El gran circo de Asia: Ovations!

Recuperamos otra de esas historias legendarias que fueron publicadas a través de la lista de correo. Hoy nos remontamos hasta Octubre del 2002 y narramos el día que fuimos al circo.

Parece que hay cierto consenso en que soy verdulero y vulgar. Por eso, algunos de mis colegas se empeñan infructuosamente en elevar mi nivel cultural. En esta ocasión, que sucedió un día antes de marcharme a España de vacaciones de verano mi amigo el turco decidió que yo necesitaba ir al circo, pero no a un circo cualquiera, sino al THE GREAT CIRCUS OF ASIA: OVATIONS! formado por dos compañías: Nugzarov, the sensational horse theatre y the National Circus of Pyongyang, North Korea. Ambas compañías han recibido un montón de premios por su espectáculo y en esta visita a Holanda, en lugar de la clásica carpa a la que la palabra circo nos tiene acostumbrado, actuaban en un teatro al que le habían quitado el patio de butacas para poder situar la pista del circo.

En fin, que un sábado a medio día nos vamos pa?l circo con entradas para los mejores asientos posibles, porque eso sí, a mí se me puede intentar culturizar pero con estilo y no en gallinero que en esas cosas soy muy sensible.

Yo andaba un poco mosca con el hecho de que no hubiera payasos ni animales (salvo los caballos). Al menos cuando llegamos el teatro tenía muy buena pinta: situado en Ámsterdam, el Koninklijk Theater Carré tiene a sus espaldas más de 100 años (fue inaugurado en 1887). Casualmente esa fue la calle en la que posteriormente se compró el turco su casa.

El espectáculo constaba de dos partes. Primero los rusos con su show de caballos y después los norcoreanos.

El show de los rusos fue increíble. Se subían a los caballos en movimiento, se bajaban, saltaban de uno a otro, se movían como pulgas alrededor de los caballos. En fin, algo de otra galaxia. Los rusos eran extremadamente ágiles y la ve
rdad que su espectáculo merece la pena.

Cuando acabaron y tras una pausa para preparar el teatro comenzaron los norcoreanos su espectáculo de trapecistas. La gran decepción fue que usaban red, con la ilusión que yo traía de que alguno se estampara contra el suelo, motivo por el cual traje la cámara para hincharme a hacer fotos si pasaba. Pero bueno nunca llueve a gusto de todos.

Al salir los coreanos todos mis sensores y alarmas se dispararon. Había algo raro allí algo que no cuadraba y no me refiero a los doscientos policías políticos para que no se escapen. Me refiero a su anatomía.

Todos sabemos que hay distintos colores y formas en este mundo. Los norcoreanos sobresalían por esos tremendos CABEZONES cuadrados. Cristo bendito. Si parecían pelotas de Bádminton gigantes. Es que no me extraña que sean tan buenos trapecistas. A ver quien puede competir con esa gente cuando están volando por el aire. Con ese cabezón el centro del equilibrio está claro donde se encuentra.

La otra cosa en que pensaba es en esas pobres mujeres que paren sin cesárea esos trullos. Tiene que doler largar por el coño semejantes cabezudos.

Bueno, el cabezón mayor era el encargado del cuádruple salto mortal. Un compañero lo impulsaba, lo lanzaba por el aire desde un pequeño trapecio, daba cuatro vueltas y lo agarraba otro. Se sube el supercabezudo al trapecio, comienza a coger fuerza y zás, sale disparado por el aire. Da 1, 2, 3 y 4 vueltas pero el que lo tiene que recibir no lo puede agarrar (lo crean o no se le escapó la cabeza) y cae a la red. .. ?? ?? que decepción. YO me daba de hostias pensando lo bien que habrían quedado mis fotos si no hubiera habido red. Se levanta de la red un poco desmoralizado se dirige de nuevo al trapecio y a comenzar de nuevo.

Tras coger carrerilla sale disparado de nuevo y tras las cuatro vueltas de rigor, que con semejante mollera levantaba una ventolera de cojones, el receptor lo agarra pero se le resbala y cae.

Abajo los de seguridad política se ponen nerviosos y el chiquillo como que los mira con carita de pena. El que tenía que recogerlo en el aire le dice algo en coreano y el chaval casi se echa a llorar. El que lo recogía tenía el barrigón coreano más grande que he visto en mi vida. El hijoputa seguro que se comía la comida de los que fallaban y le debía estar diciendo a este pobre que ya esa noche no cenaba.

Se sube el pobrecillo de nuevo al trampolín arrastrando esa testa y tras coger carrerilla, salta y esta vez es que ni se tocaron. Se queda un rato tirado en la red, yo creo que llorando y el barriguitas gritándole que se volvía loco todo fuera de sí.

El joven no se rendía y vuelve a subirse. Mi amigo el turco, muy agudo me dice que ahora lo consigue y ya verás como la gente aplaude como loca. Dicho y hecho. Salta, lo logra, lo agarra el tripas, y aquello fue el acabose. Las holandesas poco menos que se arrancaban pelos del coño para tirárselos. Acaba la exhibición aérea, bajan al suelo, se ponen un gorro típico coreano con una cinta de varios metros justo en el centro de la testa y se ponen todos en formación de ataque.

Al grito del cabecilla comienzan a mover las cabezas en plan niña del exorcista y las cintas comienzan a girar alrededor de aquellos helipuertos. De la ventolera tan grande me tuve que agarrar a la butaca porque pensé que nos echábamos a volar. Aquellos continuaban dale que te pego con las cabezas, acelerando y acelerando y aquellas cintas dando vueltas como locas y las madres agarrando a los hijos y agarrándose ellas mismas a donde podían para evitar salir despedidas. No os lo creeréis pero yo calculo que se renovó todo el aire del teatro en menos de 15 segundos.

Cuando acabaron aplaudimos como descosidos porque eso sí que fue impresionante. Nunca pensé que los músculos del cuello pudieran aguantar tanta tensión. Por descontado agarré un resfriado, algo lógico con esos airotes.

En fin, que salimos de allí aún con los ojos irritados de esa corriente tan fuerte y volvimos a casa más contentos que el carajo.

Mi vida con un indonesio

La historia de hoy apareció en la lista de distribución de Distorsiones allá por Septiembre del 2002. Es uno de esos cuentos añejos que me gusta volver a leer de vez en cuando.

He tenido un par de semanas de vértigo. Por circunstancias operativas tuve que asilar durante dos semanas a un indonesio en mi casa durante la semana. Esto me ha permitido extender mi universo racista hasta límites francamente insospechados. Cuanta más gente de países exóticos conozco, más tengo claro que como los europeos nada de nada y como los españoles, absolutamente nada superior.

Afronté la llegada del indonesio con resignación. Previamente el mamón, al que no había visto gastarse un duro en mucho tiempo y al que recordaréis por el despliegue de zapatos que posee y que perdió en su totalidad cuando practicamos el Wadlopen nos invitó un día a cenar en Eindhoven, algo que contaré en otra historia. Con ese bagaje, habiéndose gastado algo de dinero en mí, no tenía más remedio que permitirle quedarse en mi casa. Así que el lunes cuando salimos del trabajo, nos venimos a mi apartamento y comenzamos nuestra convivencia.

Lo primero que me extrañó fue lo pequeña que era su mochila si supuestamente se iba a quedar una semana. Yo para cuatro noches necesito:

  • Cuatro calzoncillos
  • Cuatro pares de calcetines
  • Cuatro camisetas más una camisa o cuatro polos de Springfield
  • Un pantalón
  • Un pulóver
  • Un abrigo
  • Un chubasquero
  • Pijama
  • Pasta de dientes, cepillo, férula dental, medicinas para la alergia y el asma (por si acaso), desodorante, crema hidratante, champú, acondicionador
  • Reproductor de MP3, móvil, cargador de móvil, cámara de fotos, libros

… y posiblemente olvido unas cuantas cosas imprescindibles.

En fin, que yo salgo cargado como una mula y este llega a mi casa con una mochila semivacía y tamaño mini. La abre y me da un pasmo de muerte. Sólo traía champú, pasta y cepillo de diente, pijama y una toalla de bidé para secarse en la ducha. La toalla le dije que se la metiera por donde quisiera y que usara una de las que hay en mi casa, que para eso mi madre me ha obligado a tener 6 juegos de toallas todas de tamaño gigante.

Se me puso un mal cuerpo de morirse sólo de pensar que me iba a pedir ropa prestada, que una cosa es la amistad y otra bien distinta es el intercambio de prendas de vestir. Qué equivocado estaba. Cada día cuando llegaba se sacaba los calcetines y los ponía en la escalera extendidos para que se orearan. Al tercer día, el gato de la vecina (los franceses que habían antes de la china) ya no subía a mi casa del tufo que había en la escalera. La camiseta tanto de lo mismo. Se iba al baño, le hacía un CHÁS CHÁS con un poco de agua en los sobacos y la tendía hasta la mañana siguiente. Sobre los calzoncillos no tuve valor para tratar de averiguar que hizo con ellos, pero a mí me picaba todo el cuerpo y no hacía más que pensar en ladillas como gorriones atacándome.

Yo para contrarrestar los olores me dedicaba a cocinar con muchas especias, para matar el tufillo a queso que provocaban los calcetines. Claro, a base de macerarse los dedos con esos calcetines hiperusados, tenía unas uñas como pezuñas de caballo. Es que según salía de mi casa el viernes, todo a la lavadora.

Encima en mi casa es que se oye todo porque las paredes son de madera. Si es que cuando mis vecinos follan yo hago de jurado de Eurovisión y otorgo puntuaciones. Pues este, se metía por la mañana en el baño, encendía el extractor y ni con esas. Joder con las tripas que tiene el hijoputa, si parecía que cada mañana teníamos en mi casa el parto de la burra. De hecho, después de tres días tuvimos que empezar a usar el desatascador porque las cañerías ya no daban para más y la segunda semana tuve que comprar un producto desatascador porque la mierda trancaba todo y mi desatascador ya no movía nada en las cañerías.

A pesar de estos pequeños inconvenientes, he sobrevivido a las dos semanas y ahora aprecio aún más mi origen europeo. Esto me lleva a disertar un poco por el desprecio entre razas. Para el indonesio los chinos son inferiores, los ve como de segunda división. Yo a él lo veo también inferior, así que el chino, si aplicamos la lógica, como que es un bicho ínfimo. Por estas tierras se considera que lo peor del mundo musulmán son los marroquíes y después vienen los turcos. Es decir, que más vale turco que marroquí, pero ambos por debajo de los asiáticos, así que los tendríamos que colocar tras los chinos. Yo, como nunca he terminado de captar el concepto de racismo, pese a que la gente se empeña en ponerme ese adjetivo, tengo amigos turcos, chinos, suecos, indonesios, holandeses, alemanes, españoles, americanos, peruanos, argentinos, belgas, ingleses y posiblemente me deje a alguien atrás. Jamás he tenido problemas con ninguno de ellos.

Uno se termina acostumbrando a todo este baile de costumbres aunque os rogaría que aquellos que vengan a verme, traigan la ropa suficiente, que soy muy aprensivo.

Moby Dick III

Esta es la tercera y última parte de lo que sucedió el día que fuimos a un parque de atracciones acuático. La cosa comenzó con Moby Dick en donde nos montamos en una montaña rusa y casi no lo contamos y continuó en Moby Dick II, historia en la que fuimos testigos de otro suceso extraordinario. El departamento de Grandes Historias de esta bitácora tiene el placer de ofreceros un sucedido que apareció por primera vez un cinco de noviembre del 2002.

Dejamos la historia anterior tras arrasar con la atracción del Bobsleigh e íbamos a comer. Elegimos un restaurante de Shoarma. Siempre hemos tenido nuestras dudas sobre si el turco es realmente turco o no, porque eso de que sea rubio y turco no encaja. Los empleados del bar, eran turcos auténticos, así que jaleé al turco para que hablara con ellos en su lengua materna y nos demostrara que realmente es de ese país. Y bueno, flipé en tres dimensiones porque el cabrón habla turco.

Tras acabar la comida, nos fuimos a los toboganes acuáticos. Anunciados por el parque como los más grandes de Europa con más de un kilómetro de toboganes, fue una tremenda decepción. No son los más grandes, al menos si incluimos a España como parte de Europa, pero bueno, estaban bien. Algo que llamaba la atención es que están totalmente cerrados lo que les permite abrir todo el año. Por desgracia para nosotros y dado que ese fue uno de los días más calurosos del año, aquello era una sauna. Entramos y lo primero es que nos obligan a descalzarnos y cambiarnos en unos probadores en los que el suelo daba asco y una surinamesa pasaba cada rato una fregona hedionda moviendo aquella agua repugnante de lado a lado en la sala y lavándote los pies con la misma, porque la muy cerda no se preocupaba de la gente.

Tras este acto bautismal entramos en la sala principal de los toboganes y tras refrescar el cuerpo en el agua clorada subimos al primer tobogán. La británica recelaba a esas alturas bastante de nosotros y especialmente de mis ideas. Así y todo, la convencí para que se lanzara por uno de los toboganes. Yo me tiré por el paralelo, no sólo por mi seguridad, sino para llegar abajo antes y reírme con la bajada de la colega. Así que me tiro y mientras estamos esperando abajo se oye un zumbido saliendo del tubo del tobogán, un ruido que iba en aumento como si el aire fuera súbitamente expulsado del tubo, un ruido similar al de una olla cuando el pitorro comienza a girar. Yo y el turco nos pusimos a un lado protegidos por un panel. Había gente aún en la piscina cuando aquello cayó sobre ellos. Fue un golpe sordo, seco, que desplazó casi toda el agua de la piscina fuera, bañando a la gente que allí esperaba. Ella puso su cara más inocente, a lo Steve Urkell y dijo: ¿He sido Yo? Nosotros nos partíamos la polla de risa, sobre todo ahora que estaba con el bañador puesto. Era una versión folclórica de un misil balístico intercontinental con tropecientas mil cabezas nucleares.

Voy a hacer un inciso aquí para describirla cruel y brevemente. Aquellos que sean sensibles, se pueden saltar este párrafo. Vista de arriba abajo no es muy alta, aunque se encuentra enormemente agrandada hacia los lados, con unas nalgas que son la envidia de jamones Navidul y unas prominencias pectorales que hace que parezcan trillizas o la mismísima santísima trinidad al completo. Cada teta tiene vida propia, su propio cerebro y carácter. Uno se puede tomar un par de cervezas y verla y pensar que son un grupo de tías hablando entre ellas. Recuerdo que la primera vez que la vio el turco, al que yo ya había preparado previamente para suavizar el shock, comenzó a balbucear como cuando era un bebé y a babear moviendo los labios con ese movimiento reflejo de los chiquillos cuando buscan el pecho de su madre. Si hay algo por lo que no se tienen que preocupar sus hijos, cuando los haya es por la leche. Hay para todos.

Ahora que todos tenemos la imagen fresca, podemos continuar. Uno de los toboganes era de esos en los que te tiras con un flotador. Había flotadores individuales y para dos. El turco, que a veces compite en maldad conmigo la comenzó a animar para que nos tiráramos todos juntos. Su argumento era que como ella no quería hacerlo sola sería más divertido si nos lanzábamos juntos. Había un cartel que prohibía el uso de los flotadores para más de dos personas pero como dijo el hombre, esa regla era sólo para holandeses y nosotros éramos todos pobres ignorantes extranjeros que no entienden el holandés y si no haber puesto el mensaje en inglés.

Subimos y pusimos el flotador en el tobogán. Elegimos uno que se llamaba ?noche?? porque supusimos que sería bastante oscuro y le daría más emoción a la cosa. El que se encontraba a su lado se llamaba ?día?? y efectivamente parecía tener más luz.

Nuestro primer problema fue logístico. ¿Como subirnos todos en esa cosa?, porque no es que seamos pequeños infantes sino que somos entidades completamente desarrolladas (bueno, quizás mi cerebro aún no lo esté ;-)) y allí no cabíamos. El turco, que es más listo que el hambre, se aplicó la parte delantera. Decir que el flotador tiene forma de ocho, ?8?? con sus dos agujeritos y todo. Mi amigo se montó en el agujero pequeño y lo pusimos por delante, la inglesa se apropió del trasero (otro trasero más que añadir al suyo propio) y para mí no quedaba más que el medio, la unión de ambos círculos. Ese flotador era digno de verse. Parecía a punto de reventar aunque no por mi culpa, que yo estaba en el entorno de los 69 ese día y en ese entorno sigo, para que conste por escrito.

Me encajo como puedo entre el chichi, las trillizas británicas y la espalda turca, sin espacio casi para respirar. Cuando ya estamos colocados descubrimos que aquello no avanza. Estamos totalmente anclados al tobogán por el peso así que nos tenemos que levantar y acercarlo al borde del tobogán y proceder a colocarnos de nuevo. Tras ello y ejerciendo una enorme presión sobre los laterales del tobogán conseguimos arrancar y empezar a movernos. Tras avanzar unos metros aquello se dispara y de repente, quedamos totalmente a oscuras moviéndonos a una velocidad de vértigo y por el contrapeso que llevábamos atrás se nos levanta el flotador y comienza a hacer el caballito. Yo me notaba en el aire, cuasi estampado contra la parte superior del tobogán y veía que el musulmán trataba desesperadamente de bajar el flotador. Girábamos continuamente a oscuras, aumentando y aumentando nuestra velocidad, arrastrando todo el aire a nuestro paso. Me agarré al turco como pude porque a estas alturas aquello era como un toro loco girando arriba y abajo y escuchando las risas de la británica por detrás de nosotros y sus ¡oh dear!

Saltaban chispas entre el flotador y las paredes del tobogán debido a la fricción producida por nuestra velocidad. Seguíamos en caída libre sin posibilidad alguna de controlar aquel artilugio. Tras lo que me parecieron años se comenzó a vislumbrar algo de luz al final del túnel. Alcanzamos la luz en un pis-pas y salimos despedidos a la piscina, la cruzamos completamente y nos estampamos contra la pared del fondo de la misma arrastrando a una niña que allí se encontraba. Nosotros caímos al agua y comenzamos a reírnos compulsivamente sin poder parar, mientras el encargado de ese tobogán nos echaba un rollo en holandés, posiblemente sobre el número de personas autorizadas a subirse por flotador, pero lo ignoramos olímpicamente y continuamos con nuestro cachondeo.

Tras esta caída, la inglesa juró y perjuró que no se subía más con nosotros a nada y se marchó a una piscina ubicada en el exterior a relajarse mientras nosotros continuamos disfrutando de las atracciones el resto de la tarde.

Cuando nos cansamos, terminamos con ella en la piscina exterior, al solito, tumbados en el césped y criticando a todo el mundo.

Y aquí concluye la trilogía de Moby Dick.

Moby Dick II

Esto de escribir por capítulos lo llevo haciendo toda mi vida. El otro día pudisteis leer Moby Dick. Hoy continuamos con el relato de lo que sucedió en ese lugar. El departamento de Grandes Historias de esta bitácora tiene el placer de ofreceros un sucedido que apareció por primera vez un cuatro de noviembre del 2002.

Tras la extraordinaria experiencia en la montaña rusa / Tobogán y con medio parque inundado, continuamos nuestra gira por las atracciones del recinto. Tras deambular un rato, nos embarcamos en otra experiencia terrorífica .

Una atracción basada en el deporte del Bobsleigh. Para aquellos que no estén familiarizados con el término, es ese deporte que se practica en invierno y en el que unos desgraciados se tiran por unos toboganes con unos minúsculos vehículos y gana el que hace el recorrido en el menor tiempo. En este parque, en lugar de los de nieve se hacía con unos vehículos similares pero con ruedas. Para instalar el circuito aprovecharon que dentro del recinto se encuentra el PUNTO NATURAL MÁS ALTO DE HOLANDA DEL NORTE que tiene unos «20» metros de altura (y por Jesús bendito, no bromeo es así de increíble). Así que de lo que se trata es de un gran tobogán en el que te tiras con un minúsculo vehículo. Para alcanzar la cima los pequeños trineos son arrastrados por un sistema durante unos 200 metros, más o menos.

Según llegamos allí, la británica dijo que NO, que nones. Yo y el turco animándola: «venga tía», que esto es seguro, que es divertido, que no pasa na’ de na’ y demás. Finalmente tras mucho insistir accedió a lanzarse, pero puso como condición que antes tenía que enviar un SMS a su novio, supongo que con la última voluntad. No voy a hablar del novio de esa porque hoy tenemos cerrada la sección de cotilleo rosa, pero os aseguro que el hombre debe tener el esqueleto más poderoso de este lado del hemisferio y el día que se casen, yo quiero verlo levantarla en brazos y meterla en la casa.

Ya más tranquilos y súper contentos nos ponemos en la cola. El turco primero, yo segundo y el cachalote tercero. Nos llega el turno y el rubio de mierda que controlaba a la gente lanza al turco, que sale disparado hacia el sistema de arrastre a la cima. Me subo Yo y me lanza a mí y miro hacia atrás y aquel culo enorme sobresalía por todos lados en el vehículo. Es que el trineíllo parecía una braguita minúscula tratando de cubrir semejante trasero. Ni que decir que las ruedecillas se enterraron en el plástico del tobogán dos centímetros. El colega empieza a empujar pero como que no se mueve. Dos compañeros más vienen a ayudar y entre todos la logran desplazar los 15 metros que la separaban de las poleas de arrastre.

En eso que nosotros ya íbamos hacia arriba.

De repente se oye un rumor sordo que va creciendo, un lamento terrible. El ruido venía de arriba, de las máquinas. Como me imaginé lo que sucedía, miré hacia atrás y veo aquella pobre, quieta abajo, con el cable tenso tenso tratando de arrastrarla hacia arriba. Nuestro ascenso se vio bruscamente detenido, cuando el sistema, sometido a una presión monstruosa, trataba de arrastrar aquel peso muerto. Las cadenas continuaban tensándose y arriba podíamos oír como las poleas luchaban y luchaban por sobreponerse a la sobrecarga.

Comenzamos de nuevo a movernos, lentamente, lentamente, a un tercio de la velocidad normal. Ahí, en ese momento, fue cuando tuve la terrorífica visión de lo que se nos avecinaba. Miro para el turco, cuyos ojos sólo reflejaban el cachondeo de la situación y le digo: pase lo que pase, tú no frenes y tira pa’bajo, joputa.

El turco, con su mente analítica propia de alguien que no ha estudiado letras, analiza los datos fríamente y descubre el punto en el que la ecuación se torcía en nuestra contra. Se agarra al vagón y comienza a rezar como un poseso al Mahoma ese de los cojones. Sí señores, sí, cuando aquella empiece a bajar, nos arrastrará por delante, porque si el sistema casi no puede con ella para subirla, la bajada va a ser de infarto.

Veo como el turco llega arriba, donde el tufillo a quemado de las máquinas era evidente y se lanza en caída libre. Diez segundos más tarde llego Yo y sin pensármelo me lanzo también en caída libre. Teníamos un poco de tiempo antes de que se nos viniera aquello encima.

Cuando estamos en mitad de la bajada, que no era lineal, sino haciendo eses, oímos un ruido terrible procedente de la parte superior. Por una parte, la liberación del motor lanzó disparados hacia arriba a todos los que venían tras ella, con gente cayéndose de sus vehículos, gritando y tratando de volver a colocarse en los mismos. Por otro lado, el ruido contenía los armónicos que producía el tobogán cuando aquella cosa comenzaba a bajar, arrasándolo todo a su paso.

Yo, sensible y culto como soy, comencé a gritar desesperado, tratando de adoptar una posición más aerodinámica que me salvara el pellejo. De esta guisa, alcancé al turco de mierda, con el que colisioné por detrás. El me miraba y Yo con lágrimas en los ojos le gritaba: corre hijoputa, corre que viene a por nosotros.

Aquello continuaba aproximándose y a nosotros nos quedaba por lo menos un tercio del recorrido. Seguíamos bajando con los dos trineos pegados gritando ambos y los ojos fuera de las órbitas. Alcanzamos a otro vehículo, al que embestimos por detrás y continuamos nuestra frenética bajada haciendo un trenecillo. Al que golpeamos le molestó algo, pero al mirar hacia atrás y ver como vibraba la estructura y escuchar ese ruido esperpéntico que nos estaba alcanzando se unió a nuestros alaridos y decidió que era mejor no discutir.

La cosa iba a estar apretada. Por milésimas podríamos salvar el pellejo. Le di las últimas instrucciones al musulmán: salta desde que esto empiece a detenerse. Entre tanto árbol y matojo no podíamos ver el final, pero si mirábamos hacia atrás, veíamos como la montaña se deshacía tras nosotros. Me dejé las uñas agarrándome al trineo.

El ruido ya estaba encima de nosotros y ya podíamos oír los gritos de la amiga cuando vimos la salida. Mierda, justo antes había algo que iba a frenar los vehículos. El primero de los trineos llegó a ese sitio y comenzó el frenado. El desgraciado que iba dentro, que aún estaba un pelín mosqueado con nosotros por haberlo embestido se queda sentado en el mismo. Yo y el turco no nos lo pensamos. Saltamos al lateral y rodamos para alejarnos lo más posible.

En eso la vimos venir. De la velocidad tan grande que llevaba las cejas se le habían revirado y los párpados estaban del revés. El pobre que se mosqueó con nosotros pudo darse cuenta un instante antes de que le embistiera de la razón de nuestra cobarde huída. Con el choque salió despedido varios metros. Todos los vehículos se salieron del tobogán y volaban por doquier. La gente en la cola se dispersó entre gritos. Nuestra amiga, tras el impacto, quedó en el suelo ajena al estropicio y nos vio a su lado mirando asombrados lo que pasaba frente a nosotros.

Se levanta, se sacude el polvillo que la cubría, pone la mejor de sus sonrisas y nos dice: ¿vamos a comer algo? Asentimos y salimos de tapadillo de allí.

Estoy convencido que esa atracción debe seguir cerrada porque lo que le hicimos no tiene nombre.

Cuando esta mujer dice comer yo miro pa’ ese cuerpo y pienso que vamos de matanza porque alimentar todo eso requiere mucha comida. Así que nos lanzamos hacia el restaurante (eufemismo para llamar a los antros de hamburguesas que pueblan estos parques) que estaba más cercano.