Parece que fue ayer cuando fui a Malasia pero ya ha pasado un año y durante ese tiempo he tenido frecuentes picores que me instaban a volver a ese país o alguno de los alrededores.
Es una tierra tan increíble, tan distinta a lo que conocemos que solo se puede ver para creer. La semana pasada, después de meditarlo durante ocho o diez horas decidí comprarme un billete e ir hacia ese lado del mundo.
Como siempre, las señales están ahí para quien las quiere ver. KLM había puesto ofertas de vuelos muy baratos pero al mirar descubrí que por un poco más podía ir vía Hong Kong y salir unos días antes y así llegué a comprar mi billete con Cathay Pacific.
Los preparativos son siempre estresantes, apilando cosas, sabiendo que olvidas otras y desechando todo lo que puedes para evitar cargar mucho ya que si hay algo que aprendí es que lo de mochilero puede ser muy cansado si tu mochila está requintada de cosas innecesarias. La mañana del día de mi partida me desperté una hora antes de que sonara la alarma. Mientras dejaba pasar el tiempo aproveché para escribir un poco y también para pensar en posibles cosas que me dejaba atrás.
Después de levantarme, desayuné, me duché e hice un repaso final de todo lo que llevo. Las dos mochilas abultan un montón pero no son demasiado pesadas y se pueden cargar sin problemas. El año pasado recuerdo que vi una chica en las islas Perhentian que llevaba una mochila más grande que ella, una cosa monstruosa que nos gritaba que hay algo mal en esa mujer si su equipamiento mínimo es tan pesado. Yo tengo dos lados: con la cámara me dejo ir y añado peso y con la ropa y lo demás lo elimino.
Antes de salir de mi casa hice una ronda para comprobar que no queda nada enchufado, ajusté la calefacción para que no funcione y visité a mis vecinos para que sepan que han de echar un ojo a mi reino. Después cogí las dos mochilas, volví a mirar por si acaso y cerré la puerta. Ese es siempre el paso más difícil, el momento en el que dudas y se te cruza por la cabeza el dejarlo todo, esconderte y decirle a todo el mundo que estás de viaje mientras en realidad estás en tu casa. No dura más de un instante pero es un punto significativo ya que ahí vences a tu miedo, lo pones en su sitio y desde ese momento sabes que lo que quiera que suceda, será una aventura que no te querrías perder por nada del mundo.
Mientras esperaba por la guagua mandaba mensajes a los amigos y comenzaba la ronda de despedidas telefónicas. Ya en la estación compré mi billete y me senté en el primer vagón, el cual iba vacío. Ese jueves es festivo en los Países Bajos, uno de los cinco escasos días de fiesta que tenemos este año. Creo que se celebra la ascensión de un julay o algo así, no lo tengo muy claro porque no soy religioso y particularmente no sigo a esa secta que cuando ven un niño se les pone como un garrote y se lanzan a por ellos. El tren me llevó en media hora al aeropuerto y allí busqué el mostrador de facturación de Cathay Pacific, el cual encontré sin problemas. No había cola y aunque solo quedaban dos horas para la salida del vuelo, la cosa estaba tranquila. Inmediatamente pasé el control de pasaportes y me acerqué a la puerta desde la que salía mi avión, un Boeing 747 enorme y en el que yo iría sentado en la penúltima fila. Seguí con el festival de despedidas de los amigos que sé que me echarán de menos, esos con los que hay un contacto frecuente y con los que comparto todo tipo de vivencias. El Niño me reprochó que tendría que ir al cine solo durante tres semanas y mi amiga la Chinita me mandó un montón de correos con información útil sobre Camboya, ya que ella estuvo por allí en diciembre del año pasado.
Al entrar al avión, busqué mi rinconcito, monté mi tinglado y lo que viene después son once horas de tedio, ver películas, escribir un poco, dormir, caminar, volver a dormir y demás. Los sillones de Cathay Pacific son algo raros y en lugar de reclinarse hacen otra cosa que evita que el de delante te ponga su pelo en la cara. Cuesta acostumbrarse pero me gusta. Por lo demás, el servicio a bordo es excelente, tienen buena comida y si no fuera por las turbulencias que de cuando en cuando te despiertan, el vuelo sería una delicia. Y vaya si hubo turbulencias. El piloto directamente desistió de encender las luces y por allí caminaba la gente como si no nos estuvieran agitando en una coctelera. Las últimas cuatro horas, con meneo o sin meneo las pasé durmiendo.
Llegamos a Hong Kong a las siete de la mañana, pasé el control de pasaportes, recogí mi mochila facturada y me acerqué al mostrador de información. Como era muy pronto para ir al hotel y estaba en una de las zonas que quería visitar había optado por dejar en consigna el equipaje y hacer una escapadita de unas horas que contaré en el próximo capítulo …
El relato de este viaje continúa en El gran Buda de Lantau