El mercado de Bogyoke Aung San es una gigantesca concentración de vendedores dentro de un edificio de arquitectura colonial. Al estar al otro lado de una una carretera más vallada que una prisión, la única manera de llegar es por el puente aéreo desde el que hice la foto. Este mercado es el lugar al que acuden muchos turistas a comprar los recuerdos que se llevan del país y para conseguir un buen precio hay que negociar, llorar, amenazar y demás, con lo que pasé un kilo de comprar nada allí e hice mis compras en las tiendas del aeropuerto por un precio ridículo. En este mercado hay una zona de gente que cambia dólares por moneda local (un mercado negro) y si eres bueno negociando al parecer puedes conseguir un buen precio en el cambio. Yo opté por cambiar en un hotel que recomendaban en mi guía turística y me ahorré el cabreo y el rifirrafe con los chamos. El edificio se construyó en 1926. El mercado también se extiende por varios edificios en el lado de la carretera desde el que hice la foto.
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Dos días después
Dos días laborables gastados en el nuevo y fastuoso entorno en el que nos han metido en nuestra empresa y el odio por el ambiente del trabajo y el aislamiento ya han comenzado a proliferar. Ir de un edificio con despachos en todos lados, con gente que puede hablar, discutir, agruparse y dividirse como guste a otro en el que estamos en grupos de veinte personas, sin intimidad y apretados como sardinas en latas, ha sido traumático. Ahora, en todos los lugares predomina el ruido, las distracciones, el enfado y la productividad parece haber caído en picado. Entre los desarrolladores, los equipos que existían y que estaban muy unidos han desaparecido, ahora hay salas enormes en las que nadie habla, con gente frente a multitud de pantallas de ordenador y nadie desviando la vista de las mismas. No se quien fue el lerdo que se inventó lo de los espacios abiertos para trabajar pero no funcionan bien en todos los casos. Han logrado lo impensable, tanto mi jefa como yo nos ponemos auriculares, ella de pobre con cable y yo inalámbricos con Bluetooth y nos aislamos del resto. Mi teléfono descansa en modo de silencio perpetuo y ni lo miro, ni atiendo llamadas, con lo que me he subido a mi particular nube de Podcasts con los que genero el ruido que necesito para concentrarme y ni siquiera soy consciente del flujo constante de gente que viene y va porque el único e insuficiente baño de la planta está muy cerca. Por la tarde tiene pinta de baño de bareto de zona de marcha después de varias horas de uso, algo que se consigue con empleados pleistocénicos que parece que mean más por fuera que por dentro.
Por todo el edificio se ha extendido una capa de mal rollo, con toda la gente de mal humor, enfadada con la empresa y con los compañeros, forzada a convivir con otros, escuchar sus estupideces, sus paridas o sus súbitos cambios de humor y tras dos días, todos hemos comenzado a desarrollar un nuevo e increíble poder, el del ninguneo. Nadie te mira y a nadie ves. Ya le puede dar un infarto a un panoli en mi sala y yo seré el último en enterarme, probablemente hasta salte por encima de él si está tirado en el suelo y ni me plantee el ayudarlo, ya que va contra todas mis reglas perturbar su espacio. Los eventos gratuitos en los que regalaba conocimiento a terceros, esos en los que alguien me contaba un problema y yo lo solucionaba porque o conocía la respuesta o sabía quien la podía tener, han terminado. Al no hablar con otros, no hay atajos para sus traumas y unos cuantos ya lo han empezado a sentir. El reparto de comida también ha acabado. Entre las estúpidas reglas está el que no se puede comer en la sala, así que como yo usaba la comida como herramienta de interacción social, he cortado por lo sano con el asunto. Ahora, quien quiera comida, que aprenda a cocinar. Como siempre hay un equilibrio, mi vecino está flipando en colores con la lluvia de comida que les está cayendo, en forma de magdalenas, lacitos, galletas y suspiros.
Llama la atención también que los jefillos, los defensores de las oficinas abiertas y los grandes espacios ahora quieren que forren los enormes cristales que los separan con plásticos para aislarlos ya que quieren intimidad. Parece que no les gusta que todos vean que ellos también se pasan el día consultando y actualizando su página en el CaraCuloLibro. Hasta este momento, la lista de ventajas para no buscar un nuevo trabajo había pesado siempre más que la de inconvenientes pero parece que la balanza se ha igualado y está a punto de oscilar hacia el otro lado. Mi jefa lo sabe y me mira aterrorizada. Sabe que el día que decida que quiero irme, mi ángel de la guarda moverá hilos y encontraré algo inmediatamente, como ha sucedido en todas las ocasiones anteriores. Si tengo que pasar un tercio de mi tiempo diario en un lugar, espero que sea agradable.
En fin, que julio del año 2014 lo recordaré no solo por cumplir catorce años de mi vida en los Países Bajos sino por ser el año en el que me obligaron a trabajar en un entorno hostil.
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Baño día 6 en el club de las 500
La fascinación de todos con las obras del jiñadero de mi casa siempre me ha flipado. Creo que casi todas las fotos que fui poniendo en la bitácora durante los días en los que lo renovaron (o construyeron) han ido ganando visitas de manera continua. Así, no nos puede sorprender el ver como era el Baño día 6, el cual lo vimos en marzo del 2006 y hoy le damos la bienvenida al Club de las 500.
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Casas envejecidas en Rangón
Ya lo he comentado en otras fotos, una de las cosas más fascinantes de Yangón es la vieja arquitectura, particularmente edificios coloniales que no han tenido el mejor de los cuidados y le dan a la ciudad una imagen exótica, como de lugar perfecto para una película de terror. Me puedo imaginar perfectamente corriendo aterrorizado por el edificio de la imagen mientras me persigue un truscolán con un cuchillo enorme y tres espíritus malignos y Don Manuel en lugar de exorcizarlos intenta hacerme unos tocamientos de esos que tanto les molan a los miembros del clero. Este edificio no tenía el mejor de los aspectos pero puedo asegurar que seguía siendo usado y había gente viviendo allí.



