Amanecer en el monte Bromo y un viaje con tropezones a Bali

El relato comenzó en Desde Utrecht a Kuala Lumpur pasando por Abu Dhabi

Nos habíamos quedado que estaba en la montaña, con un polizón gabacho en mi habitación y levantándome a las 3:15am, para que después me vengan algunos y me digan que a ellos lo que les gusta es levantarse tarde cuando están de vacaciones. Si eso es lo que te gusta, olvídate de ciertos viajes. A las 3:30am estábamos todos afuera. No hacía demasiado frío para mi gusto, unos diez grados y con el polar que me llevé de Holanda tenía para protegerme holgadamente. Por tercera vez, salía con mi trípode, además de la bolsa de la cámara y en el pequeño compartimento que tengo para poner cosillas, llevaba dos panecillos con crema de chocolate para comérmelos en el mirador. La primera parte del viaje fue media hora en un jeep. Yo iba en uno con dos de los belgas, una pareja holandesa y una chama de nacionalidad indefinida. El jeep no es precisamente muy cómodo por carreteras en mal estado y cuando llegamos al punto en el que nos dejaban, lo agradecimos. El lugar estaba petadísimo de gente. Íbamos el mirador de Pananjakan. Los últimos quince minutos subes andando. Se me olvidó coger la linterna pero no me hizo falta ya que había tanta gente que se veía bien. Por el camino, aborígenes con una especie de cutre-caballos te ofrecían un viaje por unos quince dólares y algunos optaban por esto. La cuesta era muy empinada. También por el camino había todo tipo de vendedores y predominaban los que ofrecían guantas, gorros, bufandas y prendas de abrigo que en realidad no hacían falta. Al llegar al mirador, el lugar estaba llenísimo y todo el mundo hablaba y gritaba. No molaba mucho y opté por trepar por la montaña hasta un punto solitario que encontré. Monté el trípode, puse la cámara, me comí mi desayuno y a los pocos minutos comenzó a amanecer y me puse a hacer fotos sin parar, cambiando entre los objetivos de gran angular (11-16 mm) y el de 24-70 mm. Casi siempre usé exposiciones larguísimas, de hasta treinta segundos al comienzo. A lo lejos se podía ver una nube de humo saliendo del Monte Semero, espectacular. El monte Bromo solo tiene 2329 metros de altura y no es el más grande de ese lugar pero al estar activo y poder subir hasta el borde de su cono, es el más famoso. Este lugar es una de las atracciones más visitadas del Este de Java y se podía ver allí mismo. Hice algunos vídeos durante el amanecer que ya sabéis donde están. Al parecer el nombre de Bromo le viene de una derivación de la pronunciación local de Brahma, el dios hindú. El monte Bromo está en una explanada llamada el mar de arena (Segara Wedi).

Estuve haciendo fotos y viendo el amanecer hasta las seis de la mañana. En algún momento de esa noche, un pollaboba subió más alto en la montaña y se puso a hacer un canto musulmán pero se terminó cansando porque nadie le rió la gracia y la gente seguía las conversaciones y sus movidas. Supongo que eso le dio una cura de humildad porque no volvió a darnos la tabarra con sus mierdosas creencias religiosas. Al ir amaneciendo, la gente que estaba abajo nos veía a los pocos que subimos y comenzaron a trepar y la zona se fue llenando. Por suerte yo tenía mi sitio en primera fila con mi trípode y los que me miraban con envidia se tuvieron que joder. Merece la pena decir que cuando llegué estaba obscuro y se podía ver la Vía Láctea en toda su gloria. También vi un par de satélites orbitando el planeta, o naves extraterrestres apatrullando la Tierra. Usé la app SkySafari para identificar las diferentes estrellas. Es increíble lo que puede hacer uno hoy en día con su dispositivo mágico y maravilloso de la manzana mordida. Al parecer ya han portado la aplicación a la plataforma de los pobres y los guanabí con teléfonos como zapatófonos de la marca de los cabezudos coreanos de mierda.

A las seis bajé de regreso al Jeep y tuvimos que esperar un rato a los belgas, que no parecen dominar el concepto del tiempo. Mientras bajábamos, los de los caballos ofrecían sus servicios y se habían multiplicado por cinco los vendedores, aunque ahora mayormente ofrecían camisetas. Bajamos en jeep hasta el mar de arena (o más bien de cenizas volcánicas). El conductor intentó dejarnos tirados porque según él no podían entrar los jeeps debido a la visita del presidente, pero le señalamos la purriada de jeeps que estaban allí y le dijimos que sabíamos que no cerrarían la zona hasta las nueve de la mañana, así que mejor se dejaba de polladas y hacía su trabajo. Desde el aparcamiento del jeep hasta el volcán hay que caminar unos veinte minutos. Parece fácil pero es cansado, por la altura y por la rampa muy acusada. Algunos motoristas vendían viajes en sus motos y por supuestos los de los caballos estaban también allí. Yo subí con los holandeses. El tramo final de la subida es por una escalera que parece asequible pero que te deja más de una vez sin resuello por la altura. Al llegar arriba puedes mirar el cráter del volcán, ver el humo que produce el azufre que hay en el cráter y ver las vistas desde ese sitio. Es increíble. Este volcán entra en erupción de cuando en cuando y la zona la cierran en ocasiones por culpa de eso. Al parecer al Bromo le caigo bien y ese día estaba de buenas. Teníamos alrededor de una hora, incluyendo la subida y el regreso al jeep. Los belgas volvieron a llegar tarde. Desde allí nos llevaron de vuelta al hotel para desayunar y recoger el equipaje. El desayuno fue espectacular, con dos rodajas de pan de molde untadas por una capa de mermelada de menos de una centésima de milímetro de grosor, tres micro plátanos y un café. En nuestro hotel se hospedaba parte de la prensa que iba a capturar para la posteridad la visita del presidente y algunos hablaron con nosotros.

Pasadas las nueve de la mañana nos vinieron a buscar para bajar. La bajada fue a trompicones. Cada cien metros había entre uno y tres policías, la carretera llena de banderas y de chusma y gentuza local. Cuando subía algún vehículo relacionado con la visita, paraban el tráfico de bajada para darles prioridad, así que cada poco nos teníamos que detener uno o dos minutos. De cuando en cuando pasábamos junto a colegios que tenían a todos los niños con el uniforme de gala y en la calle con banderas y los chiquillos se desgañitaban gritando y saludándonos, sobre todo porque alguno se había enterado que el Elegido, el autor de la Mejor bitácora sin premios en castellano estaba allí el mismo día que el presidente de Indonesia. Cerca de la oficina de la compañía nos pararon y un poli nos dijo que el presidente llegaba en cosa de uno o dos minutos. Hice un vídeo pero estaba mal colocado y solo se ven los coches pero ahí quedó retratado para la posteridad ese momento. Lo mejor fue como treinta segundos después de que pasó, todo el mundo siguió con lo suyo como si no hubiera sucedido nada.

En la agencia procedieron a la ceremonia del ordenamiento. Según nuestro destino, nos ponían en unos u otros vehículos. A los holandeses les tocó conmigo en un mini-bus viejísimo. Eran las 11:30 am y el conductor decidió meterse no por la calle principal sino por un callejón en el que había mercado. El tío debía ser subnormal porque tardamos veinte minutos en recorrer doscientos metros. Después paró por problemas en la oficina que resultaron ser que no le habían cobrado a alguien. Mientras esperábamos decidimos bajarnos porque el aire acondicionado era inexistente y los pasajeros de la parte posterior descubrieron que su puerta no se abría (la furgoneta tenía tres puertas por el lado izquierdo). Drama total, movidas entre los conductores, golpes a la puerta, un destornillador y finalmente arreglaron el problema.

Eran pasadas las doce cuando por fin nos pusimos en ruta. El aire acondicionado seguía sin funcionar y optamos por abrir las ventanas. A las dos paramos para almorzar, en una parada que nos pareció estúpida y superflua pero que seguro que se debía a que allí les dan comisión. Almorcé con los holandeses. Con una puerta jodida, sin aire acondicionado y avanzando hacia nuestro destino, se le soltó el protector contra el viento de una de las puertas delanteras. Se supone que a las cinco teníamos que tomar el ferry hacia Bali en Ketapang pero con tanta parada y contratiempo lo perdimos ya que llegamos a las cinco y diez. Si los dos pollabobas que conducían los mini-buses no hubieran perdido tanto tiempo, no habría habido problema. En Ketapang la puerta trasera se volvió a romper y la gente tuvo que salir como pudo. Después de varias llamadas y discusiones nos dijeron que vendría otro autobús a recogernos y teníamos que esperar veinticinco minutos. Los conductores se fueron mientras nosotros les deseábamos TODO LO PEOR, SIEMPRE y le pedíamos a cualquier Dios que estuviera ese día de guardia que demostrara su poder haciendo que un camión los arrolle y dejándolos como sellos pegados en el asfalto. La guagua apareció a las seis, metimos nuestras mochilas y milagro de los milagros, era enorme y con un aire acondicionado delicioso. Tardamos una hora en entrar al barco por la cola de coches, treinta minutos en cruzar y súmale una hora de cambio de zona horaria. Total, que seguían pasando las horas. Después atascos y más atascos en Bali. Se supone que nos llevaban a Denpasar, no el aeropuerto sino la ciudad que le da nombre y que es la capital de la isla de Bali. Lo que no sabíamos es que hace cosa de un mes han abierto una nueva estación de autobuses y nos dejaron exactamente a la medianoche en el medio de la nada. Los holandeses cogieron un taxi para irse a su hotel y quedábamos siete que necesitábamos hotel y transporte. Eran cuatro chicas holandesas, una rusa, una británica y el Elegido. Los taxistas y otros tíos con coches pretendían hacer su agosto y nos pedían una burrada. Nosotros nos mantuvimos como un grupo unido y la inglesa demostró tener una leche cortadísima que le provocaba una mala hostia del copón y al final ella logró que uno nos llevara hasta la zona de hoteles baratos de Denpasar. Los cuatro primeros que miraron estaban llenos y la inglesa le dijo al tío que llamara a uno llamado Nakula Familiar Inn que recomendaba la guía Lonely Planet y en ese tenían cuatro habitaciones. Llegamos, entramos y el señor de la recepción se portó como un campeón. Nos dio las llaves de las habitaciones a cada uno, una botella de agua y nos dijo que pasáramos de apuntar nombres y demás para no perder tiempo ya que era casi la una. Así fue como acabó la excursión al monte Bromo, un lugar precioso e increíble pero que para llegar y para salir de allí es una pesadilla, sobre todo por las mierdas de compañías que organizan los viajes.

El relato continúa en Desde Denpasar a Ubud

Camino del monte Bromo

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Una de las razones que me hicieron dar el salto a la isla de Java era el poder visitar el Volcán Bromo, el cual forma parte del Bromo Tengger Semeru National Park. No es la montaña más alta de ese parque, pero es la más conocida y además es un volcán en activo, con lo que igual hasta te gozas una erupción del copón y tienes que salir de allí por patas. Todos los hoteles de Yogyakarta venden paquetes turísticos similares, hospedándote en los mismos hoteles y básicamente haciendo lo mismo. Hay muy pocas opciones. Puedes subir hasta los hoteles, dormir allí y a las tres y media de la mañana caminar hasta el volcán Bromo y ver el amanecer allí o salir a la misma hora, que te lleven en jeep hasta Pananjakan, ver el amanecer desde allí, con los volcanes enfrente de ti y después bajar en jeep hasta el volcán, subir a verlo y regresar al hotel. Hay una variante a estos dos que añade un tercer día par air a ver el crater del volcán Ijen y consideré esta opción porque la Chinita me lo había recomendado aunque a última hora decidí no hacerlo ya que tres días en hoteles cutres y pasando sesiones eternas en autobuses me parecía demasiado.

Salíamos de Yogyakarta a las siete y media de la mañana y por eso me levanté a las seis, me duché, afeité y vestí y me desayuné. La noche anterior había comprado agua y algunas chucherías para comer ya que la Chinita me había avisado para que no pase hambre. Como mayormente tengo mi mochila sin deshacer, empaqueto y desempaqueto en cuestión de minutos. Pagué en el Delta Homestay y llegó el mini-bus que se convertiría en mi hogar durante ese día. Solo había una pareja en el interior así que elegí el asiento junto al conductor con el que al menos disfrutaría de la conducción temeraria y podría ver la muerte llegar de frente. Además de la pareja, que resultaron ser una rumana y un eslovaco (o algo parecido) se subieron cinco belgas, de los cuales uno de ellos repitió al menos cincuenta veces durante las siguientes veinticuatro horas a cualquiera que se molestara en hablarle que venía de un pequeño país que está situado entre Holanda, Francia y Alemania, como si la gente (todos occidentales) fuera mongólica y no supiera donde está Bélgica. Las cinco primeras veces te hace gracia pero después deseas meterle la cabeza en un cubo con ácido y asegurarte que no sobreviva. Salimos de la ciudad y gracias a mi Citymaps2Go sabía en todo momento en donde estaba. Al parecer han hecho versión para los pobres con el Androitotorota, los teléfonos esos que son como enciclopedias de grandes y que no te puedes echar en el bolsillo, aunque aún no he visto a ningún pobre usándolo con lo que igual es de pago.

Desde los primeros diez minutos se veía que nuestro conductor era un suicida. Adelantaba en espacios imposibles, pitaba continuamente, hacía un uso intensivo de las luces de emergencia y se salía o sacaba a otros vehículos de la carretera con regularidad. Además llamaba continuamente por teléfono móvil y hablaba mientras íbamos adelantando por el carril contrario con motos viniéndonos de frente y que se tenían que quitar como mejor podían porque para él no eran más que mosquitos muy crecidos. Después de cuatro horas en las que apagó y encendió el aire acondicionado unas cien veces y aún así no consiguió que enfriara el vehículo, los franceses se le amotinaron y le pidieron que detuviera el coche por la gloria de Mambrú, antes, durante y después de irse a la guerra, que dolor, que dolor que pena. El conductor accedió y les dijo que en dos minutos paraba pero su reloj biológico no es igual al nuestro y fueron veinte y paró porque habíamos llegado al restaurante en el que íbamos a almorzar. Todo el tiempo que íbamos conduciendo adelantábamos o éramos adelantados por otro mini-bus, muy chulo y de color negro. Ellos llegaron también allí y resultó que ambos eran de la misma compañía y que íbamos al mismo destino. Nosotros los mirábamos a ellos con envidia porque seguro que el aire acondicionado de su vehículo funcionaba. Pasé de experimentos y opté por almorzar Saté Ayam con arroz blanco, el cual podéis ver en esa bitácora fotográfica de comida que tengo desde hace bastante tiempo. El baño era patético, con todas las cisternas rotas y un cubo de agua con un cazo al lado para echar agüita cuando acababas la expulsión de residuos. Me senté a almorzar con los belgas y más o menos me enteré que aquello era un contubernio familiar, con una chama ya mayor y su nuevo novio tras enterrar al marido, un sobrino de ella con novia y otro sobrino obeso que al parecer era el que se encargaba del dinero. Entre ellos hablaban en francés y todos viven en Bruselas y también hablan flamenco, o el holandés ese con acento tan raro que se da en la zona.

En la segunda tanda de conducción, de unas tres horas, tuvimos al menos tres momentos en los que vimos la luz al final del túnel. Uno de ellos está capturado en vídeo en mi llutuve. En el peor de ellos, el camión que nos venía de frente nos sacó de la carretera y dejó al conductor temblando como un pajarito helado. Hasta él pensó que no escapábamos. Nosotros nos limitábamos a gritar como americanos en montaña rusa. En un momento determinado vemos unas luces azules y resulta que es un convoy de alguien importante, con unos cinco coches policiales por delante y que por supuesto circulan directamente por el carril contrario obligando a todo el mundo a quitarse. Íbamos en hora y tan contentos y ya faltaba poco para llegar a Probolinggo cuando de repente nos tropezamos con un atasco brutal. Nuestro conductor no se amilanó y se saltó algo más de dos kilómetros de caravana yendo en dirección contraria, con dos cojones como balones de fútbol. Cuando entramos en la ciudad, las policía nos paró y no hubo manera de que nos dejaran tomar por la carretera que lleva al monte Bromo. Aparcamos en un callejón y al momento estábamos rodeados de chiquillos que nos miraban como a extraterrestres. Alguien nos explicó que el acceso al Parque Nacional estaba cortado porque subía el presidente, otro nos dijo que el presidente ya estaba arriba, otro que iría al día siguiente y nadie sabía a ciencia cierta cuando restablecerían el tráfico. Después de una hora quitaron el bloqueo y cambiamos de vehículo para subir.

Los franceses y un servidor nos quedábamos en el hotel Sion y flipamos en colores, en blanco y negro y hasta en 3D con el sitio. Un antro que te pone los pelos de punta. Además, según el folleto cada habitación tiene baño privado y ducha con agua caliente para compartir. La realidad es que había un baño cada cuatro habitaciones, sin cisterna, con un balde y un cazo y un hedor que mataba presto súbito si te encierras allí a jiñar. Como no habíamos cenado fui a la recepción/restaurante y me encontré con los franceses. Como ellos eran cinco, les dieron dos habitaciones y en una de ellas pusieron un colchón en el suelo para el gordo. En la mía tenía dos camas, así que invité al gordo a que se quedara allí y evitara dormir en el suelo, algo que me agradeció. Estábamos comiendo cuando aparecieron la gente del otro mini-bus y a dos holandeses los pusieron en nuestra zona de habitaciones con baño compartido. Como nos teníamos que levantar a las 03:15am para salir a las 03:30, nos fuimos a dormir temprano.

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