Visitando el Vaticano y la Plaza de España

Llegas al segundo día de este viaje y si aún no te has puesto al día, te sugiero que retrocedas hasta Casi todos los caminos conducen a Roma. Al final de cada capítulo encontrarás un enlace al siguiente.

En nuestro segundo día teníamos planeada la visita al Vaticano. Aprovechando que estábamos al lado de la estación cogimos el metro. Hay diferentes tipos de billete, por cuatro euros se puede comprar uno válido para todo el día y por un euro uno que vale para un viaje en metro o setenta y cinco minutos de transporte (combinado con autobuses). Las dos líneas de metro que tiene la ciudad tienen un buen servicio, bastante frecuente y siempre atestado de gente. Nos bajamos en la parada de Ottaviano y desde ahí caminamos hacia la Plaza de San Pedro. En el lateral había una cola de impresión que nos hizo temer lo peor. Allí había miles de personas. Pensé que tendríamos que renunciar pero más tarde descubrimos que era para el Museo Vaticano. Entramos en la Plaza de San Pedro y cuando te ves rodeado por las columnas de esa colosal plaza diseñada por Bernini sientes el poder de Dios. Todo el lugar es majestuoso. Había cola para entrar en la Basílica pero iba ligerita. Hay que pasar un control de seguridad aunque es un poco de risa. Las mujeres ligeras de ropa son ivtiadas a cubrirse los hombros y las piernas y si por casualidad lleváis pantalones cortos también os pueden dar el toque, depende mucho de quien esté controlando en la puerta. Como ya me lo habían avisado me compré antes de viajar unos pantalones de esos a los que se les puede quitar la parte inferior y así poder pasar sin problemas. Si quieres ir a la Basílica no hay cola ninguna y es gratuito. La visita a las Tumbas de los Papas también es gratis y tampoco hay cola. Nosotros queríamos subir a la Cúpula, esa joya diseñada por Miguel Angel. En total, entre la cola de seguridad y la de las entradas para el cúpula estuvimos casi una hora hasta que pudimos entrar. Nos compramos la entrada que incluye ascensor para ahorrarnos doscientos escalones. Parece que no pero cuando te vas a patear una ciudad en tres o cuatro días, cualquier pequeña ayuda se agradece. Es una cúpula doble y vas subiendo entre ambas. Merece la pena porque al llegar arriba hay una vista increíble de la ciudad y del propio Vaticano. Desde allí bajamos a la parte superior del Vaticano en donde también se pueden hacer muchas fotos y recuperarte de la paliza.

Al visitar el interior de la Basílica de San Pedro me impresionó la Piedad de Miguel Ángel, la cual está protegida por un cristal por culpa de un energúmeno que la atacó hace unas décadas. Ese hombre era un genio, sus estatuas parecen vivas. El Baldaquino de San Pedro es algo que te deja sin aliento. Bernini diseñó esa estructura con las cuatro columnas que parecen flotar en el aire y que preside un altar. Imagino lo que sentía la gente hace unos cientos de años cuando entraba allí. Se puede sentir el poder de Dios y de los hombres que fueron capaces de crear algo tan bello. Hay un montón más de tesoros en el interior de la Basílica, prácticamente no queda rincón en el que no haya algo único e irrepetible. Pese a la gente te sientes solo, abrumado por las dimensiones colosales del recinto. Imagino el orgullo que debe sentir cualquier Dios al que dedican ese templo.

Cuando acabamos la visita bajamos a los sótanos para ver las Tumbas de los Papas. La más impresionante, sin lugar a dudas es la de San Pedro pero la que atrae más gente rezando es la del Papa Juan Pablo II, el cual está muy cerca del primer Papa. Yo sentí más curiosidad por Juan Pablo I, el primer Papa con un nombre compuesto y que solo disfruto del empleo por treinta y tres días y de quien se rumorea fue envenenado por ser considerado un revolucionario.

Descansamos un rato en la Plaza de San Pedro y al abandonar el Vaticano buscamos un lugar para almorzar por la zona. El sol pegaba a destajo y tras almorzar y pegarnos un helado decidimos pasar de la cola del Museo Vaticano y reposar en el hostal hasta que la calor dejara de apretar.

Tras la siesta volvimos a coger el metro y nos fuimos a la Plaza del Pueblo. Desde allí queríamos recorrer parte de la ciudad. En la Piazza del Popolo hay un obelisco egipcio enorme que fue traído a la ciudad en el año diez antes de Cristo. En la plaza estaban preparando un escenario para algún tipo de evento y así fue como supimos que George Bush visitaba la ciudad ese fin de semana. Desde allí fuimos caminando hasta la Plaza de España, con sus famosas escalinatas siempre abarrotadas de gente. Junto con la Fontana di Trevi debe ser uno de los lugares obligatorios para cualquier visitante de la ciudad. Una vez subes las escalinatas te encuentras con la Santissima Trinità al Monte Pincio, una iglesia preciosa en la que al entrar descubrimos un montón de monjas tapadas con unos burcas blancos que cantaban una misa. La escena resultaba surrealista. Desde la entrada de la iglesia hay unas vistas preciosas de la ciudad con todas esas cúpulas de iglesia.

Continuamos nuestro paseo por la Via Condotti que debe ser la milla de oro de la ciudad, con las mejores boutiques y que yo recuerde la única calle asfaltada decentemente. Era un festival de la Alta Costura y los coches que circulaban por allí no eran los típicos de clase media. Fuimos al Mausoleo Augusto el cual rodeamos caminando y a su vera se desarrollaba algún tipo de congreso sobre el software libre, con los típicos frikis de barbas mal cuidadas y una ausencia absoluta de mujeres. Los informáticos deben ser los monjes del siglo veintiuno. Donde ellos se reúnen no se acercan las mujeres, al menos las de verdad, que huyen espantadas sabedoras que de ellos no puede salir nada bueno.

Nos asomamos para ver el Río Tíber y seguimos andando por su vera hasta llegar al Puente de Umberto I desde el que hay una hermosa vista dle Castillo de San Angelo y de la Basílica de San Pedro. Entre callejuelas y mucho tráfico llegamos a la Piazza Navona, de estilo barroco y con tres fuentes soberbias. Lugares como este nos recuerdan que antes el arte se dejaba en las calles para que la gente lo pudiera admirar y ahora acaba siempre en museos y al alcance de una minoría.

Detrás de la plaza está el Palazzo Madama, un edificio bastante sobrio y que hospeda al Senado italiano. Desde allí fuimos al Panteón pero ya comenzaba a hacerse tarde y nos lo encontramos cerrado, al igual que un par de iglesias que queríamos ver. Bajamos hacia la Piazza Venezia junto a la que está el Palazzo Venezia y decidimos caminar por ese lado de la ciudad y buscar algún sitio para comer por allí. Llegamos al Area Sacra mientras anochecía. Son unas ruinas de algún templo. Más que las ruinas lo que impresiona es la cantidad asombrosa de gatos que viven en las mismas. Creo que conté más de veinte. Se han apoderado del lugar y retozan a su antojo.

Nos perdimos por callejones del barrio hasta que encontramos un restaurante de nuestro gusto en donde procedimos a cenar. Tras la comida volvimos hacia el Puente de San Angelo e hicimos fotos de la Basílica de San Pedro de noche y también del Castillo de San Angelo. Roma es una ciudad que hay que caminársela de día y de noche porque encierra miles de preciosidades y lucen totalmente distintas al anochecer. Huelga decir que estábamos muertos y nos pusimos a esperar la guagua en una parada. Confiábamos en comprar el billete al entrar pero cuando apareció el autobús solo tenía máquinas para validar los billetes. Unos amables turistas españoles nos explicaron que hay que conseguir los billetes en estancos y bares pero no hubo ningún revisor y logramos llegar a nuestro destino sin más problemas. Nuestro segundo día en Roma acabamos muertos del cansancio.

Este relato continúa en Las Catacumbas y las Termas de Caracalla.

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El día que vi el Coliseo y al Papa

Cada viaje tiene un relato y este a Roma comenzó en Casi todos los caminos conducen a Roma. Al final de cada capítulo encontrarás un enlace al siguiente.

Al salir a la calle en Roma, justo a las dos y media de la tarde, hacía un montón de calor. Queríamos buscar un sitio en donde comer y deambulamos en dirección hacia el Coliseo sin mucha suerte. Cerca de nuestro hostal encontramos una trattoria pero ya tenían la cocina cerrada. Parece que en Italia los horarios tardíos para comer no se estilan. Encontramos otra en la que nos dijeron que solo podíamos pedir pizzas y como de lo que se trataba era de seguir camino lo antes posible no nos importó. Tras la comida continuamos por un parque en el que se encuentra el Domus Aurea, la residencia creada por Nerón tras el fuego que arrasó la ciudad. Íbamos bajando una pequeña pendiente y casi al llegar al final aparece majestuoso, una obra impresionante que ha sobrevivido veinte siglos, un lugar único y que debería ser una de las maravillas del mundo. El COLISEO romano. Sientes un revolcón en el estómago al pensar que en aquel mismo lugar hace un suspiro combatían hombres contra bestias, hombres contra hombres y sesenta mil personas aullaban desde las gradas. Las colas para entrar eran de vértigo pero ya me habían soplado que hay una forma de evitarlas. Daría las uñas negras de los pies por poder retroceder en el tiempo y asistir a uno de esos espectáculos.

Primero subimos al Foro Romano y desde allí teníamos una visión increíble de las ruinas romanas y de la ciudad. En este mismo lugar estaba el centro del imperio romano, con templos de todo tipo. A sus pies el Coliseo. Comentar que la visita al Foro Romano es gratuita y se puede caminar por allí. Supongo que para el visitante ocasional que no quiera perder mucho tiempo es más que suficiente. A un lado están las taquillas para entrar en el Monte Palatino. Lo que mucha gente no sabe es que la entrada al Monte Palatino es combinada con la del Coliseo y que allí NO HAY COLAS, así que compramos nuestro pase y entramos a ver las ruinas. Los primeros cinco minutos son legendarios. Ves una fuente junto a la que sabes que flirteaban los romanos y aún sigue con su agua como si por ella no pasaran los años. Después caminas entre arcos y estatuas admirando las construcciones de esta gente que parecían saber hace dos mil años que sus obras sobrevivirían al tiempo. Las ruinas son muy extensas y para alguien inculto como yo sucede como con los museos, que me saturo y después de un rato pierdo la capacidad de sorprenderme. Elegimos no seguir un recorrido con guía aunque había un montón de ellos y en casi todos los rincones podíamos escuchar a alguien explicando algo. Para aquellos incultos como yo decir que el Monte Palatino era una de las siete colinas de la ciudad y desde allí se puede disfrutar de una vista increíble. En ese lugar estaba el templo de la Triada Palatina. Es absolutamente increíble.

Acabamos nuestro paseo dentro de las ruinas y volvimos al Coliseo. A la entrada la cola era de cientos de personas, todos los borregos que no saben lo de la entrada combinada y la ausencia de colas un par de cientos de metros más allá. Mejor que sigan en la inopia. Llegamos al comienzo y usamos nuestras maravillosas entradas para pasar al interior. El Coliseo despierta recuerdos de un montón de películas y particularmente de Gladiador, puedes escuchar el rugir de las fieras y del público en tus oídos. La visión del interior es increíble. Este edificio conserva intacto todo su encanto, es una joya. Te da miedo rozar las paredes y pasar las manos por sus muros porque sabes que aquello es Historia, allí se escribió el sino de Europa.

Tras esta toma de contacto única e irrepetible con la ciudad de Roma caminamos hacia el centro de la ciudad. Pasamos al lado del Monumento a Victor Manuel II y como nos apetecía un helado fuimos a una de las heladerías recomendadas en mi guía, una famosa que ha aparecido en algunas películas. El helado fue fantástico y con la barriguita llena y el corazón contento seguimos el paseo en dirección a la Fontana di Trevi. El sitio está atestado de turistas y un policía (o agente de seguridad) trata de impedir que la gente se siente al borde de la fuente. Los americanos se la pasan lanzando monedas al agua, tradición que parece garantizar el retorno a la ciudad. Yo no necesito tirar monedas para saber que volveré. La fuente es preciosa y debe ser un lugar increíble en la madrugada, sin la muchedumbre (si es que eso llega a suceder alguna vez). A partir de ese momento seguimos un itinerario aleatorio que nos llevaba por callejones y lugares exóticos de la ciudad, sin pretender encontrar ningún sitio en específico. Un grupo de cubanas buscaba marido y aprovechaban para hacerse fotos con un camión horrible de fondo. El delito era aún mayor porque a su derecha tenían un precioso edificio que engrandecería su foto, la Galleria Nazionale d’Arte Antica in Palazzo Barberini. Un par de italianos a la sazón los camioneros, trataron de explicarles que con un ligero cambio de ángulo la cosa iría a mejor pero ellas lo entendieron como una posibilidad real de encontrar marido y una en específico sobó al hombre hasta donde no está escrito. El Papito se dejaba tocar y se hacía fotos con ellas sonriendo con esa boca de dientes escasos y más bien tirando a negro.

Algunas de las casas tenían una entrada hacia un patio interior en el que podíamos ver hermosas fuentes desde la calle y entramos a hacer fotos. Por ejemplo en el instituto británico (o algo parecido). También pasamos por una esquina flanqueada por dos fuentes. Roma parece haber sido adornada a lo largo de los siglos por los diferentes gobernantes que en lugar de destruir, construían sobre lo anterior. Por supuesto cada dos pasos te tropiezas con una iglesia pero por el momento no entramos en ninguna.

En nuestra ruta llegamos junto a la iglesia de Santa Maria Maggiore y al rodearla haciendo fotos vimos que habían puesto unas vallas. Le preguntamos a la plebe y resultó que el mismísimo Papa de los Católicos iba a visitar el lugar. Nos agarramos a la valla y lo esperamos mientras el sitio se llenaba de turistas y beatas que viendo la hora de su encuentro con el ilustre jefe de la iglesia se les aceleraba la ovulación y se acicalaban como si esperaran ligárselo. Estuvimos una hora allí y cuando estábamos por renunciar comenzaron a aparecer curillas de tres al cuarto que se ubicaban más cerca del escenario, seguidos por una gente con banderas y mucho canto y tras ellos un atajo de obispos que no veas a los que sucedieron un huevo de cardenales que hacían prever lo inminente. Se oye un tumulto y allí llega, el coche del Santo Padre, con el abuelete saludando como podía. Se le ve muy viejo, yo diría que este no sobrevive a la próxima gripe. Lo bajaron entre dos gorilas porque si no nos dan las uvas allí y una vez en el suelo, lo pusieron en marcha y salió andando hacia el altar que habían montado en la calle, parecía una muñequita de Famosa yendo al portal. La gente estaba fuera de si. En el altar le dio un par de besos a algo y nosotros decidimos marcharnos porque ya era tarde y no estábamos para misa. Según vamos andando por la calle vemos que un montón de monjas también le dan la espalda y se marchan. Mientras luchábamos con el populacho para salir de allí la gente nos miraba como si fuéramos encarnaciones del demonio por no quedarnos al espectáculo completo. Cuarenta segundos más tarde (o quizás treinta) toda la multitud se echa a andar siguiéndonos. Parece que el espectáculo era esperar la llegada del colega, el saludo, el beso a algo en el altar y puerta para todos y si os he visto no me acuerdo.

Pasamos por nuestro hostal, agarré el trípode y nos pusimos en ruta para buscar un sitio donde cenar y después ir a hacer fotos del Coliseo por la noche. Encontramos ese sitio por la Vía Cavour, cerca de la parada del metro del mismo nombre. Era otro restaurante italiano de esos para turistas. Desde allí seguimos el paseo hasta el Coliseo y me desmadré haciéndole fotos por la noche. Es simplemente hermoso. La magia de las luces lo vuelve impresionante. Subí de nuevo al Foro Romano pero estaba cerrado y me tuve que conformar con hacer fotos desde la valla.

Cuando estábamos en el Coliseo me di cuenta que me había dejado olvidada mi guía Lonely Planet en la terraza en la que cenamos y cuando pasamos de vuelta ya habían cerrado y allí no había nada, así que el resto del viaje lo hicimos sin la guía, con un mapa y aquello que podía recordar de mi lectura de la misma. Así fue nuestro primer día en la maravillosa y fascinante ciudad de Roma.

Esta historia continúa en Visitando el Vaticano y la Plaza de España

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Casi todos los caminos conducen a Roma

Lo mejor de viajar con puntos acumulados en una compañía aérea es que te dicen que el billete es gratis. Lo peor es que es mentira y que camuflan los costes con impuestos y tasas de aeropuertos. Mi viaje a Roma comenzó comprando mi billete con las decenas de miles de puntos que he ido acaparando durante los últimos años. La última vez que compré de esta forma, viajé de forma totalmente gratuita pero desde entonces ha llovido mucho y las aerolíneas nos ordeñan tanto como pueden. Para aprovechar mi viaje al máximo salía temprano en dirección a Roma y volvía por la noche. Resulta complicado encontrar medios de transporte cuando has de llegar al aeropuerto a las cinco de la mañana pero por suerte en Holanda tenemos algo que se llama taxi compartido y que se puede contratar directamente desde la página del aeropuerto de Schiphol. La idea es sencilla, el taxi recoge a varias personas y cada una paga un costo fijo por el servicio. Por lo general a mí me recogen el último o me dejan en casa en primer lugar, ya que estoy en la ruta de los taxis que van hacia el Sureste del país y siempre a alguno le pilla de paso.

Un día antes de mi partida me llamó una amable señorita y me informó que el taxi estaría en mi puerta a las cuatro y media de la mañana. Con esa perspectiva, me levanté a las cuatro, me duché y cuando ya estaba listo vi las luces del taxi en la calle. Era un mini-bus y solo tenía un pasajero. A esa hora ya es de día y los pájaros que se han encariñado con el árbol que tengo en la parte delantera de mi casa gritaban a destajo. Espero que se les pase pronto la calentura o terminaré por cazarlos y cocinarlos al horno. A esa hora no hacía frío, es lo bueno del cambio climático que no está sucediendo, que los Países Bajos se han quedado con el clima del sur de Francia y a ellos les ha tocado el nuestro. En la carretera no había tráfico, íbamos por una autopista vacía con un conductor que respetaba los límites de velocidad. Según nos acercábamos al aeropuerto otros taxis se unían al nuestro, todos con el mismo destino.

Al llegar me sorprendió la actividad que había en el interior. Un montón de gente hacía cola en los mostradores de facturación de las compañías que aún no se han enterado que estamos en el siglo veintiuno. Yo caminé a las pantallas de KLM e imprimí mi tarjeta de embarque usando mi tarjeta de puntos para identificarme. Me acerqué a un punto de recogida de equipaje y les di mi maleta. Después fui al control de seguridad y lo superé sin más problemas, después de quitarme todo lo habido y por haber de encima. Se me olvidó sacar los líquidos de la mochila pero o no los vieron o no les importó.

Ya dentro del aeropuerto me llevé un disgusto terrible. En mi rincón favorito de Schiphol están montando un Starbucks, esa mierda de establecimientos que producen una basura de café y en el que los empleados han recibido órdenes de tratarte como si fueras retardado y tratar de colarte todo tipo de productos basura. Después de haber visto como se ha reproducido ese virus en Alemania imaginaba que tarde o temprano llegarían a Holanda pero esperaba que fuera más tarde. Para desayunar me había traído un par de Magdalenas que acompañé con un café. Después me acerqué a un baño y dejé mi contribución a las tasas de aeropuerto, es decir, jiñé. Ya que pago cuarenta euros por usar el recinto tres horas, procuro sacar el máximo partido.

Me sobraba tiempo y estuve escribiendo en el aeropuerto. Gracias a que mi teléfono permite ser usado como módem bluetooth de mi portátil apple y a que la configuración es tan sencilla que la puede hacer hasta alguien tan torpe como yo, estuve revisando el correo y navegando un rato. El avión acumulaba media hora de retraso que aproveché de esa forma. Cuando nos llamaron para embarcar esperé a que todo el mundo hubiera pasado. La gente se vuelve loca por entrar en el avión como si les fueran a quitar el asiento. Jamás lo entenderé.

El piloto nos explicó que el retraso era debido a niebla sobre el aeropuerto de Roma por culpa de la cual habían retrasado el aterrizaje media hora. A mi lado no se sentaba nadie y aproveché para echarme una cabezadita. Al despegar las azafatas pasaron con el desayuno, una cajita llena de delicias. Me sorprende que KLM vaya contracorriente y mientras otros reducen servicios y tratan a los pasajeros como borregos, ellos eliminan filas de asientos y cambian estos últimos para poner unos más cómodos y amplios y dan de comer en sus vuelos. Después de desayunar volví a dormirme. Me desperté mientras pasábamos sobre un montón de montañas por culpa de las turbulencias y volví a dormirme inmediatamente. Al comenzar las maniobras de aterrizaje me intenté fijar pero no vi la ciudad de Roma. Al llegar a tierra salí del avión y fui a recoger mi equipaje. Estábamos en la terminal tres del aeropuerto Leonardo da Vinci y la verdad, se ve un poco decrépita. También me sorprendió que dejan entrar dentro de la zona segura a la gente que está esperando grupos de turistas. Cada país es un mundo distinto en esto de la seguridad. Los italianos gritaban y movían las manos todo el tiempo. Después de encochinarme con el desayuno del avión sentía que tenía que soltar lastre y saqué nuevamente partido de las tasas de aeropuerto dejando un gran paquete en el aeropuerto. Lo peor de obrar después de volar es que tienes las tripas llenas de aire de tanta compresión y descompresión y en mi caso hago ruidos como si fuera una sopladera. Había un tipo limpiando el suelo del baño que tuvo que flipar con las corrientes tóxicas que salían del retrete en el que yo estaba.

Mi amigo Kike llegaba una hora y media más tarde y visto que allí tenían buenos asientos, cambié mi plan de esperarlo fuera y eché raíces cerca de la cinta de recogida de equipaje número nueve. Para la ocasión tenía los tres últimos episodios de la serie que estoy viendo pero solo me pegué uno de ellos. Estuve haciendo Sudokus y mirando a la gente. Al rato de estar allí llegó un avión de la India y era fascinante ver a toda esa gente.

A la hora a la que supuestamente teníamos que encontrarnos miré en las pantallas y no aparecía ningún vuelo procedente de Ginebra. Me acerqué al mostrador de información y la chica me informó que su avión llegaba por la terminal 2. En teoría debía salir porque no hay forma de cruzar entre terminales pero me explicó que si llegaba al final del edificio vería una puerta con un prohibido pasar salvo que seas personal del aeropuerto y si la cruzaba llegaría a la otra terminal. Lo hice. Nos saludamos y salimos buscando el tren que nos llevaría a la estación de Termini en Roma. El aeropuerto está más o menos bien señalizado y una vez encontramos la estación de tren buscamos una máquina para comprar el billete. El cacharro no aceptaba nuestras tarjetas de crédito y otro que sí lo hacía no permitía comprar el billete que queríamos pero tras un rato logramos solucionar el problema y fuimos al andén a esperar el tren. Allí olía a meados, se nota que la gente ignora los avisos para que no usen los baños del tren en las estaciones. Cuando el tren llegó y se vació entramos en un compartimiento. Los andenes son bajísimos y para subir al tren hay que escalar. La gente que tenía maletas grandes lo pasaba fatal y las ligeras de falda directamente te ponen el potorro en la cara si estás detrás de ella. Si has recibido la formación académica suficiente, en esos momentos aspiras hondo y puedes determinar sin ningún género de dudas la cosecha del mismo, el año en el que se estrenó. Como con el vino y con todas las cosas, unos años son mejores que otros.

El viaje en tren toma alrededor de cuarenta minutos. Seguramente se podría hacer en veinte pero los italianos han preferido la aproximación tercermundista. Había momentos en los que alguien caminando iba más rápido que el tren y en aquellos instantes que galopábamos las vías a máxima velocidad dudo mucho que superáramos los ochenta kilómetros por hora. Tampoco es una forma bonita de ir hacia la ciudad, pasas por unos barrios que no lucen sus mejores galas. Algunos bloques de pisos están sobre las vías. En uno de ellos, lleno de balcones con antenas parabólicas, máquinas de aire acondicionado y ropa tendida, una señora a la que el tren de la belleza se la había escapado veinte años atrás alzó los brazos para coger algo que estaba en alto y nos obsequió con un primer plano horroroso de sus tetas caídas y caducadas.

Al llegar a la estación buscamos la salida y caminamos los cien metros que separaban nuestro hostal de la estación Termini. Así comenzó nuestro viaje a Roma, la ciudad Eterna

El relato de este viaje continúa en El día que vi el Coliseo y al Papa.

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