Ir al cine en el momento oportuno de tu vida a ver una película la puede poner directamente en tu propio altar y con el paso de los milenios, la dejas ahí sin tocarla. En mi caso, grandes clásicos como The Goonies, Star Wars (la trilogía original) o Parque Jurásico, las llevo grabadas en mi código genético y ni me canso de volver a verlas (en el hipotético caso de que vuelvan a los cines) ni mirando hacia atrás en mis recuerdos creo que no se merezcan el lugar que ocupan en mi lista de películas. Por suerte, hace un par de años pude vovler a ver Parque Jurásico – Jurassic Park en versión convertida al TresDé y nuevamente flipé en colores. Ayer por la mañana, a las nueve y media, me fui al cine a ver Jurassic World, película que en España también se estrenó esta semana con el mismo título.
Un montón de julays las pasan canutas en el quinto coño
Por fin el parque de los dinosaurios está abierto y decenas de miles de visitantes acuden a Isla Nubla para alucinar con un montón de animales que desaparecieron del planeta hace millones de años. En el laboratorio del parque, crean una especie nueva, más grande, más agresiva, más espectacular y algo sale mal y la mala bestia se escapa. A partir de ese momento, será una carrera por la supervivencia, con veinte mil personas atrapadas en una isla llena de depredadores y como siempre, un par de niños tendrán que salvar a todo el mundo.
No me importa reconocer que cuando casi al comienzo se escucha la musiquilla que todos reconocemos en esta serie, se me puso el vello de punta y casi me pongo a llorar allí mismo. Sigo creyendo que esa banda sonora compuesta por John Williams es una de las obras que sobrevivirán al siglo veinte y se escucharán dentro de mil años. En esta película, nos olvidamos de la debacle de la tercera y recuperamos el espíritu de la primera. La historia es más o menos previsible pero aún así, fascina y tengo clarísimo que si un parque como Jurassic World existiera, con atracciones como las que podemos ver en la peli, yo lo visito sí o sí. Hay momentos en los que vemos lo que los espectadores del parque están viendo y flipo tanto o más que ellos. Me encantó Chris Pratt que parece que ya es el nuevo héroe con aspecto de ser humano corriente y que si no la caga, seguirá apareciendo en películas en los próximos treinta años. Tiene una química tremenda con Bryce Dallas Howard, a la que recordaba de varias películas pero nunca acababa de ubicarla. Su relación es en plan terror, tensión y puro cachondeo y tienen grandes momentos con un guión que supo explotar la tensión sexual entre ellos. Por supuesto tenemos dos empalagosos niños, que son los que la van cagando una y otra vez y que de cuando en cuando, hasta salvan el universo de desgracias mayores. Al menos, no llegan a resultar irritantes y podemos vivir con ellos. Los efectos especiales, como no podía ser de otra manera, son impecables y la acción es más o menos continua. El final parece dejar la puerta abierta para otra película, aunque dudo que el parque siga abierto en esa. Los malos, como en las tres películas anteriores, son estúpidos, arrogantes y acaban como era de esperar, finiquitados por las mismas bestias que tratan de apropiarse. Para mi primera vez elegí un pase sin TresDé porque quería disfrutar de la película sin la distracción y la oscuridad de las gafas. Volveré al cine a verla en esa tercera dimensión para comprobar si merece la pena.
De visionado obligatorio para todos los miembros del Clan de los Orcos, sus hembras y hasta los hijos que han tenido siendo adolescentes. También creo que les puede molar a los sub-intelectuales de GafaPasta, aunque jamás lo reconocerán.






