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New York 2008 Viajes

Naciones Unidas y una vuelta alrededor de Manhattan con saludo a la Gran Dama

Si quieres leer el relato de este viaje a Nueva York desde el comienzo tendrá que viajar hacia atrás en el tiempo y comenzar por Saltando un océano en seis horas y media.

El único día que había previsto mal tiempo procuré hacer algo que no nos forzara a estar en la calle. En The Weather Channel repetían cada cuatro minutos que iba a llover un montón en la zona y desde la undécima planta del hotel veía que todo el mundo caminaba con paraguas aunque no llovía. Como estábamos cerca de las Naciones Unidas, nos acercamos paseando por la Tercera Avenida para matar allí la mañana. En el camino vi una joyería en la que vendían relojes Tissot y como quería comprarme uno, entré a preguntar el precio. No tenían el que me gusta a mí y quedaron en pasarme la información en un par de horas. La dueña de la joyería y su empleado eran judíos, de esos como los que se ven en las películas, con sus ricitos y todo. Al llegar a Naciones Unidas pasamos el control fronterizo o de seguridad porque al entrar abandonas los Estados Unidos y estás en territorio internacional. La ubicación del complejo de edificios es fantástica, junto al agua y en medio de Manhattan. Teníamos que esperar un rato hasta que comenzara el tour en español y dedicamos ese tiempo a curiosear por la tienda y tomarnos un café. La gira te lleva por las diferentes salas de dicha organización, lugares que hemos visto miles de veces en las discusiones internacionales y en donde Nicole Kidman bordó su papel. Para mí era la segunda vez que visitaba el lugar y noté que el guía que nos tocó omitía un montón de información que había recibido en mi visita anterior así que me dediqué a completar dichas lagunas e ilustrar a mis padres en el asunto. Por culpa de la lluvia no habían izado las banderas en el exterior así que tendré que volver y espero que en mi tercera visita haya más suerte. Al andar por este edificio te das cuenta de lo necesitados que están de dinero. Las instalaciones están avejentadas, los sistemas de traducción son de la época en la que España ganaba en Eurovisión y la impresiónque te deja es de algo de abandono.

Al acabar la visita el mal tiempo parecía haber desaparecido misteriosamente y un espléndido sol brillaba en el cielo azul intenso. Pasamos de nuevo por la joyería en donde me dijeron el precio del reloj y me pidieron que los llamara más tarde para decirme cuando lo podían tener y nos fuimos a almorzar al sótano de la Grand Central Station, sitio en el que tienes una miriada de diferentes lugares para comprar la comida que te gusta. Por la tarde, mientras mis padres se echaban la siesta yo tomé el metro hasta Fulton Street y paseé hasta South Street Seaport, al final de la Fulton Street, el lugar en donde durante más de ciento ochenta años estuvo el principal mercado de pescado de la ciudad. Ahora la zona es muy turística, con bares, restaurantes, un pequeño centro comercial a la vera del Manhattan Bridge, unas vistas alucinantes y entre los museos del lugar, la exhibición de Bodies (cuerpos), que era mi destino. Siempre he sentido una gran fascinación por ver esos cuerpos preservados de alguna manera y mostrando todos los secretos de nuestra máquina. Salí maravillado después de ver tendones, músculos, órganos, huesos, venas, arterias, tumores y demás. Una auténtica pasada si tienes el estómago suficiente y no te sientes incómodo por estar rodeado de decenas de cuerpos muertos y medio desollados.

Volví a nuestro apartahotel y llamé a la joyería. El precio del reloj había cambiado y además tenía que pagarles el transporte desde el distribuidor hasta su local. Mandé al puto ladrón a la mierda y no lo llamé judío porque lo es en realidad y no lo estaría insultando. Salimos de nuevo a la calle y tomamos el autobús M42 para cruzar la isla de Manhattan hasta el otro lado por la calle 42, algo que sin tráfico posiblemente se puede hacer en un par de minutos pero que nos tomó casi una hora. Íbamos al Muelle 83 (Pier 83) para hacernos el crucero de dos horas nocturno (2 hours Harbor Lights Cruise). En el barco había más españoles que americanos. Saliendo desde la calle 42 daríamos toda la vuelta a Manhattan en dirección sur y subiríamos hasta las Naciones Unidas para dar la vuelta y regresar. El guía nos iba explicando los edificios y algo de la historia de esta ciudad que creció de sur a norte y en donde hay tantos lugares que nos suenan. Pasamos cerca del Madison Square Garden, el muelle en el que debía atracar el Titanic y todos alucinaron con el enorme hueco que ha quedado después que un atajo de hijosdeputa terroristas musulmanes de mierda destruyeran el World Trade Center. El silencio cuando miramos esa cicatriz que tratan de arreglar solo se ve interrumpido por el ruido de las cámaras. Al pasar al otro lado de Manhattan vimos desde el agua South Street Seaport, pasamos por debajo del majestuoso Brooklyn Bridge, puente que celebró tres días antes su cumpleaños número ciento veinticinco. A su lado la Watchtower de los testigos de Jehová, esa chusma que no se cansa de tocar a nuestras puertas para tocarnos las pelotas. El siguiente puente, el de Manhattan siempre tiene algún metro cruzándolo y ese lado de la ciudad, visto desde el agua, está lleno de parques y edificios de apartamentos. Después de un rato llegamos a la altura de las Naciones Unidas y pudimos disfrutar con los edificios desde el agua. Al girar el barco la temperatura descendió como diez grados y casi todo el mundo salió a escape para el interior, incluyendo a mis padres. En la ruta de vuelta comenzaba a oscurecer y la ciudad se llenaba de luz, cambiaba su aspecto y cobraba aún más vida. Los puentes se tornaban mágicos y tras pasarlos enfilamos hacia la Isla de la LIbertad en donde pudimos saludar a la Primera Dama, esa preciosidad que da la bienvenida a aquellos que llegan por barco. Siempre siento escalofríos cuando la veo.

Pasé un frío de morirse pero me mantuve en cubierta y me harté a hacer fotos. Al llegar, salimos acompañados de un montón de españoles y volvimos a tomar el autobús M42, aunque en esta ocasión nos bajamos en Times Square para ver el Centro del Universo de noche, con todas esas pantallas encendidas, ese derroche de luz y la animación del lugar. No he visto ningún otro rincón de una ciudad con tal capacidad para sorprenderte y asombrarte. Estábamos cansados así que optamos por comprarnos unas porciones de pizza que eran como pizzas medianas completas en Europa y ahí lo dejamos por el día.

El relato continúa en La Estatua de la Libertad, Ellis Island y Lower Manhattan

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Más compras y escalando a la cima de la ciudad de noche y de día

El relato de las aventuras de este viaje a Nueva York comenzó en Saltando un océano en seis horas y media.

El lunes era el Memorial Day en los Estados Unidos, día de fiesta nacional en el que se honra y recuerda a los caídos en todas las guerras en las que han participado los americanos. Quizás por eso Nueva York estaba tan abarrotada de gente. Ese día aún estábamos con la familia durante parte del mismo y aprovechamos para dejarnos caer por Macy’s y su mega-hiper tienda junto al Empire State. No hay palabras para describir esa tienda. Pensad en un montón de Corte Inglés apilados y os haréis una vaga idea. Son casi cien mil metros cuadrados de superficie de exposición, una burrada. Dejé allí a la familia y yo me marché a otro de los grandes templos de Nueva York: la tienda B&H Photo Video. Si nunca has oído hablar de esta tienda, está claro que no te interesa la fotografía porque son los amos, los reyes del mambo en este sector. Han duplicado el espacio y eso que antes ya se decía que allí está todo lo que existe en el mundo de la fotografía profesional. Su sistema de envío de mercancía a las cajas mediante unos trenes aéreos que transportan todo es fascinante y solo por eso merecen una visita. La tienda es propiedad de judíos y todos o casi todos sus dependientes tienen el gorrito típico. Allí mi Mastercard sufrió una de las crisis más grandes que ha tenido en mucho tiempo. Cayeron un filtro UV para mi objetivo (el anterior se me rompió en una caída tonta de la cámara), una mochila Lowepro Primus que es la bomba y de la que estoy totalmente enamorado, un x2 extender con el que duplicar el rango de alcance de mi 70-200 mm y un objetivo de ojo de pez con el que espero descubrir una forma nueva de ver las cosas. Salí de allí feliz y contento y me reuní con los míos en uno de los restaurantes del Macy’s, el cual tiene un montón de ellos repartidos por todo el complejo. Se trataba del Cuccina & Co. en el que las hamburguesas son de película. Tras almorzar nos despedimos de la familia y ya solos continuamos un rato más de compras antes de volver al apartamento con uno de los famosos taxis amarillos, los cuales ya he comentado que son baratísimos.

Después por la tarde comenzamos con el turismo de verdad y volvimos al Empire State Building para ver la ciudad de noche desde su terraza. Merece la pena subir pese a las colas y todo el tedioso y horrible proceso que conlleva. Primero hicimos cola para pasar el control de seguridad, un trámite estúpido porque hasta los más tontos saben que los terroristas prefieren entrar de otra forma. Después tuvimos que hacer la cola para comprar las entradas, la cola para que nos tomen la fotografía obligatoria que luego no compras y la cola para esperar el ascensor que te lleva al piso ochenta. Desde allí te hacen pasar por otra cola en la que tratan de alquilarte el audífono con la explicación de lo que puedes ver y finalmente la cola del ascensor que te lleva a la planta ochenta y seis. Tras todo este procedimiento, sales y te encuentras con la maravillosa vista de la ciudad iluminada a tus pies y se te olvida todo por lo que has pasado. Hice un montón de fotos y disfrutamos como enanos antes de volver a ponernos en la cola para bajar al piso ochenta, la cola para bajar al nivel de entrada, en ese ascensor que cuando desciende lo puedes notar en tus oídos y luego pasar por la tienda para ver la foto y no cogerla y sin darte cuenta ya estás en la calle y has subido al Empire State Building. Ese día ni siquiera cenamos de lo llenos que estábamos de comida y nos fuimos temprano a dormir.

Al día siguiente lo primero que hicimos fue volver al Empire State Building para ver la ciudad desde lo alto de día. La entrada sale bastante cara, así que lo que habíamos hecho es comprarnos el New York Pass en su versión de siete días, con el cual teníamos acceso a casi todo sin pagar y pudiendo repetir en días distintos. Volvimos a pasar por todas las colas y procesos, aunque esta vez, como era temprano y ya no estábamos en día de fiesta la cosa fue mucho más rápida y después de hacernos fotos arriba y ver la ciudad, aprovechamos también para ver la película de Skyride, una atracción muy curiosa y divertida en la que pareces volar sobre la ciudad viéndolo todo.

Al salir volvimos a tropezar en la piedra del consumismo y además de arrasar con un H&M, nos centramos en la ropa y productos de marca con descuentos masivos del Macy’s. Al visitante neofito le interesa saber que si vas al Visitor’s centre de Macy’s y te identificas como turista, te dan una tarjeta válida por unos días con la que consigues un 11% de descuento en casi todo. Esto se une al mega descuento gracias a la cotización del dólar y a que las cosas allí son más baratas. Los italianos arrasaban con la ropa de sus diseñadores y yo casi me caigo muerto cuando fui a comprar toballas para mi casa y me encontré que ahora las tengo de la marca Lacoste y me costaron prácticamente nada. Nos tuvieron que echar del lugar porque es muy fácil entrar pero casi imposible salir y nos volvimos en taxi ya que la multitud de bolsas que llevábamos no era muy práctica para el transporte público. Dejé a mis padres durmiendo la siesta y yo me fui a hacer fotos en los alrededores de la Grand Central Station. Por la tarde habíamos quedado con la prima de mi madre para ir a uno de los restaurantes Dallas BBQ de la ciudad. Yo ya había estado en uno de ellos la vez anterior. Sirven unas costillas casi tan buenas como las del Café Cartouche en Hilversum, lugar que como todo el mundo sabe tiene las mejores costillas del mundo. En el local de Nueva York las cantidades de comida son masivas. Si vas por la ciudad busca uno de sus restaurantes y date un atracón, son bastante económicos y su calidad es excelente. Hay uno en Times Square y otro justo al lado del edificio Dakota, el lugar en donde vivía John Lennon y en cuya puerta fue asesinado. Tras la cena fuimos a un sitio del que ya no recuerdo el nombre pero que está especializado en chocolate para tomarnos unos cócteles fríos hechos con chocolate que estaban deliciosos.

En lugar de tomar el metro, volvimos en autobús subiendo por la Tercera Avenida y de esta forma viendo un poco el bullicio de las calles y observando el gran Empire State Building, el cual está siempre ahí, esperando para asomarse. Mientras pasas por la ciudad te suenan familiares un montón de rincones, ves a esa gente que espera el taxi con la mano levantada, a chicas con traje de fiesta y zapatillas deportivas, gente haciendo footing por las calles y todas esas droguerías que permanecen abiertas las veinticuatro horas y que uno no sabe muy bien como pueden ser rentables cuando hay una en cada esquina, junto al Starsucks de turno. Para el día siguiente estaba previsto lluvia y mal tiempo así que había planeado una jornada alternativa.

El siguiente capítulo se llama Naciones Unidas y una vuelta alrededor de Manhattan con saludo a la Gran Dama

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Dos primeros días para disfrutar con la familia

El relato de las aventuras de este viaje a Nueva York comenzó en Saltando un océano en seis horas y media.

A la hora de contar el viaje a Nueva York, creo que voy a agrupar las cosas para hacerlo algo más corto y concentrado. Como íbamos bastante sobrados de tiempo nos lo tomamos con bastante calma. Al llegar fuimos a nuestro apartamento en Murray Hill East Suites, en la calle 39, prácticamente al lado de la Grand Central Station. Yo lo había buscado en páginas de apartamentos pero aquello es más bien un hotel en el que las habitaciones son pequeños estudios o apartamentos de uno o dos dormitorios. El nuestro estaba en la undécima planta y era sencillamente perfecto. Mi tío y una prima de mi madre vinieron a recibirnos y juntos nos fuimos andando a la Grand Central Station y desde allí bajamos a Greenwhich Village para cenar en el restaurante El Paso, en donde nos juraban que se pueden comer unas langostas increíbles. Todos pedimos lo mismo y la verdad es que la comida estuvo deliciosa. Terminamos la velada en el Café Reggio, muy cerca del Washington Square Park y en donde afirman que se sirvieron los primeros capuchinos en Estados Unidos. Ese día estábamos agotados y nos fuimos a dormir pronto.

El domingo nos lo tomamos con calma y optamos por ir de paseo. Subimos andando por la Quinta Avenida, boquiabiertos como gente de campo ante la grandeza de los rascacielos y lo apabullante de las tiendas. Entramos en la Catedral de San Patricio en donde el precio de encender una vela en esta época es de dos dólares, mucho menor que cuando estuve allí en Navidad. Al llegar a Central Park entré a la verdadera catedral de la ciudad, la tienda Apple de la Quinta Avenida y si pusieran una imagen de Steve, le besaba las uñas negras de los pies sin dudarlo un solo instante. La gente compraba iPods y ordenadores como loca. Cruzamos hacia el otro lado de Manhattan adentrándonos un poco en Central Park y parándonos para descansar un rato. A la hora de almorzar nos fuimos al Whole Foods que está en el edificio Time Warner de Columbus Circle. Es una buena opción para el turista que quiere comer algo de calidad o quiere comprar la comida y llevársela al parque y disfrutar almorzando en ese legendario lugar.

Tras la comida volvimos a saltar con el metro y fuimos al Soho, donde buscábamos una tienda de una marca de ropa. La encontramos después de andar un rato, soltamos un montón de dinero allí y nos equivocamos de estación de metro lo cual nos obligó a hacer dos transbordos. Nuestro destino final era Brighton Beach, al sur de Brooklyn, justo al lado de Coney Island. Ya he hablado de esa zona porque allí fue donde me quedé en mi anterior visita. Es el barrio de los ucranianos y por allí si hay algo que no se habla es inglés. Aprovechando que el día se prestaba estuvimos paseando por la playa y para cenar nos dimos un atracón de langostinos. Después volvimos a Manhattan, lo cual toma cerca de una hora porque el metro para en todas las esquinas que te puedas imaginar y en fines de semana no hay metros express. De esa forma terminó nuestro segundo día en Nueva York (y el primero completo), otro día que pasamos con la familia y tratando de adaptarnos al cambio horario.

El siguiente capítulo se llama Más compras y escalando a la cima de la ciudad de noche y de día

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Saltando un océano en seis horas y media

Los grandes viajes comienzan con la tensión de revisar el equipaje una y otra vez y tratar de descubrir aquello que das por descontado que estás olvidando. Es una batalla contra uno mismo porque en algún lugar de tu cabeza un pequeño pajarito te sopla cosas con una voz muy baja y para cuando lo escuchas ya es muy tarde.

El día anterior a nuestro viaje ya estábamos con la casa regada de maletas y elegíamos aquello que queríamos. Nos íbamos con lo mínimo imprescindible porque los Estados Unidos es como un inmenso centro comercial de rebajas y saldos, gracias a la crisis y a la desgana de su moneda. Para que mi maleta llevara algo le puse dos abrigos que pensaba tirar y cogí la friolera cantidad de tres pares de calcetines, tres gallumbos y tres camisetas. Todo lo demás tendría que adquirirlo allí.

Pasaportes, tarjetas de embarque impresas, papeles con la reserva del apartamento, de la New York Pass y demás se apilaban entre mis cosas, junto con cargadores y toda la parafernalia de la cámara.

Salimos antes de las nueve hacia el aeropuerto, con un taxi que nos llevó a la estación de tren. Ese día estaba previsto la realización de obras en las vías cercanas al aeropuerto y por eso habíamos calculado algo más de tiempo. Tomamos el tren, el cual salió a su hora y nos habían dicho que nos dejaría en Amsterdam Zuid WTC, una parada antes del aeropuerto y allí tendríamos que transbordar a otro tren. Al llegar, salimos el par de cientos de personas que íbamos hacia el mismo destino y según los paneles teníamos que esperar diez minutos. A la hora a la que debía llegar el tren anuncian que lo han cancelado y que el siguiente llegará quince minutos más tarde. Todo el mundo se lo tomó a la tremenda pero yo a estas cosas les veo el lado positivo: por culpa del retraso, me devuelven el dinero de los billetes y hemos hecho un viaje gratis al aeropuerto. Con la alegría de saber que había recuperado el dinerillo esperamos al siguiente tren y di instrucciones precisas a mis padres porque sabía la que se montaría cuando apareciera. Los cinco minutos que nos separaban de la estación subterránea de Schiphol los hicimos en un vagón más lleno que los trenes de la India, con la gente y las maletas mezcladas sin orden ni concierto.

En el aeropuerto compramos un par de cajas de bombones Leonidas y fuimos a facturar. La gente se apelotona en los primeros mostradores y los últimos están casi vacíos. Gracias a que había llenado todos los datos desde mi casa esta operación no nos tomó mucho tiempo. Los despistados han de dar un montón de información que será usada por las autoridades americanas para detectar a hijosdeputa terroristas islámicos. Aún tuvimos tiempo de pasear por la terraza del aeropuerto y ver los aviones llegando y marchando, una hermosa danza que es vigilada atentamente por unos frikis que equipados con unos monoculares espectaculares apuntan las matrículas de todos los aviones que ven y lo registran todo en sus ordenadores. Supongo que cada loco disfruta con su tema y estos tienen pinta de ser de cuidado.

Tras el control de pasaportes, cambié algo de dinero en dólares y nos sentamos a tomar un café mientras esperábamos el embarque. Volábamos con Delta, una aerolínea nueva para mi. Además del vuelo sin escalas y del buen precio, los elegí porque prefiero un Boeing 767 a un 747 o un Airbus A340. Estos dos últimos aviones son sencillamente demasiado grandes y terminas en una fila como la de un cine solo que tienes que aguantar ahí un montón de horas. En el 767 teníamos los tres asientos del centro, con salidas a los pasillos por ambos lados, lo cual es perfecto. En este tipo de vuelos, cuando el destino es Estados Unidos, el control de seguridad se pasa junto a la puerta de embarque y a la vez hay también interrogatorios de todo tipo que se centran en esa obsesión que tienen con las baterías de tus aparatos electrónicos y la gentuza que las pueda haber tocado. Tras este rollo ya estábamos listos para entrar en el avión, cargados de equipaje porque Delta te deja llevar dieciocho kilos de equipaje de mano.

Hicieron un embarque por zonas y así no hay tanto follón. Ya dentro tomamos posesión de nuestros asientos y nos preparamos para un viaje interminable. En realidad las noticias fueron excelentes y gracias al fuerte viento nos comunicaron que llegaríamos en seis horas y media. Salimos con retraso pero la llegada fue en hora. En el aire, el avión se comportó maravillosamente y disfrutamos con la comida, las películas y de cuando en cuando me eché una pequeña siesta. Al ir hacia América desde Europa viajas con el tiempo y llegamos a nuestro destino dos horas después de haber salido, según la hora local. En Nueva York el clima era excelente. Tras salir nos metieron en uno de los sótanos en los que se pasa el control aduanero. No sé por qué en los Estados Unidos siempre hacen esto en sótanos. Eran unas colas enormes y la gente se pone nerviosa con sus formularios en los que siempre te queda la duda de haberla cagado y haber puesto algo mal. Cuando nos tocó la vez, nos hicieron las fotos que engrosarán las bases de datos de posibles terroristas, nos tomaron las huellas dactilares y el hombre nos deseó una buena estancia en el país. Casi estábamos dentro. Solo nos faltaba recoger el equipaje y salir a la calle. Lo primero fue fácil y después buscamos la salida. Un hombre se acerca a nosotros y nos ofrece un taxi para llevarnos a la ciudad. Yo ya sabía que la tarifa para ir del aeropuerto JFK a Manhattan es plana y vale cuarenta y cinco dólares más peajes y propina y me sorprendió que el tipo no estuviera en su taxi. Cuando intentó llevarnos a un aparcamiento me detuve y vi que la parada estaba cerca. Le dijimos que se fuera con viento fresco y nos acercamos al lugar en el que tras diez minutos de espera llegó nuestro taxi amarillo y comenzaron nuestras vacaciones en Nueva York.

La historia continúa en Dos primeros días para disfrutar con la familia.