La parte del islote de Guyam que está orientada hacia el océano, en el lado opuesto de la isla de Siargao, no tiene una playa de arena blanca y en su lugar hay un pequeño arrecife por el que se puede bucear con gafas y tubo con la marea alta y rastrear las rocas buscando marisco con la marea baja. El panorama de hoy es una vista de la isla desde el sur y tenemos el lado de playa a la izquierda y el lado rocoso a la derecha.
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De decisiones e indecisiones
Se ha escrito un montón sobre la teoría de la decisión y en la multinacional en la que trabajo, cada vez tengo más claro que los que deciden son ineptos o estúpidos o una combinación de ambos conceptos. Una y otra vez, los mismos que dicen que tenemos que apechugar y trabajar en equipo para salir adelante, parece que no escuchan lo que sale de sus bocas ni leen lo que ponen en sus propios correos y actúan por su cuenta y además, consiguen una y otra vez elegir la peor de las opciones posibles. Ni siquiera podemos hablar de que se produzca la paradoja de la elección, en donde quedas paralizado ante un exceso de opciones. Nosotros en el trabajo tenemos una opción buena y el resto van de mala a peor y una y otra vez, los que determinan el lado de la balanza de mueven entre esas y nunca, nunca, nunca eligen la única buena que hay.
Con el lado amarillo de mi empresa, con esos que están a miles y miles de kilómetros de distancia, allí directamente no toman decisiones, están siempre paralizados y esperando que alguien por encima de ellos en la jerarquía, decida por ellos. Ese tipo de comportamiento yo lo premio con disgustos para ellos y esta semana tenemos dos grupos en Japón que se deben estar acordando de todos mis ancestros. En la práctica, no quieren hacer algo y están convencidos que no lo harán pero como no pueden decir la palabra NO, tratan de metérmela doblada y jugar a perder el tiempo y a distraerme para que me olvide. El juego es yo te digo y tú me dices y así pueden pasar los días, las semanas y los meses, moviendo la pelota de un lado del campo al otro, una especie de tiqui-taca. Su problema viene cuando yo decido romper la baraja y jugar sucio, aviso directamente a mis superiores que no se va a hacer y desato una tormenta perfecta sobre las cabezas de los amarillos, que de repente reciben la presión de sus superiores que a su vez la reciben de los míos. Su decisión ya tomada, de no hacerlo y no decirlo, se convierte en mi decisión de que lo hagan, aunque no quieren, no saben o no pueden, pero como no pueden usar el no, deben querer, saber y poder. Parece que este año ya he tumbado a un amarillo por parálisis a la hora de llevar a cabo su cometido, lo he presionado tanto para que tome mis decisiones, que no son las suyas, que lo han tenido que cambiar a otro departamento porque no puede controlarme y su medio ambiente es demasiado inestable por mi culpa. Su sucesor, o me tiene pánico, o parece que sí que puede, ya que donde antes había maniobras disuasorias, ahora hay una voluntad para hacer lo que les pedí y el juego ha cambiado, ya que lo de la voluntad es bonito y todo lo demás pero para mi cuentan los hechos, así que mi juego ahora es el de ejecuta tu voluntad ya mismito y el nuevo parece que empieza a notar la presión de mi decisión o más bien de mi cabezonería
Saltando de la oficina a mi mundo, yo a la hora de tomar decisiones sigo algún proceso rarito. Muchas veces, la decisión está tomada desde el principio y lo único que hago es tratar de rebatirla, demostrarme a mi mismo por qué no la debería tomar y cuando me canso de fracasar en el asunto por culpa de mi obvia perfección, la tomo o la hago oficial. En otras ocasiones, cambio una decisión ya tomada por los motivos más nimios e imposibles de comprender e incluso en esas ocasiones, siempre tengo la sensación de que desde el principio quizás había decidido lo opuesto, simplemente no lo quería hacer público.
Un tipo de decisiones que no puedo cuantificar ni elaborar son los presentimientos, esos que te hacen cambiar la ruta que recorres cinco veces a la semana un día, o salir cinco minutos antes o después, o subir a la estación en lugar de cruzarla por el túnel. Desconozco totalmente que lleva a mi cerebro a levantar estas banderas excepcionales, pero lo que sí tengo claro es que ni dudo de ellas ni las rebato, si el presentimiento me dice que hoy tengo que girar a la derecha donde siempre voy a la izquierda, lo hago instantáneamente y si me preguntas, estoy convencido que es mi Ángel de la Guarda el que las toma.
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Llegando al islote de Guyam
Uno de los lugares más espectaculares que he visitado en mi vida es el islote de Guyam y durante los días que pasé en Siargao estuve allí en dos ocasiones. Hoy tenemos la llegada el primer día, cuando estaba saltando islas con un grupo de filipinos. El islote es la definición literal de una isla paradisíaca, es perfecto para una persona, tiene sus palmeras en el centro y una arena blanca impoluta y un agua fabulosa y calentita a su alrededor. El islote está justo enfrente de la zona de General Luna en la que me quedé. Otro día, organicé que me llevaran y me dejaran allí tirado hasta que llamé para que me vinieran a recoger y fue un día épico y legendario. En mi primera visita, coincidimos varias excursiones porque todos hacíamos la misma ruta. Aún así, disfruté del lugar un montón.
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Una de dentista
Dos veces al año tengo la visita esa que me da una grima de que te cagas y que voy por obligación. A mi lo del dentista no se me cura con la edad, ni cuando era niño, hace tres años, ni ahora que soy adolescente, me gusta ir a esa consulta y mira que al contrario que vosotros, que estáis todos podridos por dentro, yo aún no he tenido un empaste o cualquier otra movida, solo la limpieza y la férula dental para dormir, el condón ese que me pongo por la noche y que se ha convertido en la canción de cuna para cruzar al otro lado, que yo me pongo la férula y mi cerebro manda la orden de apagado general y creo que por lo general, son menos de ciento ochenta segundos hasta el momento de desconexión. Volviendo al tema, las visitas las apalabro siempre cuando voy, es decir, en mayo dejé ya arreglada la cita de ayer y ya tengo la próxima, que he adelantado al último día de abril del año próximo por circunstancias de la vida que no vienen a cuento porque serán parte de otras anotaciones.
Hasta hace un par de años siempre pedía la hora por la mañana, cuando abrían pero cambié la estrategia y ahora voy por la tarde, después de las tres, cuando el hombre ya está bien curtido en los desastres del día y así salgo de trabajar antes, ya que por derecho y privilegio, nos corresponden un par de horas libres para acudir a dicho evento. Así, ayer, salí del trabajo y pillé el tren y me bajé en Utrecht Overvecht, estación entre Hilversum y Utrecht que solo visito para estas dos visitas anuales y por si alguno se despista y decide hacer turismo en ese barrio poco recomendado, decirles que al salir del tren se puede ir en dos direcciones, lo que está al este de las vías y lo que está al oeste. Mi dentista está el este, que en realidad es el noreste de la ciudad y es en un barrio llamado Tuindorp, que además de truscoluña no es nación se puede traducir como poblacho jardín. Al otro lado, al oeste de las vías, está realmente el barrio de Overvecht y si alguno se mete por ahí, le deseo la mejor de las suertes y que sobreviva de una pieza, que en ese barrio solo en este año han encontrado por lo menos un cadáver, quizás hasta dos y es una zona conocida porque abundan los que se tiran al suelo cinco veces al día a rezar mirando para la keli del carnicero ese saudita y se niegan a comer beicon, maravilla y prodigio culinario sin el que yo no podría vivir. Así que salí de la estación y hasta pude ir andando al dentista, trayecto de unos quince minutos por una barriada preciosa y que te hace pensar como una línea de tren puede separar tan grácilmente el frente de Guerra del Primer Mundo. En ocasiones anteriores he tenido que ir en guagua porque me ha pillado lluvia pero gracias al cambio climático, estamos de suerte y pude caminar.
Llegué unos diez minutos antes y tuve que esperar un poco a que acabara la cita anterior y finalmente me llamó para entrar al matadero, que a mi lo pueden poner de un blanco inmaculado pero esa máquina gigantesca con silla reclinable me da miedo y sobre todo esos taladros y garfios que están tan cerca de tu cara. En la parte de la consulta normalmente está el dentista y su asistente, gente muy agradable, pero esta vez habían dos más, resultó que tenía a una haciendo prácticas y también estaba su mujer, que es dentista como él y parece que se está acoplando en el negocio. El hombre siempre empieza charlando y mirándome la boca como con un garfio pequeño que a mí me pone los güevos entre los ñoños de los pies, que no se me suben a las amígdalas porque están muy cerca de la Zona Cero. El tipo casualmente hace algo que uno mira suceder sin verlo, porque solo ves su cara y los movimientos y te habla y hasta espera que respondas, pero yo me niego a mover un solo músculo mientras hay un garfio en mi boca. Entre las chorradas que me dijo me informó que mi gingivitis ya estaba prácticamente curada y que mi uso bastante frecuente (estoooooooo, unas tres veces por semana) del hilo dental ya se notaba. Para mi esa fue la primera vez que me dijo que al parecer he tenido gingivitis, he vivido y sufrido y hasta he padecido eso con un nombre tan lleno de íes sin saberlo y mirando en la wikipedia, resulta que ponen unas fotos horrorosas, que mi boca es preciosa. Al parecer, el gran cambio en mi vida que curó eso que no sabía que tenía ha sido no solo el uso del hilo dental, que lo uso con mucha más frecuencia cuando estoy de vacaciones o fuera de mi casa, también parece que desechar el cepillo dental de cierta marca alemana con nombre que suena a marrón en inglés y que tiré a la basura después de tres años porque era una mielda y tenía una mielda de baterías y en su lugar me compré uno del supermercado ese alemán también, de bajo costo con un nombre de cualtro letras y entre ella una sola y pobre i, pues resulta que el cepillo eléctrico de quince leuros es infinitamente mejor que el de sesenta leuros con marca famosa de marrones, para que después me digan a mi que las cosas de marca siempre son mejores.
El colega me contaba las cosas mientras se metía a saco con el taladro y las demás herramientas y después me limpiaba los dientes con ese cepillo tan raro que usa el dentista y que le pone una pasta que te los deja brillantísimos y cuando acabó, salí por patas para volver a mi casa hiper-mega contento porque el día de la pesadilla había pasado y la próxima vez queda muy lejana en el tiempo.


