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Sillones del amor en un cine en Bangkok

En el cine de Bangkok al que fui en un par de ocasiones tenían sillones del amor, unas butacas especiales que costaban más caras y que estaban situadas en la parte posterior de la sala. Como se puede ver en la imagen, están configuradas como un sofá en el que te apalancas con la pava y a poco que se apaguen las luces se la endiñas hasta los pelos de los güevos, se la metes en el buche hasta rasparle las amígdalas o le miras a la pava el nivel de aceite con un par de dedos mientras ella practica con la zambomba para ser la sensación con la familia las próximas navidades. Los sillones esos son bastante populares y en las dos sesiones de cine a las que acudí se llenaron todos. Curiosamente, los tailandeses son extremadamente opuestos a mostrar algún tipo de gesto amoroso en público e imagino que cuando único hacen algo es cuando comienza la película y la gente se distrae. El mismo recatamiento lo tienen con los bañadores de las hembras, las cuales se han de poner una camiseta encima del bikini o bañador, algo que presencié de corpore insepulto en las cataratas de Chiang Mai, en las del Parque Erawan y en el río Kwai, en donde les decían a las guiris que por respeto a la cultura del país se pusieran una camiseta por encima del bañador. Con los machos no había ningún problema, nosotros podíamos lucir los pezones al sol sin que a nadie se le cayeran los anillos. En las islas y playas del sur, al ser puramente turísticas, no había problema, aunque allí raramente veías a un tailandés, salvo que trabajara en algún bar o restaurante o estuviera caminando por la playa vendiendo productos.

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Asia 2014

Mis tres semanas en Asia resultaron en miles de kilómetros recorridos (contando los de avión), ocho vuelos con cuatro compañías aéreas, dos mil quinientas cincuenta y nueve fotos hechas con mi cámara Canon EOS 6D, una purriada de pequeños vídeos que muestran algún momento de cada día, fotos de toda la comida que irán apareciendo en esa otra bitácora, un montón de picadas de mosquitos y de hormigas y un enorme relato que ha llenado ésta la mejor bitácora sin premios en castellano durante semanas.

Todo eso y mucho más se condensa en el siguiente vídeo con las fotos que fui seleccionando cada día y añadiendo a un álbum en mi iPad:

La música en el vídeo es el tema Capture The Flag de Junkie XL y que todos conocemos porque es uno de los momentos más hermosos en la película Divergente – Divergent, ese en el que Four y Tris se suben a la noria y a él se le ve claro que ya está coladito por ella y quiere ponerle la pierna y los mondongos encima y que no levante cabeza.

Para aquellos que siempre se quejan y tienen la suerte de no poder el vídeo por algún motivo que escapa a mi comprensión pero del que culpo a GooglEvil o que no lo quieren ver con anuncios porque ellos lo comercializan todo, también está en este otro lugar:

Durante esas tres semanas, la segunda línea de defensa contra los mosquitos la formaban pulseras con citronella que duran unos tres días. Se me perdieron dos de ellas (una amarilla y otra roja) pero aún así, al regresar a Holanda tenía varias de ellas en mi muñeca, ya que después de que pierden su jugo, las dejo como exótico recuerdo de aquello por lo que luchan:

Pulseras con citronella

Pulseras con citronella, originally uploaded by sulaco_rm.
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El barrio Chino y saliendo hacia Singapur

El relato comenzó en Otro de esos saltos gigantescos

El día final en Bangkok y en Tailandia comenzó temprano. Como mi vuelo era por la tarde, había planeado hacer algo de turismo por la mañana y regresar al hotel para ducharme y dejar las mochilas en recepción y después buscar algún lugar agradable en las cercanías para pasar un par de horas antes de ir al aeropuerto. Pasé de desayunar y fui a la estación de metro de Sukhumvit, ya que usando este medio de transporte me quedaba directamente a la entrada del Barrio Chino, el cual era mi objetivo. La única línea de metro que tiene la ciudad es muy eficiente y resulta interesante si te quedas en Sukhumvit cerca de Asok porque así conectas fácilmente con el AirLink, el tren que lleva al aeropuerto. Yo iba en dirección opuesta, hasta la última parada, Hua Lamphong, la cual está al lado de la principal estación de tren de la ciudad.

Entré en el barrio chino y nada más llegar a la zona, te topas con el Wat Traimit, en el que está el Buda de oro o Phra Phuttha Maha Suwan Patimakon que es el nombre que sus amigos le dan en la intimidad cuando están hablando en truscolán. Este Buda es la estatua de oro macizo más grande del mundo, otro recordatorio de como las religiones van contra los hombres y son únicamente organizaciones criminales para apañar y robar a cara descubierta en el nombre de unos entes que ni existieron, ni existen, ni existirán jamás y que por tanto, no hacen nada por nosotros. Para ver la estatua hay que pagar y te intentan colocar también la entrada de una supuesta exposición que es una mierda del copón, así que espabila y elige solo la opción de ver el Buda de oro, el cual está en la planta alta de un templo de tres pisos, siendo los dos anteriores la susodicha exposición cutrísima y que vale casi dos leuros y medio. Se cree que esta estatua se hizo entre los siglos XIII y XIV (equis-palito-palito-palito y equis-palito-uve), aunque otros piensan que es más reciente. Lo interesante de esta figura es que en algún momento del pasado la cubrieron completamente con una capa gruesa de estuco que pintaron para que no la robaran y la gente se olvidó que existía. El templo en Ayutthaya en el que estaba quedó en las ruinas de un templo y cuando Bangkok se convirtió en capital, el rey ordenó que trajeran estatuas de Budas de templos abandonados para los nuevos templos de la ciudad y así llegó. Después la pusieron en uno cutre que no veas. En 1955, cuando la estaban moviendo a un nuevo edificio en el templo, las cuerdas se rompieron, se cayó y entonces descubrieron que debajo del estuco había oro. Removieron la capa y el Buda apareció en todo su esplendor de oro. La estatua mide unos tres metros de alto y tiene 5500 kilos de oro. Al parecer no se podían hacer vídeos en el interior pero yo me enteré después de hacer el mío, el cual está disponible en mi canal del llutuve. Tras la visita al templo, me adentré en el barrio chino, lleno de callejones peatonales con infinitas tiendas de morralla y productos falsos. Avancé más de un kilómetro por la calle Sampeng, estrechísima y petada de tiendas que en algunos casos son centenarias. La calle, más que para turistas, es una calle de tiendas para los locales y no me crucé con ningún extranjero. Los olores pueden ser agobiantes, las tiendas bloquean el camino y los toldos lo convierten en un tunel enorme y en el estrecho paso para los clientes hay que saltar de cuando en cuando y echarte a un lado cuando llegan mercancías en moto. Las tiendas están organizadas por temas y vas cruzando la sección de juguetes falsos, de zapatos falsos, de ropa falsa, de joyas falsas, de abalorios falsos, de remedios curativos seguramente mortales, de productos para comer que oscilan entre lo repugnante y lo asqueroso y similares. Al ser un sitio tan concurrido y estrecho, creo que me tomó como dos horas el andar el tramo que hice. Después callejeé un poco más por los alrededores y comencé el regreso al hotel.

Sobre las once y media de la mañana me duché, cogí mis cosas y a las doce las dejaba en la recepción. Después me fui al centro comercial Terminal 21 y entré a ver una película, 7500, supuestamente de terror y que no me sonaba de nada. Investigando después he descubierto que ni siquiera se ha estrenado en USA, únicamente en Tailandia. Tras la peli, almorcé/cené en plan encochinamiento en la mega-sección de comida de ese centro comercial y con la barriga inflada como un globo fui al hotel, recogí mis mochilas y enfilé hacia el aeropuerto. Para viajar a Singapur opté por primera vez en mi vida por Tigerair, compañía de bajo costo propiedad de las aerolíneas de Singapur. Por supuesto añadí el seguro de viaje y la elección de asiento ya que ambos incrementaban el precio en dos leuros únicamente (cuando compré el billete, que fue dos meses antes). Facturé, pasé el control de pasaporte y recogí mi contraseña para poder usar Internet, ya que en Tailandia por ley teóricamente solo te puedes conectar si tienes una tarjeta de residencia en el país. El avión llegó puntual y salimos en hora. El viaje hasta Singapur tomaba dos horas más una de diferencia horaria y vinimos aterrizando sobre las once de la noche. Pasé el control de pasaporte, recogí la mochila y me acerqué al mostrador de transporte para contratar un asiento en la guagua que lleva a los turistas a sus hoteles por unos cinco leuros y treinta céntimos. Los empleados me dijeron que por desgracia hay una oferta especial y me cobrarían la escandalosa cantidad de un leuro y setenta céntimos por el viaje. Pagué y al poco llegó la guagua, en la que solo íbamos dos pasajeros. Antes de la medianoche ya estaba en mi hotel, situado en el barrio de las putas y las putonas, aunque yo no vi ninguna por la calle. Una cosa que tiene Singapur es que los hoteles son los más caros del universo conocido y por conocer y para que os hagáis una idea, he pagado más por tres noches en esa ciudad que todo lo que gasté en los hoteles de Tailandia, que creo que fueron unas veinte tres noches.

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De templos por Bangkok

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Mis dos días en Bangkok los quería dedicar a terminar de visitar las atracciones turísticas que no pude ver cuando estuve en la ciudad. Fuera de mi lista y sin ningún interés por las mismas estaban los espectáculos que atraen a millones de turistas cada año. O sea y para que os quede claro, quien espere leer algo sobre espectáculos de putas escupiendo bolas de ping-pong por la pipa del coño y fumando cigarrillos en la misma, quien lo quiera saber todo sobre los maricones con tetas que se hacen pasar por mujeres y que allí llaman leidi bois, los que de siempre han querido presenciar una pelea de boxeo tailandés o una pelea de gallos y los que daban por sentado que iba a ir a un club de alterne a pagarle copas a una puta antes de pagar por introducir el apéndice más sagrado de mi cuerpo en un chocho más insalubre que una cloaca, pues que sepan que nada de eso aparecerá por aquí y ya pueden dejar de leer.

Mi primera mañana dormí más de lo habitual y vine saliendo del hotel a las nueve de la mañana, tardísimo para lo que suele ser habitual en las vacaciones. Desayuné en una cafetería junto al SkyTrain y fui en el tren hasta Saphan Taksin, una parada junto al río ya que quería comenzar yendo por esa corriente de agua mayormente sucia y hacer algunas fotos por allí. Tienen varias líneas y una específicamente para turistas, más cara y en la que el chamo Manué no se arrima a la pared para evitar mancharse de cal pero se agarra al micrófono como un político o delincuente habitual y explica cosas sobre la ciudad. Me bajé en el muelle Tha Chang, situado después del Palacio Real, lugar que ya visité hace unos años y que en esta ocasión no me interesaba en absoluto. Callejeé hasta la Wat Mahathat Yuwaratrangsarit, uno de los diez templos reales de máxima categoría construido en la época en la que Ayutthaya era la capital. Al estar cerca del palacio real, este es el templo usado para ceremonias reales y funerales y al tener el favor de los reyes, ha ido ganando en importancia. En el templo hay un centro de meditación y puedes ver a los pavos y las pavas haciendo como que meditan por el lugar, o básicamente, no dando un puto palo al agua. En el interior del templo, la gente se repatinga, come en su rincón favorito, reza, charla o no hace nada de nada. En el mismo templo está la universidad Mahachulalongkornrajavidyalaya, la más antigua de Tailandia en la formación de monjes budistas. En el templo hay más de cien Budas, lo cual me sirve para puntulaizar lo extraña que es esa secta en la que el culto por el chamo que se la inventó es tal que compiten entre ellos por el número de imágenes del colega que tienen.

Está enfrente del Sanam Luang, un enorme campo abierto en forma de plaza y que está frente al Palacio Real. Este es el centro histórico de Bangkok y en este parque es donde se hacen las ceremonias espectaculares. Aquí también se realiza la cremación de los reyes muertos.

En la misma zona está el Bangkok National Museum, una gigantesca colección de arte e historia tailandesa repartidos en varios edificios. Por supuesto entré a verlo y me tomó unas horas en las que aprendí un montón y también flipé con algunas boberías. Es el museo más grande del sureste de Asia, en un complejo de edificios entre los que estaban el palacio del Vice Rey. Este museo se creó en 1874 y en el mismo hay también un montó de arte traido de Sukhothai y Ayutthaya, lugares en los que ya había estado. Como siempre, una vez me saturo de arte, como que me la trae floja así que procuro centrarme en las cosas que hay que ver y ninguneo el resto. Esta zona se conoce como Rattanakosin y es una isla incrustada en la ciudad de Bangkok.

Mi paseo continuó yendo al Wat Suthat Thep Wararam, otro templo real de primer orden y que se mandó a construir en 1847, con lo que no es muy viejo. En su interior hay una imagen de Buda que se trajo desde la provincia de Sukhothia. En el interior del templo hay unos frescos muy bonitos y espectaculares y que detallan algo sobre veinticuatro reencarnaciones de Buda, ya que al chamo le apetecía seguir regresando a este planeta. Como en otros templos, hay unos cientos de imágenes de Buda por aquello de mantener el culto a la imagen. A la entrada del templo hay una especie de arco rojo gigantesco (Sao Ching Cha) que es muy visitado para hacerle fotos y que formaba parte de alguna ceremonia que se hacía una vez al año (y que desconozco si siguen haciendo). Para mi no es nada espectacular pero está en las listas de cosas que hay que ver de Bangkok, así que ya la he marcado y tengo la foto que lo prueba. Leyendo sobre este arco, el rey, que era un cabroncete de cuidado, colgaba a veinticinco metros una bolsa con monedas y los chamos con más coraje y menos seso trepaban para pillarla y la gente observaba el espectáculo y como caían y morían o se escoñaban. Se prohibió en 1935 por el alto número de personas heridas por un premio miserable y que era el equivalente a veintisiete céntimos de leuro de hoy en día.

En la zona hay también una concentración masiva de negocios de fabricación y venta de artículos religiosos y mayormente Budas, con lo que te das un empacho del colega callejeando por allí. Andando por el lugar llegué hasta el Wat Ratchanadda, otro templo budista, aunque este bastante especial porque junto al templo hay una especie de edificio pirámide de treinta y cinco metros de alto con 37 torres acabadas en agujas que simbolizan las treinta y siete virtudes que hay que conseguir para iluminarte. Esas agujas son de metal y le dan el nombre a ese edificio, conocido como Loha Prasat o palacio de hierro en lenguas cristianas. Lo copiaron de un templo de Sri Lanka que desapareció y los tailandeses fardan de tener el último de ese estilo que queda en el universo conocido (excluyendo truscoluña obviamente, por que ni es ni ha sido jamás de los jamases nación o incluso país). Subí a lo alto del edificio para hacer fotos, aunque tienes que dejar los zapatos abajo y siempre tienes la preocupación de que te los roben. Por la zona está también el monumento a la Democracia, una rotonda irónica en el país con más golpes de estado del universo conocido y en el que justo esos días, se desarrollaba el último.

Saliendo de allí y muy cerca, aunque caminando en plan suicida por una calle muy concurrida por los coches, está el Phukhao Thong, la montaña dorada, una colina de ochenta metros de alto hecha por los seres humanos y coronada por una estupa dorada que alberga una reliquia de Buda (otra más y van … millones). Para llegar a ella hay que subir trescientos dieciocho escalones y hay unas vistas muy buenas de la ciudad, con lo que merece la pena. El templo en esa colina es el Wat Saket y se remonta a la época en la que Ayutthaya gobernaba esa tierra.

Desde allí tuve que caminar casi dos kilómetros para llegar al Wat Benchamabophit, hazaña épica en la que no menos de diez mil taxistas ladrones y conductores de tuk-tuk criminales pararon sus vehículos en seco en la carretera petada de tráfico para ofrecerme su maravilloso medio de transporte a precios de atraco a mano armada. Yo disfruté la caminata y aún más el saber que les comía la rabia por el dinero que no me quitaban. Este templo es una joya y uno de los más hermosos de Bangkok. Está hecho en mármol importado de Carrara y el edificio principal está rodeado por cincuenta y dos Budas. El templo es jodidamente fotogénico, como ya habrán visto unos pocos en las fotos que he mandado.

Parece que no pero el tiempo había pasado y ya se acercaba la tarde y mi empacho de templos era considerable. Desde este templo hasta la estación de Skytrain más cercana había unos dos kilómetros así que opté por caminar, ya que lo de los treinta y ocho grados y mil por cien de humedad como que no me afecta y me gusta sudar como cerdo en matadero. Probablemente mi decisión provocó algunos de los atascos más grandes vistos en esa parte del planeta ya que no hubo coche que no parara el tráfico para ofrecerme transporte y ser ninguneado con un estilo que muchos imitan pero que nadie logra ejecutar con la gracia que yo lo hago. Desde la estación regresé al hotel, fui a la piscina un rato a relajarme y después me acerqué al centro comercial Terminal 21 para cenar allí e ir al cine. La planta de comida de ese mega-centro comercial tiene un restaurante callejero brutal, con puestos que ofrecen todo tipo de comida a precios de pura risa y sin los riesgos de hacer lo mismo en la calle, en donde te cobran un poco menos y te garantizan tres días de diarrea en lo que te lo pasas bomba y acabas con el ojete del culo más rojo que el de un macaco. La cena para tres o cuatro personas que me comí, ya que pedí y pedí hasta encochinarme, me costó la friolera de 3,8 leuros, un dineral. La entrada del cine me costó 4 leuros en uno de los cines más nuevos y caros de la ciudad. Aunque había leído algo me pilló por sorpresa que tras veintipico minutos de anuncios y trailers, de repente comienza a sonar el himno nacional en honor del Rey y te tienes que levantar y escucharlo. Lo flipé. Creo que esto debería ser obligatorio en España y ya me gustaría ver a mí las caras de los josdeputa truscolanes cuando se tienen que levantar y de no hacerlo, pueden ir a la cárcel y morir allí sin que a nadie le importe un carajo.

La película acabó sobre las once de la noche y con el toque de queda, el centro comercial ya estaba cerrado y nos sacaban en pequeños grupos por ascensor. En la calle Sukhumvit, cientos y cientos de putas y de tíos con tetas postizas y una nuez de Adán que clama al cielo y al infierno te intentaban agarrar la mano al grito de Jelou bos y Jelou yú. Huelga decir que cuando alguien intenta tocarme huyo aterrorizado aunque mi sistema de no reaccionar antes estímulos externos funciona tan bien y los ignoro con tanta clase que a mi me dejaban en paz y ni siquiera tuve que repartir puñetazos y bofetones, que eran mis regalos para las personas que vulneran mi espacio personal. Un travelo más feo que Ramiro el peluquero, aunque en su favor hay que decir que al menos no tenía pelo en el pecho sobre sus tetas postizas como el mencionado, me gritaba como si lo estuvieran degollando. El chamo tenía pinta de ser portador de diez de las cinco enfermedades venéreas y de transmisión por contacto carnal más populares. Supongo que su clientela habitual son tíos tan borrachos que creen estar enrollándose con una pava del copón y que han de ser atendidos en hospitales al día siguiente cuando se encuentran a ese bicho junto a ellos.

Así fue el día en Bangkok, ciudad que sigue sin convencerme y que procuraré evitar a toda costa en el futuro.

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