vuelta a Moscate, Omán séptima parte – Turismo en Moscate I, Omán octava parte – Turismo en Moscate II y Bahrein y vuelta a casa. Fuera del grupo principal pero también relacionado con el viaje, ya que cuento cosas sueltas, está Arabian Tour – Epílogo. Además de este empacho de Arabia, hubo tiempo para un par de cosillas más. En Cine conté mis impresiones sobre A Home at the End of the World y Robots. En un plano más general y como casi todos los miércoles, hubo foto seleccionada de entre las más de doce mil fotos que conforman mi biblioteca personal. En esta ocasión la foto es una de las que tomé cuando estuve en Galicia en octubre del año pasado y la anotación en la que la podéis encontrar es Barca (Asuntos Varios). Y como me sabía mal no escribir absolutamente nada durante toda la semana, he contado un poco como se viven los cumpleaños en la empresa en  La madre de todas las tartas, anotación englobada en Folclore Nórdico.

    Y esto es todo. La verdad que después de haber estado dos semanas casi sin escribir y viviendo de las rentas me ha entrado una pereza increíble. Estoy por tirar la toalla y cerrar el chiringuito. Además de dinero, hay que echar un montón de horas para añadir contenido original y aunque siempre lo he hecho más que nada por mí, me pregunto si no sería mejor el seguir escribiendo y no publicarlo. Ahora que estoy mirando otros sistemas CMS para cambiar la página, estoy tentado de dejar únicamente un fotoblog y pasar totalmente de las historias. Ya veremos como acaba la cosa, porque aún no he decidido nada.

    Siempre podéis premiar el esfuerzo seleccionando alguna de las cosas que me gustaría poseer y que podéis encontrar en:
    – Wishlist en Amazon UK
    – Wishlist en Amazon USA

  • Arabian Tour ? Epílogo

    10 de abril de 2005

    Hemos acabado con el relato de lo que me sucedió en el viaje a Omán y alrededores. Quedan sólo pensamientos sueltos, curiosidades y cosas que me gustaría contar y que por una u otra razón no tuvieron cabida en la historia principal, así que han terminado en este cajón de sastre. Antes de seguir me gustaría dar las gracias a todos los que se han tomado la molestia de leer completamente este diario de viaje. Soy consciente que ha sido bastante largo y que en ocasiones se ha podido hacer un poco tedioso.

    Sobre la esclavitud de la era moderna. Me gustaría resaltar las nuevas formas de esclavitud que se utilizan en esas zonas del mundo. Se traen mano de obra del tercer mundo, principalmente India, Pakistán, Filipinas y abusan de esta pobre gente todo lo que pueden. Supongo que para los «elegidos» es una forma de conseguir dinero para mandar a sus familias, aunque el precio a pagar sea bastante alto. Esta pobre gente que llega y trabaja en esos países durante años, no tiene ningún tipo de derechos y no adquieren la nacionalidad en casi ningún caso, no porque ellos no quieran sino porque los gobiernos no se la dan. Los hindúes que trabajaban en el lugar al que yo fui, son enviados a la India cada dos años, cuando expira su permiso, para poder renovarlo. El coste del viaje lo pagan ellos mismos con lo que se gastan parte de sus ahorros para poder seguir trabajando allí. La mayor parte de ellos tienen sus familias en su país, familias a las que no ven y con las que casi no hablan.

    Sobre las mujeres en Omán. Si comparamos la situación de las mujeres en ese país con la de su vecino (Arabia Saudita), las mujeres están infinitamente mejor. Tienen acceso a la universidad, controlan más de la mitad de los puestos en la administración, pueden conducir solas o en compañía de hombres y son bastante independientes. Por otra parte, los puestos altos les están vedados, están obligadas a vestir completamente de negro (aunque los hombres también están obligados a vestir completamente de blanco) y sólo pueden llevar el óvalo de la cara al descubierto. Las mujeres con las que hablé no se mostraban tímidas y estaban ávidas por saberlo todo de Europa, lugar que ellas ven como el paraíso. También decir que las mujeres han de casarse para ser algo. Lo de agresivas ejecutivas solteras no existe. Una hembra sin esposo es una hembra descarriada.

    El desarrollo del país. Los omanitas son conscientes de que en veinticinco años se acaba el gas y el petróleo y el dinero que ahora abunda será historia. Están tratando de crear alternativas, sobre todo en cuanto a turismo, una industria que por su clima puede tener éxito. Su problema es lo restrictivo de la cultura musulmana en cuanto a alcohol y juergas y su propio clima, que sólo permite tres meses al año con temperaturas entre veinte y treinta grados. En verano ahí se alcanzan cerca de cincuenta grados y eso no hay turista que lo soporte. No se puede andar por la calle, no se puede ir a la playa, no se puede hacer nada. Así que su industria turística dependerá y mucho de esos tres meses de clima benigno. Hoy por hoy, con el dinero negro, están creando infraestructuras sobre las que basar el desarrollo del país. Algo que llama la atención por ejemplo es que no se puede comprar un piso o un apartamento. La ley omanita no concibe la separación de la propiedad compartiendo suelo. Dicho de forma sencilla. Los edificios sólo tienen un único dueño porque no se pueden escriturar los apartamentos ya que no hay una ley que lo permita. Es más, recientemente se aprobó una ley que permite a la gente comprar casas (o terrenos) porque hasta eso estaba muy limitado hasta hace un año. Como véis, aún les queda mucho por caminar.

    El trabajo en proyectos internacionales en la zona. Algunos me han preguntado sobre como se trabaja por esa zona y cuanto se cobra. En el lugar en el que estuve nadie me quiso decir, aunque yo calculo que los ingenieros que están allí están ganando alrededor de cuatrocientos dólares por día, trabajando diez horas, seis días a la semana. Tienen turnos de cuatro meses seguidos de tres semanas de vacaciones. Haced vuestros cálculos. Había bastante gente en el campamento que se querían ir a un proyecto en Irak en el que se paga a ochocientos dólares por día, se trabaja los siete días a la semana y se libra cada tres meses durante tres semanas. Alrededor de sesenta y siete mil dólares cada tres meses. No tengo ni idea de si las vacaciones son pagas. A cambio se trabaja en un lugar con un sol abrasador, rodeado de esclavos y sin poder abandonar el recinto por vuestra propia seguridad. Qué nadie me pregunte donde apuntarse porque no tengo ni idea. Normalmente son grandes corporaciones las que ganan los concursos de estos proyectos.

    Hábitos extraños. No sé si será común al resto del mundo musulmán o sólo una característica de los omaníes, pero la gente se tira unos peos de morirte (pedos en la península) mientras caminan y ni se inmutan. La primera vez que oí uno me quedé en shock, pero después te acostumbras. La gente va andando y va lanzando gases al cielo tan alegremente. Más que nada es ruido, pero impresiona. Íbamos por el edificio y por todos lados se oían esos peillos. Yo aproveché la laxitud de las reglas para lanzar mis castañazos de rigor, aunque no hay color, que esta gente hace ruido y yo el sonido lo acompaño con un aporte extra de sensaciones olfativas que no tienen precio. Lo malo es que todos sabían quien había sido …
    Otro hábito extraño es el referente a los móviles. Allí hay mucha gente que tiene los de última generación que permiten poner un MP3 como melodía. Eligen musiquilla árabe o religiosa y ponen el volumen al máximo. Cuando les suena el teléfono se ponen a bailar y a cantar las canciones, algo increíble. En agosto cambio mi móvil y pienso hacer lo mismo. Me voy a poner el Ave María de Bisbal y veréis lo que es bueno. Me convertiré en el cangril del poblacho holandés.

    La gordura amarilla. Por último, no quiero dejar de mencionar la extraña forma que adquiere la obesidad en cuerpos japoneses. Aquí en Europa los gordos son uniformemente gordos. Es algo más proporcionado. Con los japoneses, la gordura les tira para el culo, que se les infla peligrosamente hacia atrás y les separa las pezuñas. El resultado es estremecedor. Cuando caminan parecen tortugas arrastrando el caparazón, sólo que en vez de concha, tienen un pedazo de culo de morirse. Tienen que separar los pies y el efecto es muy extraño. Para compensar el peso hacia atrás y restablecer el equilibrio, balancean el cuerpo hacia adelante. Ver a uno de estos gordos nipones corriendo no tiene precio.

  • Bahrein y vuelta a casa

    9 de abril de 2005
    Arabian Tour 2005

    Casi hemos acabado y no quiero dejar de insistir en el orden adecuado de las historias, que es el siguiente: Comienzo del viaje, Arabia Saudita, Qatar primera y segunda parte, Moscate, Camino de Sur y Sur, primer y segundo y tercer, cuarto día y vuelta a Moscate. Los últimos capítulos hasta el momento han sido turismo en Moscate I y turismo en Moscate II.

    Cuando fui a facturar me encontré con dos chicas encantadoras en el mostrador de facturación. La que me hizo el trabajo se quedó fascinada con mi pasaporte español, que tiene en cada página un dibujo de un animal o de una flor. Se empapó el pasaporte completo admirando los dibujos y diciendo lo mucho que le gustaba. Las chicas me consiguieron ventana en ambos vuelos y se portaron como ángeles. Después de pasar los múltiples controles de seguridad en el aeropuerto, busqué un sitio tranquilo para escribir. La zona de salidas del aeropuerto de Seeb está dividido en cuatro. En uno de los cuartos está la tienda libre de impuestos, en otro hay restaurantes y oficinas y los dos restantes son dos inmensas salas de espera. Una de ellas estaba hasta la bandera, llena de gente, sobre todo hindúes. La otra estaba totalmente vacía a excepción de un policía. Me decidí por esta última y me senté cerca del poli. En las siguientes horas, todos los hindúes que trataron de sentarse en aquella zona fueron expulsados. Según el policía, esa zona estaba cerrada. Yo debía ser parte del mobiliario, porque a mí nunca me dijo nada. Más tarde vino una familia de alemanes y ellos también parecían estar exentos de cumplir la orden de cierre. El policía era hindú también. Da un poco que pensar. Está claro que mi origen me convierte en ciudadano de primera.

    Como parece ser la norma en estos vuelos, nos llamaron para embarcar más de una hora antes de salir. En la sala de espera estábamos un grupo de europeos, algunos hindúes y dos grupos curiosos: unos eran jugadores de tenis de todos los países del golfo, que debían haber venido a algún torneo. Llevaban unas mochilas monstruosamente grandes en donde guardaban las raquetas. Los chiquillos estaban controlados por uno de esos ?hermanos, un tipo que vigilaba para que no se salieran del tiesto y no se mezclaran con nosotros. El otro grupo era un montón de azafatas y un capitán de Air Gulf, la compañía con la que volaba este primer trayecto. Las azafatas eran todas de distintos países. Parecía haber dos bandos, las europeas y las asiáticas. Todas se agarraban con ansia a sus teléfonos móviles y mandaban mensajes continuamente. Entre todas ellas resaltaba el capitán, un anciano de barba blanca que me recordaba mucho al capitán Nemo. Recé para que no fuese él nuestro piloto. Desde ya quiero pedir que pongan más ordenadores en los aviones y eliminen a los puteros que van delante conduciendo. Yo me fío más del equipo informático. Ese señor debía haber ido a la escuela con los grandes faraones. Entre las asiáticas me llamó la atención una que era idéntica a mi amigo el chino pero en versión femenina. Siempre he pensado que mi amigo es cabezudo, pero ahora veo que no. Aquella tenía por lo menos un veinte por ciento más de volumen en la testa. Como su uniforme incluye un gorro y un velo que cae por detrás de la cabeza, parecía un papahuevo como los que se pueden ver en la fiesta de los enanos en la Palma. Esa tía te arrea un cocazo y te manda a urgencias directamente, por no pensar como coño la echó la madre del vientre, que ese cabezón tiene que doler cuando iba saliendo.

    A la hora de mandarnos al avión, uno de los que comprobaban las tarjetas de embarque se fue a abrir la puerta y el hombre lo intentó de todas las formas posibles, pero no lo consiguió. Se puso rojo de la vergüenza, con todos nosotros mirándolos y riéndonos abiertamente de él. Algunos se ofrecieron a ayudarlo, pero él rehusó las ofertas. Buscó ayuda y entre dos consiguieron destrabar el mecanismo. Nos metimos todos en la guagua que nos llevaba al avión y arrancamos. Ya he expresado mi poco aprecio por los aviones grandes. Este era un Airbus A340-300, un pajarraco monstruosamente grande. No éramos muchos y parecíamos estar agrupados en el mismo segmento del avión. A mi lado me tocó una de las azafatas europeas, una rubia guapísima. La tía se pasó el vuelo tratando de conseguir conexión con el móvil que no apagó para mandar SMSs. Sí, aunque parezca increíble no lo apagó y lo usó para mensajería todo el tiempo, aunque creo que sin éxito. Cuando no mandaba mensajes despellejaba a las azafatas asiáticas con una australiana. Las pusieron de putas para arriba. No se les escapó ni una. De vez en cuando hablaba conmigo, sobre todo porque veía que yo no me perdía ni un punto de su conversación. Aquella tía era Cruella de Vil reencarnada. Cuando nos trajeron la comida me dijo que ni me molestara en probar uno de los platos, que aquello era una mierda. Le hice caso, porque sólo el olor impresionaba. Aterrizamos en Bahrein sin problemas.

    Sólo tenía una hora para hacer la conexión con mi otro vuelo, el que me debía llevar de vuelta a casa. Pasé el control de seguridad y de pasaporte que como siempre tomó una eternidad. No tuve tiempo de ver la tienda libre de impuestos que parecía absolutamente increíble. El aeropuerto es una pasada, el mejor que he visto en esa zona. Aparentemente a las dos de la mañana salen un montón de aviones hacia Europa y ese es el Hub. Habían vuelos previstos a Zurich, Frankfurt, Paris, Ámsterdam y Londres, así que se montó un cambalache de pasajeros entre aviones. Aproveché para ir al baño y he de decir que es el más guarro que he visto en mucho tiempo. Había un tipo sentado en la puerta que yo supuse que lo limpia de cuando en cuando, aunque cuando uno ve el estado en el que se encuentra, está claro que no. En uno de los lados del baño habían una especie de lavapies, rarísimos. Justo antes de entrar me fijé que el tipo que estaba al lado mío tenía el asiento 14A, exactamente el mismo que yo. Me dio un poco de mal rollo pero pensé que eran imaginaciones mías propias del cansancio. Cuando entraba al avión, me paró el que recoge las tarjetas de embarque y me dijo que me cambiaban el sitio. Me dieron el 15A.

    Había una mujer que pretendía que le dieran dos filas completas para poder acostar a sus hijos. Los tíos le trataban de explicar a la mujer que no era posible pero ella seguía dale que te pego. Cuando entramos descubrimos la razón. El avión iba totalmente lleno. Ni un solo asiento vacío. Hubo tres o cuatro personas que tuvieron problemas con su equipaje. El concepto de equipaje de mano parece ser muy amplio y algunos se presentan con unos trolleys que no entran ni de coña en los compartimientos sobre la cabeza. Las azafatas lo intentaron todo, pero aquello no entraba. Al final se lo llevaron para adelante y supongo que los pondrían en algún rincón.

    Sobre el vuelo, poco que contar. Dormí cerca de cuatro horas y el resto me lo pasé viendo los vídeos. Llegué agotado a mi casa, cerca de las ocho y media de la mañana. Han sido exactamente seis días y veintitrés horas de aventura.

    Fin

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