Tiempo de venganza

Esta historia comenzó en El rincón del parque

Se enjugó las lágrimas y se quedó un rato pensativa. La ira se extendía por todo su cuerpo sin que pudiera controlarla. Temblaba un poco pero nadie parecía darse cuenta. Esto lo pagaría. Planear una venganza requiere tiempo y eso es algo que le sobraba. Cómo pudo hacerle eso a ella, traicionarla de esa forma. No sabía ni cuando, ni como, pero sí que pagaría de alguna forma y cuando hubiera terminado, sabía que él no podría olvidar jamás el significado de la palabra fidelidad. Esta batalla la había ganado esa zorra del parque pero lo que cuenta es el resultado final de la guerra y la victoria sería suya.

Quedarse allí era muy peligroso porque alguien que la reconociera podía avisarle así que se marchó y buscó una cafetería en la que comenzar a rumiar su venganza.Cuando ya estaba en un lugar seguro, se pidió un café y trató de aclararse las ideas. La taza humeaba frente a ella extendiendo un delicioso aroma que la cautivaba lentamente y de alguna forma la relajaba. Sus dedos acariciaban la taza aunque ella no se daba cuenta. Por su cabeza seguían pasando las imágenes del parque, su hombre con otra, con aquella sucia jovencita con la que ya no podía competir. Estaba claro que ella había dejado atrás la juventud y su cutis no era el mismo. No es tarea sencilla el aparentar ser una jovencita toda la vida, no es fácil y tampoco es algo que ella quería hacer. Estaba muy satisfecha de su aspecto, de su esplendorosa madurez. Todo el mundo lo comentaba cuando la veía. Estaba perfecta, impecable para su edad. Además arrastraba un montón de años de experiencia. No se consideraba una mojigata y sabía como satisfacer a un hombre o al menos eso creía hasta que descubrió una mancha de carmín en la camisa de Pedro. Aquel día también lloró incapaz de asimilar la verdad y aterrorizada por su descubrimiento. Trató de buscar mil y una excusas que lo declararan inocente pero todas sus teorías eran desmontadas por aquella simple evidencia. No podía concebir que aquel hombre al que había dado todo lo mejor de sí la estuviera engañando. Se pasó el resto del día rastreando toda su ropa y sus cosas tratando de encontrar algo más. Después de una eternidad infructuosa lo guardó todo, preparó la cena y esperó que volviera con la mejor de sus sonrisas, achacando a la alergia la irritación en los ojos. ?l nunca sospechó nada. Aquel día se tomó un calmante para dormir y se fue a la cama sin decirle nada. Para cuando él se agostó ella estaba profundamente dormida.

Durante unos días comprobó su ropa cuidadosamente y cansada de esperar decidió seguirlo y ver lo que hacía. ?l ya le había dicho en una ocasión que salía a caminar a la hora de comer y supuso que podía ser uno de los momentos más idóneos para encontrarse con alguien ya que no es del tipo de hombres que llega tarde a casa. Aquel había sido el primer día que fue a seguir los pasos de su marido durante la comida y ya tenía la respuesta que buscaba. Pensó que estaba preparada pero nadie lo está para este tipo de cosas. Cuando los vio abrazarse y besarse con ansia y rabia como si el mundo se fuera a acabar en cualquier instante pensó que se moriría allí mismo. El sujetaba a aquella tipa y la apretaba fuertemente contra sí, al igual que hacía con ella. Dentro de ella algo se estaba rompiendo en pedazos, todo su amor se evaporaba por momentos y se esfumaba igual que el humo que salía de la taza de café. Sólo quedaba la ira y las ganas de venganza. Son sentimientos muy fuertes y que arrastran a uno sin que pueda hacer nada por evitarlo.

Se tomó el café y salió de aquel bar. Ya estaba más tranquila. Ahora que tenía la certeza podía comenzar a planear la venganza. Esto no iba a quedar así. Averiguaría quien era la mujer aquella y ya se le ocurriría algo. Tendría que suponer muchas cosas y no podría confiar en nadie. Se fue de compras para relajarse y comenzar a maquinarlo todo. Estas cosas son muy pasionales y si quería triunfar tendría que pensar fríamente, adelantarse al enemigo y buscar todos sus puntos débiles.

Caminando por la ciudad se cruzó con parejas que paseaban cogidos de la mano y sintió envidia y odio aunque después de sopesarlo un rato decidió que quizás muchas de esas parejas en realidad ya no existían pero uno de ellos no lo sabía, porque ella había ido de esa guisa no mucho tiempo atrás, feliz en su ignorancia y ahora estaba convencida que todo aquello había sido un engaño.

Mientras, en la oficina, Ana paseaba su felicidad por todos lados. Las cosas estaban saliendo rodadas. Estaba enamorada y aunque aún no podía gritarlo a los cuatro vientos, se le tenía que notar en la cara. Estaba tan feliz …

Continuará

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El rincón del parque

Quien le iba a decir unas horas antes que el día iba a terminar de esa forma. Estaba sentada frente a la tele, desnuda, abrazando sus pies para darse algo de calor. Sus labios vibraban ligeramente como consecuencia del frío. Se movían al ritmo que imprimían sus dientes, que claqueaban suavemente. En la tele no daban nada interesante, solo esos programas de tele tienda en los que se venden objetos inútiles y absurdamente maravillosos. El tipo que aparecía ahora en pantalla había cocinado en los últimos quince minutos más cosas que ella en los últimos dos años. De sus manos salía una comida tras otra, casi sin esfuerzo y todas luciendo fantásticas. Por supuesto es todo falso pero aún así te dan ganas de llamar al número de teléfono que aparece en la parte inferior y encargar uno de esos cacharros.

Estaba a oscuras, solamente iluminada por los reflejos de la tele. Ver tanta comida le había abierto el apetito pero no le apetecía andar hasta la cocina descalza y ni siquiera sabía si allí podría encontrar algo de comer. Apretó aún más fuerte sus piernas tratando de arrebujarse. A pesar del frío se sentía muy bien consigo misma.

… unas horas antes …

Habían quedado en el parque junto al colegio pasado el mediodía. Siempre se veían en aquel lugar y rápidamente se perdían en el vacío del recinto, a esas horas únicamente visitado por jubilados y madres con niños pequeños. Allí se sentían a salvo de miradas indiscretas. ?l se estaba retrasando pero por supuesto no lo podía llamar. La discreción de sus encuentros lo impedía. Algún día se terminaría sabiendo y ella prefería que ese momento no llegara nunca o al menos que no sucediera antes de acabar la relación. Todas las cosas tienen un principio y un final y es bueno saberlo de antemano. El disgusto no te lo puede quitar nadie pero al menos estás más preparado para continuar hacia delante, seguir tu camino. En la puerta del colegio algunas madres hacían guardia, sin saberse muy bien por qué. Su instinto las ataba al lugar en el que aprendían sus vástagos y las obligaba a permanecer alerta hasta que salían. Eran siempre las mismas y se pasaban las horas hablando entre ellas, sin otra cosa que hacer. A su manera le daban pena ya que los chiquillos seguirían creciendo y tarde o temprano se desharían de sus madres. El tiempo no perdona a nadie. Seguía sin llegar. Ya no podrían estar juntos más de un cuarto de hora. Comenzó a ponerse nerviosa. No era la primera vez que sucedía pero le molestaba porque alteraba su cuidada planificación. Unos pájaros se cortejaban en un árbol cerca de la entrada del parque y por unos instantes los estuvo mirando. Saltaban de rama en rama de una manera que solo se puede definir como indiferente. No prestaban atención a la magia del vuelo, esa capacidad que a nosotros nos está vedada. Volvió a mirar la hora, la enésima vez desde que estaba allí esperando y cuando alzó la vista lo vio venir.

Como siempre que se encontraban, un impulso eléctrico recorrió su cuerpo, algo mágico que la llenaba de energía y le quitaba todo el cansancio de encima. Puso la más radiante de sus sonrisas y esperó a que la alcanzara. Sin decir palabra entraron en el parque y solo cuando se convencieron que nadie los podía ver desde la calle se abrazaron y se desató la pasión. ?l le besaba el cuello y la agarraba por el trasero aplastándola contra su cuerpo. Se dejaba hacer y le susurraba boberías al oído. Eran más o menos de la misma altura y eso lo hacía más fácil. No le gustaban los hombres más altos porque se sentía mal teniendo que mirarlos desde abajo. Era una tontería pero de alguna forma sentía que cuando eran de la misma altura la relación era más igualada. Se metieron en un rincón que habían frecuentado muchas veces y aprovecharon los pocos minutos que tenían juntos toqueteándose y jugando como dos jóvenes enamorados. En algún momento pasó un grupo de ancianos y escucharon los comentarios que hicieron, producto de la envidia por no poder ser ellos los que estaban allí.

Cuando uno se lo está pasando bien el tiempo vuela y así sucedió ese día. Tenían que volver y ambos lo sabían. Se separaron a regañadientes y salieron del parque después de comprobar que no se notaba nada. Aunque iban a la misma oficina cada uno echó por un camino distinto. Seguramente se volverían a encontrar en la puerta del edificio y entablarían una conversación casual, solos o en compañía de otros. Ella escogió el camino más largo. Le gustaba porque pasaba por una calle llena de casas antiguas de grandes porches llenos de flores y adorables señoras que se sentaban en ellos a hacer punto, leer o escuchar la radio. Esperaba llegar algún día a ser como ellas y disfrutar de esos pequeños placeres sin tener ninguna otra preocupación. No había ido mal del todo pero comenzaba asentirse insatisfecha. Estas pequeñas ráfagas de pasión en el parque ya no la colmaban, quería algo más, un lugar donde encontrarse, un poco más de tiempo, cierta tranquilidad y comenzó a maquinar la forma de conseguirlo porque sabía que si tenía que esperar a que él tomara la iniciativa esta nunca llegaría. Algunos hombres casados parecen ser incapaces de tomar una decisión y se dejan llevar sin oponer resistencia.

Como esperaba se encontraron en la puerta del trabajo y entraron juntos, hablando animadamente sobre asuntos de la oficina. nadie sospechaba nada, nadie podría imaginar que entre ellos había algo, o eso esperaban, pero en un rincón de la recepción, una mujer los escrutaba con ojos casi cerrados por la rabia y con una lágrima deslizándose por su cara.

Se perdieron en el ascensor y cuando la puerta se hubo cerrado y volvían al despacho, la mujer se puso en movimiento y salió de la oficina con paso cansino, llorando calladamente detrás de sus gafas de sol.

Esta historia continúa en tiempo de venganza

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