La foto que veíamos ayer tenía algo raro y hoy se puede apreciar mejor. No estaba en la calle, la estatua con el chamo del caballo está en una especie de terraza del edificio y mi foto estaba hecha desde el extremo del mismo y no se podía ver apreciar con detalle la extraña estructura que parecía bloquear parte del edificio. Las puertas de la derecha dan ascceso a unas escaleras mecánicas que suben a los visitantes al nivel superior y la estructura esa debe proteger de la lluvia y darle un toque fastuoso que a mí no termina de quedarme claro. El edificio no necesitaba esa aberración.
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Los puntos críticos
Me acuerdo de cuando era un estudiante, casi aún con dientes de leche y en alguna clase de matemática, quizás fue incluso Don Pedro, que a día de hoy sigo considerando uno de los tres mejores profesores con los que me he cruzado en mi vida, pues igual fue él quien explicó lo de los puntos críticos, que no hace falta explicar porque con el adjetivo ya suena a movidita de las chungas. Por supuesto yo nunca los encontré en las matemáticas, las cuales eran entretenidas pero una vez las dejas atrás y comienzas la vida después de la educación, te sirven más bien de poco y ahora que el telefonino tiene hasta calculadora, se puede ser ignorantón profundo y sobrevivir en el universo en el que nos ha tocado vivir, ese en el que existen los truscolanes, esas ratas asquerosas que infectan el noreste de la península ibérica y que se multiplican por la desidia de los pusilánimes de la izquierdona, más predispuesta a mamar sin soltar la teta y a defender tiranos asesinos venezolanos, cubanos o iraníes, por nombrar algunos. Cualquier cosa que hacemos, cualquier acción e incluso cualquier reacción puede tener uno o varios puntos críticos ya que si aún no os habéis enterado, las cosas nunca van como la seda.
Esta semana tuvimos un martes blanco, que viene a ser lo mismo que un martes negro pero con nieve y hielo. Anunciaron dos centímetros de nieve, que aquí en las regiones tropicales ya son como algo extraño y la empresa ferroviaria se acojonó y activó el plan de emergencia, ese en el que para garantizar un mínimo de servicio, se eliminan la mayor parte de los puntos críticos de su red ferroviaria y que son mayormente esos lugares en los que los trenes tienen que hacer cambios de vías porque las agujas que se curran el cambalache, son las principales responsables de muchos dramas pasados y ahora, con el plan de emergencia, ponen líneas que no requieren cambio de vías y reducen la frecuencia de los trenes. A mí me pilló con el portátil en la oficina y como el drama empezaba casi a mediodía, fui al trabajo como siempre pero con la idea clara de salir por patas tan pronto viese el primer copo de nieve, que fue lo que hice. Empezó a nevar a las once y media y el siguiente tren era tres minutos después del mediodía, con lo que agarré el portátil y me fui a la estación en bici mientras caía una nevada con viento que hacía que el polvo de nieve se te metiera en los ojos. El tramo en tren no tuvo ningún problema y en previsión de este drama había dejado mi bici en la estación central de Utrecht. El camino a casa, una ruta que puedo hacer por lo general en diecisiete minutos me tomó tres cuartos de hora. Nevaba tanto y tan rápido que la sal dejó de funcionar y las calles se cubrieron con una capa de nieve. Como no puedes saber si debajo de la rueda hay hielo o cualquier otra cosa, tienes que ir con más atención y hay gente que entra en un modo de pánico total y van en bici como si fueran los parientes más tontos de Forrest Gump. Alteré mi ruta para pasar por el supermercado y los últimos novecientos metros fueron una pesadilla, por una calle sin sal alguna y en realidad fue por una cagada mía, ya que sé muy bien que hay rutas específicamente marcadas y en las que se pone la sal y pasan los vehículos para limpiar la nieve y en el resto de calles no se hace nada y en lugar de usar la ruta al efecto, opté por el camino más corto y que se convirtió en un hiper-mega punto crítico. Al menos llegué a mi casa con un viaje total de una hora desde la oficina a la casa, algo que aquellos que decidieron esperar a más tarde lo lamentaron y conozco alguno que estuvo cuatro horas en ruta para trayectos que no eran muy grandes.
Yo no quiero ser obeso como ciertos comentaristas y por eso, por la tarde, cuando ya no nevaba pero estaba todo cubierto de nieve, me di un paseo para disfrutar como si viviera en un país en el que hay una estación de invierno de verdad, de esas que duran meses. A esa hora, se había batido el récord de kilómetros de caravanas de coches en todo el país, que ahora está en dos mil doscientos ochenta y siete kilómetros de caravana repartidos de norte a sur y de este a oeste.
Al día siguiente habían dicho que tendríamos servicio ferroviario normal pero también había una alerta amarilla por hielo con lo que decidí salir diez minutos antes de mi casa ya que los ochos o nueve que tardo en llegar a la estación en bicicleta se me podían complicar. En mi cabeza tenía la ruta que iba a seguir y los once de la misma. Los cinco primeros son las maniobras para llegar desde mi jardín al carril bici de la calle principal, es decir, cubro la mitad de los mismos en poco más de cien metros. Al ser la zona ajardinada por detrás de las casas, por allí la nieve era virgen y la bicicleta podía avanzar sin problemas pero aún así, tenía cinco giros de noventa grados, maniobras de la máxima dificultad. Después del quinto, ya estoy en el carril bici y a partir de ahí confiaba en que la cosa mejorara y por suerte, así fue. La sal que no se cansaron de poner durante toda la noche se había comido la nieve y tenía una ruta limpia y en la que solo debía prestar atención al llegar a cada uno de los seis puntos críticos restantes, momentos en los que lo mejor es dejarte ir para reducir velocidad ya que usar los frenos puede ser una de las ideas más estúpidas que hayas tenido en tu vida si debajo de la rueda hay hielo. Entre los puntos críticos octavo y noveno hay un tramo en el que la ruta hace una eSe y coincide con la única zona en la que en vez del asfalto morado del carril bici, tenemos adoquines, que parece que son inmunes a la sal y por allí siempre hay hielo con lo que ese segmento lo hice con cuidado pero a buen ritmo. Mi siguiente punto crítico era el último, el acceso al aparcamiento vigilado de bicicletas, una rampa que también parece inmune a la sal y en ocasiones se convierte en un trampolín hacia el suelo, con lo que por ahí me bajé de la bici y descendí los cinco metros andando. Fallé estrepitosamente en mis cálculos o pequé de precavido y no solo llegué a la estación para pillar el tren que necesitaba para ir a Hilversum en el de las siete menos ocho minutos, pillé uno anterior y fui a Hilversum en el de las siete menos diecinueve minutos. Fui el primero en mi planta en la oficina. Parece que al final, ser consciente de cuales eran los puntos críticos me sirvió para completar con un grandísimo éxito la misión.
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La Albertina y el Archiduque Alberto de Austria-Teschen
Por aquello de descansar de tanto palacio Hofburg hoy nos paramos delante de la Albertina y la vemos con esta panorámica desde la calle. La Albertina es el edificio de la izquierda, un museo que tiene una de las colecciones gráficas más grandes del universo conocido, con sesenta y cinco mil y pico dibujos. El edificio fue restaurado a finales de los noventa y la cosa esa que se ve entre la planta baja y la primera forma parte del artisteo con el que el arquitecto supuestamente lo mejoró. Creo que veremos otra foto en el que la aberración aparece con más detalle. Sobre el museo, decir que no entré porque solo pensar en la cantidad de dibujos me daba diarreas claritas. El edificio de la derecha, en su planta baja, tiene el centro de información para los turistas. El chamo del caballo, el Alberto ese, seguro que está detrás de alguna manera en el nombre del museo.
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Altar mayor de la Michaelskirche
Entramos en la Michaelskirche y nos paramos a ver el fantástico altar mayor de la iglesia, que tiene una representación de un ángel caído muy elaborada y con un montón de público, que parece que todo el mundo fue a reírse al lugar con la caída de aquel desgraciado probablemente truscolán. Al fondo y en dorado se puede ver el icono bizantino de Maria Candia. La iglesia merece una visita ya que gana muchísimo por dentro, aunque con tanto rey suelto en las proximidades, no me extraña que la cuidaran tanto.



