La historia del reciclado

El reciclado es algo que entró en nuestras vidas no hace tanto, es algo a lo que nos hemos ido acostumbrando poco a poco o no nos hemos acostumbrado en absoluto. Cuando vivía en Hilversum, teníamos un día para sacar la basura y otro para el papel, eso era todo lo que se reciclaba. Cuando me mudé a Utrecht en el 2005, llegué a un mundo en el que teníamos que todas las semanas recogían el contenedor de la basura y otro día el contenedor de los restos orgánicos, básicamente lo producido en el jardín y las cáscaras de las verduras. Para el papel, cada tres semanas lo sacábamos a la calle y muchas veces ni llegaban a tiempo los del ayuntamiento, lo recogía otra gente que después lo llevaba a los centros de reciclado y les pagaban. En esa época, aún no se separaba el vídrio.

Después llegaron los contenedores bajo tierra para vídrio, que eran en mi caso para todo el vídrio pero en otros lugares hasta se reciclaba según el color del susodicho. En un momento determinado de esta historia del reciclado, la ciudad de Utrecht decidió ir un pasito más allá y nos llegó una carta diciendo que pondrían un contenedor enterrado cerca de la casa y que toda la basura que no separaba, eso que intelectualmente se llama basura, iría en ese, con lo que no tendría que sacar mi contenedor con la susodicha cada semana. Esto era algo nuevo y maravilloso y comenzarían a instalar esos contenedores en mi zona de la ciudad, como siempre, que todo lo que experimenta el ayuntamiento siempre empieza en mi barrio. El nuevo contenedor bajo tierra tenía una tarjeta especial y asombrosa para abrirlo y que estaba programada para abrir solo uno, aunque terminaron por desechar la tarjeta porque la gente rompía el sistema de apertura porque si el tuyo no funcionaba, no podías tirar la basura o algo así. El viejo contenedor quedó reasignado al reciclado de plástico, metales y los bricks de la leche, el zumo y similares y los recogían cada semana.

Esos contenedores, los que originalmente eran para la basura no reciclable y que después los reconvirtieron para plástico, metal y bricks, son los de la foto, siendo el mío el tercero contando desde ambos extremos. Posteriormente nos dieron un contenedor nuevo, con tapa azul, que es para el papel y se acabó el negocio de aquellos que pasaban robando el papel por la calle porque dejaron de pagar en los centros de reciclado y ellos dejaron de llevárselo. Han pasado los años y han hecho estudios y todo eso y han llegado a la conclusión, algo que ya sabíamos todos, que en realidad, siempre vuelven a pasar por la máquina de separación lo que la gente manda en el contenedor de plástico, con lo que tiene muy poco sentido o ninguno el hacer la separación en las casas si ellos vuelven a revisarlo. El año pasado, casi en diciembre, nos mandaron una carta informándonos que de nuevo, mi barrio sería el pionero y que un día, dejaríamos de separar de la basura normal el plástico, los metales y los bricks y lo pondríamos todito junto en el contenedor enterrado en la calle, que además lo vacían con más frecuencia.

Todo el año 2021 ha transcurrido plácidamente y de cuando en cuando lo comentaba con los vecinos, que nos dijeron que lo iban a hacer pero nunca lo hicieron, hasta hace dos semanas cuando nos llegó una carta del ayuntamiento informando que el día 17, nuestros contenedores no volverían a casa y los retirarían, siendo esa la última vez que reciclaríamos esos productos de manera separada. Nos quedan el contenedor de cosas del jardín, de recogida semanal y el de papel, cada tres semanas.

Esto es algo que he visto en un montón de lugares, en aeropuertos y en centros comerciales e incluso en las calles, en donde la gente separa la basura según los colores y todo lo demás y después llega el basurero y vacía cada uno de esos contenedores en el mismo recipiente, mandando a la mierda todo ese trabajo realizado por los ciudadanos. Les ha costado años reconocerlo, pero eso de separar el plástico es una tremenda pollada. Con el papel sí tiene sentido, o con los restos del jardín, que es al fin y al cabo biomasa y eso lo ponen en otro lugar y de ahí sacan hasta metano.

La foto la hice esta mañana, cuando mi contenedor, primero de basura normal y después de plástico, hizo su último servicio y fue retirado y enviado al cielo de los contenedores.

La falsacleta

El domingo fui al cine y llegué una hora antes de tiempo para pasear por la zona, comprar algunas cosas en el super y demás. Después de dejar mi bicicleta atada y bien atada y cuando iba hacia la zona comercial, me encuentro con el triciclo de la foto y pensé, mira, le hago una foto que estas siempre despiertan la atención del Ancestral y su intimísima y así tienen algo para alegar cuando se junten en el aparcamiento del super a tomarse el cafelito, sobre todo ahora que viven tan cerquita. Cuando pasaba de largo noté que tiene dos asientos dentro y ambos equipados para pedalear y aunque en la foto el cristal refleja la luz, hay como un panel en el medio muy sospechoso y aquello tenía poca pinta de bicicleta o de triciclo. A la vuelta la volví a ver y en esa ocasión, le entré por detrás para verla bien:

Tiene matrícula de coche, con lo que no es ni bicicleta ni triciclo y quizás el término más aproximado sea el de falsacleta que me acabo de inventar porque soy así de fantástico y fabuloso. Si tiene matrícula de coche, que esa no es matrícula de motocicleta, aunque los números han sido conveniente alterados, esto tiene que haberse hecho con otro objetivo y mirando en la primera foto, encontré que la empresa que lo fabrica se llama Twike y según lo que veo en su página güé, este es el modelo 3. Efectivamente, esto es una coña marinera que se acerca más a coche, pesa entre doscientos cuarenta y trescientos cincuenta kilos y según la batería que lleve puede llegar hasta los cuatrocientos kilómetros de distancia. No me queda clara la velocidad máxima del aparato, pero es de al menos cincuenta kilómetros por hora. Cuando el pasajero (o los pasajeros) pedalean, ayudan a recargar las baterías. Todo suena ecológico y tal y tal, pero el precio básico, con la batería mínima que vale como mucho hasta ciento sesenta kilómetros es de treinta y tres mil leuros y pico y si quieres todas las baterías, esta cosa vale cuarenta y nueve mil leuros, que si vas a tirar esa cantidad de dinero, te mando mi cuenta bancaria y hazme una donación a mí y yo te adoraré para los restos. Por esa pasta te puedes comprar un cochazo del copón y si no, los culocochistas que nos ilustren en el tema que todos sabemos que son expertos. Igual cuando la gente te ve pretendes fardar de ciclista y todo lo demás, pero está claro que esto es una falsacleta y nos la estás intentando meter DOBLADA. Por razones más que obvias, no pasará a formar parte de cierto Álbum.

No aprendemos

Una semana y pico después de regresar desde Gran Canaria, una de las cosas que más me chocan cuando voy al centro de la ciudad en Utrecht, es la total ausencia de mascarillas, que aquí, en esta ciudad, han desaparecido por completo y las llevan quizás el uno por ciento de la gente y esa cantidad, en interiores, que en exteriores aún es más raro de ver. Es algo cultural porque el martes, fui al cine en el sur de Amsterdam, junto al estadio Johan Cruijff ArenA y llegué con tiempo para ir a un par de tiendas y en esa zona, la gente con mascarillas en calles y en tiendas eran quizás un cuarenta por ciento del total y la única diferencia con Utrecht es que por allí hay más extranjeros, que seguramente escuchan, ven y leen las noticias de otros países y que en lugar de seguir los consejos del ministro de salud holandés, que desde el principio estaba en contra de las mascarillas y que ignoró a sus expertos durante meses, esos siguen los consejos que escuchan desde sus países de origen. Incluso en el transporte público, en donde es obligatorio, la cantidad de gente sin la misma en el interior es escandalosa, empezando por los revisores, que ahora en lugar de ponerse la mascarilla, llevan el protector ese de plástico en la cara, que al parecer el plástico mata el virus y no les entra ni por la nariz ni por la boca. La diferencia es tan cultural que cuando los holandeses van de vacaciones a otros países, en lugar de seguir las normas locales, siguen las de su país, es decir, sin mascarilla nunca y gracias a eso tenemos una ristra interminable de artículos en los periódicos de problemas, gente a las que les pusieron multas, peleas y demás, siempre en el extranjero y siempre porque si tus políticos te dicen que no hace falta y no protege, ya tú te crees superior al resto y vas a tu bola. En donde parecen coincidir españoles y neerlandeses es en el concepto de la distancia entre mesas en bares y restaurantes, que se reduce a menos de treinta centímetros entre espaldas aunque se supone que tiene que haber un metro y medio. En una de las terrazas en Utrecht los pasillos entre mesas son tan estrechos que si eres obeso mórbido como algunos comentaristas, cuando te diriges a tu mesa te lamen el ombligo todos los que pasas por un lado y te besan el culo los que están por detrás de ti. Por supuesto, toda la operación es sin mascarillas y escuchando a gente estornudando con gran alegría.

Hasta ahora hemos tenido suerte, solo necesitamos una mutación que ataque y mate de golpe y en menos de cuatro semanas, se acaba el problema de la superpoblación en el planeta. Pasaremos a los anales de la Vía Láctea como una civilización inteligente pero con un alto porcentaje de totorotas.

Hoja de ruta del 2021

En enero de cada año pongo mi hoja de ruta con aquello que pienso que quiero hacer y después llega una pandemia y nos lo jode todo, pero eso no quiere decir que no deba hacerlo, que el placer de la procrastinación es uno de los más gozosos. Esta es una tradición ancestral que llega a la decimoséptima iteración y si alguno no me cree, que todo es posible, las pueden leer haciendo click en los enlaces de 2005, 2006, 2007, 2008, 2009, 2010, 2011, 2012, 2013, 2014, 2015, 2016, 2017, 2018, 2019 y 2020.

Al contrario que otros que se toman años sabáticos, no está en mis planes el dejar de escribir el mejor blog sin premios en castellano y así, pronto llegará a su decimoctavo año de publicación continua, en tres semanas este blog será mayor de edad. Cada vez me resulta más difícil encontrar contenido original pero aún así, seguiré tratando de escribir dos anotaciones diarias y la de las mañanas seguirán siendo fotos. El año pasado llegamos a Tailandia y este año seguiremos por allí, ya que nos faltan por ver varios sitios como Kanchanaburi, Bangkok y algunos más al sur y de cuando en cuando lo alternaré con algunas ciudades europeas o quizás no comunitarias, del Reino desUnido. Los fines de semana, siempre que sea posible hablaré de dos películas y si la pandemia no lo permite, bajaré el ritmo o comentaré series televisivas.

Seguiré explorando el nuevo universo que me ha abierto mi CrockPot Express, que nunca deja de sorprenderme y que además, me ahorra tiempo por un tubo y ensuciar mil calderos. El año pasado ya comenzaron a entrar algunas recetas nuevas en mi pequeño libro de recetas de cocina y este año llegarán otras o actualizaré alguna de las viejas para hacerlas con la olla expresa.

Este año además tenemos un escenario laboral inédito. Finalmente y después de tardar años y años, muchísimos más que el parto de la burra, me pusieron en la puta calle y me quedé en semifinales, con una empresa a la que llegué con más de mil empleados y de la que me botaron cuando el número total es de menos de cincuenta y casi todos son amigotes. Buscar trabajo y encontrarlo seguro que me servirá como fuente de inspiración y alguno que casualmente está en esos mundos de Dios debería ofrecerme un trabajo porque mi carisma y mi desparpajo son el aliño que necesitan muchas organizaciones para que sus equipos se despiporren.

De alguna manera mi Ángel de la Guarda se lo curró y entré en el 2020 sin planes de viajes, salvo por mi paso en enero por Málaga y al final resultó que era porque tenían planificada una pandemia. Este año puedo confirmar y confirmo que no tengo planes, salvo para ir a bucear en las Maldivas en mayo, si la pandemia lo permite, en un barco de vida a bordo. Si vuelve la vieja normalidad, intentaré ir a algunos de los destinos que mencioné el año pasado, como San Petersburgo, Bilbao y Helsinki.

En lo relativo al cine este año comienza con dudas y haré lo imposible y aún más para poder ver, de nuevo, doscientas películas, aunque ya va la cosa con dificultad porque durante todo el mes de enero los cines holandeses estarán cerrados. También veré una ingente cantidad de series que no suelo comentar, ya que a mi, lo de pasarme la tarde viendo programas de petardas en casas con petardos intentando fornicar o programas de tertulias con gente gritándose no me atraen.

Seguiré con el duolingo, aunque cada vez estoy más cerca de llegar al límite en los cursos que sigo y tendré que decidir lo que haré a continuación.

Este año sí que voy a comenzar un podcast, uno que será secreto, secretísimo y que no estará vinculado a esta página. Ya tiene nombre, ya tiene foto y ya tiene hasta temática, que será, por supuesto, hablar de mi mismo y de mi mundo. La razón para no unirlo al blog es que con tanta política de cancelación, la gente está por esos mundos digitales buscando carnaza para destruirte y yo es que lo pongo muy fácil. Como sé que no puedo abarcar más, mejor nos olvidamos de que escriba un libro y me limitaré a leer cien, que es algo que está mucho mejor.

El año pasado me convertí en una máquina de hacer deporte, de correr vamos, algo que hago cada cuarenta y ocho horas y por seis kilómetros y este año intentaré seguir con ese ritmo, sobre todo ahora que sé que el ejercicio físico te dispara la creación de nuevas neuronas en el hipotálamo y tal y tal. Después de pasar una semana con los padres de mi amigo el Turco y flipar con la rueda de abdominales de su padre, me compré una y en los cinco meses que la llevo usando, ya me hago una purriada de ejercicios siempre teniendo en mente que yo no quiero ser obeso como los comentaristas que no vamos a mentar.

Pues aquí queda mi lista para poder ningunearla.