Retorciendo palabras

Retorciendo palabras
La bruma lo cubría todo. Una espesa capa se extendía hasta el horizonte formando un paisaje plano y monótono. Desde la atalaya en la que se encontraba trataba de atisbar algo aunque sin éxito. Todo lo que se podía ver era efímero y sin ningún valor. Quizás fuera mejor así.

Unas horas atrás en aquel mismo lugar miles de hombres habían defendido su tierra frente a los agresores. Su honor y su orgullo les impedía regalar estas yermas laderas incapaces de dar fruto. El orgullo los mantuvo unidos incluso cuando supieron a ciencia cierta que estaban perdidos, que la hora de la derrota estaba cerca. Se agruparon y siguieron luchando juntos, hasta que el último de ellos gritó por última vez el nombre de su nación. Se defendieron atacando a un ejercito que era diez veces más grande que el de ellos. Pidieron a su Dios que hiciera por ellos lo que ellos ya no podían hacer, pero su Dios es el mismo que el nuestro y ayer estaba de nuestro lado.

Ahora, al amanecer, el Dios misericorde lo cubría todo y dándole un aspecto fantasmal y hermoso a aquel terreno. Me pregunto si realmente estas tierras merecen la pena. Toda la sangre que hemos tenido que derramar para complacer a nuestro rey, para que sus trovadores ingenien grandes historias retorciendo palabras de amor y muerte con las que amodorrar a la plebe, para que los arpíos cortesanos se froten las manos pensando en el gran reino que podrán conseguir si eliminan al rey y a sus herederos.

Cuentan los ancianos que cuando en las mañanas hay bruma es señal de que el verano se agota y el otoño está al caer. Debemos estar a las puertas del mismo.

En su cerebro sonaban voces futuras y pasadas que lloraban por los hombres muertos, que le recordaban que era un arquitecto de edificios fugaces y que todo lo que había ganado hoy se perdería mañana. Una lágrima serpenteó por su cara, tímida y apocada, sabedora que estaba fuera de lugar. La dejó continuar su camino, sorprendiéndose por su emotividad.

Era la hora de tomar decisiones. Tenía que encargar a sus hombres que quitaran a los cadáveres todo lo de valor que aún pudieran tener y que los amontonaran para quemarlos. En este lugar tan árido sería imposible enterrarlos, pero tampoco podían dejarlos allí. El obispo no se lo perdonaría. Así que el fuego era el último homenaje digno que podía regalar a estos pobres infelices.

La guerra es injusta. Hoy fue él quien mereció morir. Un extranjero en tierras extrañas de las que sólo antojaba su nombre y la fama que reportarían a su señor y a sí mismo. Un emisario de la muerte que cayó como una plaga sobre este pequeño mundo y lo asoló. También mereció morir en batallas anteriores, decenas de veces, pero la suerte siempre estuvo con él, siempre se mantuvo a su lado. Su aureola de campeón creció al mismo ritmo conque la muerte lo evitaba.

Sabía que el sólo era un decimal, un trocito sin valor en la historia del hombre, pero eso no lo consolaba. Odiaba lo que hacía pero una y otra vez lo volvía hacer. Todos decían de él lo que él mismo no se atrevía a pensar.

A lo lejos el sol salía tímidamente por el horizonte. Un sol rojo que se comía la bruma y dejaba ver lo que habían hecho. Se dio la vuelta y se recogío en su caseta. Sus lugartenientes lo miraban silenciosamente mientras esperaban que comenzara a impartir órdenes.

… de que sirve un futuro ideal
construido en terreno ilegal …
o un pasado que me hace dudar … del presente

Nadie mejor que tú

Nadie mejor que tú ...
– ?Nadie mejor que tú sabrá cual es la verdad ??
Sus palabras fueron un mazazo que lo pilló desprevenido. Unos instantes atrás todas las señales pintaban bastos, todo parecía ir sobre ruedas. La chica que le gustaba estaba con él, estaban hablando, manteniendo una conversación interesante y las perspectivas eran muy halagüeñas. Todo iba bien hasta que cayó la bomba.

A partir de ahí todo se desmoronó. Ella se echó a llorar. Entre sollozos le comenzó a contar su historia. La gente de las mesas vecinas los miraba con esa apasionada curiosidad que provocan los problemas de los otros.

Primero lo noqueó con el típico ?Eres mi amigo??. Ahí se esfumaron sus esperanzas de tener algo con ella, lo que fuera. Otra amiga para el montón. Cuando nació lo tuvo que mirar un bizco, porque sólo parecía ser capaz de coleccionar amigas. Por más que había tratado de ser insustancial y vulgar, o intelectual apocado, o sibarita superficial, los resultados siempre eran los mismos: todas querían un amigo. En su interior una vocecita le susurraba: ?Acaba ya de una vez??. Visto el comienzo, lo mejor era cortar por lo sano.

Ella mientras tanto continuaba su sordo monólogo. Hablaba de reconocer que es lo que eres, de repetirse, de decidir cambiar, de reinventar la felicidad. Propaganda asquerosa que no le interesaba. El sólo quería mojar, revolcarse con ella hasta que le pidiera clemencia, engañar su corazón con palabras que no sentía, buscar la ruptura tras una corta relación, todo lo que sus amigos hacían una y otra vez y él parecía incapaz de hacer.

Entre pitos y flautas mantuvo el tipo. Ella hablaba de recuperar su identidad, que ese era su sitio y entonces lo comprendió todo. Le preguntó directamente: ?¿estás tratando de decirme que eres lesbiana???

Su pregunta carecía de todo tacto pero a esas alturas no le importaba. Ella comenzó de nuevo a hacer pucheros mientras asentía con la cabeza.

– ?¿Desde cuando???
– ?Desde siempre??.

El panorama se presentaba menos desolador. Al menos esta vez no acabarían hablando de ese otro chico con el que ella se quería enrollar y que por jugarretas del destino era amigo suyo. Esta vez era una tortillera. Sólo había un camino a seguir. El más directo y cruel.

– ?¿Estás segura? Quiero decir, ¿lo has probado con tíos???
-???.
-?¿y con tías???
-??No??.
– ?Y entonces como puedes saberlo?? – dijo él.
– ?Lo sé?? – fue su escueta respuesta.

Se quedaron allí mirándose. Ella puso la mano sobre la suya. ?l se la imaginaba en la cama, con otra, retozando con sus cabezas en el sexo de la otra mientras él miraba la escena junto a la cama, las veía como se iban calentando hasta que ya no podían más y le pedían que las curara. Y entonces lo hacía. Las curaba. Ella mientras tanto pensaba en lo aliviada que estaba ahora que lo había dicho, en lo bien que se estaba portando él, en lo buen amigo que era, en como no podría decir algo como esto a ninguna de sus amigas porque todas la despreciarían, la repudiarían. Ella por fin tenía alguien con quien podía hablar y él un nuevo universo de fantasías sexuales que poblarían sus noches.

Nadie mejor que tú podrá …
… decidir cambiar
Nadie mejor que tú para encontrar …
… otra realidad

Interior de una nave espacial abandonada

Interior de una nave espacial
Era el momento más importante de su vida. Estaba frente a un objeto no construido por humanos, algo que lo cambiaba todo. La transmisión ya había salido para la tierra, pero aún pasarían unas horas hasta que llegase su respuesta. No se habían podido esperar. Habían decidido entrar.

Se lo jugaron a suertes y la suya estaba de cara ese día. La de Pedro también. Estaban allí, frente al objeto, mirándolo detenidamente, tratando de averiguar como se entraba a esa cosa. Los compañeros que quedaron en la nave lo veían todo por las cámaras de sus trajes y no dejaban de hacer comentarios, sugerencias, tener ideas locas.

Ella tuvo un pensamiento divertido. En el vacío no hay sonido, no se escucha nada. Es muy fácil decirlo pero casi imposible imaginarlo, sobre todo para unos seres que siempre han vivido rodeados de ruidos. Sin embargo allí estaba ella, rodeada de vacío y con una algarabía tremenda en su cabeza, que la estaba volviendo loca.

– «¿Queréis estaros callados? No puedo pensar con tanta gente hablando»

Le hicieron caso. Sabían que ella es la mejor, la más capacitada del equipo, la número uno. Siempre había sido así. Lo que para otros eran tareas complicadas, para ella era el pan nuestro de cada día. Su cerebro era capaz de encontrar soluciones incluso para lo imposible. Ahora se enfrentaba a uno de esos retos imposibles.

Miraban el objeto, una extraña nave con forma de platillo, perfectamente emplazada, lista para emprender el vuelo. No habían luces ni ningún tipo de gas saliendo de ella. Sólo el crudo metal. En aquel desierto metálico privado del óxido y el orín que se dejan ver en la lejana tierra, el metal seguía igual que el día que la nave alienígena aterrizó. Ni siquiera podían saber si había sido unos días atrás o unos milenios.

La luz de su traje se reflejaba en el casco, al igual que la de Pedro. Pensó en una discoteca y en las bolas de espejitos que suelen tener en sus pistas. El efecto era el mismo.

– «Vamos a mirar por debajo, Pedro. Quizás haya alguna escotilla«.

La parte inferior de la nave parecía tan misteriosamente sellada como el resto. Desde abajo era aún más imponente. Debía tener el tamaño de un campo de fútbol.

De repente algo cambió. El metal comenzó a derretirse cerca de donde estaban y surgió una plataforma. Habían luces. Con la excitación se quedó abobada mirando la rampa. Las voces de sus compañeros la trajeron de vuelta. Miró a Pedro, que se había aproximado a ella. Ahora estaban bastante juntos. Parecía que la proximidad les daba algún tipo de protección.

– «Bueno, vamos a entrar«.

Se encaminó hacia la rampa con paso decidido. Prefirió no pensar en nada, porque el miedo se alimenta de nuestros pensamientos y la mejor forma de combatirlo es no dándole de comer. Cuando subían ambos miraban hacia el agujero que los esperaba. No se veían luces viniendo desde dentro. Nada más entrar la puerta desapareció y los dejó encerrados. El enlace con los compañeros también se había perdido. Estaban aislados. Al menos se habían encendido algunas luces, o algo parecido, porque la iluminación llegaba directamente de las paredes, pero no se veían lámparas o algo parecido. Estaban en una pequeña cámara vacía. Por la altura de los techos, quienquiera que hubiese construido este trasto no debía ser muy alto. Con los trajes casi tocaban el techo. Avanzaron hasta el final del cuarto, en donde parecía haber un pasillo.

Sus sensores no detectaban la presencia de aire. Puso una marca en la pared. Eran un Hansel y una Gretel modernos. Todo estaba asépticamente limpio. No se veía ningún tipo de deterioro. Siguieron avanzando por el pasillo. No habían intersecciones, no habían puertas ni ningún tipo de salas. Sólo el pasillo. Avanzaban casi en silencio. Ahora solo oía el sonido de su propia respiración dentro del traje. Aún tenían aire para un par de horas, así que no debían preocuparse excesivamente por buscar la salida. Continuaron caminando.

Aquello era inmenso. En su imaginación nunca pensó que una nave de ese tamaño sólo tuviera un único y eterno pasillo. Siempre creyó que un trasto extraterrestre estaría lleno de laboratorios, salas en las que habitarían cientos de seres alienígenas. Debía ser todo el cine de ciencia ficción que había visto. El pasillo parecía estar a punto de acabar. Se veía algo diferente un poco más adelante. La luz se atenuaba en aquel sitio.

Cuando llegaron se encontraron con otra sala. Esta era más amplia. Al acercarse a la pared esta se volvió transparente y pudo ver su nave. Estaban en algo parecido a una sala de control. Lo extraño es que no había ningún equipo. Sintió algo parecido al golpe de sonido que sucede a un cañonazo. Miró a Pedro cuyos ojos se habían dilatado. ?l también lo había sentido. Se repitió.

De repente una voz sonó en su cabeza, o en sus auriculares:

Hoy me ha dado por pensar …
que estás más lejos que ayer …
y sigo esperando …

La mano en el fuego

La mano en el fuego
Cuando le dijo que se iba a casa a descansar porque estaba un poco cansada su corazón perdió el ritmo. Había esperado que todo fuera distinto, que no hubiera otra vez. Pensaba que si dejaba el tiempo correr todo pasaría, que no tendría que afrontarlo. No fue así. Ahora, sólo en el despacho, con los ojos llenos de lágrimas, pudo ver el abismo insoportable que se abría a sus pies y sintió una pena infinita por lo que acababa de perder. Se limpió los ojos y se puso la chaqueta de forma mecánica.

Sin fuerzas, arrastrando los pies por el suelo, salió del edificio y fue a buscar su bicicleta. Mientras caminaba, trataba de convencerse de que todo era un loco desvarío, un capricho tolerable, pero mientras se escuchaba a sí mismo se daba cuenta de que no podía seguir ese juego, de que si lo hacía renunciaría al cielo, y sin cielo no hay amor.

De camino a la casa trataba de poner su cabeza en orden, buscar sentencias con las que condenarla, no quería improvisar y mucho menos arrepentirse de algo de lo que dijera. Cruzaba las calles desiertas a esa hora, mientras una fresca brisa le daba en la cara. No se daba cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor. Sólo había un destino y un cerebro atormentado que pensaba que el mundo era ese día un lugar muerto. Cuando llegó cerca a su casa, aparcó la bicicleta con la de ella y las ató juntas con su cadena, como hacía siempre, un acto reflejo.

Entró en el portal y pensó en dar la vuelta. Su otro yo, la vocecilla que le gritaba desde hace semanas lo obvio, lo que él se negaba a creer, le susurraba que no habría otra vez, que era hoy o nunca, que fuera un hombre e hiciera lo que tenía que hacer. Volvió a dudar al llegar a la puerta. Los ojos se le estaban volviendo a llenar de lágrimas. Se quedó allí quieto, sin tener conciencia del tiempo, con la llave en la mano.

En un momento dado algo despertó dentro de él. Abrió la puerta sigilosamente y entró. No se molestó en cerrarla. Cruzó por el salón. Ni siquiera notó que había música puesta, que su disco favorito, el disco de Fangoria, sonaba en esos momentos. ?l sólo tenía ojos para la puerta del fondo. Ya antes de llegar los pudo oir. Eran ruidos guturales, susurros marginales que le quemaban los oídos.

Abrió la puerta de golpe. Ellos se volvieron con la sorpresa pintada en el rostro. Por una fracción de segundo sintió una pena infinita, por él, por ella, por ambos, por lo que pudo ser y no sería, por el camino dejado atrás y la autopista que nunca se construiría en el futuro. Se dió cuenta de que se estaba quemando por ella. El instante pasó y la ira lo ocupó todo. Los miró a ambos, lentamente, con una expresión de odio infinito en su rostro. Su ira le dilató las venas del cuello, le provocó un temblor en la mano, en la que seguían las llaves.

Ellos lo miraban sin saber como reaccionar. Ella fue la primera que comenzó a moverse. Trataba de coger la sábana y taparse. El otro seguía allí, intentando adivinar sus movimientos para poder esquivarlo. Cuando por fin salió un sonido de su garganta, fue una negación cargada de dolor. Un «No» largo y sentido que barrió su cuerpo de una punta a la otra. Ya no era suya y él no quería que fuera de nadie más. Levantó la mano para atacarlos, pero justo en ese instante vio que de hacerlo sería segurles el juego.

Con gran dignidad, los miró a ambos y le dijo a ella: «No quiero volver a verte«. Se dio la vuelta y cuando avanzaba hacia la puerta la oyó como le gritaba que no era lo que parecía. Cerró la puerta al salir.

Salió a la calle. El cielo tenía un azul intenso. Decidió que prefería caminar de vuelta al trabajo. Tenía que despejarse.

… no lo hago solo por ti
y no me voy a arrepentir …