11. Er Dani y sus bolas

Desde la última vez que hablamos der Dani han pasado cuatro meses y ya va siendo hora de continuar con el reslato del día de su cumpleaños. Si has llegado hasta aquí y nunca has oído hablar der Dani quizás quieras saber lo que te has perdido. Para averiguarlo tendrás que realizar un viaje por el tiempo que a buen seguro te dejará con un extraño sabor de boca. Abróchate el cinturón y retrocede hasta 1. Todos queremos ser como er Dani. Continúa después con 2. Conozcamos ar Dani y ya habrás entrado en calor y estarás dispuesto para afrontar la realidad de los 3. Lugareños der Dani y 4. Conocidos der Dani. Tras haber conocido a sus vecinos y a él mismo tendrás el dudoso honor de intimar con 5. La Carmen, hermana der Dani. No hemos acabado ni mucho menos, la cosa sigue en 6. Er Dani y la metrosexualidad y a partir de aquí dejamos el local en el que estábamos y emigramos 7. Camino del restaurante con er Dani. Una vez llegamos al restaurante se produce una nueva ronda de presentaciones en 8. La Gayola y los amigos der Dani . El encontronazo entre la Gayola y sus colegas tendrá terribles consecuencias que se dilucidarán en 9. Las verdades de los amigos der Dani momento en el que la Gayola saca a relucir los trapos sucios de la concurrencia. Finalmente llegará la entrega de premios en 10. Regalos para er Dani y en ese punto lo habíamos dejado, así que subamos el telón y que continúe el relato.

Hace tanto tiempo que las pesadillas ya se han diluido un poco en mi memoria pero aún así he de exorcizar mis terrores favoritos y afilar mi gruesa pluma para terminar de narrar lo acontecido aquel aciago día de marzo del 2005 en el que conocí a er Dani y padecí el dudoso privilegio de la invitación a su cumpleaños.

Nos habíamos quedado en los instantes posteriores a la entrega de regalos por su augusto cumpleaños. Tras acabar ya nada fue lo mismo. La poca gente que quedaba en el lado del comedor en el que nos encontrábamos apuraba la comida para poder marcharse y er Dani seguía enseñando sus gafas de sol de marca a todos y restregando la camisa exclusiva a quien tuviera a bien de ponerse frente a sus narices. Pasados los minutos pareció entrar en un nuevo ciclo de actividad. Se convulsionaba de una manera extraña y de repente comenzó a gritar y a decir que iba a hacer un strip-tease. Yo ya me lo creía todo. Los demás le aplaudían la idea y coreaban su nombre para animarlo. Dani, Dani, Dani. ?l sonreía desde su ceguera inducida y movía las manos jaleándolos para que siguieran. Tras un rato agarró una silla y la puso a un lado. Creo que todo el restaurante estaba pendiente de él. Los camareros lo miraban con la desgana producida por haber visto esta escena repetida una y otra vez a lo largo de los años de oficio pero para alguien tan puro y divino como yo esto era algo nuevo. En todos mis años de penosa existencia en este valle de lágrimas jamás he tenido el privilegio de asistir a un strip-tease de algún conocido/a o amigo/a. Llamarlo clasismo, altivez o como queráis pero lo cierto es que en los entornos en los que yo me he movido este tipo de expresión creativa siempre ha estado considerado como muy de clase baja o como diría mi amiga la divina low class.

En unos instantes el coro de energúmenos en el que me incluyo estaba aplaudiendo sincronizadamente y er Dani se había encaramado en la silla como si de la cabra de un gitano se tratara. Pensé que se daría una buena hostia pero siempre recuperaba el equilibrio en el último instante y conseguía seguir haciendo sus gansadas, sacándose la camisa que llevaba por dentro del pantalón para dejarla suelta y moviendo las manos cual molino de viento. La Gayola gritaba más que ninguno, más alto, más fuerte y más ordinariamente. Entre tanto chillido creo que ella era la que se desgañitaba con un sácatelo tooó pero podría estar equivocado. Er Dani comenzó a quitarse la camisa y sus movimientos se vieron acompañados por silbidos. Justo detrás de nosotros había un cristal enorme que daba a la calle y la gente se comenzó a parar para mirar el espectáculo que sucedía allí dentro. Se terminó de desabotonar la camisa y se la sacó mostrando su pechito de profesor de judo. Le tiró a la Gayola la camisa que la cogió y se la restregó por el pecho, por la entrepierna, por el hocico y por todos lados. Estaba como fuera de sí, sus ojos se habían cerrado hasta dejar unas minúsculas pupilas como ensangrentadas que expresaban lo ávida que estaba de este tipo de eventos. Er Dani ya sin camisa se tocaba los pezones, el pecho y el ombligo para delirio de sus fans que debíamos ser nosotros. La gente en la calle también aplaudía.

Las gafas se las dejó puesta y ahora comenzó con el cinturón. Nos alejamos un poco de él porque si le daba por agitar el cinturón igual nos arreaba un latigazo a alguno y aquel tipo no estaba en sus cabales. Mi amigo Sergio y otro colega aprovechaban la distracción para vaciar la botella de whisky de doce años que había quedado como olvidada en la mesa. Como suponía, cuando terminó de quitarse el cinturón comenzó a hacer molinos con él con tan mala suerte que se arreó un latigazo a sí mismo con la hebilla y del golpe perdió el equilibrio y se cayó al suelo. Fue una hostia de esas que se recuerdan. El aire se llenó con las atronadoras carcajadas nuestras y de los circunstanciales espectadores del evento. Er Dani se levantó gritando no pasa ná, no pasa ná y volvió a subirse a la silla. Tenía un moretón rojo allí donde la hebilla le había golpeado pero si le dolía no lo daba a entender. Sin darnos tiempo a respirar se empezó a desabotonar los vaqueros. La Gayola estaba más alterada que la niña del exorcista. Gritaba y balbuceaba sin pararse a coger aire. Daba más miedo ella que él. Después de acabar con los botones pensé que aquello ya había terminado, que la gracia ya estaba hecha. Me equivoqué. Intentó sacarse los pantalones pero los zapatos eran un obstáculo insalvable. Seguía encaramado en la silla, con el pantalón a la altura de las rodillas y enseñando unos gallumbos de la marca esa que lleva el nombre de un hijoputa que cuando en Europa nos negamos a participar en la guerra de Irak nos insultó a todos y cada uno de nosotros. Me refiero al Jilfinguer ese de los cojones. Obviamente uno no se puede quitar los zapatos cuando está subido en una silla así que se dejó caer para sentarse con tan mala suerte que la silla se fue hacia atrás y se arreó otra hostia. Las risas se redoblaron. ?l se quedó tirado en el suelo aún sentado y comenzó de esa guisa a quitarse los zapatos. La postura era tan ridícula que se le salían los huevos por un lado de los boxers, que esos artilugios no están pensados para ese tipo de posición.

Cuando acabó la tarea se puso en pié y preparó de nuevo su escenario. Se subió de nuevo a la silla y continuó con la tarea que había dejado a medias. Se sacó los pantalones y los agitó cual lazada sobre su cabeza amenazando con lanzarlos. Nosotros le seguíamos el juego gritándole y él gritaba también algo aunque nunca supe muy bien el qué decía. Nuevamente la agraciada fue la Gayola que hundió su nariz a la altura de la bragueta e inspiró profundamente para después lanzar un grito desgarrado de alegría y felicidad mirando hacia el cielo. Ahora sé muy bien lo que significa el adjetivo dantesco. La Gayola trincó la ropa que ya tenía en su poder y la estrechaba contra su pecho. Er Dani mientras tanto gritaba y saludaba a la gente del restaurante y a los que lo miraban desde la calle.

Se dio la vuelta en la silla y se quedó de espaldas a nosotros. Sus amigos debían saber lo que venía a continuación porque comenzaron a silbar la canción que se volvió inmortal en la película nueve semanas y media. ?l agitaba la pelvis con movimientos compulsivos y movía las manos de arriba a abajo como si fuera uno de esos tipos que están en los aeropuertos indicando al piloto donde debe parar el avión. Sin previo aviso agarró el boxer y se lo bajó inclinando su cuerpo al mismo tiempo. Las glorias de la familia salieron despedidas hacia atrás y tuvimos un maravilloso plano de sus huevos. Fue el acabose. Todos gritaban y aullaban mientras er Dani trataba de canalizar toda su energía y no caerse de la silla en la que estaba. La Gayola se lanzó a por los huevos y casi consiguió agarrarlos pero er Dani intuyó que algo malo sucedía a sus espaldas y se enderezó subiéndose los gallumbos. Cuando se giró se encontró con la Gayola frente a él y a falta de algo mejor le arreó un morreo de esos de pesadilla. Aquello terminaba el espectáculo y lo certificamos aplaudiendo a rabiar para que el hombre viera que había merecido la pena.

La gente en la calle se disolvió y tras esta escena estaba claro que en aquel lugar al menos ya no nos quedaba nada por hacer así que pedimos la cuenta y la dividimos entre todos. Tras eso dejamos el restaurante y nos encaminamos a un pub que era propiedad de uno de los de nuestra banda para continuar la fiesta pero esa es otra historia y tendréis que esperar para leerla.

Continúa tu camino, caminante que has llegado hasta aquí y salta al siguiente capítulo llamado 12. Er Dani y más de lo mismo

10. Regalos para er Dani

Han pasado dos meses desde el capítulo anterior, así que ya va siendo hora de continuar con la vida y obra der Dani en el día de su cumpleaños. Si has llegado hasta aquí y nunca has oído hablar der Dani, te preguntarás lo que te has perdido. Para averiguarlo tendrás que realizar un viaje por el tiempo. Comenzarás con 1. Todos queremos ser como er Dani y seguirás en 2. Conozcamos ar Dani. A partir de ese punto descubrirás que no está solo en 3. Lugareños der Dani y 4. Conocidos der Dani. Por si no has tenido bastante también te presentaré a 5. La Carmen, hermana der Dani. No hemos acabado ni mucho menos, la cosa sigue en 6. Er Dani y la metrosexualidad y a partir de aquí dejamos el local en el que estábamos y emigramos en 7. Camino del restaurante con er Dani. Una vez llegamos al restaurante se produce una nueva ronda de presentaciones en 8. La Gayola y los amigos der Dani . Nos habíamos quedado en 9. Las verdades de los amigos der Dani momento en el que la Gayola saca a relucir los trapos sucios de la concurrencia. Y ahora, querido lector, prosigamos.

Er Dani estaba encantado consigo mismo. Se reía a carcajada limpia y disfrutaba como un enano de su cumpleaños. Todos sus amigos estaban allí, la chica que se follaba también presenciaba el evento de cuerpo presente e incluso había un escriba para dejar para la posteridad un recuerdo del evento. Tras la catastrófica cena llegó la entrega de regalos. Nosotros no traíamos ninguno y al final fue una buena idea, aunque eso lo contaré más tarde.

Comenzó abriendo los regalos de la chorba que se pulía, también conocida como la Gayola. Eran dos, que sepamos. El primero venía envuelto en un paquete que denotaba llevar en su interior ropa. Resultó ser una camisa, pero no una camisa cualquiera. Era de una boutique muy pija y por consecuente muy cara. Yo no dije nada pero la camisa era horrible. ?l nos la restregaba por la cara a todos gritando y ahuyando su precio y lo buena y exclusiva que era y como no habían más de cuatro camisas iguales en el universo Universal. Lo peor de intentar diferenciarte tanto es que puedes acabar en el esperpento, convertido en un mono de feria. Er Dani parece querer llegar a esa fase, ser reconocido por las calles como la Lolita Pluma de Málaga, un ser del que los niños se ríen y los adultos se avergüenzan. Con tanto sobeteo supongo que la camisa salió de allí lista para visitar la lavadora por primera vez y si se descuida y la pilla su madre la pondrá en el montón de los trapos para limpiar.

La Gayola recalcaba los comentarios der Dani y nos confirmaba lo cara y chic que era. Creo que llegó a decir el precio pero mi memoria no da para detalles tan específicos y siempre he sido muy malo con los números. El segundo regalo era una caja más pequeña. Todos nos quedamos callados mientras lo abría. Resultaron ser unas gafas de sol, pero no unas gafas cualquiera, como fuimos informados. Er Dani se las puso y el solo se decía guapo y otras lindezas. Sus amigos se quedaron con la boca cerrada. El colega ya se encargaba de gritar cuánto le gustaban y lo buenas que eran. Cuando tuvimos que coger el estuche y las gafas, porque parte del ritual era adorar los regalos cual dioses menores, pudimos ver que dentro estaba el ticket con el precio, según la Gayola para que las descambiara en caso de que no le gustaran. Las gafas habían costado más de doscientos euros. Es el precio del sexo. Er Dani se la folla y ella le corresponde satisfaciendo sus caprichos consumistas. A mí me parecía muy sospechoso el dejar el precio dentro del estuche de las gafas y me imaginé que había sido meticulosamente planeado para impresionar a la concurrencia. Conmigo no lo consiguieron. Cuando el hombre se ponía sus nuevas gafas parecía un chulo-putas de feria. Si además se ponía su nueva camisa, sería un espectáculo digno de verse.

Tras los regalos de la Gayola vino el de sus amigos que imaginaréis no se molestaron en hacer un esfuerzo económico de igual magnitud. Al abrirlo descubrimos una mochila, guapísima según er Dani. Gritaba como un cerdo en el matadero, haciendo oscilar en el aire la mochila con una mano y la camisa con la otra mientras nos miraba tras sus nuevas gafas de sol en un local más oscuro que el coño de una virgen tuerta. En su excitación se lanzó a correr por todo aquello pujando algo que no conseguí entenderle. Se detuvo en un momento dado y alguno de sus colegas le hizo un comentario. ?l se viró dándonos la espalda, de un tirón se bajó los pantalones y los calzoncillos y nos hizo una Luna llena apoteósica. No es que le viéramos las nalgas, que las vimos, es que por ver vimos hasta los huevos. ?l acompañó la acción con gritos adicionales que atrajeron la atención de la gente que quedaba en el restaurante con lo que fueron muchos los ojos testigos de dicha acción. Agitaba las nalgas y por transmisión del movimiento, los huevos, que se bamboleaban frente a nosotros como badajos. Para más inri, por detrás de nosotros había una puerta de cristal enorme y por la calle pasaba gente que se quedó parada mirando como aquel extraño les mostraba las joyas de la familia. Este instante no me quedó claro en absoluto pero imagino que era algún tipo de broma entre amigos. Como todo el mundo lo coreaba se animó aún más y se subió en una silla para que tuviéramos una vista más espesa de sus huevos y culo mientras los seguía agitando. Yo no paraba de reírme y de recibir codazos de mi amigo Sergio. Cada uno de ellos era para recordarme que me había llevado a un evento irrepetible.

Cuando er Dani terminó de hacer gansadas vino el discurso de agradecimiento. Lo comenzó unas veinte veces pero él mismo se distraía y se iba por los cerros de ?beda. Aquello era interminable y consiguió que perdiéramos el interés y nos dedicáramos a beber. Unos cuantos estaban dando buena cuenta de la famosa botella del doce años. Se pedían Colas y las completaban con lingotazos de la botella. Er Dani ni se enteraba, entretenido como estaba en ser la estrella absoluta del show y encantado de haberse conocido a sí mismo.

De lo que pude deducir del discurso señalar que agradeció a todos que hubieran venido y que le hubieran hecho regalos tan magníficos, algo que la Gayola interrumpió para puntualizar que no solo eran magníficos sino que los suyos también eran caros. Terminó el discurso avisando que esa noche iba a ser el acabose y que allí follaba todo er mundo. Esto lo gritaba como si estuviéramos en un concurso televisivo y todos aplaudíamos a rabiar, lo cual lo animaba más. Alguno hacía unos grititos tipo americano que siempre quedan bien y te hacen parecer más tonto y estúpido de lo que en realidad eres. Tras el discurso yo pensé que nos prepararíamos para emigrar hacia el siguiente escenario, un local de copas nocturno pero el destino nos tenía preparados otros planes.

Esta interminable saga continúa en 11. Er Dani y sus bolas

Wadlopen

Sigo tirando de archivo para sobrevivir estos días. Hoy recordamos algo que apareció por primera vez en Agosto del 2002 en mi lista de distribución. Aquel fue un verano legendario, lleno de curiosas actividades al aire libre.

Cuando escuché por primera vez que había algo llamado Wadlopen, que podríamos traducir como vadear supe que teníamos que hacerlo. Es un tipo de actividad al aire libre en la que se camina en marea baja mar adentro. Tuvimos que ir a un sitio llamado Westernieland para hacerlo, bastante al norte del país.

Como sucede con muchas cosas en este país nos tuvimos que apuntar casi cuatro meses antes, eligiendo un sábado aleatoriamente. Es una ruleta rusa porque te puede pillar un día de lluvia y frío o un día genial. Debido al peligro que presenta solo se puede realizar con guías. Un sábado bien de madrugada arrancamos el turco, el indonesio y yo. No se si lo he nombrado en ocasiones anteriores pero de turco tiene poco. Es rubio y con ojos azules. Siempre he sospechado que dice que es turco para ocultar algún terrible crimen que cometió en su país de origen y como los turcos son marrulleros y por dinero te dan cualquier cosa, pues le concedieron un pasaporte de semejante país, que no es algo que uno pueda pasear con orgullo por el mundo.

Tras dos horas en coche llegamos allá arriba y acudimos al punto de encuentro, lugar en el que teníamos que pagar y enterarnos de como iba a ser la movida.

Nosotros creíamos que éramos los únicos chiflados que se meten a conducir un sábado de Julio a las cinco de la mañana así que nos sorprendió encontrarnos con unas cien personas. De hecho, éramos tantos que nos dividieron en dos equipos. Teníamos que conducir hasta la costa, en donde estaba el punto de partida.

Tras darnos unas pocas instrucciones en Holandés comenzamos a andar. La primera parte era fácil. Caminando entre campos de hierba hacia el mar. Nos habían recomendado que lleváramos pantalones cortos y botas de talón alto y una muda extra de ropa para cambiarnos al finalizar, lo cual hicimos.

Pasados unos minutos andando por la hierba llegamos al lodo. Solo se le puede calificar de esta manera. Era una arena tan fina y tan empapada en agua que era como lodo fresco. Al meter el pie se te enterraba en ella. Andar en esas condiciones daba un poco de asco y la gente procuraba no ensuciarse. A los diez minutos descubrimos que eso no era posible. En el siguiente tramo los pies se te enterraban hasta la rodilla en aquella mierda. Algunos se caían y se cubrían de fango, por ejemplo nuestro colega indonesio. El pobre se ve que no estaba capacitado para andar por este tipo de terrenos. Yo no parecía tener mas problemas que el asco a la sustancia pero podía seguir haciendo fotos y riéndome de la gente. Lo mismo el turco, que parecía haber nacido para andar en dichas tierras. La experiencia era sacrificada pero agradable. Caminábamos mar adentro, dejando la costa atrás, rodeados de mejillones y otros bichos que nos miraban pasar con asombro.

Tras un descanso el guía nos dijo que íbamos a pasar una zona muy dura. Comenzamos poco a poco. Íbamos los tres andando y hablando, prestando atención al suelo. Tras un rato nos damos cuenta que el indonesio no está con nosotros. Miramos hacia atrás y lo vemos como a unos 100 metros y con algo en la mano. Según se va acercando descubrimos que se le había roto la bota e iba caminando con una bota y con un calcetín en el otro pie. Traía una cara de amargura tremenda, lo cual alentó aun mas nuestra crueldad característica y nos reímos aún con más ganas de él. Más tarde me enteré que estaba amargado porque ese era el único par de zapatos que tenía junto con unas zapatillas deportivas. Nunca dejaran de sorprenderme estas razas exóticas por lo rastreras y rácanas que son. Un español cualquiera, hasta el más pobre, tiene multitud de zapatos de los cuales usa dos o tres pares y el resto los mantiene en reserva. Cualquier mujer española se mueve por encima de la decena de pares de zapatos. Y estos asiáticos con un par de zapatos sobreviven dos años. Claro, el hombre iba amargado por el estipendio que tenia que realizar por culpa de la caminata.

Solo habían pasado 45 minutos desde que habíamos empezado y se suponía que iba a durar dos horas y media así que le preguntamos si quería volver pero nos dijo que no le importaba seguir (otra muestra clara de su racanería ya que la única razón es que ya no le devolvían el dinero por lo que decidió seguir hasta las puertas del averno si hacía falta). La naturaleza agarrada del asiático lo obligaba a seguír cargando la bota destrozada, manteniendo la esperanza de que se pudiera reparar. El turco y Yo nos partíamos la polla de risa a sus espaldas, a su lado, de frente, en cualquier sitio. El resto de los caminantes, como mayormente eran holandeses y suelen ser muy respetuosos con la gente nos miraban y no decían nada. La gente me veía regodeándome y haciendo fotos con aquel pobre desgraciado y debían pensar que soy un poco cabrón, algo que seguramente es cierto.

Seguimos andando con el amigo cojeando a nuestro lado por unos paisajes muy bellos. La marea al retirarse deja unos inmensos campos de berberechos, almejas y mejillones. Pasada media hora más llegamos a un nuevo punto bastante problemático. De repente veo que la mujer a mi izquierda comienza a tener problemas y a hundirse en el fango. El marido en vez de ayudarla se reía de ella y la pobre seguía hundiéndose en el fango, a punto de llorar. Yo aproveché para hacerle unas cuantas fotos.

En eso que supero la zona difícil cubriéndome únicamente de barro hasta las rodillas y veo que el turco esta enterrado en el barro hasta la cintura. Me río de él desde mi atalaya y él venga a llamarme cabrón e hijoputa. Llega donde estoy sin requerir de mi ayuda y en esto vemos que el indonesio se nos esta hundiendo, llegándole el barro casi hasta el hombro, la mano que sostiene la bota fuera del agua tratando de salvarla a cualquier precio y con una cara de penita que no puede con ella, mirando para nosotros pero sin decir nada y cada vez mas cubierto de mierda. Nos miraba con unos ojillos como los Gremlins buenos, acristalados y a punto de romper en lágrimas. En ese momento tuve que tomar una de las decisiones mas duras de mi vida y espero que Dios lo recuerde cuando lo encuentre a las puertas del cielo. Tuve que decidir si tomar una foto del pollaboba aquel hundiéndose o ayudarlo a salir del barro. Por una vez esa pequeña mancha de bondad que hay en mi corazón se impuso y decidí renunciar a la foto y ayudar al capullo. Le eché una mano y logré sacarlo de aquella mierda aunque lo obligué a tirar la bota rota en el fango, en donde desapareció engullida por la sustancia. Me queda la satisfacción de haber ayudado a un amigo y de tener unas cuantas fotos con la bota en la mano y de la pobre mujer que se vio en problemas.

Tras semejante evento el indonesio no volvió a levantar la cabeza. Estaba claro que era uno de los peores días de su vida y uno de los mejores para nosotros, que disfrutamos enormemente con la desgracia ajena. Continuamos la caminata y tras dos horas y media paramos a descansar a dos kilómetros de la costa, en un lugar que parecía una playa sólo que mar adentro. Algunos aprovecharon para bañarse y relajarse al sol. En eso el guía pasa por nuestra zona y se para a hablar con nosotros. Viene un holandés y le pregunta que cuanto falta para acabar. El guía responde que como el día estaba bueno y a la gente parecía que le gustaba caminar había decidido prolongar la caminata y no creía que volviéramos antes de cuatro horas. El indonesio poco menos que se nos echó a llorar al pensar que tendría que seguir renqueando por hora y media más. Al holandés le entró un berrinche porque había quedado con su mujer en el punto de llegada y ahora ella tendría que esperarlo allí todo este tiempo. El guía le respondió más o menos que se la sudaba.

Comenzamos esta etapa de vuelta con el indonesio desmoralizado y yo y el turco más felices que el Pupas. Pasamos cerca de un barco de la policía que nos vigilaba. El barco estaba atracado a más de dos kilómetros de la orilla. Supongo que lo hacen por si sucede algo. En esta segunda parte tuvimos que cruzar unos vados en los que el agua nos llegaba hasta los hombros. Fue mi bautismo en el mar del Norte. Te metías en el agua a vadear y veías como el agua iba subiendo peligrosamente de nivel. Primero hasta los tobillos y poco a poco alcanzaba los huevos, luego cuando ya habías renunciado a salvar la camisa y mantenerla seca te concentrabas en que la cámara no se mojara. Algunas de las mujeres gritaban como bellacas porque hay que reconocer que el agua estaba fresquilla. Salías de cada vado con los huevos del tamaño de M&Ms y temblando como un pajarito.

El trayecto de vuelta transcurrió entre vados y en el tramo final de nuevo en el lodazal donde el indonesio rompió el zapato. Cuando llegamos a tierra firme descubrimos que los abrevaderos de ovejas que había en aquel sitio eran los lugares de aseo prometidos por la organización. Así que espantamos a las putas ovejas y nos pusimos a limpiarnos como podíamos oliendo la agradable fragancia de la mierda de dichos bichos. El indonesio entre lágrimas tiró la otra bota a la basura. El turco, que no se había traído una muda extra de zapatos limpios, andaba amargado porque tendría que conducir descalzo todo el camino de vuelta así que le presté mis zapatos deportivos para que condujera y yo volví descalzo. Nos metimos en el coche apestando a barro (que tiene un olor similar al de las cloacas) y a mierda de oveja y comenzamos el retorno a casa. En el camino, como dábamos asco, nos daba un poco de cosa entrar en algún restaurante a comer y terminamos en un MacAuto, lo cual nos permitió comer en el coche.

El indonesio decidió no volver a realizar ese tipo de actividades y en la actualidad se ha vuelto a comprar otros zapatos en una tienda de ofertas de baja calidad.

E.T.

Recuperamos nuevamente un clásico. Esta historia sucedió a finales de Abril del 2002, unos días antes de marchar a España de vacaciones.

Todo pasó en Utrecht, una de las mejores ciudades de los Países Bajos.

Me encuentro en Utrecht con el colega holandés para una sesión de cena y cervezas. La cena se prolongo durante dos horas, fundamentalmente por la incompetencia de los camareros, aunque esto en holanda es el pan nuestro de cada día. En este país muchos de los que trabajan en el sector servicio hacen cursos para ignorar a los clientes. En dos horas solo pudimos tomarnos dos cervezas cada uno porque como habían aprendido en los cursos ignoraban nuestras llamadas. Aparte, cuando trajeron la comida nos enteramos que no iba acompañada de papas fritas, aunque en el menú así lo indicaba, sino de arroz. Como solicitar las papas fritas en ese momento era encomendarnos al demonio y recibirlas para los postres nos sacrificamos y comimos sin papas.

Tras la cena y pagar en el local sin dejar propina por si os queda alguna duda, nos fuimos al centro. La novia de mi amigo holandés tenia que levantarse temprano y se retiró pronto.

Nosotros a lo nuestro. Nos fuimos a uno de los baretos del centro y comenzamos a llenar el gaznate. Cerveza de trigo tras cerveza de trigo (o cerveza blanca), fundamentalmente Wieckse Witte. En ello estuvimos hasta la una y media, hora en que cerraron el pub en el que estábamos y tuvimos que trasladar el campamento a uno cercano que no me gusta mucho porque los baños están en el sótano y las expediciones para mear implican un alto riesgo para los participantes y el riesgo aumenta con el consumo de cerveza. Encima los meódromos están altísimos. Llego apurado, pero es que alguno que yo conozco y que lee estas historias ahí no mea seguro, porque no llega al meódromo.

Continuamos bebiendo en éste hasta las dos de la mañana más o menos. Cerca de la una, ante la inminencia de la partida del último tren a Hilversum nos enfrentamos a una de esas encrucijadas que marcan nuestras vidas. Seguir bebiendo o coger el tren. Como casualmente me había equipado con unos calzoncillos y calcetines limpios en los bolsillos de mi chaqueta de invierno, la decisión fue sencilla: a beber se ha dicho y a dormir en Utrecht.

Continuamos con el ritual hasta pasadas las dos y media. A esa hora calculo que llevábamos encima alrededor de doce cervezas, no los botellines sino vasos que deben tener una capacidad de entorno a 350 cc.

Para que veáis que hay mucho más que tomarse una caña os culturizare un poco. La cerveza blanca no se hace con Malta sino con trigo. Para servirla existe todo un ritual. Se debe mojar el vaso primero, servirla con el vaso inclinado dejando que la cerveza caiga por una de las paredes del vaso pero evitando que haga espuma y cuando queda poca cantidad en la botella se agita para formar espuma y se añade al vaso. Debe haber unos dos centímetros de espuma en la cerveza. Esta cerveza se acompaña de una rodaja de limón y de un utensilio llamado stamperje que se utiliza para aplastar el limón dentro de la cerveza y que el zumo se mezcle con la misma.

Ahora que he acallado las voces de los incultos que creen que esto del alcoholismo es algo sencillo, continuamos.

Tras llenar nuestros estómagos de esa sustancia deliciosa y visitar los baños frecuentemente para evacuar el excedente de líquido en nuestros cuerpos afrontamos el siguiente problema. Solo teníamos una bicicleta para ir a la casa y tiene rota la parte trasera, en donde podría haberme sentado yo. Mira que llevo meses sugiriendo la compra de una nueva bicicleta robada en Utrecht, algo muy sencillo porque siempre hay proveedores en las calles vendiendo nuevas bicicletas robadas por precios bastante asequibles (entre 5 y 10 euros). Pero no, por escrúpulos, el colega no quiere comprarse una nueva y no quiere que yo la compre. Así que estamos allí mirando la bici y yo planteo que lo mejor es que yo vaya en taxi y nos vemos en la puerta de la casa. Total, son menos de diez minutos en bici y tres o cuatro minutos en taxi. El se niega y dice que por que no voy sentado en el volante. Yo miro la bici y dijo que ni de coña, pero el venga a insistir, que sí, que es seguro, que lo hacíamos siempre en la universidad, que es muy chachi y total, con el cerebro perturbado por el alcohol, consiento.

Entonces pasamos a la fase de diseño de la operación. La bicicleta que teníamos es del tipo Oma Fiets, bicicleta de la abuela en Holanda. Son altas, muy altas, a contra pedal, es decir, sin frenos en el volante y muy sencillas y robustas. El hecho de que sean altas hace que la operación de encaramamiento al volante sea muy delicada. Me subo y acabo cual pajarraco colgado del volante con las manos por la espalda agarrándome al susodicho y los pies apoyados en el eje del volante. Aquellos que hayan visto la película Birdy con Matthew Modine se pueden hacer una idea.

En fin, que comenzamos a andar. Yo agarrado allá arriba y el colega pedaleando. Como todo mi peso estaba en el volante la operación se hacia un poco complicada. Además, hasta que adapté mi equilibrio (bastante mermado por el alcohol) a la situación dimos unos bandazos terribles que yo acompañaba de desgarradores alaridos viendo mi caída al suelo tan próxima. Tras un minuto o dos así logramos estabilizarnos y como que le cogí gusto a la cosa.

La noche, aunque fresca era bonita. Sin nubes, el cielo totalmente estrellado y despejado, con luna llena y nosotros moviéndonos por una calle con casas de dos pisos de altura.

De repente recordé que este año es el veinte aniversario del estreno de la película E.T. y la escena vino a mi memoria. E.T. en la bicicleta con la luna al fondo y el chico pedaleando. Este recuerdo despertó al niño que hay en mi y que casi nunca se duerme y me vi como protagonista de la segunda parte, en la bicicleta escapando de los malvados. Confiado por mi nuevo equilibrio saqué mi cámara del bolsillo de la chaqueta, operación que requirió el soltar una mano del volante la encendí, lo que requirió las dos manos, la ajusté, la apunté hacia nosotros e hice tres fotos que modestamente, son las mejores que he hecho nunca si tenemos en cuenta la dificultad de la tarea. Encaramado al volante de una bici, borracho y aún lúcido para tomar fotos. Las fotos son antológicas. Cada vez que me veo, me veo como el nuevo y mejorado E.T.

Por supuesto cada foto disparaba el flash que deslumbraba a mi piloto, el cual trataba de ver el camino que debíamos seguir. Ya con el enrale en el cuerpo y una vez guardada la cámara, me vi totalmente inmerso en mi papel de alienígena y señalando a la luna gritaba en perfecto español: «Vuela, Elliot, vuela» (nota para incultos: Elliot era el niño de la película, papel que en mi imaginación asigne a mi amigo Holandés). Yo seguía apuntando a la luna y gritando, con la bicicleta terriblemente desequilibrada y mi amigo con un arranque de pánico en sus ojos al ver que yo me había desquiciado por completo.

Supongo que esa noche hubo llamadas a la policía por ruidos porque yo seguía en mis trece de levantar la bicicleta del suelo, aunque esta parecía mas empeñada en trazar eses en el camino y Elliot no cejaba de repetirme que me estuviera quieto. Aunque Elliot hablaba en ingles, yo gritaba en Español.

Tras unos cientos de metros así sucedió lo inevitable. Se rompió el sueño y salí despedido del volante de la bicicleta dando con mis huesos en el suelo, con tan mala suerte que caí de frente. En el golpe perdí el conocimiento durante unos segundos pero gracias al alcohol que llevaba en la sangre mi cerebro no asimilo el hostion que me metí.

Elliot, o mi amigo, saltó de la bicicleta a ayudarme, aun sin creerse lo que había sucedido. Me levante y comprobamos que milagrosamente a la cámara no le había pasado nada pero yo tenia un rasguño en la cara, de estos de malos tratos para salir en el programa gente de TVE, diciendo que mi esposa ME PEGAAAA. Continuamos el camino andando dado que la casa ya estaba muy próxima y porque el colega ya no se fiaba de mi y se negaba a subirse al volante y que yo lo llevara como sugerí. Cuando llegamos a la casa comprobé que bajo el intacto vaquero, debido a la fricción de mi piel con el mismo, ésta había desaparecido de la rodilla y tenia un pedazo de herida en la misma que me tomo mas de una semana curar.

Fue el día que por unos minutos traté de alcanzar las estrellas al igual que E.T. y acabé estrellado.