Otra ronda de islotes en el archipiélago Bacuit

El relato comenzó en El comienzo de otro gran viaje

Mi segunda mañana en el Nido comenzó con el tradicional desayuno filipino, en este caso una carne de cochino curada y dulce con arroz, mango, sandía, café y zumo. Después me retiré a mi entorno con aire acondicionado a hacer mis ejercicios diarios de Duolingo y a la hora prevista vinieron a buscarme. En lugar de la broma de la motocicleta, hoy fuimos andando, que la distancia es de unos doscientos metros y yo no soy un culocoche o culomoto como alguna que yo me sé. 

En esta excursión, el conocido como Tour C, ya que quien quiera que se inventara los cuatro, les puso nombres de letras y ahora todos los llaman igual y hacen los mismos. Éramos entre seis y nueve, un grupo pequeño. En cualquier caso, nos tocó el barco grande, con capacidad para treinta y seis julays, con lo que íbamos tan cómodos. Los tres adicionales no se presentaron y al final éramos seis, el Elegido, una pareja filipina con su hijo de ocho o nueve años y que parecía acarajotado o era la impresión por ver por primera vez en su vida un barco así y dos gringas jóvenes, aunque una pienso que era filipina. También estoy casi convencido que eran bolleras, pero de vicio, vicio. La gringa no asiática era un cardo borriquero, tan fea que tuve que proteger el objetivo de mi cámara porque seguro que me rompe el vídrio del mismo con esa cara de Orca, pero no de las Tierras Medias, de las Tierras de Pa’dentro y más allá. Además, a base de pizza, hamburguesas y dónuts, tenía el cuerpo muy peor que muy estropeado y unas tetas que descansaban sobres las lorzas de la cintura y que parecían tener vida propia, ya que a una le gustaba ir por el lado derecho y a la otra por el izquierdo. Aún así, se de uno que estudió conmigo en la universidad, que la mira y te dice follable y bueno, mi amigo el Turco, una vez le comentas que perdió el camino y se desvió al frotamiento de potorros, ese también se sacrifica para volverla a meter en el armario y se la endiña sin escrúpulos. 

Volviendo al relato, salimos en nuestra barcaza con poquita gente y enfilamos hacia la isla de Dilumacad que para los turistas ha sido rebautizada como isla Helicóptero. Con algo de imaginación se le puede ver la forma, aunque yo veía a una hembra tumbada con la boca abierta, preñada y con las piernas amputadas. También veía la mitad del bicho aquel que volaba en la película la historia interminable y seguramente ambas opciones confirman que estoy fatá. En la isla, buceamos para ver los corales y eso. El sitio estaba mucho mejor que los que vi el día anterior. 

Desde allí seguimos a la isla de Mantiloc, en la que vimos varias cosas. La primera parada fue en la playa Escondida, la cual, ciertamente no se ve, porque justo delante de la misma hay una especie de telón de rocas volcánicas y que crean frente a la playa un pasillo de unos diez metros de ancho y después el acceso a la playa que parece un lago. Preciosa. 

La tercera parada fue en otra playa de la que no recuerdo el nombre y allí almorzamos. Lo mejor es que allí van como treinta o cuarenta barcos y la playa en sí no se usan. Un grupo de NiNis españoles, de vacaciones pagadas por sus papuchis, con sus iPhones 6 y sus pijotadas, pretendían bloquear una zona para ellos fumar y bañarse, por supuesto tirando las colillas allí porque educación, N-I-N-G-U-N-A. Los filipinos los mandaron educádamente a la mierda. En un pasado habría pasado vergüenza ajena pero ahora, yo soy el que les grita a los filipinos para que los troceen con la hélice del barco. En ese lugar, cada compañía tiene su barbacoa a bordo, hacen su comida y almuerza la gente, relajados, tirándote en la arena o bañándote entre los catamaranes. Buceé un poco pero el lugar no era muy bonito. Desde allí fuimos a Secret Beach o la playa Secreta, que se dice que fue la que inspiró el libro The Beach que después se rodó en una playa cerca de Koh Samui en la que ya he estado. Al parecer, el julay que escribió el libro estaba en el Nido mientras lo escribía. A la playa se entra por una pequeña abertura en las rocas y en el interior hay una playa grande y preciosa. Aquello sería idílico si vas solo, pero cuando hay cien personas o más, es un poco como una atracción turística en Europa. En cualquier caso, mereció la pena verla. Desde allí saltamos a la isla de Tapiutan y paramos en un lugar con los mejores corales que he visto en la zona. Para poner la guinda al conjunto, ninguno de los otros barcos vino con lo que tuvimos el lugar para nosotros solos. Estaba lleno de estrellas de mar, peces azules y preciosos corales en multitud de colores. Enfrente y muy cerca estaba el Mantiloc Shrine o Santuario de Mantiloc, el cual se terminó de construir en 1993 y ya lo han abandonado. Hay un edificio de puro lujo, una virgen bajo una cúpula en un templo abierto y un punto al que se sube para ver una vista espectacular. 

Esta era la última parada antes de regresar a el Nido, el cual está a unos cuarenta y cinco minutos en barco desde allí. Cuando bajé a tierra, de camino a la pensión pasé por la panadería para regalarme un dónut épico y un bollo y después regresé al hotel. Por la tarde me fui a cenar a uno de los restaurantes de la playa y después me retiré a descansar que el día siguiente era de esos complicados. 

El relato continúa en La playa de las Cabañas y regreso a Puerto Princesa