Hoy se cumple una semana de algo que pasó la semana pasada y que tuvo un impacto muy importante en mi vida labural. Era la primera asamblea global de la empresa en la Unión Europeda, una reunión en formato digital y tal y tal que teníamos que atender todos y cada uno de los empleados, independientemente del país en el que laburan. Es cierto que se habilitaron jaulas y chiqueros para meter en ellos a los truscolanes, por el alto riesgo de contagio que suponen. Además, llegamos a ese día calentitos, calentitos, ya que la semana anterior anunciaron que dejaban de vender una familia de productos y el lugar de Europa en el que se cargaron, de un tirón, a dieciocho julays, fue truscoluña, que no es nación, y yo sé de buena tinta que fue por los riesgos sanitarios para el resto de los empleados al tener que tratar con esas ratas sucias y zarrapastrosas. Probablemente en algún momento comenté que desde abril tenemos un nuevo jefillo, jubilaron al que era español e importaron a un indio, pero no de los de las plumas y las flechas, sino de los del otro lado del mundo. El chamo, que vino aquí sin tener amigos en el continente, no se ha cortado a la hora de cortar cabezas y ya se le conoce como el chamo ManosTijeras, porque siempre está podando.
Como preparación del evento, se pidió a la gente que mandara sus preguntas unos días antes de la reunión y al parecer, un montón de gente lo hizo. El día anterior, en la oficina a la que yo acudo con más frecuencia, botaron a la puta calle a dos pavos, aunque uno era un contratista y el otro tenía un contrato temporal que se acababa en un par de semanas. Las máquinas de café eran y son hervideros de rumores y de lamentos porque la gente está, literalmente, cagándose por las patas pa’bajo. Comenzó la reunión, el pavo dio números y más números y nos felicitó a todos por el gran, quizás grandísimo, ciertamente gigantesco, trabajo que hemos hecho en los primeros seis meses del año. No fueron los que nombró directamente, como la organización en los Países Bajos, o la de España, las cuchilladas traperas fueron en los que obvió, que por suerte había recibido el paquete con el equipamiento de emergencia para este tipo de reuniones y tenían pañales de viejos que debían ponerse. Después de que terminó de hablar, que lo hizo durante seiscientos segundos, a todos nos quedó cristalinamente claro que su visión de la empresa es un veinte + ochenta, con veinte laburando para dar soporte a los ochenta que tienen que estar en la puta calle vendiendo más y más y mucho más porque se espera que en cinco años superemos una cantidad dantesca de dinero en ventas. Para conseguir el objetivo se han jubilado forzosamente todos y cada uno de los productos que no venden lo suficiente y se ha echado a la gente relacionada con esos productos que no se podía reubicar o no interesaba, que fue lo que pasó con los truscolanes, que se veían como príncipes de una gran nación que no existe y ahora ya pueden fardar de eso en la cola del paro.
El momento más interesante llegó cuando entramos en el turno de preguntas y todas y cada una de ellas estaba relacionada con la matanza que está sucediendo a nuestro alrededor. Hubo incluso dos preguntas relacionadas con uno de los principios de la empresa que habla del respeto para todos y que la gente quería saber si ese todos incluye a los empleados o eso es más bien para los clientes que vienen con guita a comprar los productos. En el turno de preguntas y respuesta al hombre se le vio cabreado, él pensaba que iba a dar con el palo alegremente y todo el mundo aceptaría los golpes y resultó que le han salido respondones y en particular los de un grupo determinado.
La plática del resto de la semana fue sobre la reunión y lo que se dijo y lo que no se dijo en la misma y después entramos en el fin de semana del día de todos los difuntos, ese fin de semana del resfriado y en esa historia conté que excepcionalmente, había encendido el ifone de la chamba el domingo por la tarde para mandarle un mensaje a mi jefe e informarle que el lunes trabajaría desde mi keli. Decidí dejar el telefonino ese junto a mí un rato por si respondía, que yo sabía que lo haría y cuando el telefonino pitó, supuse que era el chamo confirmando mi ausencia y deseándome todo lo peor, siempre, como con los grandes artistas, pero no, el mensaje era del jefillo de los que salieron respondones en la asamblea de la empresa, informando a todo qüisqüi que habían decido eliminar esas funciones y habían echado a la puta calle a los tres.
Para que después me digan a mí que los indios no eran para nada vengativos en las pelis del este que hacían los británicos en el oeste. Ningún jefillo se ha atrevido a responder si eso fue una venganza y mi jefe tampoco ha dado una respuesta clara sobre si nosotros estamos dentro del grupo de los veinte, porque definitivamente no somos de los ochenta.