Nuestro último día en Oslo

El relato comenzó en Una pequeña escapada de otoño

Nuestro tercer y último día en esta pequeña escapada a Oslo comenzó con otro encochinamiento mañanero. Me organicé mejor y así fui apilando la comida por tandas en el estómago según su textura. Comencé con una capa de cereales con yogúr y un zumo de naranja. Seguí con huevos revueltos, pan, embutidos varios, café y zumo de naranja a discreción y acabé con una tercera capa de salmón ahumado, zumo de naranja, más café y más zumo de naranja. Salí de allí sujetándome la tripa y con la preocupación que te da el saber que en cualquier momento puedes romper aguas.

Hicimos el check-out y dejamos nuestros trolleys fastuosos allí, en un cuarto en el que te guardan las cosas, aunque por la forma en la que lo tienen montado, no parece muy seguro y además, en su interior hay un tufo a coño de vieja, pescado seco o gato que no veas.

Para comenzar el día íbamos a ir hasta el Museo y Torre de esquí Holmenkollen. Para llegar allí teníamos que tomar la línea de metro número 1 así que nos acercamos a la estación de tren. Ese día era lunes por la mañana y la zona tenía el movimiento habitual de un día de trabajo. Mientras caminábamos, hablando sin parar como siempre, se me acerca un tío con medio pinta de pordiosero, me toca en el hombro y me dice “Hola” (en español, en versión original, como dirían en un cine). Me paro, con Waiting mirando asombrada porque por su tono creía que me conocía y yo lo evalúo de arriba abajo y no pasa ninguno de mis filtros. Empieza a decirme algo mientras yo me giro hacia Waiting y le digo que nos vamos. El tipo nos mira con cara de odio y nos suelta: Así tenéis esa reputación de antipáticos en el norte de España. Si el comemielda ese no se hubiese pasado la vida metiéndose pollas en las orejas, igual hasta habría captado que si hay algo de lo que Waiting y yo carecemos, es de acento de cualquier región del norte de España. Lo dejamos atrás sin volvernos a mirarlo.

En el metro, según las tablas de horario tenía que venir uno en dos minutos, aunque según el panel tardaría seis. En realidad fueron más de diez minutos, volviendo a demostrarnos que los noruegos, el concepto de la puntualidad lo tienen muy subdesarrollado. La vez anterior habíamos llegado hasta la tercera parada pero en esta ocasión íbamos más lejos. Según las guías turísticas, era un viaje de media hora. En la tercera parada se subió una excursión de niños pequeños, calculo que de entre tres y cuatro años. Eran unos diez niños y venían acompañados de su profesora, la señorona Rottermeyer, un padre y otra que seguramente era una madre o asistenta de la profe. El padre y la otra mujer controlaban unos cinco niños y la profesora los otros cinco. Mientras ellos los pusieron con cuidado en el tren, la vieja los agarraba por detrás del cuello, por sus abrigos como si fueran sacos de papas y los tiraba en los asientos. Uno acabó empotrado a mi lado, una niña preciosa que debe estar acostumbrada a los malos tratos de aquella zorra asquerosa y ni se inmutó. A otros los lanzó en otro asiento, mientras todos oíamos el golpe seco del impacto de los niños contra el mobiliario del metro. Una parada más tarde la niña se estaba resbalando del asiento ya que tenía la mochila y yo la subí delicadamente. En otro momento se volvió a deslizar y la tía la agarró y la lanzó de nuevo contra el asiento. Si yo tuviera hijos y están en ese colegio y veo a esa zorra asquerosa hacerle eso a alguno de los míos, la mando para Afganistán y le pago tres leuros a un desgraciado de por allí para que le queme la cara con ácido, pero sin rencor ni acritud, ¿eh? Los treinta minutos de viaje se convirtieron en cincuenta. Mientras la profesora trataba a los niños con ese amor y dedicación propia de alguien que quizás debería replantearse su carrera profesional y dedicarse a chupar pollas, ya que está claro que los niños no le gustan, al otro lado del vagón, la madre (o segunda profesora) solo tenía ojos para el padre y solo le faltaba restregarle la pipa del coño por la pierna como si fuera una perra en celo. A la tía se la sudaba infinitamente todo lo que pudiera suceder con los niños y solo miraba al hombre.

Cuando nos bajamos del metro, en la parada Holmenkollen, nosotros de inocentes creíamos que estaríamos directamente en el museo y el trampolín de esquí, pero el destino nos tenía reservados otros planes y tuvimos que subir un cuestón para llegar al sitio. Como teníamos el pase de Oslo nos ahorramos los casi trece leuros que vale la entrada y pasamos a ver el museo de esquí que hay en el interior y que supuestamente es el más antiguo del mundo y del universo y cubre 4000 años de historia del esquí. Para unos intelectuales tan avanzados como nosotros, gente inculta que una vez casi que leímos un libro, todo esto era como que no muy interesante. Con un ascensor panorámico subimos hasta la parte superior del trampolín, esa que se ve en las competiciones de Slalom cuando los chamos se lanzan y caen a velocidades brutales antes de salir volando y aterrizar (con suerte de una pieza) más de cien metros más adelante. Las vistas desde el lugar son increíbles y resultó muy curioso. Todavía no hay nieve así que lo único que haces es imaginarte como será el lanzarte desde allí.

Al acabar la visita, regresamos hasta la parada del metro, ahora en bajada y esperamos unos cinco minutos hasta que llegó uno. Después de una vida llegamos a Majorstuen?, que casualmente es la tercera parada del metro mencionada anteriormente. Allí nos bajábamos para ir al Parque de esculturas Vigeland o Vigelandsparken en lenguas bárbaras. Envié a Waiting a preguntar por la dirección a una tienda pero la empleada era mujer y no era tortillera, bollera ni siquiera lesbiana, así que sus encantos no la encandilaron y la muy zorra asquerosa nos encausó por la ruta equivocada. Regresamos y lo que hicimos fue coger el tranvía adecuado que nos llevó hasta el parque. El lugar tiene mucho verde, agua en un pequeño lago y algunas fuentes y unas doscientas estatuas de hombres, mujeres y niños y niñas en pelota picada en todo tipo de posturas. Yo tengo ciertas sospechas infundadas sobre el Vigeland este y vamos, no me sorprendería que fuera cura católico y que le gustara tocar menores, porque alguna de sus esculturas son demasiado sospechosas. Al parecer este es el parque más visitado del país y atrae a más de un millón de visitantes al año. Personalmente, los he visto mucho mejores. El Vondelpark en Amsterdam le da de bofetones, Central Park está en otra galaxia, si lo comparamos con este y hasta el Jardín Botánico Canario de Viera y Clavijo es superior. Le hice un montón de fotos a las estatuas porque está claro que ahí hay material pero por lo demás, el lugar no me pareció esa visita indispensable que ponían en las guías de viaje. Como la entrada es gratuita, supongo que muchos van allí por eso. Desde allí seguimos en tranvía hasta el ayuntamiento ya que supuestamente, en su interior hay un vestíbulo muy bonito. Después de entrar por el lugar equivocado, llegamos a la entrada adecuada y el pollaboba que había allí no nos dejó entrar. Nunca me quedará clara la razón, ya que dentro había un montón de gente. El tipo carecía de cualquier atisbo de simpatía en el trato con los clientes y posiblemente llevaba empetado por el culo una lata de refresco que es lo que le hacía estar de tan mal humor. Así que de ese edificio no hablaré, salvo para decir que lo vi por fuera. Volvimos a tomar el tranvía y llegamos hasta la zona de la estación de tren. Queríamos ir a unas calles llamadas Damstredet y Telthusbakken con casas típicas y muy bonitas. En el tranvía un hombre nos oyó hablando y se ofreció a ayudarnos. Era chileno pero no tenía ni puta idea de donde estaban esas calles. Después entró otra mujer, chilena también y a la que conocía y ambos debatieron pero sin ponerse de acuerdo, así que optamos por ir a la oficina de información al turista y preguntar. Nos dijeron como ir y no parecía muy complicado y solo requería que tomáramos un autobús de la línea 34 o la 54 y nos bajáramos unas paradas más arriba. Eso hicimos. La verdad que la calle fue una decepción. Un puñado de casas de madera pero nada del otro mundo y que supuestamente, nos recordarían a los cuentos de hadas y similares. En fin, que el marketing turístico a veces exagera demasiado. Ya eran casi las dos de la tarde y queríamos comer algo así que regresamos en autobús hasta la estación y optamos por lo seguro y nos metimos en la misma a buscar un sitio de comida más o menos rápida y en el que no te encularan. Lo encontramos en una especie de pizzería que vendía dos porciones de pizza y refresco por trece leuros. Después de comer, salimos para ir al hotel y en el cajero automático que está frente a la estación y en donde yo saqué dinero el día anterior, un tío se hacía una rayita de cocaína sin que le importara un carajo la gente que pasaba por el lugar ni el coche de policía que estaba a menos de diez metros de donde él se encontraba. En fin, que parece que tengo un ojo increíble para toparme con todos los jacosos de la ciudad de Oslo.

Regresamos al hotel, recogimos nuestro equipaje y volvimos a la estación para tomar el tren que nos llevaba al aeropuerto. Allí, imprimimos nuestras tarjetas de embarque y procedimos a pasar el control de seguridad, en el que no detectaron el arsenal de líquidos de Waiting pero se rebotaron todos con mis botas. Gastamos las últimas monedas que nos quedaban en dos capuchinos y esperamos un ratito hasta que llegó la hora de partir. A mi lado se sentó un tipo que era como un armario empotrado. El avión salió en hora y cuando estábamos en el aire oímos a una holandesa decir que no veía la hora de llegar a Holanda para tomarse una cerveza.

Cuando aterrizamos en Schiphol, fue en el puto Polderbaan, esa maldición de pista que está a un montón de kilómetros de la terminal y que hace que el avión tarde veinte minutos más en llegar a las pasarelas de desembarque. Una vez salimos del mismo, salimos disparados hacia el vestíbulo del aeropuerto y allí nos despedimos, ya que Waiting se iba a Amsterdam, lugar desde donde regresaba al día siguiente a su exilio en la Alianza de las inCivilizaciones del cuasi expresidente ZaPatazos y yo me iba hacia Utrecht.

Pese a todo, nos lo pasamos muy bien durante esos tres días y nos divertimos mucho, aunque la próxima elegimos una ciudad más al sur o al menos una en la que te puedas tomar una copa sin que te duela el culo dos días.

Publicada el
Categorizado como Oslo

Otra tanda de museos y algo más

El relato comenzó en Una pequeña escapada de otoño

Tras el empacho de museos de la mañana del domingo no os creáis que redujimos la marcha. Al regresar hacia el centro, nos bajamos en la parada del Nationaltheatret y fuimos andando hasta la Nasjonalgalleriet o la Galería de Arte nacional, la cual cierra los lunes y esta era nuestra última oportunidad. Por supuesto que no pagamos los casi seis leuros y medio de la entrada, aunque para ser honestos, los domingos es gratis y por eso seguramente había tanta chusma y gentuza en su interior. Nosotros hicimos un recorrido en picado, pasando por todas las salas y viendo el arte ese más bien helados, sobre todo porque yo me insensibilizo muy pronto y si me pones cientos de cuadros me aburro como una ostra. Había algún Picachu, Monet y similares aunque la joya de la colección es el cuadro titulado El grito y pintado por Edvard Munch. Al parecer el chamo hizo varias versiones del cuadro así que vimos una de ellas y nos faltan otras por ver. Seguramente había un montón de arte más que cruzó por delante de mis retinas pero no logró impregnar los nervios oculares, aunque eso sí, que no se diga que no estuve en ese museo. Salimos y en la misma esquina de la calle nos tomamos un capuchino a precio de enculada sin vaselina. Después andamos hasta la zona del ayuntamiento, el cual estaba cerrado pero al lado está el Nobel Peace Center o Museo de la paz, ya que por si alguno no lo sabe, en esa ciudad se da ese premio. Este era otro que cerraba el lunes, así que aprovechamos y entramos y sobre todo porque con el pase de la ciudad nos ahorrábamos los más de diez leuros que valía la entrada. Hay mucha foto e historia de los premios Nobel, aunque honestamente, cobrarte esa cantidad y no tener ni siquiera unas putas en pelota chupando rabos me parece poco menos que un robo. En la planta superior había una movida interactiva que en realidad eran cuatro o cinco sitios en los que ponías una cosa que supuestamente era tu pasaporte y un dibujo animado super-antipático te daba la vara que no veas. Terminamos por saltarnos los rollos que nos metía y descubrimos que podías hacerte una foto con un tío, que deduzco que es el Nobel y mandarla por correo. Aquellos que tengáis idealizada a Waiting podéis saltar al siguiente párrafo. Lo he avisado. Waiting se hizo una foto con la figura de cartón del tío en plan acosadora profesional y la mía fue agarrándole el paquete y tratando de meterle la lengua hasta la garganta de cartón. Después fuimos a la pantalla en la que creaban una especie de periódico antiguo con tu foto y las mandamos por email para escandalizar al prójimo. Mi amigo el Rubio, Dios lo bendiga (si es que existe), me respondió al correo todo alterado con el siguiente mensaje: what are you doing to him? putting your hand at his cross ?? lo cual se puede traducir como ¿Qué coño estás haciéndole? ¿Cogiéndole la taleguilla? No veas las risas que nos echamos. Al salir, caminamos un poco y fuimos al Akershus slott o Castillo de Akershus, el cual en otoño/invierno solo abre los sábados y domingos. La entrada al Castillo costaba casi 10 leuros aunque a nosotros nos salió por la chepa gracias al pase. Incluída en la misma está la audioguía, la cual comienza contándote que hay dos fantasmas en el castillo y ya se me quedó Waiting con diarreas ralas y toda aprensiva cada vez que yo señalaba una ventana y le decía que uno de los fantasmas nos estaba mirando. El edificio está muy bien conservado, las mazmorras son fantásticas y el castillo, sin ser el mejor que he visto en mi vida, es más interesante que el centro Nobel. El castillo se construyó alrededor del 1300 aunque le dieron un aspecto más renacentista en la primera mitad del siglo XVII (equis-uve-palito-palito o 17 si tienes un cerebro más retrasado). Dentro del castillo hay una pequeña iglesia.

Por allí también está el museo de la Resistencia pero llegamos tarde. En su lugar, entramos al Museo de defensa o Forsvarsmuseet, el cual creo que es gratuito y en el que el señor de la taquilla nos explicó todo lo que íbamos a ver muy bien. Nos hartamos a ver armamento, desde el pasado hasta el presente y particularmente interesante era la colección que tenían de un friki que se quedaba con las cosas que los soldados llevaban cuando son destinados a otros países. El museo cubre las movidas bélicas de esta gente desde 1814 hasta la Guerra fría.

Al salir ya estábamos hasta los mismísimos de tanto arte y tanto museo, casi que eran las cinco de la tarde y el estómago nos pedía chicha. Elegimos el Rice Bowl Thai Cafe que aparecía entre los restaurantes más económicos de la ciudad con algo de calidad. Mi Garmin comenzó a llevarnos al lugar, en pleno centro de la ciudad. Ya casi habíamos llegado, estábamos a veinte metros de la calle Mayor de la ciudad y vemos a dos tíos sospechosos agachados detrás de un contenedor. Me paro y le digo a Waiting que se ponga al lado mío porque últimamente le ha dado por hacerse la Turca y camina cuatro pasos por detrás, aunque sin el trapo de limpiar el suelo rodeándole la cabeza. Cuando estábamos juntos, pasamos junto a los dos tipos rápidamente y tuvimos tiempo de ver que uno de ellos se estaba dando un CHUTE DE HEROÍNA allí, a diez metros de la calle peatonal con más gente de la ciudad, esa ciudad que al parecer es la más mejor del mundo para vivir. No voy a comentar nada más sobre el tema. Antes de llegar al restaurante pasamos junto a un cine y aprovechamos para comprar entradas para ver Dime con cuántos ? What?s Your Number esa noche. Tuvimos suerte y aunque el restaurante estaba petado, les quedaba una mesa libre, la cual cogimos. Nos pedimos un entrante, un segundo para cada uno y una jarra grande de té verde para beber, la cual en los restaurante orientales en los Países Bajos es gratuita pero en Oslo te sablean 5 leuros. Además te traen un vaso grande de agua del chorro que parecía ser lo que bebía todo el mundo.

Acabamos de cenar pronto y al caminar de regreso hacia el hotel nos dimos cuenta que podíamos ver la sesión previa de la película, así que envié a Waiting a negociar el cambio de entrada, que ya se sabe que dos tetas pueden más que dos carretas. El cine no era tan espectacular como el del día anterior pero nos lo pasamos bien con la película, que era de lo que se trataba.

Al acabar regresamos hacia el hotel esquivando chusma y gentuza de todo tipo, que parecíamos extras en un videojuego de macarras. Era temprano y Waiting pensó que yo ya me quería retirar y yo pensé que ella se quería retirar así que después de alegar un rato y no compartir estos pensamientos secretos el uno con la otra, nos retiramos a nuestras respectivas habitaciones. Así concluyó nuestro segundo día en la ciudad, ese en el que liquidamos casi todos los museos y vimos a un jacoso chutándose en la calle.

El relato acaba en Nuestro último día en Oslo

Publicada el
Categorizado como Oslo

Una de museos por Oslo

El relato comenzó en Una pequeña escapada de otoño

Nuestro segundo día comenzó saqueando el desayuno incluido con la habitación del hotel. Nos pusimos como cochinos, comiendo hasta reventar. Para evitar problemas, yo había llevado una cinta adhesiva industrial y nos bloqueamos las bocas para evitar el vomitar toda aquella comida. Hay una ley milenaria que dice que todo lo que se come se caga así que crucé los dedos y recé para no volver a tupir el retrete de una habitación de hotel que a mí todavía me mentan a mis padres después del suceso de Bangkok.

Uno es un profesional y la noche anterior planifiqué lo que íbamos a ver, mirando los museos que cerraban el lunes para hacer la visita el domingo, controlando las líneas de autobús, metro y similares. En verano podríamos haber usado los ferrys para cruzar al sitio al que íbamos pero en otoño eso no es posible y teníamos que viajar en la guagua 30. Fuimos a la parada y como siempre, dos minutos para que llegue el vehículo que se alargan como diez o más. La guagua tardó unos cuarenta minutos en llevarnos hasta la península Bygdøy. Frente a nosotros se sentó un tipo con gafas de sol, una bolsa enorme y pinta de tener una resaca de escándalo. Creo que no tardamos ni cinco micronésimas de segundo en comenzar a criticarlo y despellejarlo a la par que reírnos de él. El tipo vegetaba delante nuestra (era un grupo de cuatro asientos) y tras los cristales tintados de las gafas se veía que sus ojos saltaban de Waiting al Elegido.

Nuestra primera parada fue en el Museo de Barcos Vikingos (Vikingskipshuset), el segundo de este tipo al que voy en mi vida ya que estuve en el de Roskilde, en Dinamarca. Con nuestra tarjeta de Oslo no teníamos que pagar para entrar así que nos ahorramos los casi ocho leuros que cuesta la entrada. El museo es muy sencillo, con tres barcos vikingos que se usaron como naves funerarias de ricachones de la antigüedad y que fueron encontrados en Gokstad, Oseberg y Tune. Dos de los barcos están en una condición magnífica y poco menos que podrían salir a navegar mañana y nadie notaría que se construyeron en el siglo IX (equis menos uno es igual a nueve para los incuRtos). Además de los barcos hay un montón de objetos que se encontraron en las tumbas. Nosotros que somos como sub-intelectuales en estos sitios nos crecemos y hasta nos ponemos una mano en la barbilla para dar el pego y que la gente se crea que es lo nuestro. La visita es muy ligera y se acaba en poco tiempo. En lugar de esperar por la siguiente guagua, recorrimos andando una distancia de poco más de un kilómetro hasta la siguiente concentración de museos. Por la península, las calles estaban desiertas, salvo por gente haciendo ejercicio, con los cuerpos consumiditos por el frío y supongo que por las hambrunas que dan cuando los precios son tan caros. Nosotros aprovechamos ese paseo para diseñar un posible proyecto de página web muy específica y de puro cachondeo que de llegar a hacer, nos granjeará muchos enemigos pero también adoradores de por siempre y para siempre. Nuestro paseo culminó junto al mar, en el Museo Fram, el cual alberga el barco de madera más fuerte que ha sido construido por los seres humanos e incluso los hombres y el navío que todavía ostenta el récord por haber navegado más al norte y más al sur en el planeta Tierra. El barco es una P-A-S-A-D-A, increíble, impactante, alucinante, pero antes de atacar el tema, digamos que en la taquilla enseñamos nuestros pases para ahorrarnos los ocho leuros que vale la entrada. Como acabo de decir, el barco es brutal y la exposición a su alrededor muy interesante. Allí descubrimos que el equivalente de la Jurado en Noruega es un tal Fridtjof Nansen superfamosísimo en su país periférico ya que un cacho de carne ignorantón como yo nunca en la vida había oído hablar de él. Tampoco de Roald Amundsen, otro que seguro que no se ponía gafas de cristales gigantescos pero tenía el gen de la exploración y fue la primera persona en alcanzar tanto el Polo Norte como el Polo Sur.

Pudimos entrar al barco y ver los camarotes en los que estos chamos y otros pasaron como cuatro años en el hielo y supongo que se daban turnos y al que le tocaba esa semana, se ponía el traje de faralaes, la peineta y los demás le daban candela de la buena. No es por algo que de siempre se dijo que en esas expediciones nunca hubo problemas de estreñimiento.

Tras acabar maravillados la visita, salimos a la calle, cruzamos y nos metimos en el Kon Tiki, otro museo marino, aunque este de unas barcas que se hicieron para probar que antes de que Colón se fuera de putas a Sudamérica, hubo mercadeo de Civilizaciones entre los continentes sin necesitar ni siquiera de la Alianza de las inCivilizaciones del cuasi-expresidente ZaPatazos, el mismo que arruinó España. De nuevo nos ahorramos como 8 leuros y nada más tener las entradas Waiting salió escopeteada al baño, imagino que a maquillarse ya que una intelectual no mea. El tipo de la recepción nos miraba y se reía zorrudamente y cuando llegamos nos saludó con un HOLA, algo que deduje se debe al intenso carisma animal que despedimos y a la angustia existencial tan grande que siente la gente por vernos y poder interaccionar con nosotros a través de medios uno-punto-cero. Cuando nos volvimos a reunir y comenzó la visita, Waiting me dijo que si no había identificado al chamo y yo respondí negativamente, ya que soy egocéntrico al mil por mil y no me fijo en los seres humanos que cruzan su camino conmigo, igual que no miro los mosquitos que aplasto para ver si los reconozco. Resultó que el chamo era el que despellejamos en la guagua, el resacoso con gafas de sol al que le pusimos por lo menos dos veces del derecho y del revés y que igual hasta entendía el Cristiano que hablamos nosotros. A lo hecho, pecho, que se dice así que entramos a ver la exposición en la que hay dos balsas. Con una fueron de Africa a América y con la otra desde América a las islas del Pacífico. Todo muy interesante y tal y tal pero sin la grandeza del museo Fram.

Miramos la tienda de souvenirs del museo pero con lo que pagabas allí por un llavero, en España te vas de putas todas las noches dos semanas y hasta te sobra para tomarte un cafelito después de cada faena. En la misma zona teníamos otro museo, el Museo Marítimo Noruego o Norsk Maritimt Museum y por supuestísimo que entramos. Si no hubiésemos tenido el Oslo Pass nos habrían levantado 8 leuros más que por supuesto que nos ahorramos. El museo resultó un poco miserable, con una exposición muy mínima y más bien mala. Lo único decente en el mismo era una película que ponían en varias pantallas a la vez, creando una especie de efecto 3D a lo pobre. Nos dijeron que teníamos que esperar un rato, así que entramos para ver el final de la película y después nos quedamos alegando y descansando en la sala. Justo a la hora a la que debía comenzar, aparece una pareja de noruegos y nos preguntan si falta mucho. Tras comprobar la hora les decimos que debería haber empezado dos minutos antes y el hombre nos confirmó lo que nosotros nos temíamos: Los noruegos no son muy buenos con la puntualidad.

La película está bien y te enseña un montón de lugares del país y notas que esta gente vive en el gris eterno y raramente ve un cielo azul o los rayos del sol.

Al acabar, nos dirigimos a la parada de guagua más cercana y esperamos un rato hasta que llegó para regresar hacia el centro. Como esto se ha alargado mucho, vuelvo a partir el relato en múltiples trozos y otro día acabo con el cuento.

El relato continúa en Otra tanda de museos y algo más

Publicada el
Categorizado como Oslo

Escapada nocturna en Oslo

El relato comenzó en Una pequeña escapada de otoño

Nos habíamos quedado en la cena del primer día de nuestra estancia en Oslo, cena a horas del norte de Europa, o sea, a las cinco y pico de la tarde. Al regresar al hotel descubrimos que tenían café y té gratuito en la planta baja y nos lanzamos como buitres sobre un cadáver a por la máquina. Gratis, pero un café horrible y más aguado que la regla de la Duquesa del atún, esa que está más arrugada que unos pantalones de pana. Descansamos una horita y volvimos a echarnos a la calle. Yo quería hacer fotos nocturnas del edificio de la ?pera y de nuevo cruzamos el puente sobre la carretera y estuvimos paseando por el lugar haciendo fotos. La temperatura en esta época del año baja de golpe y porrazo así que donde antes teníamos once grados, ahora llegábamos a seis como mucho. Por desgracia no se han molestado en crear una iluminación antológica y de leyenda para el principal monumento del país, así que entre mi ineptitud fotográfica y la desidia noruega, imagino que las fotos no serán nada del otro mundo. Cuando regresábamos comenzamos a ser conscientes del pequeño cambio que se produjo en las calles y como ahora no parecían tan seguras.

Perdí toda mi dignidad corriendo por la recepción del hotel para subir a mi habitación y largar la cámara mientras Waiting me esperaba y fuimos andando hasta la estación central para tomar el metro. En la calle, los Orcos comenzaban a salir y había mucha gente con pinta sospechosa. Cuando bajábamos hacia el metro, Waiting me informó que un tipo me evaluó de la cabeza a los pies para determinar si merecía la pena atracarme. Como yo siempre me desplazo en mi propia nube, ni me di cuenta. Nos subimos a un metro, uno cualquiera ya que todas las líneas nos servían e hicimos el recorrido que debía tomar cinco minutos y que al final fueron diez. La cabrona de la recepción nos había dicho que el lugar al que íbamos era un paseillo muy agradable pero según el mapa, era una caminata de cojones, yendo de un lado del plano de la ciudad al otro. Aquella tía debía tener la regla caducada o algo parecido y pretendía metérnosla doblada, pero como no le hacemos mucho caso a la gente, que le den. En el metro observamos también que lo de mendigos y gente con pinta sospechosa rebuscando en las papeleras de la ciudad también es muy popular en el sistema de transporte público y un tipo pasó mirando las papeleras del vagón del metro y tratando de encontrar en el interior de las mismas el Santo Grial.

Al llegar a nuestro destino, la estación Majorstuen, nos bajamos y nos perdimos, algo que me sucede continuamente ya que yo nací con una brújula de agujas torcidas. Envié a Waiting a preguntar a un chamo que agitaba la pelvis para ver si alguna hembra se acercaba y el chiquillo se emocionó hasta las chacras y si no le paramos los pies, nos persigue hasta la frontera. Si hubiésemos salido del metro por la salida adecuada habríamos llegado sin más problemas, pero tampoco nos supuso un problema dar un rodeo con cincuenta metros adicionales. Íbamos al cine Colosseum, el cual parece ser que tiene la mayor pantalla THX del mundo y del universo. La sala principal tiene una cúpula increíble, que magnifica el sonido y le da al cine un aire grandioso. Nos compramos antes de entrar en la sala un paquete de gominolas malísimas que costó a precio de mamada de puta sin dientes en Amsterdam y cuando llegamos a la entrada descubrimos con horror que había una promoción de unas gominolas de otra compañía y estaban regalando paquetes a todo el mundo. La película que íbamos a ver se titula Drive y seguro que hablo de ella en un futuro medianamente cercano ya que a España no llega hasta finales de diciembre y está en la cola de baja prioridad de mi lista. Antes de comenzar la película apareció el Chamo Manué, cogió el micrófono y todos pensamos que nos iba a obligar a presenciar una sesión de karaoke pero al parecer era que rifaban pases para ir al cine gratis y hubo tres ganadores, los cuales bajaban a buscar su premio con desgana. El precio de las entradas de cine es de 100 NOK por cabeza o algo más de trece leuros al cambio actual. Cuando ponen el pequeño anuncio del THX, lanzan unas reverberaciones mágicas e increíbles que te agitan hasta las raíces de los pendejos de los güevos, una cosa asombrosa.

Cuando acabó la película, fantástica y maravillosa, fuimos con la manada hacia la estación de metro. El andén estaba petado de gente y en los paneles decían que llegaba un metro en dos minutos. Diez minutos más tarde seguían anunciando un metro dentro de dos minutos. Ahí perdí mi fe en la puntualidad de los noruegos. Finalmente llegó un vehículo y nos lanzamos en tromba a su interior. Sentados había un grupo de jóvenes numeroso, con uno que parecía ser el pastor de la manada y que avisó a los otros. Comenzó a graznar: WHO LET THE DOGS OUT y el resto le respondía a gritos mientras producían con sus botas una tamborilada. Curioso en la primera iteración, irritante tras cinco minutos repitiéndolo una y otra vez sin avanzar en la puta canción. Nos dimos cuenta que los jóvenes bebían cerveza, pero compartiéndolas, con dos o tres con una cerveza. Hasta en la Alianza de las inCivilizaciones del cuasi ex-presidente ZaPatazos, arrasada como está, la gente se puede permitir una cerveza para cada uno y no tener que poner la boca en donde la ponen otros para echar un trago. Los jóvenes se bajaron una parada antes que nosotros.

Al llegar al destino, salimos a la calle, alrededor de la medianoche y la zona de la Estación Central de Oslo era como el escenario de una película de criminales. Pasaba gente con pinta de escoria, te miraban con descaro buscando algo de valor y la sensación era la de estar en la Zona Cero del crimen mundial. Salimos de allí por patas, pasamos por delante de alguna tía vestida más como de Puteta que de puta y en un tiempo récord llegamos al hotel en donde pedimos asilo y nos refugiamos hasta el día siguiente, relato para el que tendréis que esperar al próximo episodio.

El relato continúa en Una de museos por Oslo

Publicada el
Categorizado como Oslo