Otra vez hacia Estambul

En mi carrera sin fin para estar siempre de vacaciones esta vez me he lucido más que de costumbre. El lunes me reincorporaba al trabajo y el jueves después de trabajar solo media jornada me marchaba con una mochila petada camino del aeropuerto de Schiphol. En la mochila llevaba siete kilos y dos los tendría que esconder si me controlaban ya que transavia se pasa de miserable y solo te dejan llevar 5 kilos en el equipaje de mano. En realidad estas vacaciones comenzaron un par de semanas antes cuando pusieron un ofertón de billete de ida y vuelta a Estambul desde Amsterdam y después de apalabrarlo con mi amigo el Turco organicé el viaje.

Regresando al día de la partida, a las doce y pico me acerque andando a la estación de tren de Hilversum para tomar el Intercity que me llevaba al aeropuerto. Llegué con tiempo suficiente y aproveche para comer algo porque a mi lo de volar con el estomago vacío no me mola, se me llena de aire y después parezco una sopladera. Al no facturar equipaje y ya disponer de mi tarjeta de embarque lo único que tuve que hacer fue pasar el control de pasaportes y dirigirme a la puerta de embarque.

El rato que tuve que esperar lo maté mandando SMS y jugando con mi iPad. A la hora de entrar al avión no éramos muchos y en un momento estábamos sentados. En la primera fila había un grupo de los que denominamos «Flodder», gente ordinaria y vulgar como los orcos de Mordor/Vecindario. La azafata le pidió a una chica que guardara todas sus cosas en los compartimientos superiores ya que en esa fila no está permitido y la chama, en plena actuación de Princesa del pueblo, la mandó a la mierda. Hubo un pequeño revuelo y cuando vieron que la cosa iba a terminar con la policía echándolos del avión, se relajaron y no volvieron a abrir el pico en todo el viaje, sobre todo ahora que tenían a cuatro tripulantes de cabina esperando que se pasaran un milímetro para machacarlos.

El vuelo salió a su hora y el piloto informó que íbamos a volar a doce kilómetros de altura para evitar turbulencias. No recuerdo haber ido nunca tan alto en un avión. No hubo ni un solo meneo y pase el viaje viendo un episodio de la nueva temporada de True Blood y jugando. En esta ocasión no volaba al aeropuerto de Ataturk sino al de Sabina, en el lado asiático de Estambul y no tan grande como el otro, además de mucho mas lejos. En uno o en otro ya me conozco la rutina y me compre mi visa de entrada mientras todos los espabilados se iban directamente a la cola de pasaporte y los terminaban por mandar a la ventanilla de la venta de visas. Como no tenia que recoger el equipaje salí y me encontré con la persona que me había venido a recoger ya que mi amigo el Turco estaba en esos momentos volando hacia el otro aeropuerto. En lugar de un taxi convencional contrato un servicio de limusinas con coches de puro lujo meri. El conductor decidió impresionarme con el coche y batió récords de velocidad aunque al final por no hacerme caso se perdió ya que la calle de la casa del Turco no aparece en los GPS.

Me dejó junto a la garita de control y los de seguridad ya ni me preguntan porque me tienen muy visto. Así comenzó mi tercer viaje a Estambul.

El relato continúa en Paseando por los Distritos Occidentales de Estambul

Otra de regresos

No sé ni cuantas veces me he sentado en un aeropuerto esperando la salida de mi vuelo y me hOe puesto a escribir una anotación que acabaré al llegar a casa. Solo este año han sido montones ya que he regresado de Gran Canaria, de Estambul, de Kuala Lumpur, de Gran Canaria nuevamente y heme aquí otra vez viendo al Dios Sol alzarse sobre el horizonte del océano Atlántico y regalar su luz y calor sobre Gran Canaria, uno de los pocos dioses que no vive en los mundos inventados por embaucadores y pervertidos que gustan de tocar niños y vestirse con faldas largas negras.

Pese a los cientos de veces que he vivido este momento, siempre lo sientes de manera distinta. Ayer por la tarde quedaba con unos amigos para vernos y comer algo. Una de ellas hacía más de una década que no cruzaba su itinerario conmigo y eso que durante los años de vidorra universitaria pasamos miles de horas juntos. Nuestras rutas han ido por universos alternativos. Ella siguió el trazado convencional, ese que incluye el paquete completo con marido e hijos y yo elegí el camino de Nunca Jamás, ese otro con parada de larga duración en el mundo de los sueños y las grandes aventuras.

Como siempre, restablecer las conexiones es algo sencillo y natural que no me toma tiempo. Saltar desde mi universo al otro es fácil y algo que hago sin problemas. Al regresar a la casa de mis padres (mi antigua casa), mi amigo el Rubio había bombardeado mi buzón de entrada con tretas arpías con las que seducirme para embarcarme en otra aventura. Quería (y quiere ya que al escribir esto aún no ha sucedido) que nada más llegar a Utrecht me vaya a su casa para cenar con él, su esposa y su prole y me quede a dormir allí y así irnos el domingo por la mañana a la piscina con los niños. Ese mismo día ya me he comprometido con el Niño para ir por la tarde al cine en Amsterdam así que ya me veo con estrés y ganas de vacaciones el lunes al regresar al trabajo. Me pregunto si no será mejor dejarse llevar por la ola de bosmongolismo y apuntarme al caraculolibro y tener cientos de amiguitos virtuales y no salir nunca de mi casa aunque me respondo a mi mismo que no podría, que prefiero mil millones de veces «Nunca Jamás» y el contacto con seres reales que están al alcance de tus manos.

Volviendo al viaje, este es mi primer regreso con el iPad, esa pequeña maravilla que hace de todo y que tanto critican algunos. Es tan inútil que me ha servido hasta para escribir esta anotación, sin puertos USB, sin teclado físico y sin el puto flash de mierda. Todo esto y lo que está por aparecer lo he escrito con la increíble aplicación creada por el equipo de desarrollo del WordPress, una pequeña maravilla que deja mi bitácora al alcance de mi pequeña tableta. Y regresando ya por fin al hilo principal, me pegué el madrugón de rigor y mi padre me dejó en el aeropuerto a las siete y veinte, justo en el momento en el que llegaban los autobuses con los casi doscientos turistas que me acompañaran camino a casa. Como juego con ventaja porque conozco el terreno conseguí la primera posición en la cola de facturación y fui el primero en pasar tan engorroso trámite, con el peso exacto de equipaje de mano y un kilo de margen en el otro. Pedí el ultimo asiento de ventanilla ya que escuché que entre las ciento ochenta y pico personas iban cinco bebés y quince niños y los sientan siempre por delante. Después, pasé el control de seguridad en el que me tuve que quitar mis zapatos (algo que solo sucede en España ya que en el resto del mundo no pitan bajo los arcos de seguridad) y me acerqué a una de las cafeterías para desayunar. Luego maté el rato jugando y escribiendo esto.

Mirando hacia la pista del aeropuerto siempre alucino con lo torpes y fuera de lugar que parecen los aviones, ballenas enormes que tienen muchas dificultades para moverse en esos recintos y que necesitan de líneas pintadas en el suelo para poder encontrar el lugar en el que detenerse. Las ves llegar, una cada dos minutos y buscar el rinconcito en el que vomitan su carga humana, vacían sus entrañas de equipaje y con la misma prisa vuelven a llenar su vientre, añaden el combustible en sus alas y se tragan a los pasajeros antes de cerrar puertas, ser empujadas por unos extraños vehículos ya que parecen tener problemas para moverse hacia atrás y tras unos instantes de dudas, avanzan hacia la cabecera de pista y regresan a su ambiente natural.

El vuelo salió más o menos a la hora prevista y transcurrió sin problemas, con el personal de cabina convertidos en vendedores ambulantes que no se cansan de ofrecerte cosas y los niños investigando en cada rincón a la busca de algún tesoro oculto. Yo maté las cuatro horas viendo un par de capítulos de series y jugando en mi iPad. El avión ganó media hora gracias al viento y llegamos tras tres horas y media. Como la felicidad nunca puede ser completa, tuvimos que esperar más de una hora hasta que salió nuestro equipaje. Mientras tanto, el Rubio ya había fijado la hora del encuentro y salí escopeteado hacia mi casa. Llegué agobiadisimo, fui a toda carrera al súper a comprar leche, volví a casa, me di una ducha y preparé mi mochila con los regalos para todo el mundo y la ropa, además de mi iPad. Al poco sonó el timbre y la familia al completo me venía a recoger. Cantando y jugando fuimos a su casa, cenamos y tras devolver a las estaciones de recarga. Las unidades diminutas comenzamos a beber seriamente y a contarnos nuestras aventuras en la semana y pico que no nos habíamos visto.

Por la mañana, desayunamos todos juntos, preparamos magdalenas y los chiquillos se volvieron locos con el iPad. Sobre las once salimos en dirección a la piscina mientras diluviaba. Por suerte es cubierta. Estaba petadisima de gente que como nosotros había ido allí a pasar la mañana. Pasamos el rato entre toboganes, piscinas con aguas a diferentes temperaturas y procurando que el niño asignado no se te pierda. Al acabar me dejaron en la estación de tren de Woerden y desde allí salí para Amsterdam en donde había quedado con el Niño para hacernos una sesión doble en el cine y después cenar juntos. Llegué a mi casa cerca de las nueve de la noche y en realidad se puede decir que en ese momento fue cuando acabó el viaje.