El sábado era el último día de la ola de caló y yo lo aproveché para volver a ver en el cine la película El final de Oak Street – The End of Oak Street porque el aire acondicionado es fabuloso y me fui al centro de la ciudad de Utrecht con una hora de antelación para así dar un garbeo, comprar algunas cosas e ir sin prisas, que cuando la temperatura sube por encima de los veinticinco grados y te mueves en bicicleta, por muy eléctrica que sea, lo mejor es ir despacio y sudar menos, si es que eso es posible.
Ya en el centro, hice mi ronda de tiendas, compré lo que necesitaba y como tenía tiempo me dediqué a pasear cerca del Oudegracht y estaba llegando cerca de un sitio de venta de papas fritas que es muy pero que muy popular entre los locales y los turistas y de repente, se obscurece significativamente el día, como si una nube negrísima se hubiese caído del cielo y veo por allí una Bosta, que ya hace veinte años describí perfectamente en el mejor blog sin premios en castellano, pero es que esta llevaba puesta una lycra a cuerpo entero en color marrón obscuro casi mielda que lo flipabas, que yo calculé que por lo bajo, una sola de sus pezuñas pesaba más que yo, era como una gigantesca masa gelatinosa que ni de coña cabe en un asiento de clase turista de aerolínea de bajo costo y es que además por el jocico que tenía, yo desde veinte metros de distancia lo tenía más claro que la luz que no sale de un agujero negro: aquella Bosta era de Vecindario, capital de Mordor, de la isla de Gran Canaria y es que cuando me acerqué y la oí hablar, comprobé que había acertado. Ya de cerca, dos líneas de pensamiento corrían en paralelo por mi kabezón. En la primera, el ingeniero que hay en algún lugar de mis entrañas bien escondido trataba de razonar como es posible que el material de esas mallas de cuerpo entero se pueda deformar hasta extremos tan monstruosos sin explotar, que yo he leído libros sobre las presiones que existen en el interior de un agujero negro en el centro de una galaxia y no llegan ni de coña a los niveles a los que se ven expuestos esas telas, que a mí me gustaría ver un vídeo de la pava, en pelota picá, poniéndose la lycra porque no llevaba ni bragas ni sostenes. La segunda línea de pensamiento intentaba resolver complejas ecuaciones matemáticas porque cuando aquellos huesos recubiertos de cientos y cientos de kilos de grasa se movían, salían una multitud increíble de reacciones en diferentes puntos de la grasa que la agitaban como si una piedra hubiera caído en agua estancada, con ondas circulares que salían desde múltiples lugares y que hasta se cruzaban con otras ondas en un espectáculo que ni la inteligencia artificial podría crear. El macho de tremenda hembra era un Orco canario cejijunto y la miraba y es que se le ponía morcillona de pensar que toda esa grasa era suya y nada más que suya. Los neerlandeses que pasaban, miraban aquella Bosta, veían que bajo aquella tela estaba desnuda, que es que se le marcaban los pezones del tamaño de güevos fritos y hasta el clítoris se le veía torcido a la izquierda y cuando ella levantaba un brazo, que era algo que movía tanto aire que seguro que fue lo que produjo los terremotos en Asia la semana pasada, la gente tenía que incrementar la distancia de seguridad con la pava porque si te arrea con uno de esos brazos una hostia, eso es muerte instantánea.
Seguí mi camino orgulloso al comprobar que Gran Canaria ya exporta Bostas al mundo entero.