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  • Otra vista de las barriadas periféricas de Viena con la Donauturm

    7 de marzo de 2019

    Cuando íbamos río Danubio pa’rriba hice esta otra foto en la que la Donauturm, el pirulí de la izquierda, se ve más claro. Ese es el edificio más alto de Austria, con doscientos cincuenta y dos metros de altura. Se puede subir para ver la ciudad desde allá arriba pero está tan lejos del centro de la ciudad que ni me molesté y además, la parte histórica, la bonita, te pilla tan lejos que a menos que te lleves un objetivo de tele no se vería demasiado. A la derecha se ven otros de los edificios de la barriada periférica de Donaustadt.

  • Algo de anteayer y de hoy

    6 de marzo de 2019

    Siguiendo con el viaje por la carretera de la memoria y enganchando con lo que contaba ayer y con lo que contaré hoy, una de las ventajas que se han perdido en aquel pasado ya tan lejano es la de la privacidad. Antes nadie sabía en donde estabas o lo que hacías, a menos que te acompañaran o los informaras. Regresando a Sensación de Vivir y Melrose Place, esas zonas de la playa de las Canteras que reconocíamos por esos nombres, podías llamar a un amigo por teléfono o a un grupo de los susodichos, quedar en la zona y ellos siempre te encontraban, aunque sea una zona en la que en un día de verano podías estar rodeado por miles y miles de julays, por un mar de toballas, sombrillas, jaimas de las brujas de la Isleta y aún así, la gente te encontraba sin problema y a nadie le extrañaba. En mi caso además, yo desde pequeño descubrí que tenía una enfermedad terrible y seguramente incurable. Yo era PUNTUAL, algo que en España está super-hiper-mega mal visto. Yo decía que iba a la playa a las 17.00 y exactamente a esa hora con un error de más/menos seis segundos estaba poniendo el pie en la arena al bajar a la playa desde la avenida. La mayor parte de mis amigos se movían en el MÁS60 y te decían una hora y en realidad llegaban al menos sesenta minutos más tarde y en el caso de un particular amigo, ese menos de ochenta minutos era impensable, casualmente antes de salir para la playa se le antojaba comer algo y su madre tenía que matar el animal, despellejarlo, cortarlo, cultivar las verduras y después claro, tras comer igual se le antojaba una siesta. Por la noche, el mismo desgraciado, quedaba para salir a una hora y casualmente cuando se iba a duchar se daba cuenta que no habían encendido el termo eléctrico, que al parecer desenchufaban continuamente y tenía que esperar tres cuartos de hora a que calentara el agua y posiblemente su hermano, su hermana, su padre, su madre o hasta su abuelo decidían que aquel era un momento fabuloso para ducharse y tenía que esperar otra media hora más, seguida de media hora para ajustarse el pelo según rigurosos controles de calidad. Llegó un momento en el que yo me iba a su casa hora y media antes del momento en el que habíamos quedado y distraía a toda la familia contando boberías en la cocina, o cenando con ellos, todo con tal que el otro capullo estuviese listo a tiempo. Según entraba enchufaba el puto termo y amenazaba a todos con la ira de uno o más dioses si osaban quitarle el agüita caliente al niño.

    Ese mismo capullo, ahora, tras algunos males de ojo, cuando voy a las Palmas y quedamos para vernos, llega con menos de cinco minutos de retraso. Creo que me tiene pánico o quizás sea su mujer que puede sentir del calor de los rayos (no digas rallos, Virtuditas, que te equivocas mucho ;-)) de odio que salen de mis ojos. Gracias a que ahora estamos siempre conectados, me llama y se disculpa y me informa de su ubicación en ese instante y el nuevo tiempo de llegada. En mi último paso por Gran Canaria me invitaron a cenar a su casa y llegué quince minutos antes y los pillé aterrorizados, aún cocinando y como llevaba el algodón, que nunca engaña, les hice un repaso de control de calidad por toda la casa. Los otros colegas llegaron veinte minutos tarde, siguiendo las normas de puntualidad españolas. Comparado con Holanda, hace unas semanas vinieron unos amigos a cenar a mi casa, acordamos la hora y uno de ellos me dijo que estuvo más de quince minutos sentado en el coche esperando para tocar el timbre exactamente a la hora acordada. Le eché una bulla de que te cagas porque podía haber entrado antes. Los otros llegaron con ciento veinte segundos de retraso y les obligamos a acuclillarse en el suelo y besarnos las uñas negras de los pies como castigo.

    Regresando al pasado de Melrose Place y al presente del mismo lugar, en navidades quedé con un amigo en la playa, llega a la zona y el muy capullo no me vio, se pasó de largo o algo así, me llamó y debo tener una capacidad para mimetizarme con el ambiente fantástica porque agitaba los brazos, hacia la lambada, brincaba y aquel capullo mirando directamente hacia la zona en la que yo estaba no me veía, o eso, o miente como un bellaco y está tan cegado que ya podría solicitar trabajo como vendedor del cuponcito. Por hacer, hasta compartí mi ubicación durante quince minutos con él en el Güazá y ni con esas.

  • Rascacielos en Donaustadt

    6 de marzo de 2019

    Cuando hice el paseo en barco que te lleva desde el Donaukanal al río Danubio se pueden ver las nuevas barriadas periféricas de la ciudad, como Donaustadt, un mega-barrio que hicieron al otro lado del río y que es tan gigantesco que en la actualidad supone un cuarto del tamaño de Viena. La zona de los rascacielos la llaman Donau City, fácilmente traducible al español por truscoluña no es nación y si eres menos purista como la ciudad del Danubio. Al estar alejados del casco antiguo, la ciudad sigue teniendo una línea bonita en su centro sin anomalías arquitectónicas fruto de las calenturas de divos arquitectos. A mi espalda, a la orilla del Danubio, hay como una barrera verde y con una carretera que realmente separa a la ciudad del río, lo cual es una pena.

  • Aquella sensación de vivir

    5 de marzo de 2019

    Hoy bajamos por el callejón de los recuerdos de aquellos años de nuestra vida que mirándolos ahora, igual hasta fueron mejores. Yo crecí antes de Internet, los telefoninos móviles, los zombies por la calle mirando sus pantallas y todo lo demás, en una época en la que el contacto humano implicaba una proximidad física y en la que el teléfono tenía un cable, no te lo llevabas contigo y la gente llamaba a tu casa y cuando no estabas, dejaba recados. También en aquella época de líneas analógicas, era super-hiper-mega normal el descolgar el teléfono y escuchar otras conversaciones que se cruzaban. En aquel mundo tan extraño y tan fascinante, la cantidad de canales en las televisiones de tubo de rayos católicos (lo sé 😉) era limitada y resultaba más sencillo hablar con la gente de lo que echaban por la tele porque al fin y al cabo, todos veíamos lo mismo. En algún momento de esa adolescencia llegó la serie Sensación de Vivir, fabuloso título que le dieron en España a Beverly Hills 90210 y fue realmente una revolución. Creo que fue la primera vez que ponían algo por la tele para nosotros, una serie que no eran dibujos animados para los niños ni las movidas esas serias y aburridas para los viejunos. Nos enganchamos como perras en celo y todos nos identificábamos con alguno de ellos y elegíamos bandos. Era de lo más normal acabar a gritos en la calle hablando con tus amigos porque alguno tenía una teoría que nos molestaba particularmente y la única reacción apropiada a la misma era la violencia.

    Antes de seguir, regresamos a ese mundo tan distinto del actual en el que nos movemos y en donde ahora no es raro ver a una madre o un padre paseando con su hijo por un parque y lo llevan con una correa con extensor como si fuera un chucho. Ahora todo el mundo tiene pánico de dejar a los niños solos, de que salgan a la calle, de que hagan su vida y descubran el mundo a su manera. En aquellos maravillosos años, yo llegaba a mi casa después de acabar las clases en el colegio Galicia a las cuatro y media, lo hacia volviendo a casa andando solo y digamos que algún amiguito había tenido la idea de irnos a la playa. Le berreaba a mi madre o mi abuela a grito pelado que me iba a la playa, aunque las tuviera delante, la comunicación era a gritos, para asegurarte una perfecta recepción del mensaje, me ponía el bañador ignorando los doscientos consejos de mi madre o mi abuela y salía por patas con mis amigos bajando toda la calle Luján Pérez y recorriendo casi un kilómetro a nuestra bola para irnos a la playa. En base a los gritos y amenazas, sabíamos que nos teníamos que poner en cualquier punto de la playa de las Canteras situado entre la Isleta y el hotel Cristina, esa era la zona autorizada por nuestras madres. Crecimos sin miedos, sin que se ahogara ninguno, sin perdernos y sin sentir la opresión por lo desconocido que parece existir hoy en día en este mundo que al parecer es tan pero que tan peligroso.

    Regresando a Sensación de Vivir, cuando estábamos en el instituto, lo de ir a la zona de la playa en la que nos poníamos de niños lo veíamos muy mal porque allí estaban los niños que crecieron después de nosotros. Así, alguien bautizó la zona de la playa situada frente a la clínica de San José como Sensación de Vivir, nuestra zona y en ella, predominaba casi exclusivamente la gente que iba al instituto, la chiquillería de nuestra edad, con nuestras maldades, humor, bromas y excesos hormonales. Seguimos creciendo y todos o casi todos acabamos en la universidad y de nuevo, la zona de Sensación de Vivir se nos antojaba como poco apropiada para seres tan obviamente superiores como nosotros, por lo que nos desplazamos frente al hotel Reina Isabel y gracias al mismo productor de la otra serie, quedó bautizada como Melrose Place (obviamente, pronunciado como Mel rós pleis). Como yo no envejezco, ahora que mi madre ha vuelto a vivir en las Palmas de Gran Canaria, yo sigo poniéndome en Melrose Place y cuando hablo con mis amigos y me preguntan por qué parte de la playa me pongo, siempre les digo el nombre y ellos saben exactamente a que lugar me refiero, es un código no-secreto que tenemos desde hace lustros.

    La sociedad ha cambiado un montón desde aquellos tiempos en los que no me perdía un episodio de Sensación de Vivir, serie que ayer volvió a mi memoria cuando leí que Dylan, el macarrilla que todos queríamos tener de amigo porque pese a pretender ser un malaje era un buen amigo de sus amigos, ha muerto con cincuenta y dos años, en los tiempos en los que la gente parece vivir hasta el fin del mundo y quizás hasta más allá. Creo que es uno de esos actores que a lo largo de los años lo he seguido viendo en muchas series, me encantó en Jeremiah, también me gustó mucho en las movidas carcelarias de Oz y recientemente, aluciné cuando lo reconocí como el padre de Archie en Riverdale, seguramente el único personaje decente en esa serie en la que todos son macarras, drogatas, pendones, arretrancos, putos y putas, además de los mariquitas y las bolleras, que ese instituto es como Sodoma y Mangorra, allí no puedes ni colgar un crucifijo en una pared porque el mismo hijo del Dios más grande no consigue agarrarse a esos muros que dan cobijo a tantos pecadores.

    Me ha pillado por sorpresa y me ha sorprendido la cantidad de buenos recuerdos asociados a ese hombre y aún más que todos son buenos, que en un mundo en el que todos acaban más pronto que tarde demonizados, este seguía en el grupo de las buenas personas. Espero que le vaya lindo en el viaje hacia otros universos que comenzó ayer.

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