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Distorsiones

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  • El cheque

    8 de diciembre de 2004

    Ese pedazo de cheque
    Los caminos del Señor son retorcidos y misteriosos. Hace cuatro años y medio levanté el campamento y me mudé a Holanda. Durante todo este tiempo yo acudía fiel a la cita con las urnas y en todas las elecciones habidas y por haber en España votaba. Votar desde aquí arriba es un lujo asiático. Hay que mandar el voto por certificado y no sé como se lo han montado que el puto sobre cuesta 9 o 10 Euros. Durante todo ese tiempo JAMÁS me devolvieron el dinero, aunque siempre lo prometían e incluso tenía que rellenar unos impresos que facilitaban la devolución.

    En el poder estaba Aznarín de la Mancha y su corte de honrados/honestos/cristianos ministros de la secta del Opu$ D??i. El pasado Marzo fue la última vez que voté. Me cansé de tirar el dinero. Por paradojas del destino, el Señor castigó a Aznar y los suyos por no practicar el cunilingus y los expulsó del golo$o poder. En mayo, para las euro-cerdas pasé y voté en esta tierra hereje en la que vivo actualmente.

    Hace una semana se produjo el milagro. Me llegó una carta certificada. Con el corazón en un puño fui a correos a recogerla. Tembloroso, la abrí y me llevé el susto más grande de toda mi vida. UN CHEQUE DE CORREOS DEVOLVI?NDOME mi dinero por la votación de Marzo y con ?? 6 de regalo para pagar la comisión del banco. In-creíble. Im-presionante. Im-pactante.

    He recuperado la fé. Vuelvo a creer en el sistema. Y por otro lado me alegra mucho que el hijoputa que durante todos estos años robó ese dinero haya perdido su trabajo y ahora ande llorando por algún rincón de la sede del Partido im-Popular. Por descontado no le votaré al ZaPa en las próximas elecciones. Nunca repito voto de presidente electo. Pero no se preocupen. Ya puede el Partido Im-Popular echar al pasmarote ese que tiene si quiere mi voto. Por un capricho del Aznarín le robaron la silla a Rodrigo Rato, el único que merecía haber representado a la derecha española y en su lugar pusieron esa mesa camilla con barba que tiene menos carisma que un bote de lejía «el Conejo».

    Así que espero que hayan elecciones pronto porque estos quince euros me queman en el bolsillo. Mañana o el viernes los iré a cobrar y seguro que será toda una aventura.

  • Nooduitgang

    7 de diciembre de 2004

    Gorrito juvenil
    Los que siguen esto con cierta cadencia habrán notado que de un tiempo a esta parte estoy siendo arrastrado por la marea de la vida y vivo sin vivir en mí. Hasta que no culmine la semana que viene la primera parte de mi curso de holandés no podré centrar mi cerebelo en asuntos trascendentales y por ende, me limito a distorsionar sobre lo que sucede a mi alrededor. La foto de hoy homenajea los cascos de bombero. Es un cruce entre los susodichos cascos y los gorros de pedorra nonagenaria volante de Iberia. La explicación viene a continuación.

    Esta tarde andaba yo reunido salvando el universo e imponiendo mis criterios técnicos de cara a la nueva versión de uno de nuestros productos con un grupo de holandeses. La conversación fluía alternando entre el neerlandés y el inglés con eventuales interjecciones en español para darle un poco de color, cuando comenzaron a sonar las alarmas del edificio. Nos quedamos todos quietos, mirándonos los unos a los otros sin saber que hacer. Inocentemente pregunté: «¿No es esa la alarma de incendios?» era una de esas preguntas tontas que no merecen respuesta, pero todo el mundo en la mesa asintió.

    Se me frizó el mundo. Yo con estos pelos y un incendio entre manos. Con lo fácil que arde la gomina. Hoy no más homenajeaba al extinto presidente Aznarín de la mancha, con ralla a un lado y bigotín pintado. Abrimos la puerta y nos pusimos a mirar. Según las normas, tenemos que esperar hasta que la persona designada en nuestra planta (y que supuestamente recibe información confidencial) nos indique cual de las múltiples salidas de emergencia es la correcta. Esto, que en teoría suena muy bonito, significa que salimos en fila de uno como si fuéramos colegiales de película de terror americana. Cuando el trenecito de empleados pasó, nos colgamos y seguimos a la plebe.

    En un fugaz ataque de inteligencia, el Señor nuestro Dios me iluminó y grité: «¡Que se pare el tren que yo me bajo aquí!». Se detuvo todo el mundo. Por la interminable fila todos se preguntaban que sucedía. Me salí de la línea y corrí a mi despacho. ¡Estamos locos o qué! Fuera hay 6 grados y yo no voy a salir sin el abrigo. Volví corriendo, me reincorporé a la pausada fila y di el aviso para que arrancaran nuevamente.

    Llegamos a la escalera y vamos cogiendo velocidad cuando otro fugaz destello me ofuscó la inteligencia. «¡Quietos parados todos ahí! ¡No se me mueva ni Dios!» Me eché a correr de vuelta a la oficina y recuperé mi iPod mini. Vamos, antes ardo en el infierno que dejo yo que se eche a perder semejante joya. Vuelvo a la fila y doy el aviso.

    Los holandeses ya murmuraban por lo alto, cosa que me la trae al fresco. Cuando estamos bajando una de las secretarias sufrió la misma iluminación que Yo y se da cuenta de que vamos directos al crudo invierno y ella poco menos que en bragas. Lo comenta en voz alta y Yo la consuelo diciéndole que no se preocupe, que fuera no está tan frío (mientras me arrebrujo en mi super-abrigo de invierno, diseñado para soportar temperaturas de hasta menos quince grados bajo cero). La pobre gilipollas como que se lo creyó y se quedó tan tranquila.

    Llegamos sin mayores incidencias a la calle. En la friolera de diez minutos fue completamente evacuado el edificio. Salvo uno que es previsor, el resto de la gente pasó más frío que una oveja cardada. Después de veinte minutos en la calle, nos informaron de que había sido un ejercicio para comprobar la celeridad y la eficiencia en caso de evacuación, ejercicio que parece ser obligatorio por ley y que debe ser realizado al menos una vez al año. Nos acordamos de la madre que parió al hijoputa que planificó el evento para hoy, en lugar de haberlo hecho en Agosto, cuando el tiempo acompañaba un poco más.

    PS: El título significa «salida de emergencia» y es también un claro homenaje a esas trabajadoras del aire que llenan sus aparatos de ficticias calentorras a las que ubican siempre en los lados, parte anterior y posterior y que parece ser que ayudan al desfogue varonil en caso de necesidad perentoria.

  • Más sobre «El Pelos»

    6 de diciembre de 2004

    Más del Pelos
    Para hoy tenía pensada una primicia mundial. Algo que haría temblar los cimientos de mi edificio. Hoy quería publicar en mi web una foto de «El Pelos y los Marus«. Por desgracia, el amigo soyinferior-anormal-elputoamo se niega con rotundidad y alevosía a proporcionarme una foto de su jeta para realizar el fotomontaje. Shame on you! que diría en inglés. En español ya no me acuerdo de como lo diría, pero seguro que incluye unas cuantas palabrotas. Visto que mi amigo me niega la foto, he tenido que improvisar algo, así que me he engominado el pelo y he sacado unos nuevos peinados de la colección El Pelos para este otoño-invierno.

    A la izquierda podéis ver el clásico dos aguas con caida desde el centro. Este peinado lo inmortalizó el primo repelente de Huckleberry Finn en aquellos infames dibujos animados que todos veíamos de pequeño. Desde entonces me pareció que la gente que se peinaba con la ralla en el medio eran malas personas, así que siempre lo he usado en ocasiones en las que mi reverso tenebroso aflora a la superficie. Es ideal para reuniones de trabajo y para esos tediosos eventos de empresa a los que se nos obliga a acudir en estas navidades.

    El segundo peinado es un arpón vaginal con caidita de roma. Es uno de los peinados más elaborados que hay. Se comienza por el lateral izquierdo, el cual se peina cual si fuéramos a hacernos la ralla a ese lado. Se continúa haciendo lo mismo por el lateral derecho. Conseguida la doble ralla, se coge el pelo que ha quedado entre ellas y se alisa hacia adelante, agrupandolo hasta conseguir esta forma de espolón que cae hasta el medio de los ojos. Este peinado asusta terriblemente al interlocutor y lo induce a dudar de las facultades psicosomáticas de uno. Es perfecto para citas a ciegas y para deshacernos de amistades indeseadas. Una variante un pelín mariconsona es hacerse un gancho con el espolón.

    El tercer y último peinado es un clásico: el Aznarín de la mancha. Yo lo calco. Ralla a un lado con gomina para mantener la formación marcial. No se debe mover ni una sola cana. El complemento ideal es un pequeño bigote pintado con rotulador para realzar el efecto y despertar las pesadillas más atroces de los simpatizantes de izquierda. Dado que la clase dirigente es de derecha, este peinado provoca en gerentes y directores una corriente de afinidad y cariño por uno mismo que puede ayudar bastante a la hora de conseguir mejorar nuestra posición en la empresa.

    Uno de estos tres peinados fue el que usé hoy. En clase no hubo nadie con huevos para preguntar por el nuevo aspecto. En el trabajo, mi jefe envió a uno de los lacayos para comentarme que me notaba «algo» raro pero no sabía el qué era. Lo despedí amablemente mandándolo a tomar por culo.

  • El pelos

    5 de diciembre de 2004

    El pelos
    Esta semana que acaba de terminar se ha conocido oficialmente. Se han cumplido los tres meses desde la última vez que me cortaron el pelo y mi álter ego «El Pelos» ha tomado posesión de los restos de mi cuerpo. Desde ahora y hasta el veinticuatro de diciembre por la mañana, día en que está planificado mi próximo corte de pelo, seré conocido por estas tierras como «El Pelos«.

    En el fotomontaje adecuadamente distorsinado, se pueden ver diferentes posibilidades que se encuentran al alcance de mi capacidad capilar. Por pereza no puse ninguna con gomina, pero mañana por ejemplo pienso homenajear a Mario Conde-nado y repeinarme con la raya todo pa’ trás y engominado. Esta semana que culmina hoy ya he experimentado con diferentes estilos, ante el escarnio y el bochorno de mis sufridos compañeros de clase y de trabajo.

    Sin embargo, todos saben que desde que emigré a los Países Bajos hice una promesa que aún no he roto. SIEMPRE que he de cortarme el pelo, lo hago en mi peluquero de toda la vida, en la Isleta, en la peluquería Antonio, situada en la calle Ferreras 16. En estos cuatro años y medio, he vuelto siempre allí para cortarme el pelo. Por eso vuelvo a casa al menos cinco veces cada año.

    La peor época es siempre esta, porque después de Septiembre no suelo pisar suelo canario hasta las navidades y ese último pelado ha de durar lo indurable. Antonio hace lo imposible, pero a finales de Noviembre o principios de Diciembre la cosa está totalmente fuera de control. Así que los próximos 19 días tendré que vestirme de faralaes y sacar el gitano que todos llevamos dentro y sonreir. El payo «el pelos» anda suelto …

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