Algo que no se puede creer

Merece la pena avisar que aquel que se adentre en este relato basado en hechos reales lo hace por su propio riesgo.

Todo comenzó con un disgusto. Habíamos planeado vernos el domingo para ir al cine y ya teníamos hasta nuestras entradas reservadas, con asientos en esas filas que marcan la diferencia a la hora de ver una película. El viernes por la mañana me llega un mensaje anunciándome que no iba a poder ser. La razón, un inesperado fin de semana en Londres con un amigo.

De aquel fin de semana no trascendieron detalles específicos hasta un día que nos vimos en el Oudaen para cenar. Allí, el Niño, Yei y un servidor (y autor consagrado de la mejor bitácora sin premios en castellano) compartíamos mesa. El tema surgió casualmente, al hilo de burradas que todos hacemos de cuando en cuando. Yei se puso a reírse tapándose la sonrisa con la mano y cuando mencionó la palabra Londres el Niño se revolvió en su asiento nervioso. Lo tuve que picar un rato largo hasta que se decidió a contar lo que sucedió aquel día …

El viernes en que se fue a Londres comenzó con ambos saliendo de marcha en la Gran Ciudad. Primero cenaron y después comenzaron su ronda de bares, tomando una copa aquí, otra allá y disfrutando con la vida nocturna de una ciudad en la que hasta los sobrios beben alcohol. Según pasaban las horas la intoxicación etílica de ambos iba en aumento y llegó un punto en el que notaron que dos Orcas rechazadas por feas del casting para la trilogía del Señor de los Julandrillos los miraban. Se las repartieron y decidieron acercarse a ellas. Los cuatro tenían miradas vidriosas, hablaban como si fueran infantas de la casa Borbón y nunca dejaban que el vaso que siempre portaban en la mano se secara. Como el arte de nocturnear requiere frecuente visitas al baño, en una de ellas se las asignaron y acordaron que Yei iría con una a su habitación de hotel (la cual compartían en esa aventura) y el Niño se marcharía con la otra a su casa (dondequiera que esta fuera). Comenzaron los arrumacos, las caricias, los besos cada vez más descarados y una cosa llevó a la otra, o sea, triunfaron.

Se despidieron cada uno con su trofeo y el Niño fue con su rollete a la casa de ella en taxi. Al entrar le preguntó por el baño y se dirigió al mismo para echar una meada y controlar que el equipo estaba listo para una inspección detallada, ya que lo último que desea uno es que cuando se la meta en la boca y la empiece a chupar te ponga algún pero. Después de orinar le dio al botón para descargar la cisterna y el hilo de agua que salió no hizo un trabajo adecuado. Se olvidó del tema y siguió con su plan. Entró en el dormitorio y se lanzó a saco sobre aquella Orca que aunque no era ballena asesina si que podía matar del susto a cualquiera que la viese con ojos sobrios. Como maestro consagrado que acaba su carrera en ferias de pueblos dejados de la mano de algún Dios, finiquitó la faena lo mejor que pudo y borracho se durmió junto a la borracha que roncaba como cerdo en un matadero. El tiempo, ese agente indómito e implacable los transportó hasta el futuro y por la mañana, a las siete, abrió los ojos en una cama extraña, con resaca y junto a un bicho horrendo que casi le provoca un susto mortal. Retazos de lo sucedido la noche anterior regresaron a su memoria para atormentarlo ahora que podía ver la realidad y no aquello que el alcohol le había hecho imaginar. Mientras asistía horrorizado a esa escena de cama que muchos han vivido y todos han negado, una subrutina de nivel inferior disparó la alarma: tenía que jiñar y tenía que hacerlo YA mismo. El mensaje fue incrementando su prioridad y en su cabeza, el pánico por aquello con lo que dormía fue substituido por salir de la cama, ir al baño y dejar caer el paquete.

Se movió sigilosamente, con muchísimo cuidado y tratando que sus casi dos metros de carne y huesos holandeses no alteraran el sueño del bicho que estaba roncando y cuando lo logró, en dos pasos alcanzó la puerta del baño, el cual daba a la misma habitación. Era pequeño y había vivido sus momentos más gloriosos quizás dos décadas atrás. Un recuerdo de lo sucedido la noche anterior relampagueó en su memoria y recordó que el retrete no tenía una cisterna plenamente operativa. Se puso a pensar en alternativas:

1. Cagar y cruzar los dedos para que al bajar la cisterna se llevara el paquete sin remitente y con los sellos adecuados a su destino.
2. Aguantarse y salir de allí inmediatamente.
3. Buscar un lugar alternativo a la primera opción en el mismo baño y cagar allí.

La primera opción la descartó inmediatamente porque se imaginaba que la jiñada iba a ser antológica, como todas las que suceden a una noche de intoxicación etílica. La segunda opción no le parecía válida porque ni sabía cuanto tiempo le tomaría encontrar un taxi ni lo que tardaría en llegar al hotel, ya que los cálculos temporales de la noche anterior estaban ofuscados por la borrachera y lo que a él le parecieron unos pocos minutos pudieron ser mucho más. Optó por la tercera opción y comenzó a estudiar el baño con otros ojos. Descartado el retrete, su atención se centró en la bañera y el lavamanos. Este último no parecía un lugar muy amigable, sobre todo por la posición que tendría que adoptar para soltar el lastre. La bañera era casi perfecta, de esas con un tapón bien ancho. Estaba decidido. Sería la tercera opción.

Decidió combinarlo con una ducha y así disimular el ruido generado por una actividad que todos hacemos de manera distinta. Dejó correr el agua de la bañera y entró buscando la posición. Era una operación de máxima dificultad en la que había que demostrar que todos esos años jugando con la PS3 habían servido para afinar la puntería. Se acuclilló, comenzó los preparativos internos mientras los músculos que se encargan de la función empezaban a contraerse y dilatarse y cuando la probabilidad de éxito parecía ser sensiblemente superior a la de fracaso, cerró los ojos, contó hasta uno y lanzó la carga. Fue un movimiento elegante y rápido que resulta muy fácil de imaginar. Cualquiera que haya estudiado lo mínimo conoce la segunda ley de Newton y obviamente sabe que la fuerza que actúa sobre un cuerpo es igual al producto de su masa por la aceleración que adquiere, que en este caso se trata de la gravedad estándar con sus consabidos 9,8 metros por segundo. El proyectil salió disparado y antes de poder decir quidditch ya había llegado a su destino. El Niño se reubicó, miró al lugar en el que había concentrado todos sus esfuerzos y se encontró que la mierda, ese trocito de nosotros mismos que la Real Academia de la Lengua define como excremento humano, se había quedado clavada cual poste en el agujero del desagüe de la bañera. Era un asta de bandera perfecto, simulando hasta el color de la madera. Al Niño le entró el pánico y rápidamente cogió el grifo de la ducha y lo dirigió al lugar. Lo primero fue salir de la bañera ya que aquel asta bloqueaba el paso del agua y no apetece tener los pies metidos en un agua acompañada de tanta mierda. Lo segundo fue apuntar a la base del tronco para ver si se debilitaba y comenzaba a descender hacia donde quiera que vaya el desagüe. Tardó un montón de minutos en conseguir algún progreso y la experiencia era muy lenta y descorazonadora. Además, en el baño comenzaba a predominar el olor de aquel desecho, un tufo a mierda increíble que se pegaba a las paredes y que parecía querer quedarse para siempre.

Buscó algo con lo que hacer fuerza y lo único que encontró fue uno de los botes de champú. Empujó la mierda mientras al mismo tiempo la regaba y poco a poco, con movimientos cuidadosamente medidos para evitar que se rompiera y se desparramara, fue deslizándola en el desagüe. Una vez estuvo dentro del todo, el problema seguía siendo que bloqueaba el paso del agua así que tuvo que dejar el bote de champú y buscar algo más que pudiera usar para empujarla más adentro. Estuvo más de una hora ocupado y aunque al final la mierda no se veía, el desagüe de la bañera no parecía absorber el agua con la gracilidad que uno espera y el hedor en el retrete seguía siendo intolerable. Optó por lo único que puede hacer uno en estos casos, huir.

Salió del baño sigilosamente y se vistió procurando no despertar al bicho horroroso que seguía roncando en la cama. Salió con cuidado de la casa asegurándose que no dejaba ningún documento que lo pudiese delatar atrás. En la calle tardó casi un cuarto de hora en conseguir un taxi y solo cuando estuvo dentro y comenzó a moverse respiró tranquilo y comenzó a reírse, imaginándose la cara de aquella pobre cuando entre al baño y no sepa de donde viene el tufo y peor aún, la sorpresa que se puede encontrar si por algún motivo trata de desatrancar la bañera.

Todavía seguía riéndose cuando llegó al hotel y se puso a llamar por teléfono a Yei para despertarlo y asegurarse que se deshacía de la amiga de la otra …

Al Niño le molesta que salga el tema pero nosotros todavía nos estamos riendo …

11 opiniones en “Algo que no se puede creer”

  1. Madre mía, qué paranoia, ¿esto es serio?, ¿por qué no lo intentó en el water?. No doy crédito, tío.

  2. Sé de una que lo hizo en el retrete, no bajó con la cisterna y lo que hizo fue meterla en una bolsa de plástico y llevársela con ella. El problema es que se la olvidó sobre la mesa de la cocina de la casa del chamo. ¡Uhm! … quizás debería contar también esa historia …

  3. Yo S? que en todas partes cuecen habas lo que pasa es que la gente se lo calla muy mucho como si dijéramos …. Estos son los temas veraniegos que molan aprovechando que por aquí no pasa ni Dios

  4. Según un familiar mío, hablar de mierda trae buena suerte, así que voy a ver si compro un cupón o hago una primitiva, que me hace falta dinero para viajes.

  5. jajajaja Todavía estoy llorando con la caja partia!
    Y no se porqué, se me había traspapelado esta entrada sin leer.
    Es lo mejor que has escrito en bastante tiempo, por no decir lo mejor, sin mas…jajaja
    Cuenta lo de la plasta olvidada, por favor…jajajaja
    Y no me parto por lo escatológico, no, es que de la manera que lo cuentas y sobre todo cuando ensalzas la belleza de las féminas, es que me descojono…jajaja
    Muchas gracias por aumentar mi promedio de vida con la risa.
    Salud

  6. Genín y yo que pensé que te daba miedo comentar algo así, todas tus fans te leen aquí y se mueren del susto. Lo bueno del verano es que nos quedamos solos y sale lo peor de mi mismo a flote.

    Y lo de las Orcas, hasta Waiting puede confirmar que el Niño siempre habla de las chochas que se agencia pero cada vez que le vemos una novia, yo le pregunto si no le puede poner el bozal para que no me muerda ??

    La historia esa que nombro la haré. Estuve a punto de escribirla esta tarde pero me he liado pero mañana tengo tiempo y es probable que sea la anotación de las 21.30 del viernes.

  7. jajajaja Genial!
    Espero con ansia la entrada!
    Que va, yo comento todo lo que me interesa, sin autocensura, faltaria plus…jajaja
    Soy muy sincero…
    Salud

  8. Voy a leer este post mas tarde que todavia tengo mareo de cuando me lo contaste por telefono. Un besito.

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