Da igual que estés en el norte de Europa, o al sur, en las islas Canarias o en Italia, lo que todos tenemos en común en estos tiempos de desconcierto y desesperanza es la desaparición de la harina de los supermercados. Primero fue el papel higiénico, que posteriormente regresó a las estanterías, los huevos, las vitaminas, pero lo que no ha vuelto, ni aquí ni allá es la harina y la levadura. Hay alguien, en algún lugar de Europa o en varios que la está acaparando en cantidades bárbaras o un país tercero la está comprando toda y por eso no llega a los supermercados. En el Lidel, la sección en la que normalmente tenían la harina la ha ocupado con otros productos, aunque aún quedan los carteles de los precios de la harina que no está allí y que desapareció hace más de dos semanas. En el supermercado más cercano a mi casa, en donde tengo un contacto secreto que trabaja allí y que tiene una misión imposible que ha aceptado, no ha llegado nada tampoco en casi dos semanas. En otro supermercado cercano, conseguí una mañana a las siete de la mañana, cuando acababan de abrir, dos kilos, que tenían escondido en el estante inferior y completamente al fondo. Ayer, buscando carbón y pastillas para encender la barbacoa, encontré el primero en un supermercado pero no tenían las segundas, así que fui al siguiente por proximidad, casi a las ocho de la noche y antes de rastrear las estanterías por las pastillas, se me ocurrió pasar por su desolada sección de harinas y encontré tres kilos para los que me tuve que tirar al suelo y meter la mano hasta el fondo más lejano, que estaba a una distancia que posiblemente hizo que otros desistieran y gracias a eso, pillé tres kilos cuando ya iba a empezar a racionarme. De los tres, le regalaré uno al Turco porque yo soy así de fantástico. Ya la semana pasada le di levadura instantánea, producto que cuando comenzó todo y la gente compraba rollos de papel higiénico como décimos de la lotería de Navidad, yo me di cuenta que tenía muy poca y me fui al supermercado turco, en donde la he comprado toda mi vida en paquetes de 125 gramos y no había. Ahí fue cuando me preocupé y salí por patas a un supermercado chino que está al otro lado de la ciudad y lo único que les quedaban eran paquetes de medio kilo, así que compré uno y me lo traje, que la levadura no es cara y es mejor tirarla cuando deje de funcionar dentro de año y medio que no tenerla. En el último encuentro con el Turco me decían que no solo no conseguían harina, que la levadura era como un sueño de una noche corta de invierno y les dije que cuando me traían de vuelta a casa, que se llevaran con ellos un envase pequeño, que yo soy uno de los pocos que consiguió levadura y la tengo como un tesoro, bien empaquetada y en la nevera. Les di como cien gramos y se fueron de mi casa muy contentos. De cosas como estas no se hablará en las películas y en las series que se harán, de como la harina, algo básico y que algunos usamos continuamente, o la levadura, se fueron sin hacer ruido de nuestras tiendas y sin que podamos comprender la relación entre su ausencia y la pandemia. Gracias a mi golpe de suerte de ayer, el cual agradezco de corazón a mi Ángel de la Guarda, tengo unos tres kilos y medio de harina normal y dos más de fuerza, con lo que creo que sobreviviré sin racionamiento al menos un mes, o más bien casi un mes, que en mi casa la harina no descansa en la despensa, según entra, sale, por supuesto, añadida a muchísimas de las cosas que preparo, que ni los churros, ni los pannenkoeken, las magdalenas, las galletas, las croquetas, el pan o las empanadas pueden existir sin harina.