Altar mayor de la Michaelskirche

Entramos en la Michaelskirche y nos paramos a ver el fantástico altar mayor de la iglesia, que tiene una representación de un ángel caído muy elaborada y con un montón de público, que parece que todo el mundo fue a reírse al lugar con la caída de aquel desgraciado probablemente truscolán. Al fondo y en dorado se puede ver el icono bizantino de Maria Candia. La iglesia merece una visita ya que gana muchísimo por dentro, aunque con tanto rey suelto en las proximidades, no me extraña que la cuidaran tanto.

Mi tercera visita al Cabrón

Desde hace unos añitos, cuando paso por Gran Canaria voy a bucear en alguna ocasión. La mayor ventaja de que la keli de la vieja esté ahora en el centro de la ciudad es que puedo llegar al centro de buceo en unos quince minutos si camino a todo meter y he comido legumbres el día anterior para tener un extra de propulsión. Si no, en unos veinte minutos estoy allí. En mi visita de estas navidades estaba convencidísimo que iría a alguna inmersión en el barco pero cuando me dijeron que iban a bajar al Cabrón un par de días, no me pude resistir y me apunté para ir uno de ellos a una inmersión doble allí. Esta ha sido la tercera ocasión en la que estoy en ese lugar fabuloso de Arinaga y en todas mis visitas, hemos entrado y salido por diferentes partes, lo cual hace que siempre parezca algo nuevo. El grupo era bastante grande, creo que en total fuimos diez, con dos buceadores del centro de buceo y ocho julays como tú y seguro que no como yo. De las dos inmersiones, para mi la primera fue la mejor, pasamos por debajo del arco chico y vimos muchas más cosas. En la segunda tuvimos un pequeño contratiempo. Nos habíamos separado en dos manadas y los que venían por detrás al parecer se confundieron y se fueron siguiendo otras burbujas que no eran las nuestras y tardaron diez minutos en darse cuenta del error, mientras nosotros buceábamos por la zona esperándolos. Creo que el día que fuimos a bucear fue ese que llamamos el día de los Inocentes y me apunté para una inmersión nocturna la víspera de fin de año, que a mí lo de meterme debajo del agua a oscuras me fascina, aunque ya reconozco que con mi antorcha, que creo que es el termino culto que le dan todos a lo que yo llamo mi linterna, no se pueden hacer vídeos porque el foco no se puede difuminar y el rayo de luz es tan jodidamente concentrado y poderoso que parece que quema los pixels de la cámara y no se ve nada. Ya he mirado en China para ver si me compro un foco o eso que llamo linterna específico para la cámara y que tenga la potencia necesaria para poder usarlo incluso como linterna principal. La inmersión nocturna fue en Sardina del Norte y llegamos justo en el crepúsculo y con una postal increíble con las luces del sol al esconderse sobre el océano Atlántico. Aquellos que conocen mi Istagrame secreto seguro que saben qué imagen fue. Las nocturnas tienen una capacidad de enfoque que no tienen las otras inmersiones. Estás en un mundo negro, no hay nada salvo la luz que tú y tus compañeros llevas y nunca sabes si pegado a tu cara puede haber cualquier bicho. Ese tipo de mundo obscuro me fascina. Vimos varios angelotes, que son un tipo de tiburón muy bien equipado para camuflarse en fondos de arena. Ambas escapadas las disfruté como un bellaco y poco a poco, ya he llegado a las ochenta inmersiones en el fondo marino del agua del mar.

Ya me han dicho que el Ancestral prefiere ver imágenes desde la ventana de un cilindro que coge carrerilla hasta que se pone en el aire o se lanza contra tierra, pero chico, no se puede tener todo en esta vida y hoy toca vídeo de lo que pasó debajo del agua. La música es la conocida canción Be Still del grupo The Fray que me gusta un montón.

El vídeo comienza pasando por debajo del Arco chico en el Cabrón y en algún momento notaréis que hay un rato con la inmersión nocturna de Sardina del Norte. Esta vez no hice cienes y cienes de vídeos ya que he optado por disfrutar más de lo que veo y menos de preocuparme en grabar. Hay una anémona preciosa en una de las escenas.

Michaelskirche

Enfrente de una de las cienes y cienes de entradas del palacio Hofburg está la Michaelskirche o iglesia de San Miguel. Se construyó en el 1219 o vamos, hace un puñado escaso de lunas rojas y blancas y es una de las iglesias más viejas de la ciudad de Viena. Tiene una mezcla de estilos pero predomina el románico y al parecer su cripta es mano de santo para crear unas momias fastuosas porque tiene una temperatura y humedad que te conserva casi tan bien como Camilo Sesto. En ella, el 10 de diciembre de 1791 se tocó por primera vez el Réquiem de Mozart cuando hicieron el funeral tras diñarla.

La Roja y eso

Igual yo soy el único ser humano conocido con una memoria que va más allá de los tres minutos y medio de la mayoría pero lo de las lunas rojas lo tengo super-hiper-mega visto y creo que caen prácticamente a una por año, como lo de las superlunas, que cada vez que hay una lo anuncian como algo único e irrepetible en mil millones de trillones de milenios y después un año más tarde tenemos otra. Ayer todo el mundo hablaba y comentaba lo de la asombrosa luna roja que estaba por venir y gente que por lo general no se despega de la cama hasta que sus propias ladillas los echan me decían que iban a levantarse en el medio de la noche, casi a las seis, para verla. Esa voluntad y capacidad de sacrificio chocaba con mi cinismo cuando les informaba que yo me levanto en el medio de la noche, a las seis menos cuarto, todos los días, para ir a trabajar y llegar a la oficina antes de que ellos salgan de la cama y que ellos mismos, unas horas más tarde, me critican por irme a casa pronto cuando lo único que se ha comprobado científicamente en más de una ocasión es que yo cumplo con precisión con las horas estipuladas en mi contrato de prostitución por una nómina y ellos salen como ratas después de que yo me he ido de la oficina y casi ninguno llega a el número que deberían hacer, algo de lo que ya no se habla por el trabajo después de que yo me quedara unas cuantas veces en la oficina a lo zorrudo y me hiciese unas fabulosas fotos con un reloj que muestra también la fecha y la oficina completamente vacía detrás de mi y por supuesto, esas fotos las recibieron los jefes de todos los que tenían lenguas viperinas y alguno hasta se envenenó al mordérsela de puritita rabia, que para mi, devolverla amplificada es una obligación moral y en ese caso además fue un auténtico placer.

Regresando a lo de la roja, esta mañana al levantarme la veía por la ventana del jardín de mi casa y pensaba que es igual de roja que la de años anteriores, o más que roja, es como una luna cagada y bien cagada. Cuando salí de casa, lo de la luna que estaba sobre el cielo y seguía roja es bonito pero lo realmente jodido es que estábamos a casi seis grados bajo cero y a esa temperatura y como dice el refranero, bromitas las justas. Como aquí esos fríos son como la nevera de la Virtuditas, de frío sin escarcha, si no te pintas los labios con vaselina o cualquier otra grasa, para cuando te das cuenta, se te están cuarteando y se te caen a cachos, igual que las manos o las orejas. Por lo demás, yo sigo saliendo de casa sin parecer una cebolla de ciento veinte capas, sigo sin entender por qué hay gente que se pone capa de ropa sobre capa de ropa y sobre esas aún más capas de ropa cuando una buena chaqueta es suficiente para cubrir tu camisa, sin nada más. Además, el calor del ejercicio con la bicicleta, totalmente desconocido para vosotros, reconocidos culocochistas, hace el resto.

El sábado por la mañana, a las nueve menos cuarto, salía a correr con tres grados bajo cero y era el único ser humano en la calle, ni uno solo de todos esos deportistas de postureo que en verano no se cansan de pasar delante de tu puerta arrastrándose como babosas para demostrar que hacen deporte ni una sola de esas bostas desbaratadas o eso que las feminazis llaman mujeres de huesos fuertes y que con toda la grasa que han almacenado durante años deberían estar corriendo en pelota picada por las calles para emplear unos cuantos kilos de esas lorzas en calentar sus organismos. Nada. Yo solito y la carretera para hacer mi circuito de seis kilómetros en treinta minutos y treinta y cuatro segundos ya que no quise apretar mucho por si en algún lado había algo de hielo camuflado y me daba una hostia. Cuando estaba volviendo a mi casa me crucé con el primer ser inhumano que salía a hacer deporte e iba con gorro de lana, bufanda y hasta con una chaqueta como para afrontar las planicies del antártico y le sonreí y le saludé para ver su cara de terror. Yo llevaba un pantalón de correr largo para temperaturas inferiores a los quince grados y una camisa de manga larga similar, con guantes finos de correr y una banda protectora de los orejones y hasta tenía calor, que tras seis kilómetros todo el calor que necesitaba lo producía mi cuerpo.